sábado, 27 de abril de 2013

El Arte de Harry Everett Smith

Harry Everett Smith (29 de mayo de 1923, Portland, Oregón - 27 de noviembre de 1991, Nueva York) fue un polifacético artista, místico y bohemio norteamericano, considerado una de las figuras centrales de la vanguardia americana de la segunda mitad del siglo XX. Aunque principalmente destacó como cineasta y musicólogo, se definía como pintor y sus actividades se desarrollaron en una multitud de ámbitos que incluían la lingüística, la antropología, el cine o la traducción. A lo largo de su vida, mantuvo también un marcado interés por las temáticas relacionadas con esotérica, el misticismo y el ocultismo (de Wikipedia)
 
Harry Smith (1965)
 
He estado viendo algunos de sus trabajos, me parecieron geniales y quise compartirlos con quien se interese...
 
Film #10: Mirror Animations (1957) 
 
No. 11: Mirror Animations
 
Early Abstractions Pt. 1
 
Heaven and Earth Magic
 
 
 

jueves, 25 de abril de 2013

La Función de los Sueños (Por Carl G. Jung)


Fragmento de “El Hombre y Sus Símbolos” (1964)

 


 
He llegado hasta ciertos detalles acerca de nuestra vida onírica porque es el suelo desde el cual se desarrollan originalmente la mayoría de los símbolos. Por desgracia, los sueños son difíciles de entender. (…) El sueño no es nada parecido a una historia contada por la mente consciente. En la vida diaria se piensa lo que se desea decir, se escogen las formas más eficaces para decirlo y se intenta que los comentarios tengan coherencia lógica. Por ejemplo, una persona culta tratará de evitar el empleo de una metáfora confusa porque daría una impresión equívoca de su punto de vista. Pero los sueños tienen una estructura diferente. Imágenes que parecen contradictorias y ridículas se apiñan sobre el soñante, se pierde el normal sentido del tiempo y las cosas corrientes asumen un aspecto fascinante o amenazador.

 

Puede parecer extraño que el inconsciente ordene su material de manera tan diferente a la forma tan disciplinada – en apariencia – que podemos imponer a nuestros pensamientos en la vida despierta. Sin embargo, todo el que se detenga un momento a recordar un sueño, se dará cuenta de ese contraste que, de hecho, es una de las razones principales por las que la persona corriente encuentra tan difícil entender los sueños. No les encuentra sentido ateniéndose a su experiencia normal de cuando está despierta, y, por tanto, se inclina a desentenderse de ellos o a confesar que se siente confusa.

 

Quizá resulte más fácil de comprender este punto si, en primer lugar, nos percatamos del hecho de que las ideas manejadas en nuestra aparentemente disciplinada vida despierta no son, en modo alguno, tan precisas como nos gusta creer. Por el contrario, su significado (y su significación emotiva para nosotros) se hace más impreciso cuanto más de cerca las analizamos. La causa de esto es que todo lo que hemos oído o experimentado puede convertirse en subliminal, es decir, puede pasar al inconsciente. Y aún lo que retenemos en nuestra mente consciente y podemos reproducir a voluntad, ha adquirido un tono bajo inconsciente que matizará la idea cada vez que la recordemos. Nuestras impresiones conscientes, en realidad, asumen rápidamente un elemento de significado inconsciente que es de importancia psíquica para nosotros, aunque no nos damos cuenta consciente de ese significado subliminal o de la forma en que, a la vez, extiende y confunde el significado corriente.

 

Desde luego que tales tonos bajos varían de una persona a otra. Cada uno de nosotros recibe toda noción abstracta o general en el conjunto de su mente individual y, por tanto, lo entendemos y lo aplicamos en nuestra forma individual. Cuando, al conversar, utilizo palabras tales como “estado”, “dinero”, “salud” o “sociedad”, supongo que mis oyentes entienden, más o menos, lo mismo que yo. Pero la frase “más o menos” es el punto que me interesa. Cada palabra significa algo ligeramente distinto para cada persona, aún para las que comparten los mismos antecedentes culturales. La causa de esta variación es que una noción general es recibida en un conjunto individual y, por tanto, entendida y aplicada en forma ligeramente individual. Y la diferencia de significado es naturalmente mayor cuando la gente difiere mucho en experiencias sociales, políticas, religiosas, o psicológicas. Mientras como conceptos son idénticos a meras palabras, la variación es casi imperceptible y no desempeña ningún papel práctico. Pero cuando se necesita una definición exacta o una explicación minuciosa, se pueden descubrir, por casualidad, las más asombrosas variaciones no sólo en la comprensión puramente intelectual del término sino en especial, en su tono emotivo y en su aplicación. Por regla general, estas variaciones son subliminales y, por tanto, jamás advertidas.

 

Se puede tender a prescindir de tales diferencias como matices de significado superfluos o prescindibles que tienen poca importancia en las necesidades diarias. Pero el hecho de que existan demuestra que aun los contenidos de consciencia más realistas tienen en torno una penumbra de incertidumbre. Hasta el concepto filosófico o matemático más cuidadosamente definido, del que estamos seguros que no contiene más de lo que hemos puesto en él, es, no obstante, más de lo que suponemos. Es un hecho psíquico y, como tal, incognoscible en parte. Los mismos números que utilizamos al contar son más de lo que pensamos que son. Son, al mismo tiempo, elementos mitológicos (para los pitagóricos eran, incluso, divinos); pero no nos damos cuenta de eso cuando utilizamos los números con un fin práctico.

 
 


En resumen: todo concepto de nuestra mente consciente tiene sus propias asociaciones psíquicas. Mientras tales asociaciones pueden variar en intensidad (de acuerdo con la importancia relativa del concepto para toda nuestra personalidad, o de acuerdo con otras ideas y aun complejos a los que están asociadas en nuestro inconsciente), son capaces de cambiar el carácter “normal” de ese concepto. Incluso puede convertirse en algo totalmente distinto mientras es arrastrado bajo el nivel de la consciencia.

 

Estos aspectos subliminales de todo lo que nos ocurre puede parecer que desempeñan escaso papel en nuestra vida diaria. Pero en el análisis de los sueños, donde el psicólogo maneja expresiones del inconsciente, son muy importantes porque son las raíces casi invisibles de nuestros pensamientos conscientes. De ahí que los objetos o ideas comunes puedan asumir tan poderosa significación psíquica en un sueño del que podemos despertar gravemente confusos, a pesar de haber soñado con nada peor que una habitación cerrada con llave o un tren que hemos perdido.

 

Las imágenes producidas en los sueños son mucho más pintorescas y vivaces que los conceptos y experiencias que son su contrapartida cuando se está despierto. Una de las causas de esto es que, en un sueño, tales conceptos pueden expresar su significado inconsciente. En nuestros pensamientos conscientes, nos constreñimos a los límites de las expresiones racionales, expresiones que son mucho menos coloridas porque las hemos despojado de la mayoría de sus asociaciones psíquicas.

 

Recuerdo un sueño que tuve y que me resultó difícil de interpretar. En ese sueño, cierto individuo trataba de ponerse tras de mí y saltar sobre mi espalda. Nada sabía yo de ese hombre excepto que me daba cuenta de que él, de algún modo, había escogido cierta observación hecha por mí y la tergiversó alterando grotescamente su significado. Pero yo no podía ver la relación entre este hecho y su intento, en el sueño, de saltar sobre mí. Sin embargo, en mi vida profesional ha ocurrido con frecuencia que alguien haya falseado lo que dije, tan frecuentemente que apenas me molesté en preguntarme si esa clase de falseamiento me irritaba. Ahora bien, hay cierto valor en mantener un dominio consciente de las reacciones emotivas; pronto me di cuenta de que ése era el punto importante de mi sueño. Había tomado un coloquialismo austríaco y lo había convertido en una imagen pictórica. Esa frase, muy corriente en el habla común, es Du kannst mir auf den Buckel steigen (puedes saltar sobre mi espalda), que significa: “no me importa lo que digas de mí” (…).

 

Podría decirse que el cuadro de ese sueño era simbólico porque no establecía directamente la situación, sino que la expresaba indirectamente por medio de una metáfora que, al principio, no pude comprender. Cuando ocurre eso (como es frecuente) no está deliberadamente “disfrazada” por el sueño; simplemente refleja las deficiencias de nuestra comprensión del lenguaje pintoresco cargado de emotividad. Porque en nuestra experiencia diaria necesitamos decir cosas con la mayor exactitud posible, y hemos aprendido a prescindir de los adornos de la fantasía en el lenguaje y en los pensamientos, perdiendo así una cualidad que es aún característica de la mente primitiva. La mayoría de nosotros hemos transferido al inconsciente todas las asociaciones psíquicas fantásticas que posee todo objeto o idea. Por otra parte, el primitivo sigue dándose cuenta de esas propiedades psíquicas; dota a animales, plantas o piedras con poderes que nosotros encontramos extraños e inaceptables.

 

Un habitante de la selva africana, por ejemplo, ve durante el día un animal nocturno y sabe que es un hechicero que, temporalmente, ha adoptado ese aspecto. O puede considerarlo como el alma selvática o espíritu ancestral de alguno de su tribu. Un árbol puede desempeñar un papel vital en la vida de un primitivo, poseyendo, de forma evidente para él, su propia alma y voz, y ese hombre sentirá que comparte con el árbol su destino. Hay ciertos indios en Sudamérica que asegurarán que ellos son papagayos ara, aunque se dan cuenta de que carecen de plumas, alas y pico. Porque, en el mundo del hombre primitivo, las cosas no tienen los mismos límites tajantes que tienen en nuestras sociedades “racionales”.

 


Lo que los psicólogos llaman identidad psíquica o “participación mística”, ha sido eliminado de nuestro mundo de cosas. Pero es precisamente ese halo de asociaciones inconscientes el que da un aspecto colorido y fantástico al mundo del primitivo. Lo hemos perdido hasta tal extremo que no lo reconocemos cuando nos lo volvemos a encontrar. Para nosotros, tales cosas quedan guardadas bajo el umbral; cuando aparecen ocasionalmente, hasta nos empeñamos en que algo está equivocado.

 

Más de una vez me han consultado personas cultas e inteligentes acerca de sueños característicos, fantasías e, incluso, visiones que les habían conmovido profundamente. Suponían que nadie que tuviera buena salud mental podía padecer tales cosas y que todo quien tenga visiones ha de tener una alteración patológica. Un teólogo me dijo una vez que las visiones de Ezequiel no eran más que síntomas mórbidos y que, cuando Moisés y otros profetas oían “voces” que les hablaban, estaban sufriendo alucinaciones. Se pueden imaginar el pánico que sintió al experimentar “espontáneamente” algo parecido a eso. Estamos tan acostumbrados a la evidente naturaleza de nuestro mundo que apenas podemos imaginar que suceda algo que no se pueda explicar por el sentido común. El hombre primitivo enfrentado con una conmoción de ese tipo no dudaría de su salud mental; pensaría en fetiches, espíritus o dioses.

 

Sin embargo, las emociones que nos afectan son las mismas. De hecho, los terrores que proceden de nuestra complicada civilización pueden ser mucho más amenazadores que los que el hombre primitivo atribuye a los demonios. (…) Recuerdo a un profesor de filosofía que una vez me consultó acerca de su fobia al cáncer. Padecía la convicción forzosa de que tenía un tumor maligno, aunque nada de eso se halló en docenas de radiografías. “Sé que no hay nada – diría -, pero tiene que haber algo”. ¿Qué es lo que le producía esa idea? Evidentemente procedía de un temor que no dimanaba por deliberación consciente. El pensamiento mórbido se apoderó de él de repente y tenía una fuerza propia que no pudo dominar.

 

Era mucho más difícil para este hombre culto aceptar una cosa así que lo hubiera sido para un hombre primitivo decir que estaba atormentado por un espíritu. La influencia maligna de los malos espíritus es, por lo menos, una hipótesis admisible en una cultura primitiva, pero para una persona civilizada resulta una experiencia desoladora tener que admitir que sus dolencias no son más que una travesura insensata de su imaginación. El primitivo fenómeno de la obsesión no ha desaparecido; es el mismo de siempre. Sólo que se interpreta de una forma distinta y más desagradable.

 


He hecho varias comparaciones de esta clase entre el hombre primitivo y el moderno. Tales comparaciones son esenciales para comprender la propensión del hombre a crear símbolos y el papel que desempeñan los sueños para expresarlos. Porque nos encontramos que muchos sueños presentan imágenes y asociaciones que son análogas a las ideas, mitos y ritos primitivos. Estas imágenes soñadas fueron llamadas por Freud “remanentes arcaicos”; la frase sugiere que son elementos psíquicos supervivientes en la mente humana desde lejanas edades. Este punto de vista es característico de quienes consideran el inconsciente como un mero apéndice de la consciencia (o, más pintorescamente, un cubo de la basura que recoge todos los desperdicios de la mente consciente).

 

Investigaciones posteriores me sugirieron que esa idea es insostenible y debe ser desechada. Hallé que las asociaciones e imágenes de esa clase son parte integrante del inconsciente y que pueden observarse en todas partes, tanto si el soñante es culto, como analfabeto, inteligente o estúpido. No hay, en sentido alguno, “remanentes” sin vida o sin significado. Siguen funcionando y son especialmente valiosos (…), precisamente a causa de su naturaleza “histórica”. Forman un puente entre las formas con que expresamos conscientemente nuestros pensamientos y una forma de expresión más primitiva, más coloreada y pintoresca. Esta forma es también la que conmueve directamente al sentimiento y la emoción. Estas asociaciones “históricas” son el vínculo entre el mundo racional de la consciencia y el mundo del instinto.

 

Ya he tratado del interesante contraste entre los pensamientos “controlados” que tenemos mientras estamos despiertos y la riqueza de imágenes producidas en los sueños. Ahora podemos ver otra razón para esa diferencia. Como en nuestra vida civilizada hemos desposeído a tantísimas ideas de su energía emotiva, en realidad, ya no respondemos más a ellas. Utilizamos esas ideas al hablar y mostramos una reacción usual cuando otros las emplean, pero no nos producen una impresión muy profunda. Algo más se necesita para que ciertas cosas nos convenzan lo bastante para hacernos cambiar de actitud y de conducta. Eso es lo que hace el “lenguaje onírico”; su simbolismo tiene tanta energía psíquica que nos vemos obligados a prestarle atención.

 

(…) Los mensajes del inconsciente son más importantes de lo que piensa la mayoría de la gente. En nuestra vida consciente estamos expuestos a toda clase de influencias. Hay personas que nos estimulan o deprimen, los acaecimientos en nuestro puesto de trabajo o en nuestra vida social nos perturban. Tales cosas nos llevan por caminos inadecuados a nuestra individualidad. Démonos cuenta o no del efecto que tienen en nuestra consciencia, se perturba con ellas y a ellas está expuesta casi sin defensa. Especialmente, ese es el caso de la persona cuya actitud mental extravertida pone todo el énfasis en los objetos externos o que alberga sentimientos de inferioridad y duda respecto a su más íntima personalidad.

 

Cuanto más influida está la consciencia por prejuicios, errores, fantasías y deseos infantiles, más se ensanchará la brecha ya existente haciéndose una disociación neurótica que conducirá a una vida más o menos artificial, muy alejada de los instintos sanos, la naturaleza y la verdad.

 

La función natural de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico produciendo material onírico que restablezca, de forma sutil, el total equilibrio psíquico. Eso es lo que llamo el papel complementario (o compensador) de los sueños en nuestra organización psíquica. (…) El sueño compensa las deficiencias de nuestras personalidades y, al mismo tiempo nos advierte los peligros de nuestra vida presente.

 

Recuerdo el caso de un hombre que estaba inextricablemente envuelto en ciertos negocios oscuros. Se le desarrolló una pasión casi mórbida por las ascensiones peligrosas de montaña, como una especie de compensación. Buscaba llegar “más arriba de sí mismo”. En un sueño, por la noche, se vio escalando la cumbre de una montaña en el vacío. Cuando me contó su sueño, vi inmediatamente el peligro y traté de recalcar la advertencia y convencerle de que se contuviera. Incluso le dije que el sueño le prevenía su muerte en un accidente de montaña. Fue en vano. Seis meses después “escaló en el vacío”. Un guía montañero le vio a él y a un amigo descender por una cuerda en un sitio peligroso. El amigo había encontrado un saliente donde apoyar el pie y el soñante le iba siguiendo. De repente, soltó la cuerda, según el guía, “como si fuera a saltar en el aire”. Cayó sobre su amigo y ambos se precipitaron y se mataron.

 

(…) No hubo magia en esto. Lo que sus sueños me dijeron es que buscaba inconscientemente la satisfacción de encontrar una salida definitiva a sus dificultades. Evidentemente no se esperaba el elevado precio que pagaría: su propia vida.

 

Por tanto, los sueños, a veces, pueden anunciar ciertos sucesos mucho antes de que ocurran en realidad. Esto no es un milagro o una forma de precognición. Muchas crisis de nuestra vida tienen una larga historia inconsciente. Vamos hacia ellas paso a paso sin darnos cuenta de los peligros que se van acumulando. Pero lo que no conseguimos ver conscientemente, con frecuencia lo ve nuestro inconsciente que nos transmite la información por medio de los sueños.

 

Los sueños pueden, muchas veces, advertirnos de ese modo; pero igualmente, muchas veces, parece que no pueden. Por tanto, toda suposición acerca de una mano benévola que nos detiene a tiempo es dudosa. O, diciéndolo de forma más concreta, parece que cierta intervención benévola a veces actúa y otras no. La mano misteriosa puede, incluso, señalar el camino de la perdición; los sueños demuestran que son trampas o que parecen serlo. A veces se comportan como el oráculo délfico que dijo al rey Creso que si cruzaba el río Halis, destruiría un gran reino. Solo después de haber sido derrotado completamente en una batalla, después de cruzar el río, fue cuando se dio cuenta de que el reino aludido por el oráculo era su propio reino.

 


No podemos permitirnos ser ingenuos al tratar de los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano sino más bien una bocanada de naturaleza, un espíritu de diosas bellas pero también crueles. Si queremos caracterizar ese espíritu, tendremos que acercarnos más a él, en el ámbito de las mitologías antiguas o las fábulas de los bosques primitivos, que en la consciencia del hombre moderno. No niego que se han obtenido grandes ganancias con la evolución de la sociedad civilizada. Pero esas ganancias se han hecho al precio de enormes pérdidas cuyo alcance apenas hemos comenzado a calcular. Parte de mis comparaciones entre los estados primitivo y civilizado del hombre ha sido mostrar el balance de esas pérdidas y ganancias.

 

El hombre primitivo estaba mucho más gobernado por sus instintos que sus modernos descendientes “racionales” los cuales han aprendido a “dominarse”. En este proceso civilizador hemos ido separando progresivamente nuestra consciencia de los profundos estratos instintivos de la psique humana y, en definitiva, hasta de la base somática del fenómeno psíquico. Afortunadamente no hemos perdido esos estratos instintivos básicos; continúan siendo parte del inconsciente aun cuando solo pueden expresarse por medio de imágenes soñadas. Estos fenómenos instintivos – aunque, incidentalmente, no siempre podemos reconocerlos por lo que son, porque su carácter es simbólico – desempeñan un papel vital en lo que llamé la función compensadora de lops sueños.

 

En beneficio de la estabilidad mental y aun de la salud fisiológica, el inconsciente y la consciencia deben estar integralmente conectados y, por tanto, moverse en líneas paralelas. Si están separados o “disociados”, se derivará en una alteración psicológica. A este respecto, los símbolos oníricos son los mensajeros esenciales de la parte instintiva enviados a la parte racional de la mente humana, y su interpretación enriquece la pobreza de la consciencia de tal modo que aprende a entender de nuevo el olvidado lenguaje de los instintos.

 

(…) Debería añadir una palabra de advertencia contra el análisis torpe o incompetente de los sueños. Hay algunas personas cuyo estado mental está tan desequilibrado que la interpretación de sus sueños tiene que ser extremadamente arriesgada; en tal caso, una consciencia muy unilateral está separada de su correspondiente inconsciente irracional o “quebrantado”, y no deben juntarse los dos sin tomar precauciones especiales.

 

Y, hablando más en general, es una simple bobada creer en guías sistemáticas ya preparadas, para la interpretación de los sueños, como si sencillamente se pudiera comprar un libro de consulta y buscar en él un símbolo determinado. Ningún símbolo onírico puede separarse del individuo que lo sueña y no hay interpretación definida o sencilla de todo sueño. Cada individuo varía tanto en la forma en que su inconsciente complementa o compensa su mente consciente que es imposible estar seguro de hasta qué punto pueden clasificarse los sueños y sus símbolos.

 


lunes, 22 de abril de 2013

EL PENSAMIENTO MÁGICO Y LAS RAÍCES DEL ESOTERISMO NAZI (por L. Pauwels y J. Bergier) PARTE III

Fragmentos de ALGUNOS AÑOS EN EL MÁS ALLÁ ABSOLUTOde “El Retorno de los Brujos: Una Introducción Al Realismo Mágico” (La Matin des Magiciens – Louis Pauwels y Jacques Bergier, 1960)

Tercera Parte (Ver Primera y Segunda Parte)


 
 
Los ingenieros alemanes, cuyos trabajos marcan el origen de los cohetes que lanzaron al cielo los primeros satélites artificiales, sufrieron un retraso en la puesta a punto de las V-2, gracias a los propios jefes nazis. El general Walter Dornberger dirigía las pruebas de Peenemünde, de donde salieron los ingenios teledirigidos. Aquellas pruebas se interrumpieron para someter los informes del general a los apóstoles de la cosmogonía horbigeriana. Se trataba, ante todo, de saber cómo reaccionaría en los espacios el «hielo eterno», y si la violación de la estratosfera no desencadenaría algún desastre sobre la Tierra. El general Dornberger explica, en sus Memorias, que los trabajos volvieron a interrumpirse otros dos meses, un poco más tarde. El Führer había soñado que las V-2 no funcionarían, o bien que el cielo tomaría venganza. Como este sueño se había producido durante un estado de trance particular, pesó más en la menté de los dirigentes que las opiniones de los técnicos. Detrás de la Alemania científica y organizada, velaba el espíritu de la antigua magia. Y este espíritu no ha muerto. En enero de 1958, el ingeniero sueco Robert Engstroem dirigió una Memoria a la Academia de Ciencias de Nueva York, poniendo en guardia a los Estados Unidos contra los experimentos astronáuticos. «Antes de proceder a tales experimentos, convendría estudiar de una manera nueva la mecánica celeste — declaraba. Y proseguía, en tono horbigeriano—: La explosión de una bomba "H" en la Luna podría provocar un espantoso diluvio sobre la Tierra.» En esta singular advertencia, volvemos a encontrar la idea paracientífica de los cambios de la gravitación lunar y la idea mística del castigo en un Universo donde todo resuena en todo. Estas ideas (que, por otra parte, no hay que rechazar enteramente si se quieren mantener abiertas todas las puertas del conocimiento) continúan ejerciendo, en su forma innata, una cierta fascinación. Después de una célebre encuesta, el americano Martin Gardner calculaba, en 1953, en más de un millón el número de discípulos de Horbiger en Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos. En Londres, H. S. Bellamy persigue desde hace treinta años la implantación de una antropología que tiene en cuenta la caída de las tres primeras lunas y la existencia de gigantes en los períodos secundario y terciario. Después de la guerra, pidió autorización a los rusos para realizar una expedición al monte Ararat, donde contaba con descubrir el Arca de la Alianza. La agencia Tass publicó una negativa categórica y los soviets declararon fascista la actitud intelectual de Bellamy y estimaron que tales movimientos paracientíficos son aptos para «despertar fuerzas peligrosas». En Francia, M. Denis Saurat, universitario y poeta, se ha erigido en portavoz de Bellamy, y el éxito de la obra de Welikovsky ha demostrado que muchos espíritus permanecen sensibles a una concepción mágica del mundo.

 

Ni que decir tiene que los intelectuales influidos por René Guénon y los discípulos de Gurdjieff se dan la mano con los horbigerianos. En 1952, un escritor alemán, Elmar Brugg, publicó un grueso volumen en honor del «padre del hielo eterno», de El Copérnico de nuestro siglo xx. Escribió: «La teoría del hielo eterno no constituye solamente una obra científica considerable. Es una revelación de los lazos eternos e incorruptibles entre el Cosmos y todos los acontecimientos de la Tierra. Ella enlaza los acontecimientos cósmicos con los cataclismos atribuidos a los climas, con las enfermedades, las muertes, los crímenes, y abre así unas puertas completamente nuevas al conocimiento de la marcha de la Humanidad. El silencio de la ciencia clásica a su respecto, sólo puede explicarse por la conspiración de los mediocres.»

 

El gran novelista austríaco Robert Musil, cuya obra ha sido comparada a la de Proust y a la de Joyce, analizó perfectamente el estado intelectual de Alemania en el momento en que Horbiger se sintió iluminado y el cabo Hitler urdió el sueño de redimir a su pueblo (L 'homme sans qualités, publicada en francés por Éditions du Seuil). «Los representantes del espíritu —escribe— no estaban satisfechos... Sus pensamientos no descansaban jamás, porque se aferraban a esta parte irreductible de las cosas que vaga eternamente sin poder integrarse jamás en el orden. Por esto acabaron convenciéndose de que la época actual en que vivían estaba predestinada a la esterilidad intelectual, y de que sólo podían salvarla un acontecimiento o un hombre excepcionales. Entonces nació, entre los llamados "intelectuales", la afición a la palabra "redimir". Estaban persuadidos de que la vida se acabaría si no llegaba pronto un mesías. Según los casos, sería un mesías de la Medicina, que debía salvar el arte de Esculapio de las investigaciones de laboratorio durante las cuales los hombres sufren y mueren sin ser atendidos; o un mesías de la poesía, capaz de escribir un drama que atrajese a millones de hombres a los teatros y que fuese, empero, perfectamente original en su nobleza espiritual. Aparte de esta convicción de que no había una sola actividad humana que pudiese salvarse sin la intervención de un mesías particular, existía, naturalmente, el sueño fútil y absolutamente torpe de un mesías de la talla de los fuertes, que habría de redimirlo todo.»

 

El caso es que no aparecerá un solo mesías, sino, permítaseme la expresión, una sociedad de mesías que tomará a Hitler por jefe. Horbiger es uno de ellos, y su concepto paracientífico de las leyes del Cosmos y de una historia épica de la Humanidad desempeñará un papel determinante en la Alemania de los «redentores». La Humanidad viene de más lejos y de más alto de lo que se cree, y le está reservado un prodigioso destino. Hitler, en su constante iluminación mística, tiene el convencimiento de que está allí para que se cumpla aquel destino. Su ambición y la misión de que se cree encargado rebasan infinitamente el campo de la política y del patriotismo. «He tenido que servirme —dice— de la idea de nación por razones de oportunidad, pero sabía ya que sólo podía tener un valor provisional... Llegará un día en que no quedará gran cosa, ni siquiera en Alemania, de lo que llaman nacionalismo. Lo que habrá en el mundo será una cofradía universal de dueños y de señores.» La política no es más que la manifestación extrema, la aplicación práctica y momentánea de una visión religiosa de las leyes de la vida sobre la Tierra y en el Cosmos. Hay, para la Humanidad, un destino que no podrían concebir los hombres corrientes y cuya visión no podrían soportar. Esto está reservado a algunos iniciados.

 

«La política —sigue diciendo Hitler— no es más que la forma práctica y fragmentaria de aquel destino.» Es el exoterismo de la doctrina, con sus eslóganes, sus hechos sociales, sus guerras. Pero también hay un esoterismo. Al apoyar a Horbiger, Hitler y sus amigos alientan una extraordinaria tentativa de reconstruir, partiendo de la ciencia o de una seudociencia, el espíritu de las edades antiguas, según el cual el hombre, la sociedad y el Universo obedecen a las mismas leyes, según el cual el movimiento de las almas y el de las estrellas tienen mutuas correspondencias. La lucha entre el hielo y el fuego, de la que nacieron, morirán y renacerán los planetas, se desarrolla también en el hombre mismo. Elmar Brugg escribe, con gran precisión: «El Universo, para Horbiger, no es un mecanismo muerto del que sólo una parte se deteriora poco a poco para sucumbir al fin, sino un organismo vivo en el sentido más prodigioso de la palabra, un ser vivo donde todo resuena en todo y que perpetúa, de generación en generación, su fuerza ardiente.»

 

Es el fondo del pensamiento hitleriano, según observó muy bien Rauschning: «No se pueden comprender los planes políticos de Hitler si no se conocen sus segundas intenciones y su convicción de que el hombre está en relación mágica con el Universo.»

 

Esta convicción, que fue la de los sabios de los siglos pasados, que rige la inteligencia de los pueblos que llamamos «primitivos» y a la que subtiende la filosofía oriental, no se ha extinguido en el Occidente de hoy, y aún es posible que la propia ciencia vuelva a prestarle, de un modo inesperado cierto vigor. Mientras tanto, la encontramos en su estado bruto, por ejemplo, en el judío ortodoxo Welikovsky, cuya obra Mundos en colisión alcanzó un éxito mundial en los años 1956 y 1957. Para los fieles del hielo eterno, como para Welikovsky, nuestros actos pueden tener resonancia en el Cosmos, y así pudo el Sol inmovilizarse en el cielo en favor de Josué. Hitler tuvo sus razones para nombrar a su astrólogo particular «plenipotenciario de las matemáticas, de la astronomía y de la física».

 

En cierta medida, Horbiger y los esoteristas nazis cambian los métodos y las direcciones mismas de la ciencia. La hacen reconciliarse por la fuerza de la astrología tradicional. Todo cuanto se haga después, en el plano de la técnica, en el inmenso esfuerzo de consolidación material del Reich, podrá hacerse, aparentemente, al margen de aquel espíritu: el impulso ha sido dado, y hay una ciencia secreta, una magia, en la base de todas las ciencias. «Hay —decía Hitler— una ciencia nórdica y nacionalsocialista que se opone radicalmente a la ciencia judeoliberal.»

 

Esta «ciencia nórdica» es un esoterismo, o mejor aún, bebe en la fuente de lo que constituye el fondo mismo de todo esoterismo. No fue por casualidad que se reeditaron cuidadosamente en Alemania y en los países ocupados las Enéadas, de Plotino. Durante la guerra, se leían las Enéadas en los grupitos de intelectuales místicos proalemanes, al igual que a los hindúes, a Nietzsche y a los tibetanos. Junto a cada línea de Plotino, junto a su definición de la astrología, por ejemplo, podría colocarse una frase de Horbiger. Plotino habla de los lazos naturales y sobrenaturales del hombre con el Cosmos, y de las partes del Universo entre sí:

 

«Este universo es un animal único que contiene dentro de sí a todos los animales... Sin estar en contacto, las cosas actúan y tienen necesariamente una acción a distancia... El mundo es un animal único, y por esto es absolutamente necesario que esté de acuerdo consigo mismo, no hay azar en su vida, sino una armonía y un orden únicos.» Y en fin: «Los acontecimientos de aquí abajo se producen de acuerdo con las cosas celestes.»

 

Más próximo a nosotros, William Blake, en su iluminación poeticorreligiosa, ve el Universo entero contenido en un grano de arena. Es la idea de la reversibilidad de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente grande, y de la unidad del Universo en todas sus partes. Según el Zohar: «Todo aquí abajo ocurre como en lo alto.» Y Hermes Trismegisto: «Lo que está arriba es lo que está abajo.». Y la antigua ley china: «Las estrellas en su curso combaten por el hombre justo.» Nos hallamos aquí en la base misma del pensamiento hitleriano. Y entendemos que es lamentable que este pensamiento no haya sido hasta hoy analizado de esta forma. Todos se han contentado con hacer hincapié en sus aspectos exteriores, en sus fórmulas políticas, en sus formas exotéricas. Naturalmente, reconoceréis sin dificultad que no intentamos revalorizar el nazismo. Pero aquel pensamiento se inscribió en los hechos. Influyó en los acontecimientos. Y creemos que estos acontecimientos sólo pueden ser realmente comprensibles bajo aquella Luz siguen siendo horribles, pero, alumbrados de esta suerte, se convierten en algo distinto de los dolores infligidos a los hombres por unos seres locos y malvados. Dan una cierta amplitud a la Historia; vuelven a colocar a ésta a un nivel en que deja de ser absurda y merece ser vivida, incluso en el dolor: el nivel espiritual.

 

Queremos dar a entender que una civilización totalmente distinta de la nuestra apareció en Alemania y se mantuvo durante algunos años. Y, bien pensado, no es inverosímil que una civilización tan profundamente extraña a nosotros pudiese arraigar en tan poco tiempo. Nuestra propia civilización humanista descansa en un misterio. El misterio es que todas las ideas, en nosotros, coexisten, y que el conocimiento aportado por una idea acaba por aprovechar a la idea contraria. Es más, en nuestra civilización, todo contribuye a hacer comprender al espíritu que el espíritu no lo es todo. Una conspiración inconsciente de las fuerzas materiales reduce los riesgos, mantiene al espíritu en los límites en que, sin estar excluido el orgullo, la ambición aparece un tanto moderada por un poco de «¡y para qué!». Como dijo muy bien Musil: «Bastaría con que se tomase realmente en serio una cualquiera de las ideas que influyen en nuestra vida, de tal suerte que no subsistiera absolutamente nada de su contraria, para que nuestra civilización dejara de ser nuestra civilización.» Esto fue lo que ocurrió en Alemania, al menos en las altas esferas dirigentes del socialismo mágico.

 

Estamos en relación mágica con el Universo, pero lo hemos olvidado. La próxima mutación de la raza humana creará seres conscientes de esta relación, hombres-dioses. Y esta mutación hace sentir ya sus efectos en ciertas almas mesiánicas que se entroncan con un remoto pasado y se acuerdan del tiempo en que los gigantes influían en el curso de los astros.

 

Como ya hemos visto, Horbiger y sus discípulos imaginan épocas de apogeo de la Humanidad: las épocas de luna baja, a fines del secundario y a fines del terciario. Cuando el satélite amenaza con caer sobre la Tierra, cuando rueda a poca distancia del Globo, los seres vivos están en la cima de su poderío vital y sin duda de su poderío espiritual. El rey gigante, el hombre-dios, capta y orienta las fuerzas psíquicas de la comunidad. Y dirige el haz de radiaciones de suerte que se mantenga el curso de los astros y se retrase la catástrofe. Ésta es la función primordial del gigante mago. En cierta medida, mantiene en su sitio el sistema solar. Gobierna una especie de central de energía psíquica, y en ello está su realeza. Esta energía participa de la energía cósmica. Así, el calendario monumental de Tiahuanaco, erigido durante la civilización de los gigantes, no había sido construido para registrar el tiempo y los movimientos de los astros, sino para crear el tiempo y mantener estos movimientos. Se trata de prolongar hasta el máximo el período en que la Luna permanece a unos cuantos radios terrestres del Globo, y cabe en lo posible que toda la actividad de los hombres, bajo la dirección de los gigantes, se redujese a la concentración de la energía psíquica, a fin de conservar la armonía de las cosas terrestres y celestes. Las sociedades humanas, impulsadas por los gigantes, son una especie de dínamos.

G. I. Gurdjieff
 

En éstas se producen fuerzas que desempeñan un papel en el equilibrio de las fuerzas universales. El hombre, y en especial el gigante, el hombre-dios, es responsable del Cosmos entero. Hay un parecido singular entre este punto de vista y el de Gurdjieff. Sabido es que el célebre taumaturgo pretendía haber aprendido, en los centros de iniciación de Oriente, cierto número de secretos sobre los orígenes de nuestro mundo y sobre las altas civilizaciones extinguidas hace centenares de años. En su famosa obra All and Everything, y empleando las imágenes a que era tan aficionado, escribe: «Esta Comisión (de los ángeles arquitectos creadores del sistema solar), después de calcular todos los hechos conocidos, llegó a la conclusión de que, aunque los fragmentos proyectados lejos del planeta Tierra podían mantenerse algún tiempo en su posición actual, sin embargo, en el futuro, y a causa de lo que se llama movimientos tastartoonarianos, tales fragmentos satélites podrían abandonar su posición y producir un gran número de calamidades irreparables. Por esto, los altos comisarios decidieron tomar medidas para evitar esta eventualidad. Y el medio más eficaz, pensaron, era que el planeta Tierra enviase constantemente a sus fragmentos satélites, para mantenerlos en su sitio, las vibraciones sagradas llamadas askokinns.»

 

Los hombres están, pues, dotados de un órgano especial, emisor de fuerzas psíquicas destinadas a mantener el equilibrio del Cosmos. Es lo que llamamos vagamente el alma, y todas nuestras religiones no serían más que el recuerdo adulterado de esta función primordial: participar en el equilibrio de las energías cósmicas. «En la primitiva América —recuerda Denis Saurat—, los grandes iniciados realizaban una ceremonia sagrada con raquetas y pelotas: las pelotas trazaban en el aire el curso de los astros en el cielo. Si uno, por torpeza, dejaba caer o perdía la pelota, era causa de catástrofes astronómicas: entonces lo mataban y le arrancaban el corazón.»

 

El recuerdo de esta función primordial se pierde en leyendas y supersticiones, desde el Faraón que, por su mágico poder, hace subir las aguas del Nilo todos los años, hasta los rezos del Occidente pagano para desviar los vientos o hacer cesar el granizo y las prácticas de hechicería de los brujos polinesios para provocar la lluvia. El origen de toda religión elevada estaría en esta necesidad, conocida por los hombres de las edades remotas y por sus reyes gigantes: mantener lo que Gurdjieff llama «movimiento cósmico de armonía general».

 

En la Tierra existen ciclos en la lucha entre el hielo y el fuego, que es la clave de la vida universal. Horbiger afirma que, cada seis mil años, sufrimos una ofensiva del hielo. Se producen diluvios y grandes catástrofes. Pero, en el seno de la Humanidad, se produce cada setecientos años una embestida de fuego. Es decir, cada setecientos años, el hombre recobra la conciencia de su responsabilidad en la lucha cósmica. Vuelve a ser religioso, en el sentido pleno de la palabra. Reanuda su contacto con las inteligencias extinguidas hace largo tiempo. Se prepara para las mutaciones futuras. Su alma adquiere las dimensiones del Cosmos. Recobra el sentido de la epopeya universal. De nuevo es capaz de distinguir entre lo que viene del hombre-dios y lo que viene del hombre-esclavo, y de arrojar de la Humanidad lo que pertenece a las especies condenadas. Vuelve a ser implacable y flamígero. Vuelve a ser fiel a la función hacia la cual lo elevaron los gigantes.

 

No hemos logrado comprender cómo justificaba Horbiger estos ciclos, cómo adoptaba esta afirmación al conjunto de su sistema. Pero Horbiger declaraba, igual que Hitler, que la preocupación de la coherencia es un vicio mortal. Lo que cuenta es lo que provoca el movimiento. El crimen es también movimiento: el crimen contra el espíritu es beneficioso. En fin, Horbiger había tenido conocimiento de esos ciclos por inspiración. Esto le daba más autoridad que el razonamiento. La última embestida del fuego había coincidido con la aparición de los caballeros teutónicos. Ahora estábamos en una nueva embestida que coincidía con la fundación de «El Orden Negro» nazi. Rauschning, que se azoraba porque no poseía la clave del pensamiento del Führer y seguía siendo un buen aristócrata humanista, destacaba las frases que Hitler se permitía a veces pronunciar en su presencia: Constantemente introducía entre sus frases el tema de lo que él llamaba el «giro decisivo del mundo», o la bisagra del tiempo. Habría una conmoción en el planeta que nosotros, los no iniciados, no podíamos comprender en toda su amplitud. Hitler hablaba como un vidente. «La especie humana —decía— sufría desde su origen una prodigiosa experiencia cíclica. De un milenio a otro, pasaba por pruebas de perfeccionamiento. La cuarta luna se acercará a la Tierra, se alterará la gravitación. Subirán las aguas y los seres pasarán por un período de gigantismo. La acción más fuerte de los rayos cósmicos producirá mutaciones. El mundo entrará en una nueva fase atlántida». Se había construido una mística biológica, o, si sé prefiere, una biología mística, que era la base de sus inspiraciones. Se había fabricado una terminología personal. «La falsa ruta del espíritu» era el abandono por el hombre de su vocación divina. Tomaba como fin de la evolución humana la adquisición de la «visión mágica». Creía hallarse ya en los umbrales de este saber mágico, fuente de los éxitos presentes y futuros. Un profesor coetáneo, de Munich (no era de Munich, sino austríaco: se trata de Horbiger del cual Rauschning habla de oídas), había escrito, además de cierto número de obras científicas, algunos ensayos bastante extraños sobre el mundo primitivo, la formación de las leyendas, la interpretación de los sueños en los pueblos de las primeras edades, así como sobre sus conocimientos intuitivos y una parte de poder trascendental que habrían utilizado para modificar las leyes de la Naturaleza. Se hablaba también, en aquella hojarasca del ojo del Cíclope, del ojo frontal que se había atrofiado enseguida para formar la glándula pineal. Tales ideas fascinaban a Hitler. Le gustaba sumergirse en ellas. Sólo por la acción de fuerzas ocultas podía explicarse la maravilla de su propio destino. Atribuía a estas fuerzas su vocación sobrehumana de anunciar a la Humanidad el nuevo evangelio.

 

El período solar del hombre tocaba a su término: ya se podían descubrir las primeras muestras del superhombre. Se anunciaba una nueva especie, que expulsaría a la antigua Humanidad. De la misma manera que, según la inmortal sabiduría de los antiguos pueblos nórdicos, e mundo debía rejuvenecerse continuamente por el derrumbamiento de las edades anticuadas y el ocaso de los dioses; de la misma manera que los solsticios eran, en las viejas mitologías, el símbolo del ritmo vital, que no sigue la línea recta y continua, sino la espiral, así la Humanidad progresaba por una especie de saltos y revueltas.

 

»Cuando Hitler se dirigía a mí—prosigue Rauschning—, intentaba explicar su vocación de anunciador de una nueva Humanidad en términos racionales y concretos. Decía: »"La creación no ha terminado. El hombre llega claramente a una fase de metamorfosis. La antigua especie humana ha entrado ya en el estadio del agotamiento. La Humanidad sube un escalón cada setecientos años, y lo que se juega en esta lucha, a plazo más largo, es el advenimiento de los Hijos de Dios. Toda la fuerza creadora se concentrará en una nueva especie. Las dos variedades evolucionarán rápidamente en sentido divergente. Una de ellas desaparecerá, y la otra florecerá. Será infinitamente superior al hombre actual... ¿Comprende ahora el sentido profundo de nuestro movimiento nacionalsocialista? El que sólo comprende el nacionalsocialismo como movimiento político, no sabe gran cosa de él..."»

 

Rauchning, lo mismo que los demás observadores, no enlazó la doctrina racial con el sistema general de Horbiger. Sin embargo, el nexo existe, en cierto modo. Tal doctrina forma parte del esoterismo nazi; del que vamos a considerar seguidamente otros aspectos. Había un racismo de propaganda: es el que han descrito los historiadores y han condenado justamente los tribunales, interpretando la conciencia popular. Pero había otro racismo, más profundo y sin duda más horrible. Éste quedó fuera del alcance del entendimiento de los historiadores y de los pueblos; no podía existir un lenguaje común entre estos racistas, de una parte, y sus víctimas y sus jueces de otra. En el período terrestre y cósmico en que nos hallamos, esperando el nuevo ciclo que determinará en la Tierra nuevas mutaciones, una nueva clasificación de las especies y el retorno al gigante mago, al hombre-dios, en este período, decimos, coexisten en el Globo especies procedentes de diversas fases del secundario, del terciario y del cuaternario. Ha habido fases de ascenso y fases de derrumbamiento. Ciertas especies muestran las señales de la degeneración; otras, son anuncio del futuro y llevan los gérmenes del porvenir. El hombre no es uno. Y así, los hombres no son descendientes de los gigantes, sino que aparecieron después de los gigantes. Fueron creados a su vez por mutación. Pero, ni siquiera esta Humanidad media pertenece a una sola especie. Hay una Humanidad verdadera, llamada a conocer el próximo ciclo, dotada de los órganos psíquicos necesarios para desempeñar un papel en el equilibrio de las fuerzas cósmicas y destinada a la epopeya, bajo la dirección de los Superiores Desconocidos venideros. Y hay otra humanidad, que no era más que una aparición de tal, que no merece este nombre, y que, sin duda, apareció en el Globo en las épocas bajas y oscuras en que, a causa de la caída del satélite, inmensas regiones del mundo quedaron convertidas en cenagales desiertos. Indudablemente fue creada junto con los seres reptantes y odiosos, manifestaciones de una vida fracasada. Los gitanos, los negros y los judíos no son hombres, en el sentido real de la palabra. Nacidos después del hundimiento de la luna terciaria, por brusca mutación, como por un desgraciado tartamudeo de la fuerza vital castigada, estas criaturas «modernas» (y especialmente los judíos) imitan al hombre y le envidian, pero no pertenecen a la especie. «Están tan alejados de nosotros como las especies animales de la especie humana verdadera», dice literalmente Hitler a Rauschning, que descubre en el Führer una visión todavía más delirante que en Rosenberg y demás teóricos del racismo. «Y no es —precisa Hitler— que llame animal al judío. Este está mucho más alejado del animal que nosotros.» Exterminarlo no es un crimen de lesa humanidad, puesto que no forma parte de la Humanidad. «Es un ser extraño al orden natural.»

 

Por esto algunas sesiones del proceso de Nuremberg carecían de sentido. Los jueces no podían sostener ninguna clase de diálogo con los responsables, que, por otra parte, habían desaparecido en su mayoría, dejando sólo a los ejecutores en el banquillo. Se enfrentaban dos mundos, sin posible comunicación. Igual habría sido juzgar a unos marcianos en el plano de la civilización humanista. Porque eran marcianos. Pertenecían a un mundo separado del nuestro, del que conocemos desde hace seis o siete siglos. En unos años y sin que nos diésemos cuenta, se había establecido en Alemania una civilización completamente distinta de lo que hemos convenido en llamar civilización.

 

Sus iniciadores no tenían en el fondo la menor comunicación intelectual, moral o espiritual con nosotros. A despecho de las formas externas, nos eran tan extraños como los salvajes de Australia. Los jueces de Nuremberg se esforzaban en disimular que tropezaban con esta turbadora realidad. En cierto modo, se trataba, en efecto, de correr un velo sobre la realidad, a fin de hacerla desaparecer como en un truco de prestidigitación. Se trataba de defender la idea de la permanencia y la universalidad de la civilización humanista y cartesiana, y era preciso integrar a los acusados en el sistema, de grado o por fuerza. Era necesario. Se jugaba el equilibrio de la conciencia occidental, y queremos dejar bien sentado que no negamos que la empresa de Nuremberg fue beneficiosa. Pensamos simplemente que allí se enterró lo fantástico. Pero bien estaba enterrado, a fin de evitar que docenas de millones de almas se contagiaran. Nosotros sólo excavamos para algunos aficionados, apercibidos y provistos de máscara.

 

Nuestro espíritu se niega a admitir que la Alemania nazi encarnase los conceptos de una civilización sin relación alguna con la nuestra. Sin embargo, esto, y sólo esto, justifica la pasada guerra, una de las pocas de la Historia conocida en que se jugaba algo realmente esencial. Tenía que triunfar una de las dos visiones del hombre, del cielo y de la Tierra; la humanista o la mágica. No había coexistencia posible, mientras podemos imaginarla de buen grado entre el liberalismo y el marxismo, pues ambos descansan en el mismo suelo y pertenecen al mismo Universo. El Universo de Copérnico no es el de Plotino; ambos se oponen fundamentalmente, y esto es no sólo cierto en el terreno de la teoría, sino también en el de la vida social, política, espiritual, intelectual y pasional.

 

El motivo de que nos cueste admitir esta visión extraña de otra civilización establecida en un abrir y cerrar de ojos allende el Rin, es que conservamos una idea infantil de la distinción entre el «civilizado» y el que no lo es. Para ver esta distinción necesitamos cascos de plumas, tam-tams y chozas de paja. Ahora bien, hubiese sido más fácil «civilizar» a un hechicero bantú que atraer a nuestro humanismo a Hitler, Horbiger o Haushoffer. Pero la técnica alemana, la ciencia alemana, la organización alemana, comparables, si no superiores a las nuestras, nos ocultaban este punto de vista. La novedad formidable de la Alemania nazi fue que al pensamiento mágico se añadió la ciencia y la técnica. Los intelectuales detractores de nuestra civilización, vueltos al espíritu de las edades antiguas, han sido siempre enemigos del progreso técnico. Ejemplo: René Guénon, Gurdjieff o los innumerables hinduistas. En cambio, el nazismo constituyó el momento en que el espíritu de la magia asió las palancas del progreso material. Lenin decía que el comunismo era el socialismo más la electricidad. En cierto modo, el hitlerismo era el guenonismo más las Divisiones blindadas.

 

(…)

 

Otro arquetipo es el que asimila el fuego a la energía espiritual. Quien posee esta energía, posee el fuego. Por extraño que parezca, Hitler estaba persuadido de que, por dondequiera que él avanzara, retrocedería el frío. Esta convicción mística explica en parte su manera de conducir la campaña de Rusia.

 

Los horbigerianos, que alardeaban de prever el tiempo en todo el planeta, con meses e incluso años de antelación, habían anunciado un invierno relativamente benigno. Pero había más: por medio de los discípulos del hielo eterno, Hitler estaba persuadido de que había cerrado una alianza con el frío y de que las nieves de las llanuras rusas no entorpecerían su marcha. La Humanidad iba a entrar en el nuevo ciclo del fuego. Estaba entrando ya. El invierno cedería ante sus legiones portadoras de la llama. Aunque el Führer prestaba una atención especial al equipo material de sus tropas, sólo había hecho dar a los soldados de la campaña de Rusia un suplemento irrisorio de prendas de vestir: una bufanda y un par de guantes.

 

Y, en diciembre de 1941, el termómetro descendió bruscamente a menos de cuarenta grados bajo cero. Las previsiones eran falsas, las profecías no se cumplían; los elementos se rebelaban; los astros, en su carrera, dejaban de trabajar para el hombre justo. El hielo triunfaba sobre el fuego. Las armas automáticas se encallaron al helarse el aceite. En los depósitos, la gasolina sintética se descomponía, por la acción del frío, en dos elementos inutilizables. En la retaguardia, se helaban las locomotoras. Bajo su capote y calzados con sus botas de uniforme, morían los hombres. La más leve herida los condenaba a muerte. Millares de soldados, al agacharse para hacer sus necesidades, se derrumbaban con el ano helado. Hitler se negó a creer este primer desacuerdo entre la mística y la realidad. El general Guderian, exponiéndose a la destitución y tal vez a la muerte, voló a Alemania para poner al Führer al corriente de la situación y pedirle que diese la orden de retirada.

—El frío —dijo Hitler— es cosa mía. ¡Atacad!

Y así fue como todo el Cuerpo de ejército blindado que había vencido a Polonia en dieciocho días y a Francia en un mes, los ejércitos de Guderian, de Reinhardt y de Hoeppner, la formidable legión de conquistadores a los que Hitler llamaba sus Inmortales, tronchada por el viento, quemada por el hielo, empezó a disolverse en el desierto del frío, para que la mística fuese más verdadera que la tierra. Los restos de este Gran Ejército tuvieron por fin que abandonar y dirigirse hacia el Sur.

 



Cuando, durante la primavera siguiente, las tropas iniciaron su ofensiva hacia el Cáucaso, se desarrolló una ceremonia singular. Tres alpinistas de la SS escalaron la cumbre del Elbruz, montaña sagrada de los arios, hogar de antiguas civilizaciones, cumbre mágica de la secta de los «Amigos de Lucifer». Y plantaron la bandera de la cruz gamada, bendecida según el rito de la Orden Negra. La bendición de la bandera en la cima del Elbruz debía señalar el principio de una nueva era. A partir de entonces, las estaciones obedecerían y el fuego vencería al hielo por muchos milenios. El año pasado habían sufrido una grave decepción, pero no era más que una prueba, la última, antes de la verdadera victoria espiritual. Y, a despecho de las advertencias de los meteorólogos clásicos, que anunciaban un invierno más temible que el pasado, a despecho de mil señales amenazadoras, las tropas subieron hacia el Norte, en dirección a Stalingrado, para cortar Rusia en dos. «Mientras mi hija entonaba sus cánticos inflamados, allá arriba, junto al mástil escarlata, los discípulos de la razón se mantuvieron apartados, con semblante tenebroso...»

 

Pero los «discípulos de la razón», con «semblante tenebroso» se salieron con la suya. Triunfaron los hombres materiales, los hombres «sin fuego», con su valor, su ciencia «judeoliberal» y su técnica sin prolongaciones religiosas; los hombres carentes de «sagrada desmesura», ayudados por el frío y por el hielo. Ellos hicieron fracasar el pacto. Ellos burlaron a la magia. Después de Stalingrado, Hitler deja de ser un profeta. Su religión se derrumba. Stalingrado no es sólo una derrota militar y política. El equilibrio de las fuerzas espirituales se modifica, la rueda gira. Los periódicos alemanes aparecen con recuadros negros y las descripciones que dan del desastre son más terribles que los comunicados rusos. Se decreta el luto nacional. Pero este luto rebasa la nación: «¡Daos cuenta!  escribe Goebbels—. Es todo un pensamiento, es toda una concepción del Universo que ha sufrido una derrota. Las fuerzas espirituales van a ser aplastadas, la hora del juicio se acerca.»

 

En Stalingrado, no es el comunismo que triunfa del fascismo, o mejor dicho, no es sólo esto. Mirándolo desde más lejos, es decir, desde el lugar adecuado para abarcar el sentido de tan amplios acontecimientos, es nuestra civilización humanista la que detiene el empuje formidable de otra civilización, luciferina, mágica, no hecha para el hombre, sino para «algo que es más que un hombre». No existen diferencias esenciales entre los móviles de los actos civilizadores de la URSS y de los Estados Unidos. La Europa de los siglos XVIII y XIX proporcionó el motor que sigue funcionando. No suena exactamente igual en Nueva York que en Moscú pero esto es todo. Había un solo mundo en guerra contra Alemania, no una coalición momentánea de enemigos fundamentales. Un solo mundo que cree en el progreso, en la justicia, en la igualdad y en el silencio. Un solo mundo que tiene la misma visión del Cosmos, la misma comprensión de las leyes universales y que asigna al hombre, en el Universo, el mismo lugar, ni demasiado grande, ni demasiado pequeño. Un solo mundo que cree en la razón y en la realidad de las cosas. Un solo mundo que tenía que desaparecer entero para dejar sitio a otro, del que Hitler se creía anunciador.

 

Es el hombrecillo del «mundo libre», el habitante de Moscú, de Boston, de Limoges o de Lieja, el hombrecillo positivo, racionalista, más moralista que religioso, desprovisto de sentido metafísico, poco aficionado a lo fantástico, el hombre a quien Zaratustra tenía por apariencia de hombre, por criatura de hombre; el hombrecillo salido del muslo de M. Homais, quien va a aniquilar al Gran Ejército destinado a abrir camino al superhombre, al hombre-dios, dueño de los elementos, de los climas y de las estrellas. Y, por un curioso disentir de la justicia—o de la injusticia—, es este hombrecillo de alma limitada quien, años más tarde, lanzaría un satélite al espacio, inaugurando la era interplanetaria. Stalingrado y el lanzamiento del Sputnik son, como dicen los rusos, las dos victorias decisivas, que celebraron conjuntamente en 1957, a raíz del aniversario de su revolución. Sus periódicos publicaron una fotografía de Goebbels: «Creía que íbamos a desaparecer. Pero teníamos que triunfar para crear el hombre interplanetario.» La resistencia desesperada, loca, catastrófica, de Hitler, en el momento en que, evidentemente, todo estaba perdido, sólo se explica por la espera del diluvio descrito por los horbigerianos. Si no se podía volver la situación por medios humanos, quedaba la posibilidad de provocar el juicio de los dioses. Vendría el diluvio, como un castigo, para la Humanidad entera. La noche envolvería el Globo y todo se ahogaría entre tempestades de agua y de granizo. Hitler, dice Speer, horrorizado, «trataba deliberadamente de que todo pereciese con él. Ya no era más que un hombre para quien el fin de su propia vida significaba el fin de todas las cosas». Goebbels, en sus últimos editoriales, saluda con entusiasmo a los bombardeos enemigos que destruyen su país: «Bajo las ruinas de nuestras ciudades derrumbadas, quedan enterradas las realizaciones del estúpido siglo XIX.» Hitler entroniza a la muerte: prescribe la destrucción total de Alemania, hace ejecutar a los prisioneros, condena a su antiguo cirujano, hace matar a su cuñado, pide la muerte para los soldados vencidos, y él mismo bajó a la tumba. «Hitler y Goebbels —escribe Trevor Roper— invitaron al pueblo alemán a destruir sus ciudades y sus fábricas y el material rodado, y todo en favor de una leyenda, en nombre de un ocaso de los dioses.» Hitler pide sangre, envía sus últimas tropas al sacrificio: «Las pérdidas no parecen jamás bastante elevadas», dice. No son los enemigos de Alemania que ganan la partida; son las fuerzas universales que se ponen en marcha para ahogar la Tierra y castigar a la Humanidad, porque la Humanidad ha dejado que el hielo venciera al fuego, que las potencias de la muerte vencieran a las potencias de la vida y la resurrección. El cielo se vengará. Sólo le cabe ya, al moribundo, impetrar el gran diluvio. Hitler hace un sacrificio al agua: ordena que se inunde el Metro de Berlín, donde perecen 300.000 personas refugiadas en los subterráneos. Es un acto de magia: su gesto provocará movimientos apocalípticos en el cielo y en la Tierra.

 

Goebbels publica un último artículo antes de matar, en el bunker, a su mujer y a sus hijos y de matarse él mismo. Titula su editorial de despedida: «Y, a pesar de todo, será.» Dice que el drama no se representa a escala de la Tierra, sino del Cosmos. «Nuestro final será el final de todo el Universo.»

 

Elevaban su pensamiento delirante a los espacios infinitos, y murieron en un subterráneo. Creían que preparaban el hombre-dios al que obedecerían los elementos. Creían en el ciclo del fuego. Tenían que vencer al hielo, así en el cielo como en la Tierra, y sus soldados se morían al bajarse los calzones. Alimentaban una visión fantástica de la evolución de las especies y esperaban formidables mutaciones.

 

Pero sin duda hay una profecía más profunda que condena a los propios profetas y los condena a una muerte más que trágica: caricaturesca. En el fondo de su cueva, escuchando el creciente ronquido de los tanques, acababan su vida ardiente y malvada, entre las rebeldías, los dolores y las súplicas con que termina la visión de Shelley intitulada Helias:

 

¡Oh!¡Deteneos! ¿Deben volver el odio y la muerte? ¡Deteneos! ¿ Tienen los hombres que matar y morir? ¡Deteneos! ¡No apuréis hasta las heces La copa de una amarga profecía! El mundo está cansado del pasado. ¡Oh! ¡Que muera o que repose al fin!