sábado, 29 de noviembre de 2025

JAMES SHELBY DOWNARD: EL PADRINO DE LA CONSPIRANOIA SINCROMÍSTICA – PARTE II

JAMES SHELBY DOWNARD: EL PADRINO DE LA CONSPIRANOIA SINCROMÍSTICA – PARTE II

Por: Mazzu

 

 


EL DETECTIVE PARANOICO DE LO OCULTO

Profundicé mi interés en Mr. James Shelby Downard escuchando podcasts. Creo que la primera vez que oí sobre él en un podcast fue en la voz de Adam Gorightly, que estaba como invitado en Conspirinormal (episodio 33 [!], julio de 2013). La figura de Downard era magnética, pero las búsquedas sobre el personaje resultaban prácticamente estériles.

La información que había hasta ese momento sobre él era bastante oscura: nacido el 13 de marzo de 1913 y fallecido el 16 de marzo de 1998, la imagen que se tenía de Downard por aquel entonces era la de un ermitaño mezcla de investigador paranoico de lo oculto y de genio loco, que huía (armado con una Colt 45 siempre cargada) de posibles intentos de asesinato por parte de los masones conspirados en su contra, mientras viajaba de estado en estado en su tráiler Airstream estudiando las relaciones místicas entre ciertos lugares especiales de la geografía norteamericana, su onomatología, y la historia oculta de los Estados Unidos. Ese era el retrato que pintaban sus asociados cercanos como Michael A. Hoffman II, William Grimstad y Adam Parfrey.

En el prefacio de la autobiografía de Downard, The Carnivals of Life and Death, Adam Parfrey escribe:

Entre sus defensores, James Shelby Downard es una figura casi mítica. A lo largo de los años, decenas de devotos fans escribieron y enviaron correos electrónicos a Feral House solicitando más obras de Downard. Una banda punk de Atlanta se puso el nombre King-Kill 33° y Marilyn Manson compuso una canción con el mismo nombre. (…)


King-Kill 33°  Marilyn Manson

Los guardianes de la realidad mainstream no tardarían en tachar a Downard de chiflado. De hecho, Downard poseía las características típicas de la chifladura: frecuentes envíos de correspondencia que revelaban recuerdos previamente suprimidos por el control mental, en sobres sellados con una cita de Ambrose Bierce: «Mi país, eres tú/ dulce tierra de delitos».

En otro artículo breve titulado Riding the Downardian Nightmare, Parfrey añade:

Feral House recibe cartas de cineastas y de gente común a diario rogando por la dirección de Downard. Pero Downard solía pasar la mayor parte del tiempo viajando por el país en su caravana Airstream, explorando la magia geomántica.


Tráiler Airstream

Michael A. Hoffman, en la introducción de King-Kill/33° en su página web, nos ofrece otras pinceladas de la vida nómade de Mr. Downard:

Recuerdo estar sentado en la caravana de Shelby en San Petersburgo, Florida, en 1977, junto al gran filósofo forteano William N. Grimstad y Charles Saunders, un brillante ermitaño que fue amigo íntimo de Jack Kerouac hacia el final de la vida del escritor beat (…).

La conversación de Shelby aquel día abarcó desde el significado oculto del theremín hasta las implicaciones mágicas de los ascensores, la relación que tenía con un conejo evanescente llamado Petey; las siniestras connotaciones del circo y la topografía mística del suroeste americano, que el señor Downard conocía como la palma de su mano. Mientras freía nuestras hamburguesas, nos deleitaba con su acento de buscador de oro sobre las maravillas ocultas de un tapiz de coincidencias que tejía a partir de los detalles aparentemente mundanos de la vida cotidiana, convirtiéndolo en una alfombra mágica de incomparable extrañeza y utilidad sin parangón.

El primer artículo publicado de Downard, como dijimos en la entrada anterior, fue una versión abreviada del ensayo King-Kill/33°, coescrito con Michael A. Hoffman II. Este formaba parte de Apocalypse Culture, una antología de autores variopintos bastante marginales, publicada en 1987 a través de Feral House, editorial fundada por Adam Parfrey.



Pero la primera mención escrita sobre las teorías de Downard figura nada más y nada menos que en la genial autobiografía de Robert Anton Wilson, Cosmic Trigger I, de 1977. Ahí, RAW escribe:

El Sr. Grimstad me envió una cinta titulada “Sirius Rising” en la que él y otro aficionado a las conspiraciones llamado Downard describían la más absurda, la más increíble, la más ridícula teoría Illuminati de todas. El único problema es que, después de los datos extraños que ya hemos examinado, la Teoría Grimstad-Downard puede no sonar totalmente increíble para nosotros. De acuerdo con “Sirius Rising”, los Illuminati están preparando al mundo, de manera oculta, para el contacto extraterrestre. Parte de la preparación mágica, que sólo los Iluminados pueden entender, incluye:

(A) La fundación del Instituto Tecnológico de California —Cal Tech —a los 33 ° de latitud. (Esta fue realmente parte de la obra del ingeniero aeroespacial y ocultista Jack Parsons, quien fuera, en efecto, discípulo de Crowley como hemos visto. De hecho, según algunos informes, eran tantos los científicos del Cal Tech involucrados en la magiak crowleyana, que el gobierno se preocupó y envió agentes a infiltrarse en la O.T.O. para descubrir cuán subversiva era. L. Ron Hubbard, fundador de la Cienciología, era miembro de esa rama de la O.T.O. en ese momento, y más tarde afirmó que se había infiltrado en ella bajo órdenes de la inteligencia naval.)

(B) El asesinato de John F. Kennedy a los 33 ° de latitud, para cumplir con el ritual alquímico de “la muerte del rey divino”.

(C) El lanzamiento de cohetes a la Luna desde Cabo Kennedy, nuevamente a los 33 ° de latitud.

(D) La disposición de que el primer hombre en caminar sobre la Luna fuera un Mason del grado 33, cosa que Neil Armstrong era. (El Sr. Grimstad y el Sr. Downard parecen compartir la idea, ampliamente sostenida por los fanáticos anti-Illuminati, que todos los masones del grado 33 son iniciados Illuminati.)

Personalmente, no creo para nada en este galimatías, aunque es similar al tipo de magia numerológica-cabalística a la que los Illuminati se inclinarían, si es que realmente existen. Y las locaciones dadas no están todas exactamente en los 33 ° de latitud, aunque debo admitir que están muy cerca.

El tío Bob nos brinda una buena pista: Downard y sus teorías ya estaban rondando los circuitos conspirológicos desde – al menos – mediado de la década de 1970. Adam Gorightly, en su breve biografía sobre Downard titulada James Shelby Downards Mystical War, comenta:

King Kill 33° de Downard se basa en un canon conspirativo más amplio, que surgió en una serie de audiocasetes producida por el protegido de Downard, William Grimstad, a mediados de la década de 1970, titulada Sirius Rising.

Al parecer las cintas originales eran varias, pero se han perdido. Sin embargo, un fragmento de algo más de una hora fue editado en CD en 2018 y pueden verlo en YouTube.



William Grimstad, bajo el seudónimo de Jim Brandon, escribió dos clásicos forteanos: Weird America (1978) y The Rebirth of Pan (1983). En la sección “Dallas, Texas” de Weird America, Brandon presenta la teoría de que JFK era un “rey ceremonial que debía morir”, asesinado por alquimistas modernos siguiendo una antigua tradición pagana, una hipótesis a la que llegó “cierto grupo de opinión; sin dudas se trata de la idea más descabellada de la teoría del asesinato hasta la fecha”. Es llamativo que Brandon/Grimstad hable de cierto grupo de opinión” y no mencione para nada al (presunto) creador de esa teoría, es decir, a James Shelby Downard (que, además, supuestamente era su amigo).

 

JUVENTUD PROFANA

Durante mucho tiempo, las únicas obras disponibles de Downard fueron los ensayos mencionados (King-Kill/33°, Call to Chaos, Sorcery, Sex, Assassination and the Science of Symbolism, y America, The Possessed Corpse), pero aproximadamente una década después de su muerte, en 2006, Feral House publicó The Carnivals of Life and Death, editado por Elana Freeland a partir de un manuscrito que el finado Downard había dejado y que resultó ser nada menos que la primera parte de su autobiografía.

La obra abarca su infancia y juventud, en el período que va desde 1913 a 1935. Obviamente no dice nada de sus primeros años de vida, aunque comienza de manera sorprendentemente precoz en 1918, cuando Downard tenía apenas cinco años de edad. A ver, ya desde el vamos las historias que Downard relata son increíbles, en el sentido literal de la palabra, o sea: no son creíbles. La primera anécdota pinta a unos padres crueles que en Noche Buena se van por ahí con su hermana y dejan al pequeño Shelby atado a la cama. En la segunda anécdota un tipo merodeaba la casa de la familia, y la madre envía al infante, solo, a preguntarle al extraño qué es lo que buscaba. El tipo termina secuestrándolo, maniatándolo, amordazándolo y encerrándolo en un gallinero. El pequeño – recordemos que tenía cinco años – logra arrastrarse afuera, y escucha los planes del secuestrador (que ahora estaba con dos secuaces), quien informaba a los otros dos (¿los Tres Rufianes?) que debían matar al niño por encargo de alguien que les iba a pagar por hacerlo. De alguna manera, el niño se las arregla para arrojarles un cartucho de dinamita que vuela parte de la casa y mata a dos de los rufianes. Un policía que estaba allí lo desata, y el pequeño le arrebata el arma, con la que mata al rufián que había sobrevivido a la explosión.

El policía me llevó aparte y me hizo prometer que no le contaría a nadie sobre su participación en lo sucedido.



De muestra sobra un botón. Todo el libro es así. A lo largo de las páginas, Downard afirma que estaba siendo manipulado para participar en extraños rituales masónico/ocultistas y perseguido por agentes del Ku Klux Klan y masones secretos. Comienza a sospechar que sus padres (su madre, en realidad) le ponían trampas para que fuera asesinado: lo enviaban a lugares donde era emboscado, o donde había trampas innecesariamente complejísimas y mortíferas, etc., para hacerlo un pharmakos – o víctima sacrificial ritual – aunque siempre se las arreglaba para escapar y dar cuenta de sus enemigos, dando inicio a una feroz lucha contra la gran Conspiración que duraría el resto de su vida. El libro parece el guion descartado de una hipotética secuela pesadillesca de Mi Pobre Angelito, con Kevin siendo perseguido por asesinos esotéricos bastante torpes, una historia de Tintín escrita por William Burroughs, o un guion no aprobado de un Indiana Jones antimasónico, con calaveras de cristal incluidas y todo: entre otras cosas, Downard afirma haber escapado decenas de veces de trampas cazabobos (puertas-trampa, pisos falsos con estacas debajo, etc., tantas que son incontables), haber matado a varios hombres antes de tener 10 años, haber visto a los klaners colgar a un hombre de un árbol en una encrucijada, haber encontrado tesoros – como aquellos Certificados de Oro de un Millón de Dólares –, haber sido raptado (¡y crucificado!) junto a su padre por el Ku Klux Klan, haber visto a un tipo llamado Cock Robin haciéndole una fellatio a Alexander Graham Bell en la isla Jekyll, haberse realizado una autocircuncisión, conocer a J.P. Morgan Jr. (de quien dice que “era un brujo” y que poseía un “libro profético”), hacer que una anaconda enorme devorara a un encantador de serpientes que quería matarlo, haber encontrado un lugar donde criaban ciempiés gigantes y a una mujer que afirmaba tener contacto telepático con ellos, encontrar en un panteón una calavera de cristal y una máquina codificadora (similar a la máquina Enigma de los nazis) llamada Dayton Witch, asegura haber recibido una llamada de la Casa Blanca del por entonces presidente Franklin Delano Roosevelt (con quien luego se encontró en persona), y haber conocido (¡y electrocutado!) a León Trotski en México, entre otras tantas cosas más. Todo muy Pulp, y en un estilo poco lineal y difícil de seguir. También afirmaba que su padre había sido parte de la conspiración dentro de la conspiración; nuestro Downard era hijo de un Illuminatus:

Cuando mi padre era joven y estudiaba en la Universidad de Michigan en Ann Arbor, se unió primero a la fraternidad Delta Tau Delta y luego a una sociedad secreta conocida como los Illuminati, supuestamente originada en Baviera: una sociedad casi masónica y, por lo tanto, tan degenerada y perversa como cualquiera pueda imaginarse. Mi padre era uno de esos jóvenes bien educados y excepcionalmente capaces que son seleccionados regularmente entre sus compañeros de clase para ser adoctrinados y entrenados en campos esotéricos especializados, preparándose para ejecutar el Plan Maestro entre bastidores. Era, como dicen, un personaje importante en el campus, parte de la creciente clase gerencial y ejecutiva. Un joven como mi padre era conocido como un agentur, como se retrata en la película de Hollywood, The Brotherhood of the Bell (1970).

 


El historiador estadounidense y profesor emérito de historia en la Universidad de Idaho Richard B. Spence, escribió:

Confieso que Carnivals fue probablemente el único libro que he arrojado contra la pared por puro asco de que alguien esperara que me tragara semejante montón de mierda. Sin embargo, siempre lo volvía a recoger. Quizás esperaba que revelara que todo era una pesadilla, pero sobre todo porque es extrañamente fascinante, y bastante perturbador: un mal viaje de ácido mezcla entre El Mago de Oz y Alicia en el País de las Maravillas. (…) Si el mundo de Downard fuera una película, solo podría ser dirigida por David Lynch.

No ayuda demasiado el hecho de que el propio Downard aclare, al comienzo, que la obra se basaba en recuerdos recuperados gracias a un método peculiar. Afirmaba haber descubierto que, mediante la concentración, podía recordar detalles secretos de incidentes del pasado que antes no recordaba. Esto es lo que reveló una infancia en la que Downard se veía constantemente amenazado por funestas sociedades secretas:

Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, exhumé y desenterré laboriosamente recuerdos casi como un arqueólogo en una excavación, y al hacerlo comencé a reconstruir una extraña continuidad. A medida que las lagunas de mi memoria desaparecían, pude contemplar lugares, personas y cosas previamente olvidados, y percibir su interrelación. El pasado adquirió un significado que antes no tenía. Comencé a comprender las causas de una serie de espantosos incidentes místicos en mi vida y me di cuenta de que nada era lo que parecía ser [el énfasis es mío].

Persistí en mi retrospección con tanta diligencia que sentí como si estuviera reviviendo el pasado, de modo que, en cierto sentido, el pasado se yuxtaponía con el presente. Tras reconocer el pasado como el desafortunado conjunto que era, continué examinando su aterrador cuerpo místico y, con el tiempo, comencé a apreciar el humor que contenía: que haya podido sobrevivir contra todo pronóstico es la mejor y mayor broma macabra imaginable.

 



Carl Gustav Jung (quien acuñara el término sincronicidad) es el antepasado más obvio del movimiento sincromístico, y Arthur Koestler y su Raíces de la Coincidencia sería otro. Sin embargo, creo que la influencia más directa del sincromisticismo moderno probablemente sea Robert Anton Wilson: en su obra explora extensamente las sincronicidades junguianas y sus manifestaciones periódicas, como por ejemplo con el Enigma 23 (idea tomada de W.S. Burroughs); la Trilogía Illuminatus (coescrita con Robert Shea) y su trilogía autobiográfica Cosmic Trigger fueron muy influyentes en el milieu alternativo a fines de los 70s y comienzos de los 80s en fanzines y comienzos de la era de internet. El término “sincromisticismo” fue acuñado por primera vez por Jake Kotze en 2006, en su sitio web de entonces, Brave New World Order. Kotze definió el concepto como: “el arte de encontrar coincidencias significativas en lo aparentemente mundano con significado místico o esotérico”; en esta comunidad, que creció principalmente en blogs, nos encontramos a gente como el mismo Kotze, Rodney AscherAlan Abbadessa-Green, Christopher Knowles, Eric Wargo, et al.

Con un ojo escrutador y detector de símbolos, y ayudado por herramientas como la onomatología, y la toponimia mística, James Shelby Downard se erige como otro de los predecesores del sincromisticismo moderno, aunque menos accesible que RAW, y bastante más pesimista y paranoico (¿tal vez influido por la John Birch Society?). Su King-Kill/33° tuvo un gran impacto en la comunidad conspi, y de alguna manera fue iniciador para muchos jóvenes norteamericanos. Además, todas las presuntas persecuciones, maquinaciones, acosos y atentados constantes por parte de oscuros grupos conspirados hacen de Downard también una proto-Víctima de Acoso Organizado o “Individuo marcado”, Targeted Individual, del Gang Stalking tan de moda en los círculos conspi desde comienzos de la década de 2010.

 

En el prefacio de Carnivals of Life and Death, el editor Adam Parfrey se pregunta:

¿Por qué Downard se ensaña con los masones? ¿Acaso no son simplemente una fraternidad payasesca de pequeños empresarios con atuendos ridículos? Downard afirma que no le interesan los novatos ni la fachada filantrópica masónica. Le interesan los líderes gubernamentales, empresariales y militares que forman parte de la élite.

En King-Kill/33°, Downard repite esta idea:

La mayoría de los masones aparentemente desconocen la maldad que forma parte de la masonería, y si la conocen, no la creen. Lo mismo ocurre con la mayoría de los miembros de las logias clandestinas y las organizaciones fraternales de orientación masónica, así como con las sociedades masónicas andróginas [mixtas].

 


¿DOWNARD NO ESTÁ?

Nathan Isaac es el creador del excelente podcast Penny Royal. El podcast trata principalmente sobre los misterios y los sucesos extraños que han ocurrido en el estado de Kentucky, en la zona que abarca la meseta de Pennyroyal. En un artículo de 2020 titulado Mystery Machine, escribe:

James Shelby Downard creó un retrato fantasmagórico e inquietante de una América plagada de “brujería masónica”, sectas del “caos” y “toponomía mística”; una América en la que, literalmente, nada era lo que parecía. Downard pretendió desvelar esta realidad de pesadilla en obras como King-Kill/33°, su exposición de los fundamentos ocultistas del asesinato de JFK, e incluso de forma más vívida en su extraña autobiografía, The Carnivals of Life and Death.

Gran parte de lo que Downard escribió en sus obras parece confirmar nuestros propios hallazgos en la investigación del misterio de Penny Royal. Somerset se presenta como uno de esos pueblos estadounidenses con una apariencia de normalidad que oculta una profunda red de corrupción y asesinatos, con una fuerte influencia masónica, además de la presencia de numerosas sociedades secretas y órdenes fraternales. Todo apunta a que se desarrolla aquí un psicodrama pagano con increíble detalle, a lo largo de varias décadas, donde los acontecimientos encajan a la perfección, como una misteriosa máquina sincronizada por una fuerza mágica.

Pero cuanto más profundizaba en los escritos de Downard, se hacía cada vez más evidente, al menos para mí, que Downard podría no ser quien decía ser, y que sus “escritos” no eran, de hecho, de su autoría. Una lectura superficial de sus escritos revela que ninguno, ni siquiera su autobiografía, The Carnivals of Life and Death, fue escrito únicamente por él. Todas estas obras incluyen un coautor, siempre perteneciente a un pequeño grupo de personas: William Grimstad (alias Jim Brandon), Michael Hoffman, Elana Freeland o Adam Parfrey.

Desde hace algunos años, sospecho que Downard podría ser una invención literaria [el énfasis es mío] empleada por estas personas y otras para difundir sus teorías e ideas. Grimstad, Hoffman y Parfrey son figuras controvertidas por derecho propio. Si indagaron más a fondo sobre quiénes eran estas personas, probablemente descubrieron rápidamente que tienen fuertes vínculos con la extrema derecha en la política estadounidense, afiliaciones con el Partido Nazi Americano y conexiones con otros grupos supremacistas blancos. Conexiones preocupantes.



La cosa se va poniendo más y más espesa. ¿Downard existió o no existió? ¿Era una persona física o una suerte de Honorio Bustos Domecq conspiranoico creado por un grupo de escritores neonazis? ¿Era acaso un pobre señor paranoico que Grimstad, Hoffman y Parfrey adoptaron como mascota porque se divertían con sus delirios? ¿De quién era, entonces, la voz en las cintas de Sirius Rising que, afirmaban, era la de Downard?

Varias cosas encendían luces rojas en la atención de los curiosos downardianos: en vida, la ausencia casi total de fotos, la imposibilidad de ubicarlo en algún domicilio fijo, que toda su información fuera accesible solo a través del filtro de tres personas (los ya mencionados Grimstad, Hoffman y Parfrey), y – ya fallecido – lo inverosímil y absurdo de su autobiografía, y el hecho de que el beneficiario de los derechos de autor de las obras de Downard fuera el propio Downard… ¡que estaba muerto!

Nathan Isaac incluso llegó a contratar a un investigador privado para ver si podían desenterrarse más datos sobre el enigma. El investigador privado contactó tanto a Hoffman como a Freeland, y ambos se mostraron dispuestos a brindar más información a cambio de que Isaac aceptara no desacreditar a Downard si le proporcionaban información sobre su identidad. Isaac reflexiona:

Esto nos lleva a preguntarnos: si es quien dicen que es, si todas las historias son ciertas y si él mismo escribió todo, ¿por qué tendríamos que aceptar no publicar nada que lo desacreditara?

Alrededor de la misma época (2020), Adam Gorightly solicitó información sobre Downard al FBI a través de la FOIA. El resultado de dicha solicitud arrojó un solo documento, que en esencia era un despotrique divagante de nueve páginas que Downard había enviado en octubre de 1977 al por entonces director del FBI, Clarence Kelley. En la carta, Downard acusaba al FBI (a quienes llama Federal Bureaucratic Inverts, Invertidos Burocráticos Federales) y a la CIA de ser cómplices del grupo de asesinos esotéricos que lo atosigaban. Nuevamente, esto no demostraba nada: la carta podría ser una invención de los tres sospechosos antedichos, una especie de Operation Mindfuck para joder con el FBI, y – de paso – para tener algún asidero documental de background si es que a alguien se le ocurría indagar sobre Downard…



ACECHANDO A LA GRAN PROSTITUTA

Carnivals se interrumpe en un punto cuando Downard tenía poco más de veinte años, y Adam Parfrey, el editor, creía que el resto de sus escritos se habían perdido. Con respecto a las obras inéditas, a comienzos de la década de 2010, Michael Hoffman le informó a Adam Gorightly (autor de la primera biografía) que la sobrina de Downard, Robbie Smith, tenía en su poder unos archivos guardados bajo llave que ni Grimstad, ni Hoffman, ni Parfrey habían visto jamás. La sobrina le contó a Hoffman sobre el contenido de los archivos y les puso un precio. El valor era impagable para Hoffman, quien esperaba que la heredera no se deshiciera del material. Cuenta Gorightly:  

A finales de 2015, Grimstad me informó que había conseguido lo que parecía ser la segunda parte de la [auto]biografía de Downard (!) y me preguntó si me interesaba publicar el material. ¡Por supuesto que sí!, le respondí.

Al parecer se trataba del borrador de un libro que Downard había intentado escribir en la década de 1970. Gorightly aceptó la tarea de editar dicho borrador, cosa bastante compleja, como cuenta en su blog Historia Discordia:

Sin embargo, había un inconveniente: el manuscrito estaba en formato de microficha (de la década de 1980) y había que convertirlo a formato TIFF. Acepté compartir los gastos de este proceso y, posteriormente, comencé a clasificar el material, lo cual resultó una tarea bastante ardua, dado que constaba de la asombrosa cantidad de 799 páginas, una combinación de material biográfico y reflexiones de Downard sobre sus temas y teorías centrales, desarrolladas en la manera que solo él podía hacer.



Esto también fue motivo de sospecha por parte de los que creían que Downard era un recurso literario creado por Grimstad, Hoffman y Parfrey: el tipo llevaba muerto casi dos décadas, y sus escritos se presumían perdidos… ¿y de golpe aparece una segunda parte de su autobiografía? Raro.

El comienzo de la historia de esta segunda autobiografía se yuxtapone con el final de Carnivals, pero pronto los aspectos autobiográficos quedan relegados a un segundo plano; siguen apareciendo esporádicamente, aunque Downard se centra más en el análisis de la encrucijada entre la magia ritual y la psicología de masas, culminando en El Misticismo de los Nigromantes: un extenso capítulo final que examina de forma profunda el asesinato de Kennedy desde la peculiar perspectiva downardiana. La comparación deja en claro que King Kill/33° es una versión muy abreviada de este capítulo final. El título que Downard había preconcebido para este libro era Hechicería, sexo, asesinato y la ciencia del simbolismo, título de uno de sus ensayos ya publicados, pero para distinguir esta autobiografía de aquel texto, Gorightly decidió llamarla Stalking the Great Whore.



Prefacio:

Llamo la atención del lector sobre la posibilidad de que parte de este asunto pueda ser difícil de comprender en una lectura superficial, ya que tiene que ver con una Sociedad Secreta, que durante siglos ha estado involucrada con las “ciencias ocultas”. Las enseñanzas de esta Sociedad, de acuerdo con el precepto oculto, se han vuelto recónditas para los no iniciados y, por lo tanto, se ha ocultado el verdadero significado de su maldad. Revelar cosas que han estado ocultas a la percepción mental incluso de los extremadamente bien informados, durante siglos, es una tarea difícil; pero debe hacerse.

Esta Sociedad Secreta ha logrado, mediante artificios secretos, establecer una red conspirativa que cubre al mundo. Esta red es un artificio oculto para establecer un Gobierno Mundial Único, cuya presencia invisible ahora se denomina “Gobierno Invisible” o “Imperio Invisible”. El Gobierno Mundial Único fue planeado para gobernar a un pueblo unido y fusionado, que, sin individualidad, trabajaría según las directrices de una mente comunitaria, programada por los equipos de diseño científico del Gobierno. El plan para lograrlo, llamado “Plan Maestro”, es completamente maligno en su concepto; sin embargo, es presentado como un precepto del cristianismo por ciertos religiosos y sus ilusos secuaces “cristianos” que predican las doctrinas de la Sociedad Secreta.

 

El título, Stalking the Great Whore (Acechando a la Gran Prostituta en español), no es casual: la “Gran Prostituta” se trataba nada más y nada menos, que de Mary Annette Partin, conocida como Mary Anne Downard… ¡la esposa de James Shelby Downard! El casamiento se habría celebrado hacia fines de la década de 1930 y, al parecer, duró hasta 1945, cuando Downard y Mary Anette se divorciaron (siendo ella la que solicitó el divorcio).

A partir de allí, Downard afirma que su ex esposa había sido sometida a un lavado de cerebro mediante métodos ocultistas y científicos (con implantes electrónicos y cables saliendo de su vulva y todo) para cumplir las órdenes de los masones, convirtiéndose en una especie de “Alta Sacerdotisa de los Ritos de Magia Sexualis”, la participante más lujuriosa de las depravadas orgías sexuales masónico-esotéricas, una especie de Muñeca Cibernetico-Mágica Erótica, una Fem-Bot lasciva, la Esclava Sexual perfecta para sus maléficos Amos Ocultos en las sombras. El proceso de lavado de cerebro habría comenzado mientras la pareja aún estaba casada, y Downard alega que él no pudo hacer nada porque su esposa, ya bajo el control del Imperio Invisible, lo drogaba para que él no pudiera reaccionar y combatir a sus oscuros enemigos. Adam Parfrey refiere que

Downard me cuenta que la Gran Prostituta lo drogaba con sustancias “abúlicas” y “amnésicas” mientras ella huía para realizar “ritos sexuales” con hombres famosos e infames.

“No la culpo por su ninfomanía”, dice Shelby. “La tenían cableada. Un día encontré un cable que le salía del culo. Lo saqué. Es un cable largo y delgado, y conectado al extremo había un dispositivo microelectrónico. Esto era para mantenerla en un estado constante de excitación sexual. A mí también me implantaron uno”.

Estas “drogas abúlicas”, afirma Downard, provocan la pérdida o deterioro de la capacidad para realizar acciones voluntarias, mostrar iniciativa o tomar decisiones, aunque también funcionan como bloqueadores de recuerdos – lo que explicaría por qué Downard tenía aquellos “recuerdos reprimidos” que solo pudo recuperar mediante su método particular de concentración –, y que estas substancias “habían sido utilizadas por hechiceros durante siglos”, aunque han sido aggiornadas; esta mezcla de antigua brujería y tecnología moderna creaba una especie de “magia cibernética:

han recibido un toque de ingenio estadounidense: han sido modernizadas por médicos locos que practican la hechicería científica como asistentes espectrales de la policía. En algunos ritos, las víctimas son drogadas con los llamados fármacos abúlicos y estimuladas sexualmente mediante implantes de biotelemetría.

Al igual que la “Poción de Amor N.°9” de la vieja canción de rock ‘n’ roll, las víctimas son drogadas con fármacos abúlicos que son tan efectivos como lo fueron las pociones de Circe para los antiguos griegos.

 

Love Potion Number Nine – The Searchers

Las alusiones de Downard a los movimientos en el mapa de la Gran Prostituta concuerdan bastante bien con la vida de Anne después de su separación, según descubrió el Dr. Richard Spence ¿Los viajes a lo largo de EEUU que realizaba Downard – que él explicaba como huidas para eludir los atentados contra su persona por parte de sus perseguidores masónicos – eran en realidad el itinerario de un marido despechado que perseguía a su ex mujer? ¿Era Downard acaso un tipo que se divorció de su esposa, nunca lo superó y creó toda una mitología alrededor de su figura?

Su ex esposa se había vuelto a casar, y aparentemente se movía en círculos muy influyentes, viajando por todo el país de manera frecuente. Al parecer, Downard comenzó a perseguir a su ex que viajaba junto a su nuevo marido. Algunas escenas de estas persecuciones son en Louisiana, donde ella supuestamente “actuaba” en una especie de ritual mágico/sexual de Saturnalia en honor a Franklin D. Roosevelt; otras se desarrollan en California, donde Downard rastrea a su ex hasta el observatorio del monte Palomar, donde es forzado a salirse de la carretera por los conspirados masónicos – casi causándole la muerte. Downard afirma que el lugar era un “sitio de poder” por el que pasaba una línea Ley que, antes de la fundación del observatorio, había albergado reuniones de la rama americana de la Ordo Templi Orientis (a la que había pertenecido Jack Parsons, discípulo de Aleister Crowley y fundador del Laboratorio de Propulsión a Chorro del CalTech), pero que seguía siendo, a comienzos de la década de 1950, sede de reuniones ocultistas: la sala de observación del telescopio de Palomar, asevera Downard, se utilizaba como cámara de radiación para los iniciados del culto a Saturno-Sirio, quienes realizaban sus “rituales depravados” cuando la luz estelar inundaba la sala al apuntar el telescopio a Saturno o Sirio. El telescopio sería el Ojo que Todo lo Ve en la simbología masónica-ocultista, por supuesto, en esta operación mágica de unión alquímica del macrocosmos estelar con el microcosmos terrestre: el matrimonio del cielo y la tierra. 

 



A todo esto, el surgimiento de nuevos datos excavados por el Dr. Richard Spence, revelaron más cosas sobre la persona de James Shelby Downard…

 

Pero esto vamos a dejarlo para una próxima entrada…



Continuará…

 



domingo, 23 de noviembre de 2025

JAMES SHELBY DOWNARD: EL PADRINO DE LA CONSPIRANOIA SINCROMÍSTICA – PARTE I

 

JAMES SHELBY DOWNARD: EL PADRINO DE LA CONSPIRANOIA SINCROMÍSTICA – PARTE I

Por: Mazzu

 



El mundillo de las teorías conspirativas ha dejado de ser un “mundillo” hace rato. Hoy las teorías conspirativas invaden todos los ámbitos de la vida social. De hecho, la forma moderna de “hacer política”, parece más basada en ver quién esparce el peor rumor conspiranoico sobre su rival que mejor prenda en las redes, que en una discusión racional entre pares de distinto sesgo político. En los 80s y 90s leer sobre “teorías alternativas” era casi como pertenecer a una sociedad secreta: circulaba muy poca literatura sobre esos temas, que a veces se conseguía de segunda mano, en fotocopias o revistas de escasa tirada. Los conspiranoicos* eran (o éramos**) un grupito bastante reducido y – por decirlo de alguna manera – exclusivo. Con la caída de las Torres Gemelas y el advenimiento de internet a comienzos de la primera década del 2000, esto cambió drásticamente. La información creció exponencialmente y también lo hizo su velocidad de llegada. El mundo de las teorías conspirativas dejó de ser un mundo exclusivo, aunque, sin embargo, no dejaba de ser un nicho. Ya para mediados de la década de 2010, a los que éramos veteranos de esos territorios, no nos extrañaba que nuestra tía Marta o la costurera del barrio nos hablaran de los Illuminati o de los Reptiloides: aquello que alguna vez había sido propiedad exclusiva de un grupito de personas a las que se las consideraba “raras” por indagar en esas ideas, ahora se ha popularizado y esparcido por todos lados. Se ha memetizado. Ha provocado en los conspiranoicos de la Vieja Escuela el mismo efecto que se siente cuando sos fan de una bandita under local y de repente la pegan, se hacen ultra conocidos y suenan todo el día en la radio. Uno termina detestándolos.

 

*Digo conspiranoicos con cariño, no de forma despectiva.

**Me incluyo en el grupo con cierta reserva. A mí siempre me gustaron las teorías conspi, incluso las más delirantes (Montauk, Tartaria, terraplanismo, etc.), como una forma de arte. Es decir, a veces son muy creativas e imaginativas, y crean un idios cosmos completo con una habilidad artística realmente admirable. Me gusta sumergirme en ellas de la misma manera en la que me sumerjo en literatura fantástica, o de ciencia ficción: uno no necesita “ser un creyente” del mundo de El Señor de los Anillos para compenetrarse en él y vivir el viaje. Las cosas se ponen espesas cuando entran los “verdaderos creyentes”, los evangelistas de esas teorías conspirativas que quieren convencer al resto o excluirlos como “normies”.





 

El tropo antimasónico es tal vez la teoría conspi más ilustre: una oscura élite masónica ha formado un gobierno totalitario mundial que desde las sombras busca controlar, como si fuera un titiritero, a todos los gobiernos de las naciones soberanas y ha permeado todos los aspectos de la cultura. Los miembros de esta élite serían adoradores de Lucifer, o – según otros teóricos – devotos de “la Vieja Religión” (o paganismo, o cultos mistéricos), y buscan destruir el cristianismo y subvertir todos los valores occidentales tradicionales para imponer sus propios valores en una “religión global”.

Todos tenemos algún amigo o conocido que cuando mira una ceremonia inaugural deportiva o una película o una publicidad de algún producto o marca popular, exclama “¡ahí!, ¿viste?, ¡era el símbolo masónico de la escuadra y el compás!” o que testarudamente se empecina en ver cualquier figura triangular como el “Ojo que Todo lo Ve”, delatando que dicha producción es una herramienta que el Nuevo Orden Mundial utiliza para mantenernos bajo su control mental.

Esto no es nuevo, las teorías conspirativas antimasónicas existen desde el siglo XVIII (o antes, inclusive). Pero lo que muchos noobies en el terreno de la conspiranoia no saben, es que este moderno método particular de encontrar significados ocultos en la cultura pop, estas “gafas detectoras de símbolos masónicos”, esta técnica sincromística/conspiranoica, tienen un origen con nombre y apellido: James Shelby Downard.

 

James Shelby Downard por Anton Mueller



 

KING-KILL/33°

James Shelby Downard (13/03/1913 – 16/03/98) continúa siendo una figura bastante oscura, incluso en estos días donde uno puede encontrar información sobre todo el mundo. Pero después veremos algo sobre su biografía, ahora vamos a concentrarnos en la razón por la cual Downard se hizo (relativamente) conocido, que es King-Kill/33°: un ensayo que el susodicho coescribió junto a Michael A. Hoffman II, publicado por primera vez en papel en 1987 (después veremos que ya circulaban desde antes en formato de audio) en una antología de ensayos de autores marginales titulada Apocalypse Culture, editada por Adam Parfrey en Feral House. En King-Kill/33° Downard afirma que el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy fue organizado por una enorme conspiración masónica (la criptocracia), como parte del ritual del “Sacrificio del Rey Sagrado”, cuyo propósito era el de la renovación del ciclo vital natural y el control mental de la opinión pública.

El propio Downard explica cuáles eran los motivos que él consideraba verdaderos detrás del circo mediático y las conclusiones irrisorias de la Comisión Warren:

El asesinato de Kennedy tiene que ver con la hechicería masónica, y la información que presento en estas páginas es bien conocida por ciertas agencias de noticias que han optado por suprimirla, del mismo modo que el motivo del asesinato se ha mantenido en un secreto absoluto; pues se supone que los hechos relativos al asesinato se revelarán en el futuro, lo cual es de dominio público. Ese plan de congelar, esperar y revivir forma parte del plan maestro de la brujería masónica.

Creo que muchas personas intuyen el poder que la masonería ejerce sobre el gobierno de Estados Unidos; pero, engañados, no comprenden el secretismo, el silencio y la oscuridad que rodean los misterios del arte masónico ni la verdadera naturaleza de la masonería. Así pues, el control del gobierno estadounidense se atribuye a Wall Street, y no a la hechicería. (…)

Pero el propósito último de ese asesinato no fue político ni económico, sino mágico: pues el control de la mente soñadora y la movilización de sus fuerzas es el poder omnipotente en todo este escenario de mentiras, crueldad y degradación. Algo murió en el pueblo estadounidense el 22 de noviembre de 1963; llámenlo idealismo, inocencia o la búsqueda de la excelencia moral. Es la transformación de los seres humanos la auténtica razón y el motivo del asesinato de Kennedy.




Downard – de manera bastante lovecraftiana, por cierto – remarca que, a pesar de que nos consideramos una sociedad “moderna”, racional y libre de las supersticiones que atosigaban las mentes de nuestros “crédulos” e “irracionales” antepasados, si rascamos un poco la tenue capa de pintura de “racionalidad” que nos cubre, debajo revelaremos el mismo terror numinoso que supuraban las culturas de antaño.

También afirma que el hecho de que el “hombre moderno” ya no crea en la brujería no es un problema para que la criptocracia lo haga partícipe de sus oscuros rituales; se puede incluir al gran público en los rituales a través de la técnica conocida como “revelación del método”:

No se dejen engañar: solo por el hecho de que la yerta ciudad estadounidense de la noche pavorosa esté tan desprovista de misterio, sea tan completamente pedestre, estéril e infantil, tan saturada con el brillo ilusorio del béisbol, los hot dogs, el pastel de manzana y los Chevrolet, no vayan a creer que existe por fuera del dominio psicosexual (el énfasis es mío). El eterno psicodrama pagano se intensifica bajo estas supuestas condiciones modernas precisamente porque la brujería no es algo que el “hombre del siglo XX” pueda aceptar como real. Así, el rito del asesinato del rey en noviembre de 1963 se diagnostica alternativamente como un conflicto entre reaccionarios anticastristas y las fuerzas del liberalismo, las grandes empresas y los grandes banqueros, tal o cual ala de la comunidad de inteligencia, etc. Huelga decir que cada uno de estos grupos tiene un lugar en el simbolismo del asesinato de Kennedy.

El Sacrificio del Rey Sagrado es el tema principal que el antropólogo y folklorista escocés James G. Frazer analizó y ejemplificó extensamente en su magnum opus de 1890, La Rama Dorada: la muerte violenta y ritual del rey sagrado en determinado ciclo de tiempo que con su sangre revigorizaría la tierra, traería fertilidad y haría renacer al cosmos. Según Frazer, mitos como los de Osiris, Tammuz, Atis y Adonis, seguían este esquema de muerte y resurrección, que acompañaba de manera mimética al ciclo solar de las estaciones (primavera, verano, otoño e invierno), y al ciclo agrario (labranza, siembra, crecimiento y cosecha): el rey, al igual que el brote en el ciclo vegetal, debía crecer, debía morir (cosecha), y su sangre debía penetrar la tierra (siembra) para que volviera a ser fértil. Si vieron la película The Wicker Man (1973, Robin Hardy), ya saben a qué me refiero. De acuerdo a James Shelby Downard, asiduo lector de Frazer, el asesinato de John Fitzerald Kennedy fue una versión moderna del ritual del Sacrificio del Rey Sagrado, llevado a cabo por la criptocracia en Dallas, Texas.




Downard veía los hechos del 22 de noviembre de 1963 como plagados de simbología masónica y mistérica. En su decodificación de esta simbología, utilizó principalmente dos herramientas: la onomatología, y la toponimia mística. Explica en King-Kill/33°:

La “ciencia de los nombres”, una especie de magia de la palabra, constituye solo un segmento de la ciencia del simbolismo empleada por los masones. El asesinato de JFK se enfrenta a esta ciencia de forma decisiva y contiene una auténtica pesadilla de complejos simbólicos:

Es cierto que la onomatología, o la ciencia de los nombres, constituye una parte muy interesante de las investigaciones de la alta masonería… (Enciclopedia de la Francmasonería)

Por su parte, la toponimia mística es un concepto que une místicamente (esto es mistéricamente) a un lugar con el nombre que se le ha dado:

La toponimia mística incorpora la magia de las palabras (onomatología) y la ciencia masónica del simbolismo.

Veamos cómo aplica Downard estas dos herramientas decodificadoras en el ensayo:

La caravana partió del Aeropuerto Love Field hacia Dealey Plaza. Dealey Plaza es el sitio donde se ubicaba el principal templo masónico de Dallas (ahora demolido), y una placa conmemora este hecho en el lugar. Una importante estrategia de “protección” para Dealey Plaza fue planeada por la sucursal de la CIA en Nueva Orleans, cuya sede se encontraba en un edificio masónico. Dallas, Texas, está ubicada a diez millas al sur del paralelo 33. El grado 33° es el más alto en la masonería, y la logia fundadora del Rito Escocés en América se creó en Charleston, Carolina del Sur, exactamente sobre la línea del grado 33. Dealey Plaza está cerca del río Trinity. A las 12:22 p. m., la caravana avanzó por Main Street hacia Paso Bajo Triple, recorriendo primero la “Sangrienta” Elm Street. Esta última fue escenario de numerosos tiroteos, apuñalamientos y otros actos de violencia. Y allí se encuentra el Majestic Theatre, (…) que fue la sede de la taberna Blue Front, un lugar de encuentro masónico en la antigua tradición de la “tabernería masónica”: Sam Adams y los masones de la Revolución Americana conspiraron mucho en la taberna Green Dragon de Boston. Uno de los muchos bares que se atribuyen el honor de ser la primera logia masónica es la taberna Bunch of Grapes, también en Boston. El Blue Front fue el lugar donde se realizaba el ritual del “hombre quebrado”

A Downard le resultaba significativo que este psicodrama mistérico ritual hubiera sido realizado en Dallas, que no está exactamente sobre la línea del paralelo 33°, sino en la 32°, ya que el 32° es el grado mayor de la masonería, siendo el grado 33° el grado supremo, que “es considerado como un grado honorífico y simbólico que se otorga de manera selectiva y exclusiva”. El asesinato de JFK se realizó mientras se dirigía al Paso Bajo Triple, es decir, una forma simbólica de pasaje del 32° al 33°.

Minutos después del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, tres vagabundos (u “obreros indignos”) fueron arrestados en la estación de tren detrás de Dealey Plaza. Nunca se ha revelado su identidad ni la del agente que los arrestó. Todo lo que queda de esos minutos es una serie de fotografías que han alcanzado proporciones legendarias entre quienes se dedican a descubrir a las personas y fuerzas reales detrás del asesinato.




Según Downard, estos vagabundos serían el paralelo simbólico de los “tres rufianes” de la leyenda de Hiram Abiff (El Hijo de la Viuda) en el mito masón. La leyenda, central en el ideario masónico, relata la muerte de Hiram Abiff, Gran Maestro arquitecto encargado de la construcción del mítico templo del rey Salomón, a manos de tres obreros (los Juwes, “los tres rufianes”, o los “tres obreros indignos”), que quisieron forzarlo a revelar la palabra secreta de los Maestros, que les daría acceso al Kodesh haKodashim (קֹדֶשׁ הַקֳּדָשִׁים o Sancta Sanctorum) del Templo. Tras la negativa de Hiram, proceden a golpearlo para forzarlo a revelar el secreto, hasta matarlo. Para borrar las trazas de su crimen, los Juwes enterraron el cadáver en una colina solitaria del Líbano. Una partida de aprendices enviada por Salomón que encontró el cadáver de Hiram, señalizó el lugar con una rama de acacia para luego volver y llevarlo a un sepulcro digno; más tarde los Juwes fueron descubiertos y sentenciados a muerte. La acacia, siempre verde, es símbolo de muerte y resurrección. Por supuesto, la leyenda de la muerte de Hiram Abiff es casi una copia del mito de la muerte de Osiris y la búsqueda de su cadáver, y por ende una variación entre tantas del “Sacrificio del Rey Sagrado”.




Mas ejemplos de la aplicación downardiana de la onomatología y de la toponimia mística en King-Kill/33°:

Dealey Plaza se desglosa simbólicamente de la siguiente manera: “Dea” significa “diosa” en latín y “Ley” puede referirse a la ley o a las reglas en español, o a líneas de significado geográfico sobrenatural en las religiones de la naturaleza precristianas de los ingleses. Durante muchos años, Dealey Plaza estuvo bajo el agua en diferentes estaciones, debido a los desbordes del río Trinity hasta la introducción de un sistema de control de inundaciones. A este sitio del tridente neptuniano (se refiere a la intersección formada por las calles Elm, Main y Commerce) llegaron la “Reina del Amor y la Belleza” [Jackie] y su esposo, el chivo expiatorio en el rito del Sacrificio del Rey, el “Ceannaideach” (palabra gaélica de la que deriva Kennedy, que significa “cabeza fea” o “cabeza herida”).






Otros nombres analizados bajo la lupa onomatológica de Downard:

“Oswald” significa “fuerza divina”. El diminutivo de la palabra es “Os” u “Oz”: un término hebreo que denota fuerza. El papel que desempeñó la “Fuerza Divina” en el Ritual de Asesinato del Rey en el sitio “de la Diosa de la Ley” en Dealey debe ser analizado con detenimiento. (…)

El 20 de diciembre de 1947, Jacob Rubinstein cambió su nombre a Jack L. Ruby por decreto del Tribunal Judicial de Dallas, Texas. La etimología del término Ruby: del francés rubis; del español rubí; del latín rubinus. (…) El rubí se asocia con “el Pectoral del Juicio” usado por los Mispet (Sumos Sacerdotes) elegidos de la hechicería judía, lo que les permitía recibir respuestas “divinas” sobre el bienestar del judaísmo; algunas interpretaciones afirman que el “Pectoral del Juicio” manifestaba la presencia inmediata de Jehová y también era usada por los masones en las logias del Arco Real. (…) El término «Jack Ruby» fue utilizado en el pasado por los prestamistas para referirse a un rubí falso. En iconografía, un rubí o carbunclo simboliza la sangre, el sufrimiento y la muerte.



Downard y Hoffman ven – obviamente – a los miembros de la Comisión Warren como grandes encubridores y cómplices de los asesinos. A decir verdad, no eran los únicos: el descontento popular generado por las conclusiones del informe de la Comisión Warren provocó que las muchas teorías conspirativas que ya circulaban sobre el magnicidio cobraran mayor fuerza y que se agregaran otras nuevas. El por entonces gobernador de Texas, John Connally, herido en el atentado (iba en el asiento delante de JFK), en público siempre apoyó las conclusiones de la Comisión Warren y calificó de descabelladas a las versiones conspirativas. Sin embargo, en privado decía que el atentado había sido obra de más de un tirador y que era una operación organizada. Después de la muerte de Connally, uno de sus más estrechos colaboradores, Doug Thompson, contó que le había preguntado al gobernador si estaba convencido de que Oswald había disparado el arma que mató a Kennedy. “Absolutamente no. No creo ni por un segundo en las conclusiones de la Comisión Warren. Si no dije nada es porque amo a este país y necesitábamos cerrar ese episodio cuanto antes. Nunca voy a hablar públicamente acerca de lo que yo creo”, habría respondido Connally.

Por su parte, Downard y Hoffman señalan que los organizadores de la Comisión Warren eran… por supuesto, masones:

El masón Lyndon Johnson nombró al masón Earl Warren para investigar la muerte del católico Kennedy. El masón y miembro del grado 33, Gerald R. Ford, fue fundamental para suprimir la escasa evidencia de conspiración que llegara a la comisión. El responsable de proporcionar información a la comisión fue el masón y miembro del grado 33, Edgar Hoover. El exdirector de la CIA y masón Allen Dulles fue responsable de la mayor parte de los datos que su agencia suministró al panel.

¿Es paranoico sospechar de las conclusiones del panel por estos motivos? ¿Sería paranoico sospechar de un panel de nazis comisionada para investigar la muerte de un judío o sospechar de una comisión de miembros del Ku Klux Klan encargada de investigar la muerte de un negro? El representante Hale Boggs, el único católico de la comisión, al principio estuvo de acuerdo con sus conclusiones, pero cuando más tarde comenzó a cuestionarlas seriamente, murió “accidentalmente” en un accidente aéreo.

 


OSIRIS

Los ritos funerarios brindados en homenaje a Kennedy no quedan afuera del análisis downardiano, por supuesto, y en ellos Downard ve reflejados los rituales mistéricos de Osiris.

El cuerpo del presidente Kennedy fue colocado en un ataúd que se situó en el centro de un círculo bajo la cúpula del Capitolio. El catafalco era una estructura temporal de madera decorada con símbolos funerarios, representando una tumba o cenotafio. Formaba parte de la decoración de una Logia del Dolor. Esta entrada de la Enciclopedia Masónica se refiere a las ceremonias del Tercer Grado en las Logias del Rito Francés. Las fotografías del ataúd y el catafalco de Kennedy muestran estos dos elementos del rito funerario como un punto dentro de un círculo. La fecundidad es el significado simbólico de este punto dentro del círculo y deriva del antiguo culto al sol.

 





La desaparición del cuerpo del héroe, o el desconocimiento de su ubicación es parte de varios ritos mistéricos, así como la gesta para retornarlo a su lugar de origen para darle sepultura digna. En el caso de Osiris, su hermano y rival Set arroja su cuerpo en un ataúd al Nilo. Al enterarse Set de su recuperación – por parte de la viuda Isis – vuelve a hacerse con el cadáver, lo descuartiza y lo desparrama por diversas regiones. La pobre Isis vuelve a reensamblarlo, aunque no logra conseguir todas las partes: faltaba el falo, que había sido devorado por un pez. Configurando un pene artificial con tallos vegetales, la Diosa lo reconstruye, se acopla con él y concibe mágicamente a Horus, un hijo del muerto. Volvemos a ver aquí el ciclo frazeriano del sacrificio del rey y su “resurrección” trayendo la fertilidad y el reverdecimiento de la tierra en la figura del hijo. La desaparición del cadáver, en la jerga simbólica masónica, se denomina afanismo, y la recuperación euresis.

Downard traza un paralelismo del mito osiríaco con la ordalía del cadáver de JFK y, sobre todo, la pérdida de un órgano del cuerpo (aunque no ese mismo órgano):

La ocultación del cuerpo se denominaba “afanismo” y es un rito del tercer grado masónico. (…) La desaparición del cuerpo (este afanismo) se encuentra en el asesinato del presidente Kennedy:

el cerebro del presidente fue extraído y su cuerpo enterrado sin él. El Dr. Cyril Wecht, médico forense jefe del condado de Allegheny, Pensilvania, expresidente de la Academia Estadounidense de Científicos Forenses y profesor de patología y derecho, recibió permiso de la familia Kennedy en 1972 para ver los materiales de la autopsia (en los Archivos Nacionales). Cuando Wecht solicitó ver el cerebro, le informaron que había desaparecido, junto con las preparaciones microscópicas del mismo. Marion Johnson, curadora del material de los Archivos de la Comisión Warren, declaró: “El cerebro no está aquí. Desconocemos qué le ocurrió”.

(Los Angeles Free Press, Informe Especial n.° I, pág. 16)

 

Después de que el féretro de Kennedy fuera retirado del centro de la rotonda del Capitolio, fue llevado con una gran y solemne pompa fúnebre por las calles para que los asistentes pudieran darle el último adiós. La procesión fúnebre hizo una parada no planificada en la Avenida Pensilvania, frente al restaurante Occidental,

[allí] se tomó una fotografía del féretro de Kennedy cubierto con la bandera, con la palabra “Occidental” destacada sobre él. En la masonería y en la tradición del dios chacal egipcio Anubis, se dice que un difunto “ha ido al oeste”.



Las botas del caballo Sardar estaban atadas al revés, un rito funerario que simboliza “la inversión del tiempo, el regreso al origen y el paso del alma al inframundo”. Downard interpreta esto como como una obra de teatro necromántico.

El guion seguía patrones ancestrales, sin que el público fuera consciente de la profundidad del rito.

 

TRÍADAS

Pero el Sacrificio del Rey Sagrado no era más que la segunda etapa del ritual completo que tramó la criptocracia que comprendía, según nos cuentan Downard y Hoffman, tres fases, que ellos asocian a tres procesos de la Alquimia:

1-    La primera es “la Creación y Destrucción de la Materia Primordial”, que ya había sido lograda mediante la detonación de la primera bomba atómica en el sitio Trinity, en White Sands, Nuevo México, en el paralelo 33.

2-    La segunda, “el Sacrificio del Rey”, el asesinato de Kennedy, se realizó cerca del río Trinity, en Dealey Plaza, Dallas, cerca del paralelo 33.

3-    La tercera etapa sería “Hacer Manifiesto Todo lo Oculto”, pero, según los autores, “hasta el momento, no se ha cumplido o, al menos, no se ha completado”, pero aclaran: La disposición sistemática y el patrón de elementos simbólicos relacionados con el asesinato de Kennedy indican que fue un chivo expiatorio en un sacrificio. El propósito de este macabro ritualismo se reconoce aún más en los patrones de simbolismo que culminan en la manifestación final de todo lo oculto.

El número 3 es verdaderamente significativo en la masoneía: los tres grados originales (los grados de la Logia Azul): aprendiz, compañero y maestro; las tres columnas de la logia (que se corresponden con las tres columnas del Árbol de la Vida cabalístico); los tres rufianes que asesinaron a Hiram Abiff, etc. Downard comenta:

En la masonería, lo que se conoce como los “tres pasos simbólicos” son los tres grandes pasos que, simbólicamente, conducen de esta vida a la fuente de todo conocimiento.

Debe ser evidente para todo Maestro Masón, sin necesidad de mayor explicación, que los tres pasos se dan desde la oscuridad hacia un lugar de luz, ya sea figurativa o literalmente sobre un ataúd, símbolo de la muerte, para enseñar simbólicamente que el paso de la oscuridad y la ignorancia de esta vida, a través de la muerte, conduce a la luz y el conocimiento de la vida eterna. Y este ha sido, desde los primeros tiempos, el verdadero simbolismo del paso.

(Enciclopedia de la Francmasonería)


 

A las tríadas que hemos visto anteriormente en el repaso a King-Kill/33° (las tres etapas del Proceso Alquímico; el grado 33°; Trinity, en White Sands; Trinity, en Dealey Plaza; el tridente neptuniano de la intersección formada por las calles Elm, Main y Commerce [el Triple Paso Bajo], los tres vagabundos arrestados tras el asesinato), Downard y Hoffman suman una más: las tres metas del Proceso Alquímico masónico que serían: 1) reverdecer la Tierra Prometida (Israel), 2) Reconstruir el Templo de Salomón, y 3) establecer un Gobierno Mundial Único.

Hablando de tríadas, volvamos un momento sobre el tema de la tercera etapa del ritual que los autores describen en el ensayo. Hoffman, en el texto introductorio a King-Kill/33°, nos aclara que Downard traducía aquello de “Hacer Manifiesto Todo lo Oculto” como “La Revelación del Método”:

Esto alude al proceso en el que actos asesinos y conspiraciones escalofriantes que involucran guerras, revoluciones, decapitaciones y todo tipo de horrores son primero enterrados bajo un manto de secreto y el sigilo de Harpócrates. Luego, una vez consumados y asegurados, se revelan lentamente a la población desprevenida, que observa con una apatía gélida cómo se desvela la historia oculta.

Aleister Crowley mostrando el “signo de Harpócrates”



La idea que la Revelación del Método que Downard y Hoffman delinean en el ensayo es que para que estos rituales sean eficaces, la criptocracia necesita hacer partícipe al vulgo, no puede ser algo a puertas cerradas: todo el mundo debe verlo. Hoffman escribe:

Si ceremonias como la antigua Misa Mayor católica romana, los espectáculos de los reyes europeos, los incas y los aztecas, e incluso la Misa Negra, “imprimen” a los perceptores cuando tienen lugar en catedrales góticas especialmente ubicadas o en pirámides humeantes de sangre, ¿cuánto más potentes exponencialmente son los rituales gigantescos que se desarrollan sobre el enorme cuerpo de la Tierra misma, conectados por medios electrónicos a todo un mundo y envueltos en onomatología sintonizada con los sótanos de nuestro subconsciente ctónico?

El ritual del asesinato, televisado y transmitido sin cesar, provoca un shock colectivo que anula la voluntad. Las conclusiones de la comisión Warren, aceptadas en un principio, son vistas como ridículas un tiempo después (la teoría de la “Bala Mágica” como la llamaba Jim Garrison), y con asco y horror años más tarde (la muerte “accidental” o la desaparición sospechosa de varios testigos claves, la pérdida de evidencias, etc.). La apatía generada por todo esto

despojó a los estadounidenses de su cohesión mítica. Sin mito, vagan a la deriva, susceptibles a patrones externos. La élite masónica llena el vacío, ofreciendo un simulacro de libertad, igualdad y fraternidad, mientras administra la arquitectura simbólica del control.

 


Sería bueno aclarar que la versión de King-Kill/33° que revisitamos en este artículo, es la primera versión conocida del ensayo, publicada en 1987 en Apocalypse Culture, y la que hizo de Downard una “pequeña celebridad” en el relativamente marginal mundo de las teorías conspirativas de por aquél entonces. Adam Parfrey, editor de Feral House – que publicó Apocalypse Culture –, aclara al final de esa versión que “el artículo de Downard se ha presentado en una versión sustancialmente abreviada”. En internet puede encontrarse la versión extendida. Allí, el autor se explaya aún más en las artes de la la onomatología, y la toponimia mística, analizando la etimología de varios nombres implicados, así como la relación de los lugares con sus denominaciones, hace un recorrido por los sitios significativos ubicados sobre el paralelo 33°, y analiza los ritos de magia sexual – en la cual implica, claro, a los masones –, habla de Crowley, de los astronautas masones en la luna, los templarios, y las implicancias esotéricas de los asesinatos de RFK y MLK, entre varias otras cosas más.

La bibliografía de Downard no es muy extensa; otros escritos que pueden encontrar del autor, que son también artículos o ensayos relativamente cortos, son Call to Chaos (Apocalypse Culture, segunda edición), Sorcery, Sex, Assassination and the Science of Symbolism, (Secret and Suppressed: Banned Ideas and Hidden History, ed. Jim Keith) y America, The Possessed Corpse (Apocalypse Culture II). Estos tres artículos fueron compilados (incluyendo también King-Kill/33°) por Michael A. Hoffman y publicados en un libro llamado Mr. Downard: The Collected Essays of James Shelby Downard.

También hay dos autobiografías (o, mejor dicho, una autobiografía dividida en dos partes): The Carnivals of Life and Death: My Profane Life, 1913–1935 (Feral House, 2006), y Stalking the Great Whore: The Lost Writings of James Shelby Downard, (Gorightly Publications, 2023).

También hay una breve biografía sobre Downard escrita por Adam Gorightly, titulada James Shelby Downards Mystical War (2008), aunque el propio Gorightly reniega un poco de ella, alegando que en el momento no había mucha información disponible y que luego de escribirla salieron nuevos datos sobre la enigmática vida de Downard.

 

En este (muy) breve artículo repasamos de manera rápida algunas de las teorías que hicieron conocido a James Shelby Downard. En la próxima entrega, analizaremos la figura del propio Downard: si sus teorías les parecieron locas, queridos/as lectores/as, pues su biografía (o presunta biografía) no se queda atrás ni un poco.

 

Continuará…