jueves, 29 de febrero de 2024

Algunas notas sobre Ghostbusters (1984) Segunda Parte

 


Por Mazzu

Segunda parte de este… ¿análisis? – no, “análisis” suena demasiado pretencioso – digamos, reseña de fan. Ver Primera Parte.

 

Dana Barrett (Sigourney Weaver), del 550 Central Park West, tiene una experiencia paranormal en su departamento: huevos que saltan fuera de sus cajas y se fríen solos en la mesada de la cocina, y la aparición de un paisaje extradimensional en su heladera, dentro de la cual se ve un templo flotante con una bestia (un “Perro del Terror”) que pronuncia la palabra “Zuul”. Dana acude a los Cazafantasmas (a los que vio en una publicidad televisiva) y les pide ayuda. Los Cazafantasmas hacen algunas pruebas para determinar que no está loca mientras relata la experiencia. Venkman aprovecha la oportunidad para acercarse románticamente a Dana y la acompaña al apartamento. Usando un gracioso medidor electromagnético (el “Ghost Sniffer” u “Oledor de Fantasmas”), revisa el lugar y no encuentra nada en la sala principal ni en el dormitorio. Luego, Dana lo dirige hacia la cocina, donde encuentra huevos que se cocinaron solos en la mesada, pero tampoco obtiene lecturas significativas.

Primera captura

Mientras agotan sus últimos fondos al cenar comida china, Janine recibe una llamada de un cliente serio y hace sonar la alarma. Los Cazafantasmas corren, bajan por el tubo de bomberos, se visten y salen en el Ecto-1. Llegan al Hotel Sedgewick y el gerente del hotel les dice que están teniendo problemas con un fantasma residente. Después de encender con resquemor el equipo (que no habían probado adecuadamente antes, “cada uno lleva un acelerador nuclear en la espalda”), se separan para buscar al espantajo en el hotel. Venkman encuentra el fantasma (conocido como Slimer, o Pegajoso en Latinoamérica), que lo baña en ectoplasma. 



Spengler llama a Stantz para decirle que el fantasma está ahora en el salón de baile. Al intentar capturarlo, destruyen el salón haciendo tremendo batifondo (“¡por supuesto, serán totalmente discretos!”, había prometido Janine al cliente). Finalmente logran capturar al fantasma y se convierten en una sensación de la noche a la mañana, tanto en la ciudad de New York como en todo USA. A medida que aumenta la cantidad de llamadas, el equipo debe contratar a un cuarto miembro, Winston Zeddemore (Ernie Hudson). Su galopante popularidad atrae también al gobierno, en la figura de Walter Peck (William Atherton) de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por la sigla en inglés de Environmental Protection Agency). Llega al cuartel Cazafantasma tratando de inspeccionar las instalaciones de almacenamiento, pero Venkman no se lo permite.

Spengler está preocupado porque la cantidad de “energía psicokinética” de New York ha crecido a niveles alarmantes, y teme una oleada de fenómenos paranormales de proporciones colosales. Esa noche tormentosa, vemos cómo el edificio del 550 Central Park West atrae los relámpagos cual pararrayos.  Un par de gárgolas de piedra – llamadas “Perros del Terror” en el guión de Aykroyd y Ramis – toman vida.



En los 90s comencé a leer la obra de H. P. Lovecraft, y uno de los primeros libros que leí fue Los Mitos de Cthulhu, de Alianza Editorial, antología compilada por Rafael Llopis. Allí hay un cuento de Frank Belknap Long, colaborador y amigo de Lovecraft, llamado Los Perros de Tíndalos, que trata sobre unas criaturas interdimensionales que, si bien no son literalmente perros, “olfatean” y dan caza al desgraciado protagonista desde más allá del tiempo y el espacio hasta nuestra dimensión, cual sabuesos sobrenaturales. Desde que leí este cuento, no dejo de pensar que los Perros del Terror de Aykroyd y Ramis están inspirados en los Perros de Tíndalos de Belknap Long. Al comienzo del relato, a un amigo del protagonista incluso le llama la atención la mezcla de “ciencia y magia” que emplea el mismo, y exclama “¡me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee!”, algo no muy alejado del universo de los Cazafantasmas con su mezcla de aceleradores de protones y espectros sumerios.


Dana entra a su departamento y habla por teléfono con su madre. Después de colgar, unas garras que salen de un sofá la atrapan y llevan a la cocina, donde Zuul la posee. Mientras tanto, Louis Tully (Rick Moranis), un contador residente del edificio, está en su fiesta de cumpleaños junto a sus clientes cuando un perro (también descrito como un oso y un jaguar, pero en realidad un Perro del Terror) ataca, y lo persigue fuera del edificio hasta un restaurante donde lo posee. Por cierto, si bien los comensales del restaurante ven y oyen gritar a Louis, nadie parece ver al Perro del Terror, insinuándose así que no es un ente totalmente físico.  

Peter va a visitar a Dana, que lo ha dejado plantado en su cita, y rápidamente se da cuenta de que ha sido poseída por Zuul, “la Guardiana de la Puerta de Gozer”, o “La Guardabarrera de Gozer” en Latinoamérica. Absolutamente cambiada por su posesión, Dana intenta seducirlo agresivamente, pero termina gruñendo ferozmente y levitando sobre su cama con frustración después de que él rechaza repetidamente sus avances.

Louis, igualmente poseído por Vinz Clortho, “el Maestro de Llaves de Gozer”, o el “Amo y señor de Gozer” en Latinoamérica, tambalea por Central Park, asustando a la gente y buscando a “la Guardabarrera de Gozer el Destructor”, hasta que encuentra un caballo de carruaje y lo confunde con el Guardián. Cuando el cochero le indica que el caballo solo tira del carro y el que hace los tratos es él, Louis responde con los ojos rojos y gruñéndole. Más tarde, la policía lleva a Louis al cuartel de los Cazafantasmas y le preguntan a Spengler si lo aceptaría, ya que muestra un comportamiento extraño. Egon reconoce que Louis está poseído. Más tarde, Venkman llama a Egon para contarle que Dana está poseída por Zuul, también conocido como el “Guardián”.

 


Una cuestión de Estatuas

Vamos ahora al tema estatuario. La película está repleta de estatuas. Desde el comienzo al final, ya desde la “dama de la antorcha” del logo de Columbia Pictures, representando a la “diosa” Columbia (una personificación femenina de los Estados Unidos de América) y su similitud con la Estatua de la Libertad (con un gran protagonismo en Ghostbusters II, 1989), a la mismísima primera escena de la película: lo primero que vemos son las seis estatuas del frente de la Biblioteca Pública de New York, figuras alegóricas que representan  a la Historia, el Romance, la Religión, la Poesía, el Drama y la Filosofía, diseñadas por el artista escultor Paul Wayland Bartlett y talladas por los Hermanos Piccirilli (renombrada familia italiana de escultores de mármol que tallaron muchas de las esculturas de mármol más famosas de los Estados Unidos incluido, en 1920, el colosal Abraham Lincoln del Lincoln Memorial, Washington, D.C., diseñado por Daniel Chester French).



Desde ese comienzo con las seis estatuas, mientras suena una música ambiental tenebrosa, la cámara se desplaza hacia abajo desde el cielo (¿descenso de lo etéreo a lo material?). Una bandada de palomas asustadas vuela como un mal presagio, y nos instalamos en la estatua del león, sobre la que se posan algunas palomas. Este león guardián (en realidad son dos, también diseñados por Paul Wayland Bartlett y tallados por los Hermanos Piccirilli) parece un presagio de las gárgolas “guardianes de Gozer”: el descenso de las palomas sobre el león como una alegoría del descenso de los espíritus que animarán a las gárgolas más adelante. Con una sola toma, de manera magistral, Reitman nos presenta el género del film (gracias a la música), nos da una ubicación geográfica – la ciudad de Nueva York – y también establece las bases para algunos tropos y temas que serán importantes posteriormente en la película. La arquitectura juega un papel significativo en Ghostbusters; la primera imagen de la película nos muestra la renovación en curso del frente de la Biblioteca que vaticina, de manera muy sutil, la importancia de la arquitectura y la construcción del edificio de Ivo Shandor.



Luego de la escena donde la bibliotecaria se topa con el espectro en los pasillos atiborrados de libros, aparece el logotipo de los Cazafantasmas (junto a la canción homónima de Ray Parker Jr.) sobre la nuca de una estatua frente al campus de la Universidad de Columbia. Es una escultura de bronce de Daniel Chester French (a quien ya mencionamos en conexión con los Hermanos Piccirilli) que se encuentra en las escaleras de la Biblioteca Low Memorial en el campus de la Universidad de Columbia, en el Morningside Heights de Manhattan, Nueva York. French diseñó la estatua en 1901 y fue instalada en septiembre de 1903. Es una personificación del Alma Mater, que representa a Columbia en su papel como institución educativa (otra vez Columbia… hmmm). Alma Mater es una expresión latina que significa “madre nutricia” y que se usa para referirse metafóricamente a una universidad, aludiendo a su función proveedora de alimento intelectual. La estatua le da la espalda al logotipo de los Cazafantasmas, un adelanto al hecho de que la institución académica que antes cobijaba a Venkman, Spengler y Stantz les dará la espalda en muy breve o, como decía Guillermo Nimo, por lo menos, así lo veo yo.



Reitman nos hace otro guiño con las estatuas: desde un plano superior nos muestra cómo la gárgola vigila a Dana cuando llega al edificio en taxi, luego de hacer las compras y justo antes de su primera experiencia paranormal en la cocina.



Estatuas que “cobran vida”

Hoy en día no se habla casi para nada de las estatuas animadas en el ámbito del ocultismo moderno, pero en la antigüedad, la antigüedad tardía, la edad media e incluso hasta en el renacimiento, era un “hot topic” del mundo esotérico.

Los papiros mágicos griegos (PGM, por la sigla en latín de Papyri Graecae Magicae) son una colección de textos, escritos la mayoría en griego antiguo (pero también en copto, egipcio demótico, etc.), hallados en los desiertos de Egipto, que contienen hechizos, rituales, conjuros y otras prácticas del sincretismo mágico-religioso del Egipto grecorromano y su área circundante con influencias religiosas griegas, egipcias, judías e incluso babilónicas y cristianas. La mayoría de los papiros datan del siglo I a.C. al siglo IV d.C., aunque algunos datan incluso del siglo VII. Allí encontramos – por ejemplo – en el Papiro V, cap. 8, una fórmula para “conseguir la animación de una estatua de Hermes”, donde el practicante, con los ingredientes especificados y la ayuda de “un niño puro”, debe moldear – durante un período astrológico puntual (“cuando la luna esté saliendo en Aries o Leo, Virgo o Sagitario”) – una estatuilla del dios mensajero, a la cual debía insertarle una fórmula mágica de “nombres Bárbaros” escrita en un papiro hierático y en la vejiga de un ganso para lograr la animación. La utilidad de esta estatua animada, nos dice desde el pasado el autor del fragmento del papiro, es la de obtener ayuda oracular de parte de Hermes: el dios manifestaría su oráculo a través de la figurilla. Muy parecido al golem hebreo, ¿no? Otro ejemplo llamativo (y que viene al caso, como veremos) es el del papiro XII, cap. 2, que lleva por título “Consejero Eros” y que busca la animación de una estatua de cera de Eros mediante un complejo ritual, utilizando el pneuma de aves asfixiadas – esto es, sacrificadas – a la imagen. Una práctica similar de animación de estatuas mediante la asfixia de aves describe Porfirio en su Vida de Plotino.



El pneuma era la sustancia conectiva entre cuerpo y alma, entre lo inmaterial y lo material… bastante similar a la idea del ectoplasma que tenían los espiritistas. Aristóteles mantenía la dicotomía platónica entre cuerpo y alma, pero consideraba un tercer intermediario: el espíritu – el pneuma. El pneuma es tan sutil que se acerca a la naturaleza inmaterial del alma; y sin embargo es un cuerpo que puede entrar, como tal, en contacto con el mundo material. Sin esta especie de “cuerpo astral”, cuerpo y alma serían completamente inconscientes uno del otro. El pneuma se aloja en la sangre, a través de la cual el alma transmite su vitalidad al cuerpo mediante el proton organon, el corazón. Gracias al pneuma conectivo de la sangre, el cuerpo abre al alma una ventana al mundo a través de los cinco sentidos; al pasar por el proton organon éste traduce el contenido de los sentidos a un idioma que el alma puede comprender: phantasia o sentido interno, el alma no puede captar nada del mundo que no sea convertido en una secuencia de fantasmas. En pocas palabras, parafraseando a Ioan Coulianuno se puede comprender nada sin fantasmas.

El proceso de “animar una estatua” es antiquísimo, y se remonta al antiguo Egipto, Caldea y la región mesopotámica en general. En el caso de los egipcios, la creencia era que el ba del dios habitaba en la estatua, lo que resultaba en la unión del ba del dios con su imagen, algo que los seres humanos también deseaban para sus seres queridos tras la muerte. Los textos de Edfu explican que “el dios descansa en su augusto santuario después de que su ba se une con la imagen de su ka. Los griegos, por su parte, llamaban empneumatosis al rito de animación de estatuas por el cual viene a ser ocupada por el pneuma del dios. Jámblico, en De Mysteriis, ataca estos ritos considerándolos de baja magia, y no de alta Teúrgia. Estas estatuas animadas tenían diferentes propósitos: guardianes o protectores (contra ladrones, contra daemones maléficos, contra enfermedades), oráculos o augurios (también para atraer fortuna) y otras más (atraer el amor, hacer que las personas obedezcan al dueño de la estatua, etc.)

Sarah Iles Johnston, de la Johns Hopkins University, en el excelente artículo Animating Statues: a case study in ritual (2008), escribe (el énfasis en cursiva es mío):

Eran creencias griegas y romanas que las estatuas poseían la capacidad de hacer cosas, en particular de proteger contra demonios, enfermedades, piratas y todo otro tipo de males. (…) los griegos y los romanos entendían que las estatuas estaban literalmente llenas de lo que representaban: que se suponía que las estatuas de dioses en realidad contenían a los dioses. Aunque griegos y romanos creían que los dioses podían entrar espontáneamente en sus estatuas y animarlas, desde los primeros tiempos frecuentemente también realizaban rituales para asegurar que se produjera la animación: rituales para asegurar que el dios estaría presente en la estatua en un momento dado para escuchar oraciones, recibir sacrificios y realizar acciones milagrosas.

Ahora, bien ¿cómo era una estatua animada? ¿Los antiguos creían que realmente tomaba vida y se movía y realizaba trabajos para ellos? No tan así. El autor Jeffrey S. Kupperman, en su libro Living Theurgy: A Course in Iamblichus’ Philosophy, Theology, and Theurgy, responde de manera adecuada a esa pregunta:

¿Qué es una “estatua animada”? El término evoca cualquier cosa, desde gigantes parecidos a golems hasta los animatrónicos de Disneylandia. La palabra latina “ánima”, de la cual se deriva el término alma, puede traducirse como aliento, vida, alma o espíritu. El ánima anima o da vida. La palabra griega pneuma también significa espíritu. Una estatua animada no es necesariamente una que se mueve, sino una que está animada o conectada a un vehículo pneumático de uno de los [dioses].

En una palabra, una estatua animada es una especie de talismán, una agalma en el sentido literal de la palabra (N del T: agalma, del griego, significa tanto estatua como santuario). Sin embargo, las estatuas de los dioses no son meros talismanes. Un talismán se crea para un propósito específico y cumple con esa aplicación particular. Es decir, un talismán está a las órdenes del teúrgo en su demiúrgica. Una estatua animada está a las órdenes del dios que la llena de pneuma. La estatua tiene alma y los teúrgos la llaman agalma empsychon, un santuario con alma.



Aquí voy a hacer un poco de trampa y me voy a adelantar en la trama. Resulta que Egon Spengler descubre – más adelante en la película – que el edificio donde habitaban tanto Dana como Louis, sito en el 550 de Central Park West, había sido construido por Ivo Shandor, un arquitecto que

“también era doctor, realizaba muchas cirugías innecesarias, y después de 1920 inició una sociedad secreta (…) “los Adoradores de Gozer”; después de la Primera Guerra Mundial, Shandor decidió que la sociedad estaba demasiado enferma para sobrevivir… ¡y no era el único, tenía casi mil seguidores cuando murió! Efectuaban rituales sobre la terraza; rituales extraños que pretendían simular el fin del mundo… ¡y ahora creo que está sucediendo realmente!”

Una trama muy lovecraftiana, ¿no creen? Por cierto, aquello de muchas cirugías innecesarias suena a manera implícita de decir que mató a muchas personas… recordemos que los sacrificios eran una forma de “fijar” el pneuma a las esculturas ¿Sacrificios para fijar el pneuma de Zuul y Vinz Clortho a las estatuas de las gárgolas? Muy probable. Y, por supuesto, el fragmento de Spengler, donde dice que los adoradores de Gozer “efectuaban rituales sobre la terraza; rituales extraños que pretendían simular el fin del mundo” nos remite a aquello que señalaba Sarah Iles Johnston en el artículo antes citado, que griegos y romanos efectuaban “rituales para asegurar que el dios estaría presente en la estatua”. Más adelante volveremos con el edificio en sí y su arquitecto Ivo Shandor. Regresemos a las estatuas.

Hay una escena efímera (dura sólo cinco segundos) que, sin embargo, a mí me parece realmente significativa. Está embutida dentro del montaje a modo de videoclip con la canción Ghostbusters de Ray Parker Jr. mostrando las diversas “atrapadas de fantasmas” de los muchachos en diferentes partes de New York y las tapas de las revistas más famosas con ellos como tema central. En una de esas tantas escenas, los dres. Stantz, Venkman y Spengler pasan frente a la estatua de Prometeo. Se trata de una escultura de bronce fundido dorado realizada por el escultor Paul Manship en 1934, ubicada sobre la plaza inferior del Rockefeller Center en Manhattan, Nueva York. En la breve escena, Venkman sostiene en alto una trampa para fantasmas humeante, mientras detrás se ve a la estatua de Prometeo sosteniendo – con la misma mano que Venkman – la llama humeante que robó del Olimpo. Venkman parece estar haciendo una mímica de la estatua.

 


Ahora, desde la visión cientificista de los Ghostbusters, la ciencia parapsicológica desplaza a la magia y la brujería, lo espiritual y lo sagrado es suplantado por lo tecnológico, los fantasmas no son atrapados por sellos o sigilos salomónicos y encerrados en botellas sino atrapados en circuitos electrónicos, redes eléctricas y trampillas automáticas; además de robarle el fuego a los dioses, Prometeo también enseñó al hombre la técnica: dominar el fuego, domesticar a los animales, construir barcos, observar las estrellas, usar y moldear los metales, dominar el arte de contar y escribir, y sanar sus dolencias. Y los Cazafantasmas, cual Prometeo robando el fuego sagrado, le quitan lo sagrado a lo espiritual y lo reemplazan con técnica.



Sigilos vs. circuitos


Gracias al testimonio de Louis, nos enteramos que él y Dana fueron poseídos por Vinz Clortho, “el Maestro de Llaves de Gozer” y por Zuul, “la Guardiana de la Puerta de Gozer el Destructor”. Gozer, en los Mitos de los Cazafantasmas, había sido adorado como dios por los hititas, mesopotámicos y sumerios alrededor del año 6000 a.C. Esta divinidad infernal no tenía género y podía asumir cualquier forma que quisiera. Vinz Clortho, y Zuul, sus mensajeros, eran adorados como semidioses, y eran heraldos de la destrucción y agentes principales de su llegada. Para que Gozer pudiera ingresar nuevamente en nuestra dimensión, el Guardián y el Maestro de Llaves debían abrir un portal.

Egon: Vinz, mencionó hace un momento que espera una señal ¿qué señal espera?

Vinz: ¡Gozer el Viajero! Se convertirá en una de las formas preelegidas. Durante la rectificación de los Vuldronaii, Gozer apareció como un gran y cambiante Torb. Después, durante la tercera reconciliación del último de los Suplicantes de Meketrex, eligieron la forma de un Sloar gigante. Muchos Shubs y Zulls supieron lo que era ser rostizado en las profundidades de un Sloar ese día, y no miento.



Con respecto a la posesión de Dana y Louis, hay un pasaje muy interesante en el ya citado Living Theurgy de Jeffrey S. Kupperman

Las descripciones de la posesión divina que ofrece Jámblico y la academia ateniense son similares a las de las estatuas con alma. Esto lleva a la conclusión de que el teúrgo poseído no sólo es en efecto, sino en realidad, un agalma con alma para el dios poseedor. Agalma significa tanto estatua como santuario, y en esto es precisamente en lo que se convierte el teúrgo poseído.

La animación del dios en el teúrgo se produce por los mismos medios que en una estatua. Al asociarse con las señales y símbolos de un dios en particular, orar a ese dios, contemplar su imagen divina, comer alimentos sagrados e invocar, el teúrgo se convierte en un [templo] viviente del dios. La diferencia es que el teúrgo tiene un alma racional y participa de la mente divina de una manera que los objetos inanimados y los animales no pueden.



No sé si Aykroyd tenía acceso a este tipo de literatura – a la teúrgia y a los PGM –, pero muchas cosas que transcurren en el guion parecen seguir pautas ocultistas muy específicas. Vemos aquí un patrón: la “animación de estatuas”, y la “posesión” después de que el soporte físico del espíritu se destruyera y éste quedara libre para ocupar un cuerpo humano. La misma duda me asalta con la escena de Prometeo: estoy casi totalmente convencido que se trata de una sincronicidad que solo yo veo de esta manera, pero ¿cómo demostrar que es una sincro y no algo deliberado cuando hay tantas cosas significativas “escondidas” en la peli?

Continuará…

 



 

 

 

 

martes, 27 de febrero de 2024

Algunas notas sobre Ghostbusters (1984) Primera Parte


 


Por Mazzu


Ghostbusters (Ivan Reitman, 1984), o Los Cazafantasmas en este lado del mundo, es una de mis películas favoritas desde mi infancia. ¿Quién, que fuera niño en aquellos tiempos, no jugó alguna vez con una manguera o un Bombero Loco a que el chorro de agua era el rayo del disparador de protones del equipo de los Cazafantasmas y que su amigo/hermano/perro o gato – o quien fuese el blanco del disparo – era el fantasma Pegajoso (Slimer) de la peli? Los Cazafantasmas, en principio un proyecto arriesgado (una comedia sobrenatural) en el que no muchos productores confiaban, acabó siendo un éxito de taquilla y todo un fenómeno cultural. La cuestión es que cada tanto la vuelvo a ver y, a lo largo de tantos años de revisiones, he ido notando detalles muy interesantes – al menos para mí – que me gustaría compartir aquí en el blog.

En la última revisión varias cosas me llamaron mucho la atención: la relación de la película con historia de la parapsicología, la cuestión de las estatuas animadas, la psicogeografía, y la orientación política del film. Los tres primeros ítems ya los venía viendo desde hace rato, y acaso lo nuevo de este último visionado fue descubrir el sesgo político de Ghostbusters, que no es superficial sino fundamental en gran parte de su entramado argumental. Iré de a poco intentando desglosar estas ideas, dejando la cuestión política – que tiene, al menos para mí, mucho que ver con la ideología libertaria que ahora gobierna en Argentina – para el final de esta serie de notitas.

Primero, vienen MUCHOS SPOILERS: si no viste nunca esta peli, no es culpa mía. Salió hace cuarenta años, andá y mirala. ¿No es un tanto infantil esto de ofenderse porque te spoilean una película y tener que poner ALERTA DE SPOILERS para bebés llorones? Vamos, gente, crezcan un poco.

Segundo, podemos comenzar con una breve ficha técnica y un repaso a la sinopsis del argumento antes de ir a los bifes:

 


Ghostbusters (1984)

Los Cazafantasmas, The Ghostbusters, es una película estadounidense de 1984 del género comedia con toques de ciencia ficción y horror, y temática paranormal, producida y dirigida por Ivan Reitman, y escrita por Dan Aykroyd, y Harold Ramis; protagonizada por Bill Murray, Dan Aykroyd, Sigourney Weaver, Harold Ramis, Rick Moranis, Annie Potts, William Atherton y Ernie Hudson. La película fue un éxito de taquilla y se registró como la comedia más taquillera de la década.

Sinopsis

Tres profesores – algo marginales – de investigación parapsicológica, el Dr. Egon Spengler (Harold Ramis), Dr. Raymond Stantz (Dan Aykroyd) y el Dr. Peter Venkman (Bill Murray) se encuentran buscando trabajo después de que la Universidad de Columbia (en New York) cancelara su beca. La primera escena muestra una estatua, la estatua de la Alma Mater de la Universidad de Columbia. Ahora no escribiré sobre ello, pero volveremos al tema de las estatuas más adelante – un tropo muy presente en esta película y en su secuela Ghostbusters II (1989).



En la segunda escena vemos al doctor Venkman (Bill Murray) en el Weaver Hall, el Departamento de Psicología de la Universidad de Columbia, realizando una prueba de percepción extrasensorial (ESP) con cartas Zener. Venkman utiliza un método de la psicología conductista que en vez de premiar los aciertos (refuerzo positivo), castiga los errores, y aquí lo hace mediante leves descargas eléctricas. Estas son suministradas a un joven estudiante nerd cuando erra. Sin embargo, Venkman no castiga a una joven y bella estudiante que realiza el test en paralelo al joven nerd, mostrando así su lado pícaro y tramposo (Venkman es un Bribón, un Trickster, una característica que George P. Hansen asocia fuertemente al mundo de lo “paranormal” en su muy recomendado libro The Trickster and the Paranormal).

 


Ghostbusters nos acerca a la investigación académica de lo paranormal, y a la realidad que esta vivía a principios de la década de 1980. La parapsicología, básicamente, es el estudio de dos fenómenos: la percepción extrasensorial (ESP por sus siglas en inglés extra-sensorial perception) y la psicokinesis (PK). La ESP es la obtención de información del mundo externo sin el uso de ningún proceso físico conocido; de igual manera, la PK es influenciar algo del mundo exterior sin utilizar ningún método físico conocido.

La ESP, a su vez, generalmente se divide en telepatía (comunicación directa de mente a mente), clarividencia (la percepción mental directa de un objeto o evento) y precognición (conocimiento del futuro). Por su parte, la PK se divide en micro y macro. La micro-PK se refiere a eventos que requieren estadísticas para determinar si ocurrió PK (por ejemplo, alguien que intenta influir en la caída de dados). Los efectos poltergeist son ejemplos de macro-PK; las estadísticas no son necesarias si uno puede ver que el objeto “se mueve solo”. En conjunto, ESP y PK se conocen como fenómenos psíquicos o fenómenos psi.

Hay ramas de la parapsicología que estudian la hipotética supervivencia del espíritu tras la muerte corporal investigando la mediumnidad, las experiencias cercanas a la muerte, la reencarnación y los fantasmas. Esos fenómenos pueden involucrar ESP.



El desarrollo de la parapsicología comenzó como una rama de la psicología dentro del ambiente universitario. Si volvemos a Ghostbusters, veremos que esto está bien retratado, ya que los protagonistas realizan sus estudios parapsicológicos en el Weaver Hall, el Departamento de Psicología de la Universidad de Columbia. George P. Hansen en The Trickster and the Paranormal, escribe sobre la historia de esta ciencia menospreciada:

Las investigaciones científicas serias sobre los fenómenos psíquicos comenzaron en 1882, con la fundación de la Sociedad para la Investigación Psíquica en Inglaterra. Pero no fue hasta el trabajo de J. B. Rhine en la Universidad de Duke a principios de la década de 1930 que se institucionalizó un enfoque sistemático de laboratorio de manera efectiva. La historia de la parapsicología no puede entenderse sin considerar a Rhine, y desde la década de 1930 hasta al menos la de 1960, fue el líder indiscutible del campo. Rhine era un experimentador incondicional que valoraba mucho la recopilación de datos de calidad, pero tenía poco interés en las teorías. Creía que los experimentos, guiados por hipótesis simples, eventualmente señalarían el camino hacia una teoría.

El trabajo de Rhine y el de sus seguidores se realizó de lleno en el laboratorio. El Journal of Parapsychology, que fundó, publicó muy poco sobre casos espontáneos, mediumnidad o vida después de la muerte (también denominada investigación de “supervivencia”), y esa política continúa hasta el día de hoy. Rhine no menospreciaba ese trabajo, pero creía que con recursos limitados lo mejor era investigar la capacidad psíquica de los vivos. Era necesario delinear los límites de las capacidades humanas antes de explorar los conceptos relacionados con la supervivencia. Esta fue una decisión pragmática por parte de Rhine. Respecto a las ideas espiritualistas, Rhine adoptó una perspectiva psicológica. Si se recibieran mensajes precisos de un médium que supuestamente se comunica con personas fallecidas, la percepción extrasensorial del médium podría explicar los mensajes, y los espíritus comunicantes podrían interpretarse como aspectos inconscientes de la personalidad del médium. Incluso si en última instancia se descubre que los espíritus son la causa de algunos fenómenos, la ESP y la PK, por definición, los subsumen. Muchos comentaristas no han logrado comprender este punto. La ESP es simplemente la obtención de información sin el uso de los sentidos conocidos. Si los espíritus proporcionan información, el proceso aún se realiza sin el uso de los sentidos y, por lo tanto, se clasifica como ESP.

Rhine se hizo internacionalmente famoso por sus pruebas de ESP con cartas conteniendo los todavía famosos símbolos: círculo, cruz, líneas onduladas, cuadrado y estrella. Esos símbolos fueron diseñados por Karl Zener, psicólogo de Duke. Estaban impresos en cartas y dispuestos en mazos de 25, con cinco de cada uno de los cinco símbolos. Los sujetos de Rhine normalmente realizaban series de 25 ensayos. Para los experimentos de telepatía, un remitente barajaba un mazo de cartas Zener, sacaba una, la miraba e intentaba transmitirla mentalmente a un receptor. Luego registraba el orden de las tarjetas en una hoja. El receptor, que estaba en otra habitación o en otro edificio, anotaba sus conjeturas en una hoja similar. Después del experimento, se comparaban las dos hojas para determinar cuántas conjeturas eran correctas. Con las pruebas de clarividencia, el procedimiento era similar, excepto que la persona que hacía el papel del remitente barajaba las cartas, pero no las miraba hasta que el receptor terminaba de adivinar. En los experimentos de precognición, las cartas no se barajaban ni se registraban hasta que el receptor había adivinado. En una serie de 25 intentos, se esperaban cinco aciertos azarosos estadísticos. Si un sujeto era consistentemente capaz de anotar más de cinco aciertos por intento, era evidencia de ESP, y las probabilidades generales contra el azar se calculaban usando estadísticas matemáticas.


J. B. Rhine en su laboratorio

La parapsicología no es un terreno muy transitado hoy en día, pero sí era un área de interés en los 80s – aunque visto con desdén por gran parte del mundo académico. Continúa George P. Hansen en The Trickster and the Paranormal:

La parapsicología es un campo pequeño; En Estados Unidos se podría decir que menos de 50 personas están profesionalmente familiarizadas con los hallazgos científicos. Sólo dos laboratorios en Estados Unidos emplean a más de dos investigadores a tiempo completo, y probablemente no haya más de 10 parapsicólogos profesionales a tiempo completo en Estados Unidos que realicen investigaciones y las informen en revistas arbitradas. Además, algunos profesores y académicos independientes realizan investigaciones. A pesar de su pequeño tamaño, ha habido más de un siglo de investigaciones continuas, profesionales y publicadas sobre estos temas. Dos revistas llevan más de 60 años publicándose y una más de cien. La revista de mayor calidad es la Journal of Parapsychology. La investigación y las teorías se resumen en la serie técnica Advances in Parapsychological Research editada por Stanley Krippner (la última es el Volumen 8, 1997). Otro libro útil y magníficamente documentado es The Future of the Body (1992) de Michael Murphy.

Este es el background de los doctores Spengler, Stantz y Venkman en plena década de 1980, y creo que la peli se ocupa muy bien de retratar el estado de los estudios parapsicológicos en ese momento: vilipendiados por los pares y desfinanciados por las instituciones.

Si bien la universidad de Columbia no ha tenido laboratorio de Parapsicología – como en la película –, varias universidades estadounidenses, como la universidad de Virginia, la ya mencionada Duke, la de California, la Atlantic University y la University of Philosophical Research. En Inglaterra hay unas cuantas: la universidad West of England (Bristol), la universidad de Derby, la de Lancaster, la Manchester Metropolitan, la de Northampton, y la de York.



Antes de ser expulsados ​​ de Columbia, Spengler, Stantz y Venkman investigaban un caso en la Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York de la cual huyen despavoridos después de un encontronazo con el fantasma. Allí, a Spengler – el más “técnico” de los tres – se le ocurre la idea de “atrapar” a los fantasmas y encerrarlos en una red de contención laser.

Aquí me gustaría hacer otro paréntesis.

Dan Aykroyd, guionista del film – amén de ser uno de los protagonistas, Ray Stantz –, proviene de una familia de espiritistas, una tradición familiar iniciada por su bisabuelo. Samuel Augustus Aykroyd, nacido en 1855, era doctor en cirugía dental e, investigando sobre anestesias y otras formas analgésicas de calmar el dolor de los pacientes, descubrió el hipnotismo, y esto lo llevó al terreno adyacente del espiritismo, muy de moda en la última mitad del siglo XIX. Fascinado por el tema, comenzó a estudiarlo; mantuvo correspondencia con figuras reconocidas de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX que compartían sus inquietudes sobrenaturales, como Sir Arthur Conan Doyle, y pronto su granja en Sydenham (Ontario, Canadá) se convirtió en sede de las sesiones espiritistas semanales que organizara junto al médium Walter Ashurst. Al igual que harían 90 años más tarde los Cazafantasmas, Samuel quería capturar evidencia espectral – como el hipotético ectoplasma – para demostrar científicamente la existencia de los espíritus. Durante años registró en diarios los resultados de las sesiones espiritistas celebradas en su casa, y recolectó cientos de cartas y artículos periodísticos sobre espiritismo y fenómenos psíquicos.

Samuel Aykroyd falleció en 1933, pero la antorcha espiritualista no se extinguió: su hijo Maurice (el abuelo de Dan) se encargaría de mantenerla encendida. Maurice Aykroyd (nacido en 1891) continuó con las sesiones y, trabajando como ingeniero en la Bell Telephone Company, intentó crear un transmisor de radiofrecuencia que pudiera comunicar a los vivos con los muertos; de hecho, consultó con sus colegas sobre la posibilidad de construir una radio de cristales de alta vibración como método mecánico para contactar con el mundo espiritual. Aquí se puede ver otro paralelismo con los Cazafantasmas: además de inspirarse en el intento de “capturar” fantasmas (o evidencia de ellos) de su bisabuelo Samuel, Aykroyd toma de su abuelo Maurice la idea de fabricar un dispositivo tecnológico para hacerlo.



El padre de Dan, Peter, escribió un libro, A History of Ghosts (2009), basado en los diarios que heredó de Samuel Aykroyd. En el prólogo, Peter Aykroyd escribe:

En las familias, a menudo encontramos ejemplos de generaciones sucesivas de maestros de escuela, personal militar y abogados. Las tradiciones son como dinastías, a menudo la sombra alargada de una sola persona.

En nuestra familia, esta persona era mi abuelo, Samuel Augustus Aykroyd, doctor en cirugía dental, y la tradición que nos legó fue la experimentación con fenómenos psíquicos. Hace cien años, comenzó a escribir diarios, cartas, reseñas y artículos de opinión sobre temas de espiritismo y fenómenos psíquicos, basados principalmente en las sesiones de espiritismo celebradas en su casa utilizando un médium de trance completo.

Todo esto era un territorio familiar para su hijo, mi padre, Maurice J. Aykroyd, que era un experimentador y, como el Dr. Aykroyd, un humanista ético.

Mi hermano Maurice Jr. y yo asistimos a muchas de las sesiones y, en silencio, sentimos que teníamos el privilegio de ser parte de algo más grande que nosotros mismos, pero debido a que el espiritismo tiene pocos dogmas, ninguna liturgia, público poco consistente y es de fácil acceso, nadie sabía de esta influencia en nuestras vidas. No fue hasta que fuimos adultos jóvenes que otras influencias surgieron y resolvieron algunas de las grandes cuestiones de la vida. Mi hermana, Judy Harvie, tuvo la misma tranquila seguridad, y los tres podríamos caracterizarnos como humanistas éticos.

En mis hijos, Dan y Peter Johnathan, la sombra se alargó dramáticamente y en la era electrónica se extendió a todos los rincones del planeta.

En la quinta generación, la sombra está ahí, pero mucho más débil. Todas las dinastías acaban desapareciendo, y lo mismo ocurre con las tradiciones familiares. Eso me lleva a este libro. Cuando los diarios del Dr. Aykroyd cayeron en mis manos, pidieron a gritos que los pusieran en un libro y los difundieran.



Dan Aykroyd escribió el prólogo en el libro de su padre, allí dice:

La gente me pregunta a menudo cómo hice para escribir Los Cazafantasmas. La verdad es que a principios del siglo XX mi familia era parte de un fenómeno cultural y social mundial impulsado por el deseo de establecer contacto con los espíritus de los muertos, lo quisieran o no los muertos.

Mi bisabuelo, Samuel Augustus Aykroyd, doctor en cirugía dental, presidía su propio círculo familiar, y los asistentes tenían su propio médium, Walter Ashurst, quien creían que actuaba como conducto de muchas y variadas personalidades del más allá. Ya sea que uno crea o no en este tipo de cosas, mi familia no estaba – ni está – sola en este tipo de actividades. Miles de personas en la sociedad occidental realizan periódicamente sesiones de espiritismo y apoyan a los médiums.

A principios del siglo XX, los médiums y sus posteriores investigadores se convirtieron en grandes estrellas y el espiritismo adquirió un carácter claramente de espectáculo. ¿Hubo falsificaciones? ¿Engaños? Muchos, sin duda, y algunos dirían que todos fueron trucos. Pero el barón Albert von Schrenk-Notzing, el cazador de ectoplasma alemán, Sir Arthur Conan Doyle, escritor de la serie de detectives Sherlock Holmes y Sir Oliver Lodge, eminente científico y filósofo, eran hombres que tenían la esperanza de que algún día la ciencia natural podría abarcar racionalmente lo sobrenatural como un hecho probado.

Parte del atractivo de Los Cazafantasmas se deriva del tono frío, racional y de aceptación de lo fantástico como rutina que Bill Murray, Harold Ramis, el director Ivan Reitman y yo pudimos mantener en la película.

Este elemento surgió del interés de mi bisabuelo por el tema y de los libros que coleccionaba. Se los legó a su hijo, mi abuelo, Maurice. Y su hijo, mi padre, cuando era niño presenció sesiones de espiritismo y heredó los libros familiares sobre el tema. Mi hermano Peter y yo los leímos con avidez y nos convertimos en miembros de por vida de la Sociedad Estadounidense para la Investigación Psíquica, y de todo esto se hicieron Los Cazafantasmas.

Dan y su hermano aprendieron sobre fantasmas gracias a los libros de la biblioteca heredada por su padre. Por eso no parece casual que el primer fantasma que vemos en la película aparece, justamente, entre libros, en la Biblioteca Pública de New York.



En una entrevista, el actor contó:

Mi madre me contó que cuando yo era recién nacido y me estaba amamantando, una pareja de ancianos se apareció al pie de la cama. La imagen se disipó. Sacó un álbum de fotografías y vio que era mi bisabuelo y su esposa, que venían a visitar al nuevo hijo”. 

Al parecer, su madre llamó al padre de Aykroyd, sin embargo, las apariciones se esfumaron del cuarto.

Pero el interés de Dan Aykroyd no se limita solamente a los espectros: es también un apasionado de los OVNIs, miembro vitalicio de la MUFON (Mutual UFO Network) y consultor oficial para Hollywood sobre el tema. En 2005 produjo el documental Dan Aykroyd: Unplugged on UFOs. En una entrevista para la revista Psychic News (18 de abril de 2009), declaró:

He visto cuatro (OVNIs), y no puedo decir que sean naves extraterrestres, pero tampoco que son de la Fuerza Aérea (…) Dos de ellos eran específicamente artefactos aéreos de algún tipo (…) Uno de ellos tenía una luz, y otro tenía un color gris opaco, y eran aeronaves, una de ellas volaba muy lento, y la otra estaba flotando sobre mí

El actor contó que en una ocasión también fue testigo de la aparición de dos Hombres de Negro. En 2002, Aykroyd estaba trabajando como productor en un documental llamado Out There para el canal SciFi con varios nombres reconocidos en el mundo de la ufología, incluidos Colin Andrews, Linda Moulton Howe, Steven Greer y John Mack. Habían filmado ocho episodios de la serie, que estaba pronta a emitirse.

El último día de la filmación, Aykroyd salió a fumar un cigarrillo y respondió una llamada telefónica de Britney Spears que quería hablar sobre un próximo episodio de SNL. Mientras hablaba por teléfono, se giró y miró hacia la calle 42 de Nueva York, donde notó un Sedan negro de patente borrosa con dos hombres dentro. Uno de ellos, un hombre alto vestido de negro, se bajó del vehículo y lo miró mal. Aykroyd lo vio y se giró dándole la espalda, pero cuando volvió a mirar, en cuestión de medio segundo, el vehículo y el hombre habían desaparecido.

Dos horas más tarde le fue informado a él y al elenco que el programa había sido cancelado y nunca saldría al aire. Hasta el día de hoy nunca le fue dada una razón.

En fin, cuando Janine Melnitz (Annie Potts) le lee un cuestionario a manera de entrevista de trabajo a Winston Zeddemore (Ernie Hudson) preguntándole:

¿Cree usted en los ovnis, las proyecciones astrales, la telepatía, la percepción extrasensorial, la clarividencia, la fotografía espiritual, la telekinesis, los médiums, el monstruo del lago Ness y la teoría de la Atlántida?

… en realidad parece estar leyendo una lista de los tópicos de interés de Dan Aykroyd.



Venkman, Stantz y Spengler, fuera ya del circuito académico, toman el asunto en sus propias manos. Inician un negocio llamado “Cazafantasmas”, un “servicio profesional de investigación y eliminación de fenómenos paranormales”, utilizando como base una antigua estación de bomberos, y una ambulancia Cadillac Miller-Meteor de 1959 apodada “Ecto-1”, o “Ectomóvil” para desplazarse por la ciudad y contratando a Janine Melnitz (Annie Potts) para manejar los teléfonos y el trabajo administrativo.

Continuará



lunes, 8 de enero de 2024

Sin visitantes: una hipótesis extraterrestre no boba para nuestros tiempos bobos

 

Sin visitantes: una HET no boba para nuestros tiempos bobos

Por Eric Wargo (post original en el blog The Nightshirt)

Traducción: Mazzu




“En la actualidad, utilizando el principio de parsimonia, mi 'suposición de investigación' es... que estamos lidiando con visitas extraterrestres como núcleo central del problema”. Jim Lorenzen

“La evidencia de que la Tierra está siendo visitada por vehículos controlados inteligentemente desde fuera de la Tierra es abrumadora”. Stanton Friedman

“Creo que estos vehículos extraterrestres y sus tripulaciones visitan este planeta desde otros planetas”. Gordon Cooper

 

La hipótesis extraterrestre o HET fue una deducción natural para los observadores del fenómeno OVNI de mediados del siglo XX, incluyendo a militares y astronautas respetables como Gordon Cooper, quienes, al mismo tiempo que reconocían la realidad de los platillos voladores, afirmaban con seguridad que se trataba de naves tripuladas por seres de otros planetas. La ciencia y la ciencia ficción de esa época hicieron inevitable tal hipótesis. Pero si bien la ciencia ha avanzado, esa visión retro de ciencia ficción ha demostrado ser exasperadamente duradera; hasta el día de hoy, el público escucha “OVNI” y todavía ve en su mente una nave espacial con un piloto extraterrestre detrás del volante... posiblemente estrellándose y muriendo en el desierto estadounidense. Con el tiempo, el HET, bastante sensata, se convirtió en AET, aceptación extraterrestre, que lamentablemente ya no es tan sensata.

AET ha perjudicado a la ufología no sólo limitando la imaginación de la gente sino también facilitando a los escépticos a parodiar todo el tema OVNI o reducirlo a una simple opción: o son enanitos verdes (o grises) de otros planetas que vuelan desde miles de años luz para llegar hasta aquí en pequeñas naves desvencijadas o son sólo producto de imaginaciones hiperactivas. Lo absurdo de la primera imagen ha llevado a muchas personas inteligentes a la segunda posición por defecto, sin darse cuenta de que en realidad hay una gran e interesante área gris (¿entienden? ¿área gris?) llena de un verdadero zoológico de diferentes posibilidades científicamente plausibles, que escritores desde John Keel y Jacques Vallée hasta Mac Tonnies y muchas personas menos conocidas han explorado en una literatura vasta y a menudo reflexiva.



Incrustado en la simplista AET hay un corolario que actúa como un grillete igualmente fuerte para la imaginación y es una munición igualmente poderosa en el arsenal del escéptico: la suposición de que los encuentros con OVNIs (en caso de ser reales) representarían algún tipo de visita. Esa nave espacial imaginaria con el piloto ET al volante sólo tiene sentido en el contexto de seres que realmente viven en otro lugar, realizan largos y traicioneros viajes a nuestro mundo para espiarnos o estudiarnos, y tienen la intención de regresar a casa después. En cuanto a las conjeturas OVNI, Rich Reynolds puso recientemente en perspectiva la tontería de esa idea al señalar la insignificancia de la Tierra en el esquema galáctico de las cosas y la verdadera inmensidad de las distancias cósmicas. Somos un páramo, dice, y por esta razón, cualquier noción de que nuestro planeta y su civilización dominante sean objeto de visitas activas e interesadas es ridícula.

Fue en parte esta suposición (que los extraterrestres estarían aquí para “visitarnos”) lo que alejó a Jacques Vallée de la hipótesis extraterrestre a finales de los años 1960: el gran número de encuentros registrados (y mucho menos estimados) es enorme, y se remonta demasiado atrás en la historia, como para representar algún tipo de programa espacial estilo Apolo de misiones espaciales ET para volar aquí, recolectar algunas muestras de suelo y rocas, obtener algunos espermatozoides y óvulos de desventurados terrícolas y luego regresar a casa. También vale la pena señalar que, si bien Carl Sagan siempre jugó para el equipo escéptico, su imaginación, totalmente de acuerdo con la existencia de extraterrestres “allá afuera”, siguió una lógica similar cuando se trataba de la cuestión de las visitas: pasarían a visitar para echar un vistazo, pero sólo cada unos tantos miles de años más o menos. De alguna manera eso sería suficiente para reunir la información necesaria.

Es difícil no estar de acuerdo con Reynolds: las visitas extraterrestres son ridículas. Pero también creo que la hipótesis (no la aceptación) ET tiene mucho mérito residual siempre y cuando descartemos toda la noción de “visita”, revisemos radicalmente nuestra noción de lo que entendemos por “ET” y acerquemos nuestra imagen de posibles motivos y métodos extraterrestres más a nuestra comprensión actual de la ciencia, la exploración espacial y nuestra propia evolución futura.



Que seres de carne y hueso piloteen naves espaciales a través de vastos años luz para visitarnos es realmente una tontería, y nos haríamos un favor si educáramos al público en general que eso no es lo que queremos decir con “OVNIs”. Por otro lado, la idea de que máquinas locales permanentemente arraigadas (drones) que llevan a cabo una vigilancia desapasionada a largo plazo en nombre de una o más civilizaciones extraterrestres avanzadas (probablemente muy antiguas) con fines tanto científicos como de seguridad (o lo que he llamado “antropología profunda”) no es tan tonta como hipótesis. Para ver por qué, simplemente necesitamos pensar de manera realista sobre nuestra propia presencia futura en el espacio y al mismo tiempo tener en cuenta los modelos matemáticos que muestran que las primeras civilizaciones de la galaxia ya deberían tener presencia, de algún tipo, en todo ella.

 

La verdadera paradoja de Fermi

Enrico Fermi preguntó a sus colegas de Los Álamos durante un almuerzo en 1950: “¿Dónde están?”. Esta pregunta presupone dos cosas: que “ellos” (ET) tendrán algún motivo para venir aquí, y que “ellos” aún no están aquí. Era una pregunta sensata en aquel momento: los matemáticos sofisticados como Fermi sabían que era poco probable que estuviéramos solos; y también calcularon que, incluso dadas las enormes distancias que implicarían los viajes interestelares y la colonización, en un universo “de cierta edad” (como podríamos decir cortésmente), deberíamos ser como recién llegados a una metrópolis cósmica ya ruidosa y bulliciosa. Algunos han tomado los diversos modelos matemáticos que muestran que nuestra galaxia, incluido nuestro páramo, ya debería estar colonizada por las civilizaciones que surgieron por primera vez como evidencia de que puede haber algo mal en nuestras suposiciones. En efecto. Yo reformularía la paradoja de Fermi con la siguiente hipótesis: ya están aquí y (paradójicamente) nunca salieron de casa.

El problema es asumir que los viajes de ida y de expansión son un camino inevitable o incluso probable para una especie tecnológica avanzada. Los seres mortales, frágiles, tienen el impulso de formar familias numerosas, crecer y extenderse, colonizando nuevos territorios en nombre del Lebensraum, la “sala de estar”. La mayor parte de la historia humana registrada encaja en esa imagen, por lo que era natural proyectar tal suposición en nuestro propio futuro y, por extensión, en los extraterrestres. Pero como han prometido innumerables futuristas y escritores de ciencia ficción más recientes, nos estamos acercando a una especie de cúspide: una tormenta tecnológica y social perfecta que, incluso en sus versiones más conservadoras, cambiará el juego en todo tipo de formas que simplemente no podrían haberse previsto o imaginado hace 65 años. Cuando se reconoce que una sociedad debe evolucionar a la par de su tecnología, esa suposición de expansión “en la carne” parece cada vez menos plausible.



La capacidad del vuelo espacial sólo surgirá junto con avances proporcionales en la informática y la robótica, y junto con ellos, avances masivos en la producción de energía, manipulación de la materia (por ejemplo, impresión 3D y nanotecnología) y, lo más importante, avances biotecnológicos como la ingeniería genética y todas las “ómicas” de la ciencia médica y de la salud de vanguardia actual (por ejemplo, genómica, proteómica, transcriptómica, etc.). En conjunto, estos desarrollos combinados no sólo tenderán a automatizar el negocio de la exploración espacial sino que también extenderán radicalmente nuestras vidas, lo que desincentivará los tipos de migración interestelar y colonización (y construcción de imperios) que la generación de Fermi no tenía motivos para dudar y que generaciones de escritores de ciencia ficción dramatizaron en sus óperas espaciales. Hicieron grandes historias, pero esos futuros son tremendamente irreales desde el punto de vista de la “futurología existencial”.

Ya podemos ver que a medida que aumenta la longevidad, el tamaño de la familia disminuye. Los humanos de hoy, afortunados de vivir en sociedades avanzadas y prósperas y de tener una esperanza de vida de más de 80 años, no tienen tantos hijos como sus ancestros de vida más corta. Siga la curva: la vieja noción estándar de grupos familiares humanos que se extienden por la galaxia en vastas oleadas de colonización representa una incapacidad para imaginar la promesa más radical (y probablemente realista) de la Singularidad: la inmortalidad parcial o total a través de alguna combinación de bioingeniería y el perfeccionamiento con máquinas. No necesariamente sucederá a mediados de este siglo, como prometen los rapturólogos nerds más entusiasmados, pero probablemente sucederá al menos en el próximo. La inmortalidad niega cualquier visión del futuro que se parezca a nuestra sociedad actual; reducirá radicalmente, entre otras cosas, la familia y la reproducción, y así, en última instancia, eliminará la necesidad de expandirse más allá del planeta acogedor y seguro o, al menos, del sistema solar radicalmente terraformado (o con esfera de Dyson).

Consideremos la visión literaria más rica y coherente desde el punto de vista sociológico de una sociedad interestelar en un futuro lejano: la serie Dune de Frank Herbert. Es muy significativo que el creciente imperio galáctico de Herbert requiriera un ingenioso recurso literario (una antigua y estricta prohibición de las computadoras) para hacer plausible su visión de un futuro lejano. Sin la Jihad Butleriana, todos los aspectos dramáticos y emocionantes del universo Dune – humanos mortales que viajan a través del espacio, participando en políticas feudales sangrientas que involucran cuestiones de escasez de recursos, protegiendo y alimentando líneas de sangre genéticas a través del sexo, librando cruentas guerras interplanetarias y todo el resto —, en realidad no tendrían ningún sentido. Un futuro lejano tecnológicamente avanzado no se parecerá al universo Dune, ni al imperio galáctico de la Trilogía de la Fundación de Asimov, ni al universo Star Wars, ni al universo Star Trek. Es probable que se parezca mucho más a las culturas más “avanzadas” (y aparentemente aburridas) del Señor de los Anillos de Tolkien. Esto se debe a que, además de eliminar cualquier necesidad o motivo para los viajes interestelares “en la carne”, la inmortalidad también eliminará o redefinirá ese preciado rasgo redentor de los “hombres mortales condenados a morir”, es decir, el coraje.

 


El futuro de la valentía

Uno de los primeros principios de la futurología existencial es que, contraintuitivamente, el valor de la vida aumenta con su duración. Una existencia desagradable, brutal y corta alienta no sólo a tener muchos bebés sino también a arriesgar la vida y la integridad física por un mañana mejor para esos bebés, lo que incluye a veces subirse a embarcaciones chirriantes y emigrar a costas extrañas y futuros inciertos, con el entendimiento de que esta vida es sólo un breve y doloroso esfuerzo en el camino hacia la otra vida. Por el contrario, nuestros descendientes de larga vida probablemente serán personas que se queden en casa, materialistas en su perspectiva y extremadamente celosos de su seguridad y salud, no muy diferentes de las razas élficas de Tolkien (o, menos atractivamente, como Howard Hughes). Al igual que los elfos, generalmente se contentarán con dejar que seres inferiores hagan el trabajo sucio de exploración y aventuras en su nombre. Para nosotros, esos 'seres menores' serán nuestras máquinas.



Los viajes espaciales, no importa cuán avanzados sean, seguramente serán un dolor de cabeza peligroso y aburrido. Es difícil imaginar que los futuros Galadriels y Elronds estén interesados ​​en viajes arriesgados a través del espacio interestelar en persona. Realmente tendrían pocos motivos, porque podrían explorar e interactuar con el cosmos, e incluso en cierto sentido “habitarlo”, por medio de extensiones mecánicas de ellos mismos: la otra promesa realista de la rapturología nerd. Al esparcir drones autorreplicantes (sondas Von Neumann) para cubrir el universo y todos sus mundos, los humanos del futuro traerán el universo hacia ellos y nunca tendrán que abandonar la comodidad y seguridad de sus Lothloriens y Rivendels. Por “máquinas” y “drones”, por supuesto, no me refiero a nada que ahora podamos reconocer como tal: estos sensores y efectores remotos podrían parecer orgánicos, luminosos, microscópicos o invisibles. Quién sabe. ¿Recuerdan la famosa tecnología de Clarke indistinguible de la magia? De eso estoy hablando. (Y es también por eso que deberíamos leer los libros de Tolkien como ciencia ficción, no como fantasía... pero estoy divagando).

Incluso con los cuadricópteros actuales controlados por iPhone, ya estamos en el camino hacia este tipo de expansión cyborg del yo. En uno o dos siglos, drones rápidos, sensibles y poderosos que son en cierto sentido extensiones de nuestros cuerpos y mentes explorarán, tocarán e interactuarán con el mundo en general para nosotros, siendo nuestros ojos, oídos, manos y pies errantes. Cuando ahora, a través de Internet, disfrutamos de las últimas imágenes y transmisiones de los exploradores de Marte y los robots de aguas profundas, solo estamos obteniendo una mínima muestra de lo que ese sensorio ampliado implicará algún día como una forma de “habitar” otros entornos. Con el tipo de tecnología robótica que nos ofrecerá el próximo siglo, ¿por qué nos arrojaríamos – nosotros, nuestras familias y nuestras cosas – a una colonia de mierda, estrecha e incómoda en Titán, o incluso en Marte o la Luna, cuando podemos ir a todos esos lugares virtualmente, incluso a todos a la vez (el futuro de la multitarea)? El cuerpo y sus necesidades orgánicas, incluida su ubicación en el espacio, definirán y limitarán cada vez menos la calidad y el alcance de nuestra experiencia.

 

La paradoja de Fermi debería reformularse: ya están aquí y (paradójicamente) nunca salieron de casa.

La velocidad de la luz, por supuesto, limitará la “inmediatez” de nuestra conexión con nuestros servidores proxy más remotos a distancias planetarias y (especialmente) interestelares y, por lo tanto, nuestros ojos y manos drones deberán ser IA completamente autónomas, que tomen decisiones por sí mismas, se reparen y se repliquen y que participen no sólo en la observación pasiva sino también en la recopilación activa de conocimientos e incluso en la experimentación. En otras palabras, los drones que enviemos a lo largo y ancho de la galaxia serán en realidad plataformas científicas totalmente autoguiadas, que recopilarán datos paciente e incansablemente para generar ricas simulaciones en su mundo natal. Estos representantes serán los elegantes e inteligentes descendientes de la Voyager o el rover Curiosity, pero serán capaces de tomar sus propias decisiones, aunque (y este es un argumento demasiado grande para este artículo) no sean sensibles. Experimentaremos y habitaremos el universo a través de esa tecnología, sin necesidad de “visitas”.

Es una hipótesis razonable que la misma trayectoria tecnológica/social básica se aplicará a cualquier civilización tecnológica que haya surgido “allá afuera” y, por lo tanto, cualquier presencia extraterrestre aquí será una presencia automatizada y mediada por máquinas. No habría “visitantes”, porque las visitas riesgosas a través de vastos años luz por parte de criaturas que dan un gran valor a sus vidas simplemente no tienen sentido. Nuestros parientes mayores y avanzados, los patriarcas y matriarcas cósmicos, no dejarán de vernos como unos fulanitos atrasados ​​aquí en nuestro páramo; se quedarán en casa, como la abuela y el abuelo, prefiriendo (si hay alguna visita) que los jóvenes vengan a ellos, tal vez a través de alguna tecnología exótica como los agujeros de gusano... que de hecho podrían ser lo que son algunos OVNIs. Las “visitas” aparentes de tales seres serían, a lo sumo, simulaciones o avatares, no “presencia real” en el sentido en que la entendemos nosotros, los que todavía estamos atados a la carne.

 

Antropología profunda

Si imaginamos civilizaciones ET post-escasez capaces de enviar máquinas científicas autorreplicantes que se multiplican y propagan a todos los rincones de la galaxia hogar, copiándose a sí mismas y recabando datos a largo plazo dondequiera que encuentren cosas interesantes, y también imaginamos (como dictan las matemáticas) que las primeras civilizaciones de este tipo habrán surgido hace miles de millones de años, entonces el dos más dos es igual a cuatro del asunto es este: las plataformas científicas extraterrestres probablemente ya estén aquí, y probablemente ya estuvieran aquí incluso antes de que fuéramos musarañas arbóreas... tal vez incluso antes de ser algas. Estas máquinas serían tan avanzadas que probablemente ni siquiera sabríamos que están aquí... excepto, claro está, cuando el propósito de un experimento o intervención específica lo requiera.

En este panorama, es crucial recordar que una carrera espacial avanzada, incluyéndonos a nosotros mismos en los próximos siglos, no se limitará a los tipos de recolección de datos escasos permitidos por las misiones Apolo o incluso el rover Curiosity. La informática y la robótica permiten aumentos exponenciales en la cantidad de datos que un programa espacial puede recopilar, transmitir, almacenar y analizar, todo con un mínimo de participación humana directa. Y el principio fundamental de la ciencia básica (aprende todo lo que puedas, tenga o no beneficios previsibles en el mundo real) dicta que no existen límites deseables para ese aprendizaje. Aprender no es sólo observar, es realizar experimentos controlados con muestras grandes y luego repetirlos muchas veces para lograr un alto nivel de predicción y control. Cuando los recursos lo permitan y pueda ser totalmente automatizado, cualquier programa espacial científico intentará “saber todo lo que se puede conocer”, como V'ger en Star Trek: The Motion Picture, ignorando la cuestión de la aplicación. Esto genera lo que hoy se llama “big data”.



Hace un par de años sostuve en este blog que la noción de ciencia de “cortes finos” implícita en el importante artículo de Vallée de 1989 en contra de la HET no sólo se ha vuelto obsoleta por los avances en computación y robótica de las dos décadas y media desde entonces, sino que también se vuelve poco realista por la forma en que se conducen las ciencias sociales y la psicología actuales. Para producir resultados válidos y útiles, cualquier estudio de nosotros por parte de una entidad extraterrestre (máquina o no) tendría que ser un proyecto de experimentación longitudinal, activo y abierto, no muy diferente de los escenarios que se desarrollan en los laboratorios de psicología de cualquier campus universitario, aunque en una escala inconmensurablemente amplia: interacciones extrañas diseñadas para probar hipótesis extrañas, realizadas con muestras de personas lo suficientemente grandes como para producir resultados estadísticamente significativos (junto con grupos de control igualmente grandes para comparar), y luego repetidas con otras muestras prístinas para replicar los hallazgos, y luego seguido con diferentes permutaciones del experimento (y nuevos grupos de control) para probar diferentes hipótesis que surjan, y así sucesivamente, hasta el infinito.



Cuando revisamos nuestra imagen de la 'Tierrología extraterrestre' como un proyecto de psicología masivo, en su mayor parte sigiloso y verdaderamente interminable, conducido por máquinas científicas artificialmente inteligentes pero insensibles, que nunca se aburren y están programadas para saber todo lo que es cognoscible —incluido lograr un alto grado de poder predictivo sobre el comportamiento colectivo e individual de una especie inteligente impredecible y en continua evolución—, entonces los millones de “aterrizajes” en la historia comienzan a parecer cada vez menos excesivos. De hecho, todo empieza a parecerse mucho al “sistema de control” que el propio Vallee postuló. Sin querer, creo que es Vallee, con su comprensión más matizada del fenómeno OVNI, quien brinda el mayor apoyo a la hipótesis básica que consideraba desafiante su propio trabajo: un origen extraterrestre plausible para al menos una parte de los millones de Encuentros con OVNIs a lo largo de los siglos.

 

En el Noöverso, a todos les chupa un huev#

A través de las máquinas de Von Neumann, un programa automatizado y autónomo de “saber todo lo que se puede conocer” puede explorar los sistemas estelares y planetarios del universo sin el gasto de ninguno de los recursos de Lothlorien o Rivendell y sin ningún esfuerzo o cuidado mental por parte de sus habitantes (si es que siguen vivos después de todo este tiempo). Por lo tanto, no deberíamos sentirnos especiales: incluso si la Tierra está bajo un microscopio (o un millón de microscopios), también lo están todos los demás planetas, probablemente incluso aquellos en los que no hay nada más interesante que las musarañas y las algas. Tal vez incluso todos los cinturones de asteroides y las nubes de Oort tengan sondas que recorren y mapean pacientemente cada trozo de polvo y hielo que deriva lentamente.

Esta imagen da un nuevo significado al “universo conocido”. Basándonos únicamente en las matemáticas de la materia, el universo debería ser plenamente conocido, multiplicado por tecnologías antiguas y muy avanzadas, si no por los seres sintientes que las crearon originalmente. Incluso podríamos llamarla noöverso, por este motivo. (Hace un par de años me pregunté si las montañas de datos que esto generaría podrían ser tan enormes que la información pudiera explicar la masa faltante de los modelos cosmológicos actuales, de alguna manera secuestrada en el tejido mismo del espacio-tiempo por los antiguos V'gers que rastreaban las galaxias. Un lector versado en computación cuántica me corrigió amablemente: el almacenamiento de información tiende a ser minúsculo; por lo tanto, sea lo que sea la materia oscura, no son servidores ni discos duros vastos y antiguos).

Ésta no es ni la única ni la mejor respuesta al problema OVNI, pero creo que es una versión más madura (e interesante) de la HET que es al menos plausible tanto exotecnológica como exosociológicamente y, por lo tanto, digna de ser puesta a consideración y debate junto con los diversos contendientes anti-HET en competencia (e igualmente meritorios), incluidos los interdimensionales (Vallee), criptoterrestres (Tonnies), ultraterrestres (Keel) y varias otras hipótesis psicológicas o esotéricas. Sólo necesita reemplazar la narrativa fácilmente trivializada del “piloto de OVNI visitante” que la cultura popular y los medios (y desafortunadamente también algunos en la comunidad ufológica) todavía no parecen poder superar. (Y no, no espero que las tan esperadas “Diapositivas de Roswell” vayan a cambiar mi evaluación; sea lo que sea lo que hay en esas imágenes, dudo que sean extraterrestres).

Con el debido respeto a los defensores de las visitas extraterrestres del siglo pasado, otra parte de lo que hace que el viejo escenario del “piloto de OVNI” sea cada vez más difícil de comprender hoy es precisamente, como dijo Reynolds en su blog, nuestra propia pequeñez en nuestra atmósfera cósmica cada vez más amplia. Imagen: En una galaxia de 400 mil millones de soles que probablemente ha albergado, en ocasiones, muchas civilizaciones avanzadas y debe estar completamente repleta de flora y fauna sorprendentemente diversas, sin mencionar una geología cool y exóticos objetos estelares y planetarios de todo tipo, es terriblemente antropocéntrico imaginar que las antiguas eminencias o sus máquinas sucesoras se preocupan mucho por nosotros y nuestro pequeño planeta azul, por muy edénico que nos guste imaginarlo. Venir aquí es ridículo: ¿por qué molestarse en enviar drones aquí? En un universo enorme y fascinante, ¿ese nivel de atención no supone un nivel de importancia que es, como mínimo, neurótico, o incluso demencial?



En realidad, no es así. Con las máquinas de Von Neumann, lo que no te chupa un huevo se puede automatizar y subdelegar a tecnología no sensible (léase: que sí te chupe un huevo) que se multiplica como conejos y hace ciencia por iniciativa propia. Y hay otra muy buena razón, bastante alejada del imperativo científico básico (es decir, conocer todo lo que se puede conocer), para mantener un ojo automático constante sobre lo que sucede alrededor de cada uno de esos 400 mil millones de soles, y esa es la seguridad. Ese mismo primer principio de futurología existencial ya mencionado (el valor de las vidas largas) también predice que los extraterrestres inmortales establecerían una vasta red de vigilancia mecánica, que en última instancia abarcaría toda la galaxia, simplemente como medida de seguridad. La mirada es, seguramente, bastante desapasionada, pero para ser eficaz tendría que ser también muy amplia y de largo alcance.

En otras palabras, exactamente por la misma razón por la que nadie nos “visita” en persona, también es una hipótesis realista que no hay ningún planeta apartado que sea demasiado modesto ni ninguna especie semiinteligente que utilice herramientas que sea tan tonta como para no ser el objetivo de enjambres de cámaras CCTV discretas (me gusta imaginarlas como orbes pequeños y suavemente brillantes, pero es cosa mía) que vigilan de cerca cómo se está desarrollando esa especie y cuáles son sus probables acciones futuras. Toda esa experimentación psicológica obsesiva tiene la misma recompensa de seguridad a largo plazo: predicción y control totales en caso de que nosotros o nuestras máquinas alguna vez representemos una amenaza en algún momento dentro de miles o millones de años.

En una publicación posterior, desarrollaré esta segunda parte del argumento: la cuestión de la seguridad a largo plazo tal como se aplica a los extraterrestres inmortales, por qué no debemos temer la invasión extraterrestre, pero también por qué, en un noöverso, no podemos tener expectativas de privacidad.