miércoles, 20 de mayo de 2015

BOWIE Y EL OCULTISMO (fragmento de “Season of the Witch” de Peter Bebergal)

BOWIE Y EL OCULTISMO 
Fragmento de “Season of the Witch” de Peter Bebergal

Traducción: Mazzu



Cuando a sus diecinueve años de edad Cameron Crowe visitó a David Bowie para realizarle una entrevista para la revista Rolling Stone en 1975, encontró a un Bowie pasado de merca encendiendo velas negras para protegerse de las fuerzas sobrenaturales invisibles que lo acechaban desde afuera de las ventanas. Bowie acababa de terminar el rodaje de El Hombre que Cayó a Tierra con el director Nicolas Roeg. Era una época apasionante para los OVNIs y los encuentros extraterrestres, y para Bowie era fácil moldearse a sí mismo en el papel. Hacía rato que venía cantando sobre el temor existencial al espacio exterior y el descenso de estrellas de rock alienígenas, pero estaba muy por delante de la conciencia cultural. Cuando El hombre que Cayó a la Tierra fue estrenado, la cultura pop de la época estaba siendo fuertemente invadida por entidades cósmicas. El número de libros y especiales de televisión sobre OVNIs podría muy bien haber superado el número real de avistamientos en ese momento. Pero para entonces, Bowie estaba canalizando algo más fascinante que los astronautas ancestrales. Estaba mezclando su ciencia ficción con magia y cocaína. Si bien los resultados brindaron un rock con un sacudón de ocultismo, continuando con su tendencia de transformar la música popular, la cordura de Bowie sería la víctima. Por suerte, el artista sobrevivió casi intacto, pero el legado de esa batalla entre las fuerzas de la magia y la cordura sería la siguiente fase en la continua transformación oculta del rock. La exploración de Bowie de su propia conciencia por medio del vestuario, el drama, y ​​un impulso creativo imparable mostró a los músicos y al público una vez más que la música nunca debe conformarse con ninguna tendencia. La imaginación ocultista del rock seguramente nunca va a morir, y Bowie la inyectó con speedball puro para mantenerla despierta, sin importar las consecuencias.

Si bien muchas de sus letras dejan caer referencias de varios tonos y tipos de ocultismo - a menudo filtradas a través de imaginería nietzscheana, ideología fascista extraña y mesías alienígenas - la forma en que esto moldeó la cultura del rock no es tan clara como el uso de Harrison del sitar impulsado por su devoción al misticismo oriental, por ejemplo, o el interés de Page en la magia que terminó adornando las cubiertas de los álbumes y que es parte del ambiente siniestro de la música de Led Zeppelin. No es suficiente centrarse en el interés mercurial de Bowie en el misticismo y otras prácticas esotéricas. El papel de Bowie en esta narrativa es mucho más sutil, pero en algunos aspectos de mayor alcance. En la historia del rock, es probable que no haya ningún mago más genuino que Bowie, ya que ha llegado a personificar la forma en la que obra la magia. Como se ha señalado, en la magia de salón la audiencia se deja engañar a voluntad, se dejar seducir por la ilusión, al igual que en la magia ritual y ceremonial, donde un fenómeno similar entra en juego y es un efecto importante para la conducción de los eventos y rituales en el contexto de un grupo, comunidad o fraternidad. Hay un lenguaje compartido, a menudo tácito, acordado por el grupo; su poder se hace evidente en la forma en que un neófito aceptará el lenguaje u otros actos codificados implícitamente, como cuando un aprendiz francmasón recibe el primer apretón de manos, o “agarre”, y sin dudarlo lo acepta como tal.

A pesar de sus oscuros intereses ocultistas, que casi provocaron un final trágico de su aún notoria carrera, los personajes cósmicos y mágicos de Bowie trasladaron al rock a una nueva etapa. Bowie utilizó el glamour - tanto en el sentido fashion como en el sentido mágico - para transformar al público y hacer que las personas aceptaran un aspecto bisexual y binario de sí mismas. Esto no era simplemente la sexualidad andrógina de alguien como Jagger. El yo sexual de Bowie era un método de transgresión que iluminó algo universal y quizás inconscientemente humano. Bowie era un vidente cultural, no muy diferente a Tiresias, el profeta del antiguo mito griego que por castigo de los dioses vivió como mujer durante siete años. Tiresias transita ambos mundos, tanto femenino como masculino, y a través de esta sabiduría es capaz de intuir la forma de lo que vendrá. Tiresias aparece en muchas obras griegas, a menudo presagiando finales trágicos, o como un seguidor de Dionisos en Las Bacantes, prefigurando el momento transexual de Penteo en conformidad con el dios.

Bowie vistió sus temas transexuales con la moda de vanguardia de la época - alienígenas, la magia y el misticismo - pero su tono era un tanto sombrío. En el período transcurrido entre 1970 y 1975, hubo un aura preocupante de fervor mesiánico y apocalíptico. Era difícil saber si Bowie estaba realizando una advertencia o celebraba todo esto en sus presentaciones y en su performance. A medida que su uso de las drogas se hizo más severo, tal vez ni él mismo lo sabía.

El primer álbum de Bowie, David Bowie de 1967, era un extraño trozo de extravagancia inglesa, un pedazo de pelusa de puro pop azucarado con la intención obvia de alcanzar reconocimiento en el Top 40. Una vez que se remodeló a sí mismo como un cosmonauta para su segundo lanzamiento, Space Oddity de 1969, Bowie comenzó con sus transmutaciones siempre cambiantes, como la personificación de un elixir alquímico que cada vez se hacía más potente y peligroso con cada nuevo experimento. Los críticos musicales concordaron en que Space Oddity era único. La canción homónima abría el disco, un viaje espacial existencial en el cual el Mayor Tom se encuentra sin ataduras tanto de su cohete como de la realidad, flotando libremente a través de los planos astrales.

Un escritor de Disc and Music Echo estaba extasiado: “escuché toda la canción embelesado, jadeando por conocer el destino del Mayor Tom y de su viaje hacia el hemisferio exterior”. He aquí una canción de rock, en 1969, que miraba hacia abajo desde el vacío estrellado, sobre el final de la década, con un desapego melancólico. La canción “Memory of a Free Festival” brinda un guiño generoso a los festivales musicales de la década de 1960, pero la última esperanza no era para las reuniones energizadas de los hippies. La salvación es de otro mundo, y viene en la forma de “máquinas solares”, naves espaciales interplanetarias pilotadas por venusinos. Pero la esperanza no era eterna.

La imaginería de la fruta prohibida apuntalaría su siguiente álbum, The Man Who Sold the World, de 1970. Algo se agitaba en Bowie, un tipo de decadencia misteriosa, que puede verse claramente en la portada de la versión del Reino Unido: Bowie holgazanea con un vestido y botas de cuero sobre un sofá de seda drapeada, con el suelo frente a él repleto de naipes. Las canciones son de peso pesado, algunas suenan a heavy metal ​​temprano, y los temas son igualmente amenazantes y explícitamente sexuales. Bowie se imagina a sí mismo siendo iniciado en una secta prohibida que ofrece la salvación a través del gnosticismo musical: para conocerse a uno mismo, uno debe dejar de lado la ilusión de la convención, comer libremente lo que ofrece la serpiente, pero nunca debe avergonzarse de los conocimientos que encuentre. La temática de los maestros sobrehumanos ronda en todo el álbum, pero no está claro si Bowie se imagina su igual o su peón.



Es en su álbum de 1971, Hunky Dory, la fascinación de Bowie con la magia se vuelve menos opaca haciendo referencia a cosas bastante bien conocidas por otros buscadores en los tempranos 70s. Crowley consigue su necesario gesto alusivo en “Quicksand”, una canción melancólica acerca de una crisis espiritual. El biógrafo de Bowie, Nicholas Pegg, hace énfasis en particular sobre la canción “Oh! You Pretty Things”, con su advertencia “Homo sapiens have outgrown their use” (el Homo Sapiens ha sobrepasado su propósito). Pegg cree que esto es un guiño a la obra de Edward Bulwer-Lytton. En su novela de 1871, La Raza Futura, un hombre encuentra una entrada a la tierra hueca donde descubre una antigua raza de superhombres descrita como una “una raza similar a la del hombre, pero infinitamente más fuerte en la forma y en la grandeza de su aspecto” que utiliza una energía llamada “vril” para realizar hazañas maravillosas como controlar todo, desde el clima hasta las emociones.

Esta historia deliciosamente extraña podría haber seguido el derrotero de otras fantasías pintorescas del siglo XIX si no fuera por El Retorno de los Brujos de Louis Pauwels y Jacques Bergier, publicado por primera vez en Francia en 1960 y traducido al inglés en 1963, que creó una ola de especulación esotérica y de teorías conspirativas ocultistas que aún se sienten hoy en día. Los autores fueron inspirados por el escritor Charles Hoy Fort, quien en las primeras décadas del siglo XX utilizó su herencia para pasar su tiempo en la Biblioteca Pública de New York, recogiendo historias y datos de una amplia gama de fuentes, que sugieren la existencia de una red subyacente y conectada de fenómenos paranormales y sobrenaturales. Utilizando el método de Fort, Pauwels y Bergier esbozaron una historia secreta en la cual las figuras históricas importantes habrían intuido su propio papel en la conformación de un destino cósmico de la humanidad, los extraterrestres habían visitado a la humanidad durante los primeros días de la civilización occidental, y la alquimia y la física moderna no estaban en oposición. Los años setenta también necesitaban un mensajero que pudiera personificar los sueños astronómicos y las permutaciones ocultas, una figura de la decadencia y de la sabiduría que pudiera brindar un testimonio de rock & roll de lo que se siente al caer entre los mundos. Sólo podía Bowie imaginar dicha criatura.

El siguiente lanzamiento de Bowie crearía uno de los personajes más emblemáticos y de mayor alcance del rock de todos los tiempos: Ziggy Stardust. Disculpen la hipérbole, pero en el que es uno de los mejores álbumes de rock and roll de todos los tiempos, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, Bowie subvirtió la grandeza de los vuelos espaciales, junto a la maravilla y la emoción por la caminata lunar y tornó al cosmos en un lugar de misterio ominoso, donde mesías extraterrestres caídos podrían aprender a tocar la guitarra. Bowie sintetiza las esperanzas y los temores espirituales de los años setenta, sin recurrir jamás a perogrulladas de la New Age. Ziggy no está aquí para experimentar con los seres humanos, él está aquí para experimentar en sí mismo, buscando el conocimiento prohibido en los residuos urbanos de la tierra.



En 1973, la Rolling Stone organizó una reunión entre los dos polos de la transgresión cultural: William Burroughs y David Bowie. Burroughs ocupaba un lugar central en el panteón underground. Gay y drogadicto, exploró estos aspectos de sí mismo a través de algunas de las novelas más desafiantes e inquietantes escritas en el idioma inglés. Bowie era su gemelo geminiano, un desguazador de costumbres que estaba cosechando fama y fortuna como la criatura desquiciada pero hermosa de la música pop. Burroughs podría haber estado buscando una manera ingresar al mainstream, y tal vez creyó que codearse con Bowie lo acercaría a su meta.

Durante la charla, Bowie describe los mitos completos detrás de Ziggy, refiriéndose a una raza de superseres alienígenas llamados los “infinitos”, agujeros negros vivientes que utilizan a Ziggy como recipiente para tomar una forma que la gente pudiera comprender. Burroughs respondió con su propia visión de crear un instituto para ayudar a las personas a lograr una mayor conciencia, para que así la humanidad estuviera lista cuando hagamos el contacto eventual con formas de vida alienígenas.

La fascinación de Bowie con el gnosticismo extraterrestre dio paso a un retorno de la magia decadente presente en The Man Who Sold the World, en particular con el álbum Diamond Dogs, uno de los álbumes más aterradores de la década de 1970. La advertencia de un apocalipsis inminente en la canción “Five Years” de Ziggy Stardust se hace realidad en el desierto urbano distópico donde “pulgas del tamaño de ratas chupan la sangre a ratas del tamaño de gatos”. La única esperanza está en las drogas y el recuerdo del amor. La pista “Sweet Thing” es una canción hermosísima, con la voz de Bowie alcanzando las notas altas con desesperación: “¿verás que tengo miedo y que estoy solo?”. Diamond Dogs podría ser una visión ficticia, pero la verdad subyacente era el aumento prodigioso del consumo de cocaína por parte de Bowie y una curiosidad aún más profunda por el ocultismo. Superpropulsado por la coca, una droga conocida por su efecto secundario de evocar una paranoia extrema, el interés de Bowie por la magia sólo podía volverse feo.



Al momento en que Crowe se reunió con él, Bowie estaba convencido de que era víctima de una maldición, posiblemente lanzada por Jimmy Page, y había dibujado símbolos cabalísticos en el piso de su estudio. Crowe escuchaba mientras Bowie hablaba con lucidez sobre su música y de repente comenzaba a describir un futuro apocalíptico donde la pretensión del mal y la oscuridad del rock se convertían en realidad y le daban a Bowie una especie de poder dictatorial: “Yo creo que el rock & roll es peligroso. Bien podría evocar un sentimiento muy malo en occidente. Yo quiero gobernar el mundo”. Aunque no se lo mencionó a Crowe en el momento, Bowie creía que sus planes estaban siendo frustrados por unas brujas enviadas para robar su semen (la sustancia necesaria para crear mágicamente un homúnculo).

Unos meses más tarde, Bowie y su esposa de entonces, Angela, compraron una enorme mansión Art Deco en L.A. Y en un perfecto ejemplo de trama no ficticia, Bowie descubrió que la dueña anterior, la bailarina Gypsy Rose Lee, cuya vida inspiró el musical Gypsy, había pintado un hexagrama en el piso de una de las habitaciones. Bowie se desmoronó y empezó a afirmar que el diablo vivía en la piscina de la casa. La única manera de permanecer en la casa sería realizar un exorcismo, por lo que Bowie reunió todos los pertrechos necesarios, y él y Angela se posicionaron frente a la piscina y realizaron su propio ritual privado. En una entrevista posterior, Angela afirma que a pesar de su incredulidad en esas cosas, fue testigo de que el agua comenzó a burbujear y apareció una mancha en el fondo de la piscina. El exorcismo no fue suficiente para Bowie; se mudaron un par de semanas más tarde.

En una entrevista de 2009 con su biógrafo Marc Spitz, Bowie reveló qué era lo que la cocaína le estaba haciendo a su mente ya propensa a lo oculto: “mi psique salió disparada por el techo, se fracturó en pedazos. Alucinaba las veinticuatro horas del día”. El interés de Bowie por el ocultismo, estimulado por la cocaína, se escondía en su vida privada, pero un oyente astuto puede encontrar una gran cantidad de rastros en su música. El ocultismo en la década de 1970 se refería principalmente a ideas sobre el demonio. Culturalmente, uno no podía zafarse de su agarre, podía venir a través de la mascota de la familia (Devil Dog: The Hound of Hell); el extraño niño silencioso de al lado (The Omen); o la pandilla local de  motociclistas (Psychomania). Pero Bowie fue capaz de esquivar al diablo gracias a un tipo de ocultismo más auténtico y tal vez incluso más peligroso. Mientras que Arthur Brown veía su propia performance musical como una forma de chamanismo, Bowie veía a la magia como una forma de autorrealización, pero guiado por una noción comúnmente mal comprendida de perfección mágica.

El ocultismo en la década de 1970 también estuvo dominado por el resurgimiento de los manuales de instrucción mágica utilizados por los magos para conjurar demonios y otros aliados inverosímiles en la búsqueda del conocimiento de lo divino. El género se volvió tan popular que los editores empezaron a imprimir incluso libros de ficción como si fueran textos antiguos recientemente desenterrados. Otros libros fueron concebidos para enseñar realmente al público algo sobre el arte de la magia.

Los dos libros más populares sobre magia, La Aurora Dorada de Israel Regardie y Autodefensa Psíquica de Dion Fortune, proveían una aplicación práctica en el contexto de una sociedad mágica, particularmente la Orden Hermética de la Golden Dawn, de la cual ambos autores eran miembros. El libro de Regardie fue el primero en hacer públicos los rituales de la Golden Dawn de manera sistemática (fue acusado por otros miembros de “romper su juramento”), pero el libro en sí es casi imposible de seguir sin saber algo de primera mano acerca de la orden. La Aurora Dorada ofrece ejercicios tanto individuales como grupales, pero no es muy diferente a tratar de aprender trucos con cartas sin conocer primero las maniobras: “diríjase a Occidente, haga el Pentagrama, y ​​vibre E H EI EH”.

Lo que sí ofrece es una visión de la práctica de la magia que no está ligada a la noción popular del satanismo o incluso de la brujería. La Aurora Dorada es un libro de realismo fantástico no ficticio, que encendió la imaginación oculta de los 70s y proporcionó la base para la fundación de una serie de grupos relacionados a la Golden Dawn aún activos. El libro de Fortune, por otro lado, es mucho más pragmático y ofrece su sabiduría a manera de libro de recetas, incluyendo cómo protegerse de maldiciones y ataques mágicos.

Aunque Crowley ciertamente tuvo su influencia en Bowie, el mercurial cantante – de manera astuta - no la explotó, ni usó su nombre para evocar la imagen de un mago negro, como hizo Ozzy Osbourne más tarde con su canción “Mr. Crowley”, de 1980. Bowie se sintió atraído por Crowley como una figura de gracia luciferina, en el sentido descrito anteriormente, donde Lucifer representa una especie de dandi autorrealizado, un poeta al estilo de Baudelaire que no tiene miedo de explorar los tabúes del sexo, la voluntad, y las drogas. Pero esta noción de un hombre espiritual perfeccionado, una imagen con la que Bowie ya había estado jugando desde “Oh! You Pretty Things”, era fácilmente confundible con la idea de la perfección aria. Durante mucho tiempo esta formulación ha planteado un problema en la comprensión de la historia de las ciencias ocultas.

Madame Blavatsky a menudo es citada como la primera que manifestó esta tensión. Su libro La Doctrina Secreta establece una taxonomía de “razas raíces”, una evolución del destino espiritual de la humanidad. La primera de estas es etérea, sin forma, de la cual las razas raíces evolucionaron con el tiempo. Blavatsky proporcionaría a los escritores de fantasía pulp una profunda fuente de inspiración con las razas subsiguientes: los hiperbóreos, los lemurianos y los atlantes. La quinta raza raíz era la aria, la cual - afirmaba Blavatsky - era la cumbre de la humanidad en ese momento. Una sexta raza se elevaría por encima de la raza aria, y luego una séptima vería al ser humano final y perfecto.

Gary Lachman explica en su biografía de Blavatsky por qué la raza era un tema profundamente importante en la época de Blavatsky y, mientras vamos descubriendo que algunas de sus ideas eran preocupantes, también vemos que eran parte de un entorno cultural más grande. Más preocupante aún, escribe Lachman, es la manera en que los racistas utilizaron sus ideas para fomentar sus propias ideas ocultistas intolerantes. La Sociedad Thule, por ejemplo, era un grupo de alemanes con puntos de vista decididamente antisemitas - incluyendo a Rudolf Hess - que creían en un pueblo racialmente puro surgido de la mítica tierra de Hiperbórea.

La Sociedad Thule se convertiría en la inspiración para toda una industria de libros que retrataban a los nazis como buscadores del poder oculto, creyendo que podrían crear un ser ario perfecto y mortífero. El Retorno de los Brujos, de Pauwels y Bergier, fue el primer libro en traer esto a la conciencia popular, y el vínculo que ellos trazaban entre el ocultismo y los nazis estaba repleto de ciencias extrañas y la búsqueda de objetos legendarios imbuidos de gran poder. Si no fuera por El Retorno de los Brujos, es poco probable que los nazis de Los Cazadores del Arca Perdida hubieran buscado el arca bíblica como un medio para blandir el poder de Dios como un arma. Y mientras esos villanos se encuentran con su destino en gran parte gracias a Indiana Jones, otros reescribirían a los nazis en la historia con un idealismo romántico.

A través de una lectura de El Retorno de los Brujos sería fácil conectar los puntos de la fantasía ocultista de Lytton sobre los superhombres de la tierra hueca, presentes también en Hunky Dory, hasta las ideas de tendencias nazis del homo superior. Bowie se encontró sumido en este tipo de pensamiento. La imagen del ocultismo nazi ofrecía una tormenta perfecta de conmoción y pavor para un espectáculo de rock, y un personaje escénico a la vez hermoso y mortífero. Todas estas ideas se habrían fundido en el fervor apocalíptico, pero debido a que Bowie era un artista genial, pudo canalizarlas en la música.

En una entrevista con Arena en 1993, Bowie recordó aquél momento con pesar. Comprendió que, si bien delirando por las drogas, el anhelo por dios había sido la fuerza motivadora detrás de sus escarceos con lo oculto. Bowie estaba fascinado con el libro La Lanza del Destino de Trevor Ravenscroft (no se puede pensar en un título mejor), donde se afirmaba que Hitler estaba obsesionado con la búsqueda de la lanza que un soldado romano había utilizado para herir a Jesús durante la crucifixión, una supuesta reliquia con un poder místico mortífero. Esto, junto a la leyenda de que Hitler también estaba buscando el Santo Grial (también más tarde popularizada por la tercera película de Indiana Jones, La Última Cruzada), cautivó tanto a Bowie que dejó de lado la realidad de los actos nazis para imaginarlos en una especie de búsqueda santa. “Y de manera políticamente ingenua”, dijo Bowie, “ni siquiera pensé en lo que tenían hecho”.

La autodestrucción de Bowie estaba al servicio de la mitología fascista de la palingenesia. En el caso de Bowie era sobre su persona, no sobre una nación despojada de sus preconceptos, deseos, amores, y temores, convirtiéndose nada más que en una cáscara, y resucitando en la perfección a través de un medio de reprogramación riguroso. Bowie no estaba buscando un yo interior perfeccionado tanto como un yo exterior perfeccionado, siendo su arte una expresión de su voluntad perfeccionada. No hay mejor medio para tallar un personaje que la cocaína, y mezclándola con la Cábala y el ocultismo racial, Bowie no podría haber elegido una fórmula más eficaz. El fascismo, para Bowie, no era tanto un acento político sino una moda.

Toda esta evocación de diversos personajes se veía acentuada por el extraño sentido de la moda de Bowie que, incluso más allá de su música, se destacaba e inspiraba a otros músicos. En la prensa, Bowie continuaría la construcción y la deconstrucción de su personaje, como cuando le dijo a un reportero de NME que él no era un músico, sino un artista utilizando la música como medio de expresión. Con declaraciones como esta, Bowie se apartaba a propósito de la personalidad de rock, sentando bases para el siguiente personaje que podría habitar. En la misma entrevista, Bowie también quiso alejarse de ser metido en la misma bolsa que Alice Cooper. Bowie admitió cierta teatralidad, pero evitaba el uso de accesorios o escenarios, alegando que él era el “vehículo” para sus canciones. Esto también significaba que cuando estuviera listo para pasar a lo siguiente, no tenía que cargar con toda la producción, como cuando durante el último concierto de su gira de Ziggy and The Spiders from Mars, Bowie volvió al escenario para los bises y presentó la canción “Rock 'n' Roll Suicide” diciéndole al público que era la última vez que The Spiders iban a tocar juntos. Sus compañeros de banda estaban tan sorprendidos como los fans.

la despedida de Ziggy, por Mike Allred


Bowie comentó una vez que Marc Bolan era el “Glam 1.0”, y que sin el breve liderazgo de Bolan en la banda llamada T. Rex (Bolan murió en 1977, semanas antes de su trigésimo cumpleaños), él no habría sabido qué rumbo tomar. Bolan se había transformado a sí mismo de un trovador hippie – un juglar con una voz con vibrato que cantaba sobre cuentos de hadas y hechizos mágicos - en una glamorosa y decadente estrella de rock, cambiando sus estampados de Cachemira por botas de tacón alto y chaquetas de lentejuelas. Pero había conservado su aura mística, particularmente en la androginia vaporosa que presentaba en sus actuaciones.

Los fans de su banda anterior, Tyrannosaurus Rex, decían que se había vendido, y los críticos musicales vieron sus pretensiones glamorosas como sólo eso, un espectáculo cínico desprovisto de cualquier valor artístico real. Pero Bolan descubrió a una generación lista para abrazar esa mezcla entre lo nuevo y lo viejo que ofrecía el glam, pop simple y despojado de las extravagancias psicodélicas, pero vestido con galas cósmicas. El glam proporcionaría un modelo para un nuevo tipo de imaginación ocultista, uno donde la estrella de rock era simplemente una cortina de humo para una identidad secreta – un alienígena o un monstruo.

Brian De Palma descubrió que el glam, así como toda la cultura del rock, era ideal para una parodia de horror en su film El Fantasma del Paraíso, una película que sólo podría haber sido hecha en 1974. Swan, un ejecutivo discográfico interpretado por Paul Williams (quien también escribió la música de la película), vende su alma por vida eterna y actúa como agente del diablo, solicitando a otros que firmen el pacto por sus almas a cambio de contratos discográficos. Swan descubre al músico Winslow Leach y cree que su música será perfecta para su nuevo club de rock. Swan le tiende una trampa, y Leach es sometido a toda tipo de torturas horribles, incluyendo la extracción de sus dientes y su sustitución por otros de metal, y la desfiguración de su rostro con una máquina de prensado de discos. Él comienza a llevar una máscara y a vestir una capa negra, merodeando la discoteca para llevar a cabo su venganza sobre aquellos que lo destruyeron.



La cultura del rock continuaría utilizando el concepto de las identidades secretas ocultas detrás de máscaras y maquillaje. Mercyful Fate dejaría su marca en la década de 1980 con imaginería ocultista y satánica impulsada por un sonido metálico bastante genérico. Su vocalista, King Diamond, era el motor de la banda. Se decía que King Diamond era un devoto del satanismo de Anton LaVey, y solía pintar su cara de blanco como un hijo bastardo de Alice Cooper y Kiss. A menudo llevaba un sombrero de copa y un frac funerario, y realizaba sus shows sosteniendo huesos; a veces los huesos estaban atados para formar una cruz sujeta a su micrófono. Estos elementos señalaban a las audiencias de rock que el músico era un mensajero de secretos arcanos, entregados en el lenguaje del rock.

Marilyn Manson siguió el modelo de Bowie, ya que en cada uno de sus discos presentó un nuevo personaje, pero mantuvo la escuela general de maquillaje de Alice Cooper. En 1998, Manson dijo a la revista Kerrang! que Bowie había sido una influencia crucial, sobre todo para su álbum Mechanical Animals, cuya portada, señala el autor del artículo, luce misteriosamente similar a Aladdin Sane. Bowie tuvo un efecto claramente detectable en la música popular, pero su influencia general fue más sutil. Muchas de sus personalidades inventadas iban en paralelo a su vida real en la década de 1970, cada una de ellas representando sus desesperadas exploraciones espirituales, buscando tanto en el espacio interior como en el espacio exterior el sustento espiritual. Pero así como Bowie era un conducto para los excesos de la década, también era un espejo.

La última canción de Diamond Dogs es “Chant of the Ever Circling Skeletal Family”, que imita el sonido de un disco rayado, cuando la aguja se traba y repite el mismo surco una y otra vez. Es un fragmento aterrador de fantasía macabra pero musicalmente es la metáfora perfecta para la naturaleza riesgosa de las actividades ocultas. Más que los rumores exagerados y a menudo falsos de la adoración al diablo, el verdadero lado oscuro de lo oculto es el loop del significado circular.

Dado a que el ocultismo no es un sistema, sino más bien una acumulación desordenada de trozos de tradiciones, creencias sintéticas, e incluso ficciones puras al servicio del comercialismo, no hay una palabra final, no hay una sabiduría final. E incluso para algunos, se convierte en la crueldad de la búsqueda de signos, donde las cosas en la vida cotidiana comienzan a adquirir connotaciones ocultas, cada una siendo una referencia a algún significado más profundo, que nuevamente sólo apunta a otra posible inferencia. Lo que  hace a Bowie un gran mago es que, aun cuando su psique se fracturó bajo la tensión de esta misión autoimpuesta, fue capaz de provocar un “cambio ocurrido en conformidad con la voluntad”. Los personajes de Bowie rara vez eran magos. En su lugar, eran personajes sobrenaturales de más allá del espacio y el tiempo: el Mayor Tom, la rareza espacial cuya travesía hacia el espacio exterior revela la soledad interior dentro de un sueño opiáceo; Ziggy Stardust, un figura mesiánica no muy diferente al Valentine Michael Smith del clásico de la contracultura y de la ciencia ficción de Robert Heinlein Forastero en Tierra Extraña; el semblante futurista y glamoroso de Aladdin Sane; y la grotesca criatura canina híbrida rondando un paisaje apocalíptico de Diamond Dogs.

Con Station to Station de 1976, Bowie surgió como el Delgado Duque Blanco (the Thin White Duke), un personaje que la mayoría de los críticos consideran una cáscara, la cáscara quemada de un hombre que había intentado tocar el sol. Todo se había quemado menos el glamour. La canción “Station to Station” es una confesión desgarradora de una obsesión ocultista alimentada por las drogas. La búsqueda de la verdad divina se convierte en una tarea de Sísifo: “Tengo que seguir buscando... ¡Oh, qué voy a creer!”. Bowie hace referencias directas a la Cábala, dando vueltas y vueltas sobre la esperanza que sigue escapando: “un movimiento mágico desde Kether a Malkuth” que, insiste, no es sólo “un efecto secundario de la cocaína”.


Esta es una imagen del ocultismo, el rey indigente y hambriento, un nigromante cuya alma era la última cosa a ser sacrificada en la búsqueda del conocimiento secreto. Pero también hay algo romántico sobre esta imagen del mago decadente. Es un personaje faustiano habitando en un paisaje gótico, como aquellos imaginados en los motivos del expresionismo alemán representados en la película de 1926 de F.W. Murnau sobre el legendario erudito que vende su alma al diablo en busca de la sabiduría oculta. 


lunes, 18 de mayo de 2015

Fragmento de “Mutantes y Místicos: la Ciencia Ficción, los Comics de Superhéroes y lo Paranormal” Por Jeffrey J. Kripal

Fragmento de “Mutantes y Místicos: la Ciencia Ficción, los Comics de Superhéroes y lo Paranormal”

Por Jeffrey J. Kripal

Traducción: Mazzu





En Big Sur, mucho antes de los hippies mutantes, durante el otoño de 1962, dos jóvenes graduados de Stanford, Michael Murphy (1930) y Richard Price (1930-1986), cofundaron una pequeña comunidad de visionarios en un motel spa reformado ubicado en un acantilado. Pronto nombraron a su pequeño emprendimiento como Instituto Esalen, en honor a un grupo tribal de nativos americanos (los Esselen) que en el pasado poblaran la zona. El lugar se convirtió rápidamente en el hogar original del movimiento del potencial humano y la meca de la contracultura.

Murphy y Price adaptaron la idea clave del “potencial humano” del escritor británico-americano Aldous Huxley, que se refería a algo que llamó las “potencialidades humanas”. En deuda con sus famosos experimentos con drogas psicodélicas (otra de las claves que ayudaron a acuñar otro tema contracultural que fue rápidamente vinculado a la mutación, tanto en sentido altamente negativo como altamente positivo), Huxley utilizó la expresión “potencialidades humanas” para argumentar que la conciencia y el cuerpo humano poseen vastos recursos mentales y energéticos sin explorar. La conciencia, pensaba Huxley, no es algo simplemente producido por el cerebro. Tal vez, probablemente sea algo filtrado y reducido por el cerebro, al igual que un televisor o una radio reciben una señal distante que en realidad no está en la caja (o en el cerebro). Pensemos en el almacén de conocimientos de Ray Palmer o en la Mente Cósmica de Gopi Krishna filtrándose en el cerebro. Por lo tanto para Huxley, la Conciencia en su verdadera naturaleza, es algo que se escribe con mayúscula. Es esencialmente trascendente y cósmica en naturaleza y alcance. La llamó la Mente en toda su Extensión.

Sobre la base de esos estados alterados y palabras alteradas (y Frederic Myers), Murphy llegaría a sugerir que el potencial humano incluye todo tipo de poderes extraordinarios que son “supranormales”, desde habilidades psíquicas como la clarividencia y la telepatía, a fenómenos físicos extraordinarios como las curaciones dramáticas, y, en algunos casos raros (como los de Teresa de Ávila, José de Cupertino, y Daniel D. Home), la levitación aparente o el don del volar. Todas estas cosas, por supuesto, han sido exageradas en la literatura religiosa, el folclore, y la fantasía moderna como algo sobrenatural, pero según autores como Murphy, pueden ser comprendidas como presagios o intuiciones de los potenciales ocultos de la evolución. Visto desde esta perspectiva, los géneros de la cultura pop son esencialmente géneros de “potencial humano” disfrazados, géneros que “podrían prefigurar los saberes y poderes luminosos que podría alcanzar la raza humana”, como Murphy escribió en su obra magna de 1992 El Futuro del Cuerpo.

Así, también, Murphy ve a los deportes modernos como una especie de teatro paranormal en el que las capacidades sobrenaturales y los estados alterados de la energía son comúnmente evocados y experimentados “en la zona”. Aquí se hace eco de las antiguas tradiciones de artes marciales del lejano oriente (Tai’chi, karate, aikido, chi kung, kung fu, etc.), en donde el deporte, las energías sutiles, y los poderes paranormales están profundamente ligados. Las cuales, debo añadir, jugaron un papel importante en varios de los títulos de cómics de superhéroes de los 70s que incluían las artes marciales, lo que constituye otra línea de Orientación. De ahí nace uno de mis propios favoritos, la historia de Puño de Hierro de Roy Thomas y Gil Kane. Algunos de los momentos más extraños de la tradición deportiva que Murphy ha documentado en gran detalle también tienen una relación distante con uno de los géneros más locos de los cómics que yo adoraba cuando era niño: el género de los deportes ocultistas.



Al igual que los maestros de artes marciales y los atletas, Murphy sobre todo quería una práctica para actualizar los potenciales evolutivos. Lo mismo ocurrió con el instituto. Esalen fue imaginado desde el principio como una especie de academia privada alternativa para esta futura evolución del cuerpo, es decir, como un lugar donde las potencialidades humanas insinuadas por las experiencias psicodélicas pudieran ser apoyadas, nutridas, y desarrolladas a través de prácticas transformadoras consistentes y una estructura institucional estable.

Consideremos, por ejemplo, el caso de George Leonard, periodista de Look, reformador educativo y maestro de aikido, que acuñó la frase “el movimiento del potencial humano” con Murphy en 1965. Leonard era bien conocido en la década de 1960 por sus modelos radicales de reforma de la educación. Al comienzo de su muy popular Educación y Éxtasis (1968) Leonard relata cómo, al entrar en un aula, detecta a una joven bruja cuyos poderes psíquicos, se da cuenta, están enlazados con un erotismo obvio y peligroso. Él puede sentir un hormigueo en la piel a medida que sale de la sala y se pregunta sobre el destino de la joven en un mundo superficial y poco comprensivo. En el modelo de la educación extática de Leonard, el aula típica de una escuela secundaria estadounidense es un lugar donde los talentos ocultos se manifiestan por primera vez (a menudo alrededor de la pubertad y la aparición de los poderes sexuales) y luego son cruelmente aplastados bajo el peso del control social, la incredulidad, y la negligencia pura. La joven mujer se olvidará de su propio potencial humano y de sus propios superpoderes mágico-eróticos. Debe olvidarse de ellos para sobrevivir en este mundo social particular.

Si esto está empezando a sonar como la mitología basal de los X-Men, es decir, si Esalen suena más que sólo un poco a la escuela para mutantes del Profesor Xavier, bien, entonces ya tienen una idea de hacia dónde vamos con todo esto. Y si además también ya saben que el lenguaje de ‘actualizar el potencial humano’ es omnipresente en las historias de los X-Men, están aún más cerca. Pero si imaginan que nuestra historia se remonta a la ciudad de Nueva York en 1963 con Lee y Kirby, o incluso a Big Sur en 1962 con Murphy y Price, están bastante equivocados. Como ya hemos visto con los mitemas de la Alienación y de la Radiación, mi intención fundamental es demostrar que el mitema de la Mutación posee una “vida secreta”, es decir, que las mitologías de superhéroes que implican mutaciones están profundamente en deuda con los espiritualistas del pasado, con la investigación psíquica, y con las tradiciones metafísicas.

En términos del presente, sólo se necesita señalar a El Futuro del Cuerpo de Michael Murphy, una obra maestra de ochocientas páginas que no tiene igual en la historia de la literatura sobre las potencialidades místicas y ocultas de la evolución. Puesto en sentido mítico, es algo que el Profesor Xavier podría haber escrito para su escuela de superdotados – el tipo de libro de texto para la educación de los mutantes en la teoría, la historia y la práctica de sus locos talentos forteanos. Murphy, sin embargo, no fue el primero en proponer que la evolución podría ocultar dentro de sus misteriosos procesos mucho más que puro azar y sinsentido. De hecho, la propia inspiración primaria de Murphy no fue otro que el filósofo indio y maestro espiritual Sri Aurobindo, quien, como hemos señalado en el capítulo 2, en la segunda década del siglo XX desarrolló una elaborada metafísica visionaria que apunta hacia un Superhombre espiritual altamente evolucionado. Pero también hubo otros.

Ya hemos visto, con respecto tanto a la tesis de los antiguos astronautas, la de Carl Sagan (Alienación) y las implicaciones místicas de la física cuántica y Niels Bohr (Radiación), cómo las líneas divisorias entre las teorías “populares” y las de la “elite” no son siempre tan claras, y cómo lo que muchos suponen como ideas populares o “pseudocientíficas” de hecho tienen prehistorias profundas y distinguidas. En lo referente a la Mutación, podemos ver los mismos patrones de nuevo, y nada menos que con un científico como Francis Crick, codescubridor de la molécula del ADN. En 1973, Crick escribió un artículo junto a Leslie Orgel sobre la panspermia dirigida, “la teoría de que los organismos fueron transmitidos deliberadamente a la tierra por seres inteligentes en otro planeta”. Lo que en realidad tenían en mente era la visión de la vida temprana como una especie de “infección” de microorganismos estabilizados y transportados durante millones de años en una “nave espacial no tripulada de largo alcance”. Después de reconocer cuán similar suena esto a la ciencia ficción, los autores incluso citaron  a otro científico que había especulado que “podríamos haber evolucionado a partir de microorganismos dejados inadvertidamente por algunos visitantes anteriores de otro planeta (por ejemplo, en su basura)”.

Más cerca de la visión evolutiva de Murphy estaba el famoso biólogo y activista de la ciencia Julian Huxley, nieto de T.H. Huxley (que nos dio la palabra “agnosticismo”), y hermano de Aldous Huxley (que nos dio la palabra “neuroteología” y respondió al agnosticismo de su distinguido abuelo con su propia búsqueda de un nuevo gnosticismo). En 1942, en su clásico Evolución: la Síntesis Moderna, Julian animó a sus lectores a tener su propio papel en la determinación de “el propósito del futuro del hombre” y dejar de poner las responsabilidades humanas “en los hombros de dioses míticos o absolutos metafísicos”. En resumen, (...) sugirió que ahora debemos evolucionar por nosotros mismos. Más radicalmente aún, y bien dentro del mitema de la Mutación, escribió abiertamente que “hay otras facultades, la existencia desnuda de lo que hasta ahora apenas ha sido establecido: y estas facultades también podrían desarrollarse hasta alcanzar una distribución común como, digamos, los dones musicales o matemáticos de hoy en día. Me refiero a la telepatía y otras actividades extrasensoriales de la mente”.

Aún más cercana era la visión del gran filósofo francés Henri Bergson. Bergson tuvo una prestigiosa cátedra en la École Normale Supérieure, trabajó con el presidente Woodrow Wilson para ayudar a fundar la Sociedad de las Naciones, y ganó el Premio Nobel de Literatura en 1928. Durante su plenitud, Bergson era tan famoso como Sigmund Freud y Albert Einstein. También fue presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica de Londres en 1913. Los místicos, para el filósofo, eran los precursores de la evolución humana, y los poderes psíquicos eran indicios de lo que todos podríamos convertirnos en el futuro. De este modo, en La Evolución Creadora (1907), escribió de manera muy bella sobre lo que él llama el élan vital, una fuerza evolutiva cósmica que revela que el universo es, como él mismo escribió en 1932 en las últimas líneas de su último libro, “una máquina para la fabricación de dioses”.

Mucho antes de Bergson, el médico canadiense Richard Maurice Bucke (1837-1901), poco antes de su muerte, escribió un libro excéntrico y más bien errático sobre la evolución como una fuerza mística creadora de genios espirituales, culturales y literarios – su clásico, Conciencia Cósmica, de 1901. A pesar de sus defectos obvios y su ingenuidad histórica, la obra es muy inspirada. Por consiguiente, tendría un impacto significativo en lectores posteriores, incluyendo a dos casos de estudio que vemos en el capítulo 6, el artista fantástico Barry Windsor-Smith y el escritor de ciencia ficción Philip K. Dick. Dicho esto, y considerando el obvio disenso de Bucke con la aleatoriedad esencial de la biología darwiniana aceptada, parece aconsejable pasar un poco más de tiempo con este autor.

Granjero por nacimiento, y consumado médico y psicólogo por formación, Bucke recibió la inspiración original para su misticismo a través de la literatura y, para ser más preciso, de la poesía. En 1867, una visita le leyó algunas cosas de Walt Whitman. Él se sorprendió. Cinco años más tarde, durante la primavera de 1872, esta inspiración poética resultó en una dramática apertura mística en Londres. Bucke y dos amigos acababan de pasar la tarde leyendo a los poetas románticos: Wordsworth, Shelley, Keats, Browning, y sobre todo, Whitman. En el viaje en carro a casa justo después de la medianoche, algo sucedió:

De repente, sin previo aviso de ningún tipo, se encontró envuelto, por así decirlo, por una nube del color del fuego. Por un instante pensó en un incendio - alguna conflagración repentina en la gran ciudad. Pero luego supo que la luz estaba dentro de sí mismo. Inmediatamente después llegó a él un sentimiento de júbilo o alegría inmensa, acompañada o seguida inmediatamente por una iluminación intelectual absolutamente imposible de describir. En su cerebro irrumpió un momentáneo relámpago de Esplendor Brahmánico que desde entonces iluminó su vida. Sobre su corazón cayó una gota de la dicha de Brahma, dejando desde entonces y para siempre un regusto del reino de los cielos.

Aquí vemos de inmediato nuestro mitema de la Orientación (“Esplendor Brahmánico”) y al menos una pizca de Radiación (“una nube del color del fuego”, como una “conflagración repentina”). Pero fue el mitema de la Mutación el que brindaría la “iluminación intelectual absolutamente imposible de describir” para él, finalmente dando lugar a la aparición de Conciencia Cósmica casi treinta años más tarde.

Conciencia Cósmica, como su nombre lo indica, se define como una “conciencia del cosmos, es decir, de la vida y el orden del universo”. No es una vaga experiencia emocional. Viene con una iluminación intelectual definida - enseña cosas, incluso aunque estas cosas superen con creces el actual desarrollo cognitivo del cerebro (de ahí la parte donde dice “absolutamente imposible de describir). La Conciencia Cósmica también transforma el ser humano, a quien envuelve en una llama viva, transformándolo “casi en un miembro de una nueva especie”. La experiencia también eleva moralmente al individuo, proporcionándole un “sentido de la inmortalidad, una conciencia de la vida eterna, no una convicción de algo a alcanzar, sino la conciencia de algo ya alcanzado”.

Bucke está convencido de que la raza humana, en su conjunto, eventualmente evolucionará para alcanzar esta Conciencia Cósmica, que “ya estamos dando este paso en la evolución”, y que cada vez es más común encontrar a dichos tipos de individuos (aquí es donde su argumento se vuelve muy arriesgado, y estadísticamente absurdo). En cualquier caso, entiende claramente el estudio de la historia de dichas experiencias como un componente clave de este despertar, y ve el enfoque de su libro como un medio para “ayudar a hombres y mujeres a dar este paso infinitamente importante” de hacer contacto consciente con la Conciencia Cósmica. Lo cual es para decir que Bucke entiende a su libro como una fuerza de mutación mística es sí: en esencia, Conciencia Cósmica puede catalizar la Conciencia Cósmica. ¿Y por qué no? ¿El mismo Bucke no se sintió transfigurado, en un instante, después de leer a los poetas románticos?

Escribir semejante libro-mutante involucra un trabajo intelectual duro. Bucke informa que mediante la correspondencia que mantuvo con el escritor británico e intérprete del hinduismo Edward Carpenter (otro místico evolutivo temprano), sus especulaciones fueron profundizándose y disciplinándose hasta llegar a su “concepto germinal”, a saber, la idea de “que existe una familia que surge de la humanidad ordinaria, vive entremezclada, pero apenas forma parte de ella, cuyos miembros se han esparcido a lo largo de las razas avanzadas de la humanidad en los últimos cuarenta siglos de la historia del mundo”. En resumen, los X-Men antes de los X-Men.

Pero ni siquiera Bucke - en el cambio de siglo - fue el punto de origen del mitema de la Mutación. En el capítulo 1, vimos, por ejemplo, la novela de John Uri Lloyd de 1895 Etidorhpa, cuya temática de la Tierra hueca, sobre todo en boca del guía similar a los ‘alienígenas grises’, está positivamente repleta de referencias a poderes sobrehumanos y facultades latentes que las “próximas evoluciones” materializarán en la raza, como la telepatía o “lenguaje mental”, la telequinesis, el espíritu cósmico, etc.

También hemos encontrado ya los orígenes históricos reales de dos términos absolutamente vitales en la mitología de los X-Men: el magnetismo y la telepatía. No es muy exagerado sugerir que, sin estos dos conceptos claves, la serie de los X-Men no sería reconocible. Estos, después de todo, son los superpoderes del principal villano (Magneto) y del maestro fundador (el Profesor Xavier) de la mitología, respectivamente, los cuales, además, aparecieron desde el primer número.

Como el lector sensible ahora puede adivinar, los poderes magnéticos de Magneto se derivan del movimiento del magnetismo animal de finales del siglo XVIII y principios del XIX en torno a la figura de Anton Mesmer. El mismo lector también puede ahora darse cuenta de que el superpoder principal del Profesor X – la telepatía - puede ser rastreado definitivamente hasta la Sociedad para la Investigación Psíquica de Londres (SPR) y hasta un hombre a quien ya hemos mencionado en numerosas ocasiones, Frederic Myers. Recordemos que Myers acuñó el término “telepatía” en 1882 y lo vinculó directamente a las fuerzas espirituales de la evolución, es decir, que la veía como una evidencia de nuestra naturaleza evolutiva supranormal y “extraterrena”.

Uno de los asistentes a la primera reunión oficial de la Sociedad para la Investigación Psíquica ese mismo invierno de 1882, era nada más y nada menos que Alfred Russel Wallace, el co-creador con Charles Darwin de la teoría de la evolución biológica. Wallace se preocupaba muy poco por las ortodoxias de la religión o de la ciencia. Asistió a sesiones de espiritismo, realizó experimentos mesmerianos con sus estudiantes, afirmaba la supervivencia postmortem de nuestra naturaleza mental y espiritual, y especulaba con sus colegas de la SPR, que “parece haber evidencia de un Poder que ha guiado la acción de las leyes (evolutivas) en direcciones definidas y con fines especiales”.

En otras palabras, el mitema de la Mutación, la idea de mutaciones místicas que producen diversos poderes sobrenaturales, no es una invención contracultural o una fantasía superficial, y ciertamente no comenzó con los X-Men de Lee y Kirby en 1963. Ha estado en el aire desde hace más de 150 años y ha florecido entre algunos de los intelectuales, filósofos y científicos más distinguidos de la cultura occidental. De hecho, se remonta hasta los orígenes, y hasta uno de los dos fundadores históricos de la misma biología evolutiva.



domingo, 22 de febrero de 2015

OCULTISMO Y CONTRACULTURA (Por Erik Davis)

OCULTISMO Y CONTRACULTURA
Por Erik Davis

(Fragmento de The Occult World, editado por Christopher Partridge)

Traducción: Mazzu





Tal vez el vector más importante para la popularización de la espiritualidad ocultista en el siglo XX es la explosión contracultural asociada a "los años sesenta" – una era cuya dinámica política y cultural difícilmente cabe dentro de los límites de esa década en particular. Un término más útil fue acuñado por el crítico social de Berkeley Theodore Roszak, que utilizó la palabra "contracultura" para describir una cultura joven masiva cuyo utopismo y cuya experimentación psicosocial hedónica estaban unidos a una crítica generalizada al racionalismo, la tecnocracia, las religiones establecidas y las instituciones sociales. Como tal, la contracultura se superpone significativamente al crecimiento paralelo de la Nueva Izquierda y a su ideología, y en ocasiones a su violenta lucha contra casi el mismo "sistema". Unos pocos años después de su aparición a mediados de la década de 1960, la contracultura había transformado las formas sociales, la producción creativa, los estilos de vida personales y la experiencia religiosa en todo el mundo. Aunque la contracultura es un fenómeno mundial, sus orígenes y muchas de sus dinámicas esenciales se encuentran en EEUU, y ese será el tema central de este ensayo.

Muchas de las actitudes y prácticas relacionadas con la contracultura salieron de movimientos anteriores más bohemios y marginales. Podría decirse que el catalizador clave para el surgimiento de una contracultura masiva fue la disponibilidad y el uso generalizado del LSD y otras sustancias psicoactivas carismáticas. Para muchos, los efectos extraordinariamente noéticos y emocionales del LSD parecieron una evidencia directa de que la alteración o de expansión de la conciencia individual, junto a los correspondientes cambios en el yo y sus valores, podrían precipitar un nuevo orden social y cultural. Estas experiencias también fueron caracterizadas tempranamente por la notable dimensión mística o religiosa del texto fundacional sobre la mescalina de Aldous Huxley Las Puertas de la Percepción de 1954. Una vez que las personas comenzaron a "encenderse" en masa, una contracultura espiritual amorfa y visionaria surgió casi inevitablemente.

En consonancia con el argumento de Catherine Albanese de que la tradición metafísica estadounidense es esencialmente recombinante, los nuevos buscadores combinaron promiscuamente y a menudo superficialmente el dualismo vedántico, el yoga tántrico, la meditación zen, la Teosofía, el simbolismo nativo americano, y otros discursos y prácticas religiosas. Este guiso visionario también incluía muchos elementos "profanos": la ficción pulp, la parapsicología, la ufología, las ciencias sociales cibernéticas, y un hedonismo reicheano que enfatizaba la libertad erótica por encima de la represión y la moderación. De hecho, una fuente primaria de la sed de la contracultura por la espiritualidad fue su aceptación - sólo paradójica en apariencia - del cuerpo intensificado. La sexualidad permisiva y experimental, junto a los rituales extáticos colectivos propulsados por las drogas en los espectáculos de rock en vivo, ayudaron a forjar una sensibilidad dionisíaca que fácilmente buscó y absorbió los transportes imaginales y energéticos de la fantasmagoría ocultista y los protocolos de la mística.

Con el tiempo, esta explosión de novedad esotérica abrió el espacio para la cristalización de estructuras e identidades religiosas más definidas, y ayuda a explicar el surgimiento de los nuevos movimientos y "cultos" religiosos a finales de los 60s y, especialmente, a principios de los 70s. Al mismo tiempo, la contracultura también acogió un entorno cultual - u "ocultual" - que incluía la astrología, la brujería, el I Ching, el Tarot, los chakras, la reencarnación, y la tradición Teosófica y etnofarmacológica. A pesar de que muchas de estas ideas, símbolos y prácticas ya circulaban por los márgenes metafísicos de los EEUU del siglo XX, no siendo de ninguna manera algo exclusivo de los bohemios, la contracultura las llevó más o menos al centro del escenario para que ayudaran a definir lo que podemos llamar auténticamente un Zeitgeist. A principios de la década de 1970, cuando la contracultura se había transformado en el motor de la cultura popular, Occidente se vio anfitrión de una "ocultura pop[1]" omnipresente y comercializada cuya larga sombra se proyecta hasta la actualidad, desde la New Age hasta la música black metal, los seminarios de crecimiento personal, y la cultura rave.

Sobra decir que "contracultura", "espiritualidad" y "ocultismo" son conceptos muy complejos y multidimensionales que describen dominios que también cuentan con un alto grado de informalidad y diversidad interna – y que incluso se contradicen. Esto hace que las generalizaciones condensadas sobre su interacción sean particularmente complicadas. Un tema especialmente importante es la cuestión de la orientalización. El lenguaje dominante de la mística contracultural en la década de 1960 estuvo marcado por conceptos y prácticas asiáticas traducidas; ¿es correcto pensar en esto como parte del "ocultismo"? Sin lugar a dudas, el giro hacia Oriente ha sido una parte integral del ocultismo occidental desde la Teosofía y las primeras obras de Crowley; por otra parte, el budismo tibetano, el taoísmo, el yoga, e incluso el Zen tienen sus propias formas de "magia". Sin embargo, a pesar de que Christopher Partridge ha ayudado a definir la concepción de "ocultura" de una manera lo suficientemente amplia como para abarcar el ingreso asiático junto al esoterismo occidental, hay que resistirse a incluir per se la aparición popular del budismo occidental y el hinduismo no étnico en la década de 1960 al ocultismo. Por estas razones, tal vez sea mejor considerar una "contracultura espiritual" más amplia dentro de la cual podemos identificar las tradiciones asiáticas, así como la superposición con corrientes ocultas pero también caracterizadas de manera más específica.

Los Antecedentes Bohemios de la Contracultura Ocultista

Dependiendo del ángulo y la profundidad del enfoque, uno podría identificar cualquier número de antecedentes cruciales de la contracultura. Un antepasado directo del "regreso a la naturaleza" de los hippies fue el movimiento de alimentación sana de la costa oeste de los "Nature Boys", una subcultura inspirada directamente en ideas e individuos relacionados al movimiento alemán Wandervogel, y por lo tanto con la sensibilidad organicista, neorromántica y "pagana" forjada en el subsuelo esotérico de habla germana del siglo XIX. Del mismo modo, las aspiraciones transformadoras, el folklore atlante, y el misticismo con inflexiones asiáticas de la Era de Acuario es inconcebible fuera del contexto del evolucionismo espiritual de la Teosofía. Pero para rastrear los antecedentes específicos de la contracultura ocultista, es mejor recurrir a los pintores, poetas y otros artistas bohemios de la posguerra. La informalidad (o incoherencia) del misticismo hippie tardío en parte está ligada al hecho de que las influencias más cercanas no provenían de maestros espirituales o sectas organizadas, sino más bien de artistas cuyo cultivo de la idiosincrasia personal y la expresión singular brindaba a sus exploraciones ocultistas y religiosas una dimensión asistemática, visionaria, y con frecuencia hedonista.

Una figura emblemática y prematura fue Henry Miller, que ya rondaba los 50 años de edad cuando se mudó a Big Sur en 1944. Miller ya había escrito las novelas eróticas experimentales que le brindarían tanto la fama como la infamia, pero su influencia en Big Sur fue fundamental, al transformarse en una meca menor para los artistas, los aventureros sexuales, y los anarquistas políticos. Miller representa un verdadero puente entre generaciones y continentes - en 1930, en París, él ya estaba leyendo a Blavatsky, Rudolph Steiner, y Gurdjieff. En California continuó estudiando astrología y a los maestros espirituales orientales y occidentales, escribió un libro sobre el misticismo utópico de los Hermanos del Libre Espíritu, y transmutó sus obsesiones pornográficas previas en lo que Jeffrey Kripal llama un "misticismo natural panerótico". También visitó los baños termales que más tarde formarían el ónfalo del Instituto Esalen, cuya devoción institucional por las prácticas físico-mentales llevarían, a partir de la década de 1970, al tai chi, el tantra, y otras prácticas esotérico-físicas de iluminación a la corriente principal de la cultura psicológica americana.

Otra figura singular de la proto-contracultura de posguerra fue el gran pensador, etnomusicólogo, cineasta experimental y documentalista Harry Smith. Criado por padres teósofos en el Noroeste del Pacífico, Smith vivió en el área de la bahía durante la década de 1940, fumaba marihuana, pasaba el rato en los clubes de jazz, y hacía animaciones abstractas pintadas a mano inspiradas en parte por la teoría esotérica de los colores. Smith se mudó a Manhattan, y en 1952 hizo su contribución más duradera a la contracultura: la Antología de Música Folk Americana, una colección potente y misteriosa de los primeros blues y música antigua que se convirtió en la piedra de Rosetta para folkies como Bob Dylan y los Fugs; entre las notas obsesivas, Smith incluyó citas de Robert Fludd y Rudolph Steiner. Las películas de Smith se volvieron más iconográficas, y comenzó a incluir montajes animados de formas divinas tibetanas, árboles cabalísticos interconectados y hongos Amanita muscaria. Smith también fue un estudiante serio de Aleister Crowley, una predilección entonces oscura que compartía con Kenneth Anger, un cineasta experimental de la costa oeste mucho más influyente que comenzó a hacer películas en 1947. Los cortos de Anger, a menudo marcados con simbolismo oculto y homo-erótico, más tarde se convirtieron en pilares del circuito de cine de medianoche; a pesar de no ser hippie, Anger vio a la contracultura como el cumplimiento del profetizado Eón de Horus de Crowley.

El antepasado ​​más directo de la contracultura espiritual sigue siendo la Generación Beat. Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William S. Burroughs, y Gary Snyder eran buscadores, y sus exploraciones serias sobre el budismo, la cienciología, la magia, el tantra, el zen, la psicodelia y el hinduismo llegaron a proporcionar modelos para los lectores que buscaban un camino para salir de la aplastante cultura de la conformidad de los Estados Unidos en la década de 1950. Dicho esto, sus viajes espirituales fueron divergentes, e influyeron sobre la creciente corriente ocultista de diferentes maneras. Kerouac, que a menudo se identificaba como católico, comenzó a leer los sutras Mahayana en 1954; un año más tarde conoció al poeta de la costa oeste Gary Snyder, cuya profunda interiorización del Zen fue inmortalizada en la obra de Kerouac de 1958 Los Vagabundos del Dharma. Kerouac encontró el dharma a través de su dolorosa lucha interior, inspirado a su vez por la retórica budista de la inmediatez, en consonancia con sus propias prácticas formales de prosa espontánea. Receloso del Zen, Kerouac encontró en los clásicos sutras Mahayana un lenguaje de la paradoja y un panorama visionario que luego emuló en Mexico City Blues y La Escritura de la Eternidad Dorada, con su "fantástica imaginación mágica de la iluminación, destellos, juegos, sueños..."

Hal Chasse, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs


La adopción del budismo por parte de Snyder fue a la vez más formal y más fundamentada que la de Keruoac. Estudió durante muchos años en un monasterio en Kyoto, y su dharma, al igual que su poesía más contundente, se apartaba del narcisismo romántico de Kerouac hacia una santificación concreta y sin inflexiones de lo cotidiano que tenía poco que ver con los poderes ocultos o anómalos de la mente. En este sentido, Snyder ayuda a definir la importante diferencia entre la contracultura espiritual, que él ayudó a fomentar directamente, y el renacimiento ocultista, cuya resaca esotérica rechazó. No obstante, incluso en sus formas más minimalistas, el Zen ofreció a Snyder y a otros buscadores bohemios una especie de iluminismo, especialmente en lo que se articuló en los textos límpidos y enormemente influyentes de Alan Watts sobre el Zen.

De todos los Beats, Ginsberg interpretó el papel más decisivo en la contracultura espiritual. En parte gracias a sus experiencias visionarias de juventud, el trabajo de Ginsberg tuvo una dimensión blakeana expansiva desde el principio. Al igual que Snyder, su voz también insistía en la transformación más que en un escape de la materialidad, y sus encuentros posteriores con el hinduismo y el budismo tuvieron lugar dentro de un marco sólido inspirado por Whitman ayudando a definir un dharma americano más carnoso. En los tempranos 60s, después de una visita a la India junto a Snyder y otros, Ginsberg adoptó públicamente la parafernalia de un hombre santo; apareciendo en conferencias o reuniones de protesta envuelto en túnicas, solía entonar cánticos kirtan, cantar "Hare Krishna", y tocar el armonio. Bardo místico y hedonista de la conciencia, Ginsberg también se unió a Snyder en la negativa a honrar la división que muchos hicieron entre la contracultura espiritual y el activismo político.

El más viejo y menos humanista de los beats, William S. Burroughs, anticipa las dimensiones más oscuras y más paranoicas del ocultismo contracultural. Burroughs desconfiaba del idioma como vehículo de expresión personal y de la espontaneidad, por considerarlo más como un campo de batalla oculto en donde las fuerzas de control libraban una guerra contra los intentos subversivos e incluso nihilistas para romper el hechizo de los signos convencionales. Sensible a la rivalidad y la paranoia que acarreaba el pensamiento mágico, a principios de 1950 Burroughs le escribía a Ginsberg sobre el uso de las maldiciones y la "magia negra"; también viajó a América del Sur en una zambullida profética en las profundidades serpentinas del yagé (ayahuasca). En París a finales de 1950, cuando también estudió Cienciología, Burroughs desarrolló el método cut-up de composición artística inventado por Brion Gysin, vinculando el tipo de yuxtaposiciones oraculares ya presentes en el dadaísmo y el surrealismo a un modelo de procesamiento de la información de posguerra y a la manipulación de los medios de comunicación. Gysin e Ian Sommerville, un compinche de Burroughs, también construyeron la máquina de ensueño a principios de la década de 1960, un dispositivo de bajo costo cuyo parpadeante efecto alterador de la conciencia anticipó la búsqueda contracultural del uso de las drogas y los medios de comunicación para, como escribió Burroughs en su Expreso Nova de 1964, "asaltar el estudio de la realidad."

El LSD Como una Religión Mistérica Química

Junto a otras sustancias psicoactivas, el LSD ayudó a catalizar la transformación del esoterismo bohemio marginal en la ocultura pop de finales de los 60s y en los 70s. Desde los inicios de su difusión en la cultura juvenil, el ácido vino ya "envasado" con asociaciones que lo vinculaban a estados místicos de conciencia, en parte gracias a La Experiencia Psicodélica (1964), una guía de viaje muy popular de Timothy Leary, Richard Alpert, y Ralph Metzger que basa su cartografía de los estados alterados en la remezcla teosófica de Evans-Wentz del Libro Tibetano de los Muertos. Más importante aún, la propia experiencia con ácido brindaba evidencia inmediata de las capacidades transrracionales de la conciencia, estados que podían ir desde una sensación de fusión vibratoria unitiva con el cosmos a una explosión mitopoética de simbolismo religioso y sobrenatural a una calesita perceptual de sincronicidades engañosas y posibilidades paranormales. El ácido socavó los esquemas instrumentales de la acción individual, y devolvió a muchos usuarios a la línea de base con un gusto creciente por el pensamiento libremente asociativo, los estados de éxtasis, y los acontecimientos colectivos espontáneos. Como era de esperar, el uso de LSD y otras drogas alentó un compromiso caleidoscópico con las prácticas espirituales, los sistemas metafísicos y los misterios ocultistas, los cuales vinieron a complementar, refractar, y hasta cierto grado sustituir los raptos noéticos insostenibles del ácido.

Las paradojas de un sacramento químico - cuyos estados sagrados eran instrumentalmente catalizados por un producto comercial - se ven bien reflejadas en la carrera de Timothy Leary, quien fue más responsable que nadie de ‘encender’ a la generación joven. (Ginsberg, a quien Leary primero le proveyó psilocibina, también jugó un papel vital.) Cuando Leary tomó hongos psilocibos en 1960, y LSD, poco después, era un exitoso profesor de psicología que, a pesar de rechazar el conductismo reinante de la época, no era humanista. Aunque estaba firmemente arraigado en la ciencia social impersonal, sus experimentos con los estudiantes y profesores lo llevaron hacia discursos y marcos cada vez más esotéricos. Su amigo Huston Smith, profesor de religión en el MIT, lo introdujo a las nociones perennialistas de una "experiencia mística" núcleo que acecha bajo la aparente variedad de la fenomenología religiosa, un concepto controvertido que dio forma fundamentalmente al pensamiento psicodélico posterior. Después de una experiencia de descubrimiento en un templo Vedanta local, el personaje de Leary de los 60s se estableció: después de salir de la Universidad de Harvard y convertirse en un líder contracultural, Leary adoptó el personaje de un gurú enérgico y entrelazó ideas místicas hindúes junto a otras ideas esotéricas en su discurso. Pero como sugiere su discurso sobre el ADN y los "juegos" sociales, en realidad nunca abandonó el marco de las ciencias sociales o el materialismo filosófico, y estaba espiritualmente más alineado con el enfoque a veces manipulador y "bribón (trickster)" de Gurdjieff, a quien Leary comenzó a leer en 1965.

El enfoque elitista de la costa este de Leary de la psicodelia convencionalmente contrasta con el estilo más informal y carnavalesco de la costa oeste de Ken Kesey y los Merry Pranksters, uno de los cuales se refirió memorablemente a la fascinación de Leary con los bardos tibetanos como un "viaje de cripta (crypt trip)". Por el contrario, la "espiritualidad" de los Pranksters se puede ver como una suspensión anárquica, demótica, y a veces boba de la diferencia entre lo sagrado y lo profano, más como una evasión a la racionalidad convencional que una trascendencia disciplinada. Uno de los objetivos clave de su happening interminable era la sincronicidad, el extraño fenómeno de las coincidencias sorprendentemente significativas descrito por primera vez como tal por Jung. Para los Pranksters y muchos otros cabezas-de-ácido, la sincronicidad llegó a ser vista como una especie de Gracia profana o psicodélica - en la conjunción fortuita significativa de los eventos ordinarios, la sincronicidad implica un orden de correspondencia paranormal al tiempo que conserva la materialidad cotidiana. Los Acid Tests (sesiones de ácido) que los Pranksters realizaban antes de que California prohibiera el LSD en 1966 implementaban creativamente tecnología de iluminación y sonido que acompañaba las improvisaciones de los por entonces jóvenes Grateful Dead, estableciendo así un modelo para la cultura psicodélica masiva naciente. Pero los Acid Tests pueden entenderse como máquinas de sincronicidad social – una celebración envolvente, cibernética, y McLuhanesca de la guerra de cut-ups de Burroughs contra el control.

La sincronicidad no exige explícitamente interpretaciones ocultistas, pero sin duda se presta a ellas. Una herramienta esotérica tradicional que era popular entre los Pranksters, y que también satura la cultura bohemia y psicodélica en general, es el I Ching. Publicado por primera vez en la famosa edición de Wilhelm/Baynes en 1950, el I Ching, o el Libro de las Mutaciones, es un antiguo sistema oracular chino que utiliza la tirada al azar de tallos de milenrama (o simplemente tres monedas) para generar cifras que corresponden a uno de los sesenta y cuatro hexagramas, cada uno de los cuales viene adornado con una variedad de comentarios a menudo enigmáticos. Aunque presentando un perfil más fresco y más filosófico que el Tarot, el I Ching sigue siendo utilizando por muchos como una herramienta ocultista, que simultáneamente rechaza las nociones convencionales de la "casualidad" mientras abraza un sistema orgánico de signos que prometen reconfigurar la voluntad a los poderes cósmicos holísticos en lugar de líneas instrumentales. Otro sistema adivinatorio significativo era la astrología, que se convirtió en un armazón tipológico y una lingua franca generalmente disponible para la contracultura, así como una herramienta para armonizar ese colectivo emergente con el medio ambiente cósmico. Entre los astrólogos clave para la contracultura están Gavin Arthur - que contribuía al Haight Street Oracle - y Dane Rudhyar, que decisivamente moldeó la astrología moderna mediante la introducción de convenciones interpretativas más humanistas y junguianas. Aunque la popularidad de la astrología no se limitaba a la juventud – las columnas astrológicas habían sido populares en los periódicos estadounidenses desde la década de 1940 -, la "Era de Acuario" se convirtió en la etiqueta más popular para el sentido amplio y apasionado de un cambio de época inmanente de esa generación.

Un importante vehículo popular para el simbolismo esotérico y ocultista fue el arte psicodélico, particularmente el que floreció a través de los afiches de conciertos, los diseños de los LP, y, en menor medida, en los comix underground. En efecto, si el manual del bardo de Leary y los Acid Tests de Kesey pueden entenderse como el desarrollo de la forma psicodélica, la cultura hippie semi-comercializada que ayudaron a engendrar puede entenderse más en términos de desarrollo del contenido psicodélico. Las portadas de los discos explotaron explícitamente la imaginería ocultista y mitopoética, siendo The 5000 Spirits or the Layers of the Onion de The Incredible String Band y el Axis: Bold as Love de la Jimi Hendrix Experience los ejemplos más sobresalientes de 1967. Por otro lado, los comix underground se saturaron con obsesiones satíricas y pornográficas que hicieron a la mayoría de las publicaciones considerablemente menos místicas que, por ejemplo, las hazañas en Marvel Comics del Dr. Strange, ilustrado por Steve Ditko, que se estrenó en 1963 y fue amado por muchos cabezas-de-ácido. Una excepción importante fue Rick Griffin, un creador de cómics, así como uno de los principales diseñadores de carteles de rock de la era psicodélica. A pesar de que creció en el ámbito del arte surfer a comienzos de los 60s, el estilo maduro de Griffin – a menudo asociado a los Grateful Dead - presentaba un simbolismo pesado e idiosincrático que iba desde el Orange Crate Art, a las Enseñanzas Secretas de Todos los Tiempos de Manly Hall, hasta el modernismo blobular y su propia imaginación intensa. Griffin remezcló las imaginerías cabalística y cristiana esotérica para la revista de R. Crumb Zap, mientras que el cartel del globo ocular volador que diseñó para un concierto de Jimi Hendrix en el Fillmore sigue siendo tal vez la imagen más emblemática de la época, una mezcla desconcertante de surrealismo pop, pesadilla sobrenatural e invasión divina. Al igual que muchos carteles psicodélicos jugaban con la tensión entre los patrones bidimensionales y las formas orgánicas tridimensionales, la obra popular de Griffin superponía las profundidades de la imaginería esotérica sobre la superficie pura de diseño comercial.



El Renacimiento Mágico

Roszak termina su The Making of a Counter-Culture con la invocación del chamán y la magia creativa de la imaginación visionaria encarnada. En términos religiosos, este espíritu se manifiesta menos en las interpretaciones hippies del Zen o del misticismo vedantista que en el surgimiento de religiones explícitamente mágicas: la brujería, el satanismo, el paganismo, siendo este último una autodescripción surgida de la contracultura. Los antecedentes para estos desarrollos incluyen a la Wicca británica y la tradición americana Feri de Victor Anderson, pero cualquier punto de vista amplio de las corrientes mágicas en la década de 1960 debe considerar los ámbitos más pulp de la cultura popular, donde circulaban imágenes y atmósferas que más tarde se materializarían como práctica espiritual. Particularmente importante fue el mercado de la ficción fantástica establecido por la tremenda popularidad de El Señor de los Anillos de JRR De Tolkien, que se convirtió en un éxito después de aparecer en una edición de bolsillo no autorizada en 1965. Editoriales como Lancer y Ballantine también estaban reeditando (frecuentemente con portadas morbosas) ficción extraña estadounidense de la generación anterior, por lo que la nigromancia alienígena de Lovecraft y los cuentos de espada y brujería de Robert E. Howard se hicieron disponibles. A pesar de que los cómics traficaban hacía rato con los poderes sobrenaturales, desarrollaron una resonancia más en onda con la década de 1960; Dr. Strange, cuyo héroe – que a pesar de ser un Mago occidental ha adquirido su sabiduría en el Tíbet - ya ha sido mencionado. Las películas de terror sobrenatural presenciaron un renacimiento sexy de los vampiros en Hollywood; los ejemplos incluyen la serie febril de adaptaciones de Poe de Roger Corman protagonizada por Vincent Price.

De hecho, es un ejercicio interesante considerar la diferencia exacta entre los rituales satánicos escenificados, digamos, en La Máscara de la Muerte Roja de Corman y los "psicodramas" satánicos organizados por el ocultista estadounidense más famoso de la década de 1960, Anton LaVey. Aunque fue despreciado muchas veces como un simple charlatán, LaVey mezcló su filosofía libertaria de individualismo satisfecho con un fuerte sentido de teatralidad subversiva y con más que una pizca de lascivia. Fundó la Iglesia de Satán en 1966, organizando eventos sensacionalistas en la "casa negra" en San Francisco, y se convirtió, junto a la popular astróloga y bruja británica Sybil Leek, en una de las principales fuentes para los periodistas que escribían sobre el renacimiento mágico. Aunque LaVey mismo fue crítico de la moda hippie de las drogas, uno de sus dinámicos co-conspiradores fue Kenneth Anger, cuyo compromiso con la Era de Acuario se ve reflejado en su oscuro y contundente corto de 1969 Invocation of My Demon Brother, que en gran parte fue filmado Haight. En una de las sincronicidades más espeluznantes de la época, la película contaba con Bobby Beausoleil, un compinche de Charles Manson que más tarde fue condenado por el asesinato de Gary Hinman, instigado por Manson. Mucho más que los escarceos de moda con diablo que llevaron a los Rolling Stones (a instancias de Anger) a titular Their Satanic Majesties Request a su disco de 1967, Charles Manson cristalizó, en el imaginario social y hasta cierto punto en la realidad, el diablismo espiritual potenciado por la zambullida caprichosa de la contracultura en el sexo, las drogas, y la metafísica no dual.

El crecimiento del lado infernal de la religión ocultista - verdadero, imaginado, o representado – tuvo en los 60s su paralelo en las religiones más equilibradas y positivas basadas en la naturaleza, que en parte sacralizaban el ethos contracultural del encanto de la carnalidad. La Wicca inglesa se abrió camino a lo largo de todo el país, pero sin duda la parte más importante del renacimiento mágico era la voluntad contracultural de demoler la autoridad espiritual con invención imaginativa en lugar de adquirir narrativas de transmisión histórica ininterrumpida. Emergiendo en 1961 de una mezcla profética de ciencia ficción, liberalismo, y la psicología del Potencial Humano de Maslow, la Iglesia de Todos los Mundos ya estaba en camino a convertirse en un grupo mágico con foco en la naturaleza cuando se convirtió en la primera religión natural en recibir un acta constitutiva. En California, en 1968, la Nueva y Reformada Orden Ortodoxa de la Golden Dawn se formó cuando los estudiantes universitarios comenzaron a mezclar la brujería de Gerald Gardner con las ideas radicales de Norman O. Brown y las posibilidades creativas de la performance grupal y el juego ritual. Incluso los movimientos seculares de recreación como la Sociedad para el Anacronismo Creativo y la Feria Renacentista proveyeron contextos culturales para la fabricación de identidades explícitamente paganas. La lección de la contracultura era que, mágicamente hablando, la actuación colectiva de la imaginación creativa era al menos tan importante como la iniciación y la réplica de una "tradición".

Tal vez la expresión pública más audaz de esta lección, una que ha ido más allá de la brujería e incluso de la contracultura espiritual, fue el "exorcismo del Pentágono", que tuvo lugar en octubre de 1967. Siguiendo a la masiva manifestación que tuvo lugar en el Lincoln Memorial para protestar contra la guerra de Vietnam, cerca de 50.000 personas marcharon hasta el Pentágono. Junto a miles de activistas de derechos civiles, pacifistas e izquierdistas, la multitud incluía a muchos representantes coloridos y festivos de la contracultura. Uno de los grupos de protesta que buscó explícitamente combinar el activismo con dicha pompa feral fueron los Yippies, cuyo cofundador Abbie Hoffman, en un acto de teatro consciente, trató de utilizar la energía psíquica allí reunida para hacer levitar físicamente al Pentágono, volverlo color naranja, y finalizar la guerra. Allan Ginsberg apoyó el esfuerzo con cantos budistas, mientras que los Hare Krishnas bailaban y la multitud coreaba "Om". En otro momento el grupo folk underground de Nueva York The Fugs dirigió una ceremonia (¿en parte?) paródica para exorcizar los demonios del Pentágono, mientras que Kenneth Anger realizaba hechizos mágicos crowleyianos por su cuenta y sin un ápice de ironía. La compleja mezcla de absurdismo y sinceridad que los diversos actores brindaron a esta electrizante protesta mágica refleja el grado al cual lo oculto se había generalizado volviéndose un lenguaje cultural de posibilidad colectiva y no sólo una orientación "espiritual".

La política progresista también caracterizaría la evolución de las corrientes explícitamente paganas y mágicas en la década de 1970. La más notable de ellas fue el desarrollo de la brujería feminista, tal vez el ejemplo más extremo del alcance de la feminización de la religión y la espiritualidad de la década. En 1971, Z. Budapest estableció el coven exclusivo para mujeres ‘Susan B. Anthony no. 1’ con líneas esencialmente feministas. Budapest, que fue arrestada en California en 1975 por violar la ley contra la "adivinación" (ley que ella más tarde combatió para anular), fusionó la retórica del feminismo radical con un enfoque exclusivo en las deidades femeninas en lugar de la polaridad sexual de la Wicca tradicional; para su aquelarre y muchos otros, "el despertar de la conciencia" se había vuelto el despertar consciente de la energía de la diosa. La estudiante más influyente e importante de Budapest fue Starhawk, que popularizó ampliamente la brujería con su libro de 1979 The Spiral Dance, y cuya forma de práctica pagana muy visible y políticamente activa canalizó las viejas energías de la contracultura hacia el asediado panorama político y ambiental de la década de 1980 y más allá.



Ocultura Pop a Principios de la Década de 1970

Algunos señalan el final de la contracultura en 1970, cuando Charles Manson fue a juicio por los asesinatos de Tate-LaBianca y la Guardia Nacional mató a cuatro estudiantes que protestaban en Kent State. Un punto de vista más abarcador e inercial la extiende hasta mediados de la década de 1970, caracterizando el comienzo de los 70s como el nebuloso crepúsculo de los ídolos hippies. (Más allá de este punto podemos hablar de contraculturas - punks okupas, trotamundos, ecologistas radicales, Ravers - pero la retórica de unidad generacional ha terminado). Los 60s estuvieron marcados por una sensación generalizada de transformación colectiva inminente, pero luego la Era de Acuario se eclipsó, al igual que la Gran Sociedad de Johnson dio paso a la recesión, el escándalo de Watergate, y la política de la paranoia. Así que mientras las costumbres "liberadas" o permisivas comenzaron a transformar a la corriente mainstream de la vida social, los estragos del abuso de drogas y la confusión existencial, introducidos por la dislocación psicosocial endémica de la contracultura, se convirtieron en cosas imposible de ignorar. La conciencia ambiental creció en intensidad - el primer Día de la Tierra fue en 1970 - pero iba acompañada por la sensación derrotista de que la única manera de mantener vivo el sueño era retirarse a una vida rural o a una naturaleza no humana idealizada.

Estas condiciones ayudan a explicar la innovación espiritual que caracterizó a los tempranos 70s, que desde el punto de vista de la historia de las religiones fue una era de descubrimientos y reinvenciones, extraordinariamente fértil y a veces desesperada. El desarrollo más notable fue el crecimiento sin precedentes de los movimientos religiosos  nuevos y trasplantados, como la Iglesia de la Unificación, Siddha Yoga, y una amplia variedad de sectas cristianas. Acompañando a estos grupos y al crecimiento paralelo de los nuevos movimientos religiosos anteriores como los Hare Krishna o la Cienciología, había un creciente debate público en torno a los "cultos". Por lo general, dirigidos por maestros o gurúes carismáticos y, a veces apoyándose en la ya establecida sensibilidad ocultista brindada por la contracultura - con la secta basada Los Angeles de Father Yod /YaHoWha/James Baker representando a un grupo profundamente en deuda con el esoterismo occidental -, estos movimientos interiorizaron las expectativas utópicas y colectivas de la época mientras proporcionaban estructuras metafísicas y sociales cristalizadas en lugar de la deriva existencial.

Más importante aquí, sin embargo, es el establecimiento a principios de la década de 1970 de una forma más informal pero omnipresente de "ocultura pop". Esta sensibilidad cultural generalizada se produjo en parte gracias a fuertes fuerzas comerciales que ya estaban construyéndose hacia el final de la década de 1960, cuando, por ejemplo, el número de libros recién publicados sobre ciencias ocultas y parapsicología aumentó en más del 100 por ciento anual. Del mismo modo, mientras que había varios programas televisivos populares en los años 60 que incluían poderes ocultos - como la serie gótica Dark Shadows y la comedia I Dream of Jeannie – el paisaje mediático de la década de 1970 estuvo saturado por lo sobrenatural, desde el nacimiento del metal pesado y el rock progresivo, a la iconografía cada vez más cósmica de los cómics y el arte de los pósters. El esoterismo fue un gran negocio - las principales editoriales como Doubleday establecieron series de ocultismo, mientras que US Games emitió su popular versión (y con copyright exclusivo) del famoso mazo de Tarot de Rider-Waite en 1971. La necesidad de publicar también marcó a los grupos independientes y subterráneos ya identificados con la contracultura espiritual: Llewellyn emitió una versión americana del legendario Libro de las Sombras de Gerald Gardner en 1971, mientras que la Iglesia de Todos los Mundos y otras religiones naturales desarrollaron el discurso pagano a través de una agitada red de publicaciones periódicas.

Al igual que con los nuevos movimientos religiosos y regímenes de superación personal como el est, la explosión de la ocultura - libros, herramientas oraculares, narrativas populares, efemérides, etc.- ayudó a organizar el flujo desterrado de la conciencia contracultural a medida que se comprometía con una era más oscura y paranoica con su ansia de encantamiento muy intacta. Un ejemplo notable de este ajuste fue la serie de bestsellers de Carlos Castaneda, en la cual el antropólogo de la UCLA describía (o, más probablemente, inventaba) su larga iniciación de la mano del "hombre de conocimiento" yaqui Don Juan Matus, quien daba drogas psicodélicas a Castaneda junto a una variedad de prácticas interesantes. Aunque el primer volumen apareció en 1968, fueron los libros que Castaneda publicó a principios de 1970 los que realmente resonaron, presentando una accesible realidad mágica poblada por aliados ominosos y que requiere de una vigilancia y una autodisciplina constante. Este punto de vista "chamánico" amoral y más tradicional contrasta fuertemente con las visiones acuarianas previas más beatíficas. Aunque los libros de Castaneda llegaron a ser vistos por la mayoría de los antropólogos (aunque no todos) como fruslerías, esto apenas hizo una diferencia para muchos lectores; al igual que Don Juan y muchos de los gurús de "sabiduría loca" de la época, Castaneda mismo podría ser visto como un bribón capaz de despertarte.

Timothy Leary también sintió el cambio en el aire. En su breve folleto de 1973 "Star Seed", escrito en la prisión de Folsom, Leary aconseja a los lectores a rechazar la "trampa hindú" que él mismo había adoptado anteriormente, con su "con su cháchara suave y dulzona" de la unidad. En cambio, Leary ofrecía una perspectiva "Psi-Fi" expansiva, futurista, y cada vez más transhumanista sobre las posibilidades del desarrollo de las funciones para reprogramar el sistema nervioso humano. Una de las influencias más importantes de Leary en esta transición fue Aleister Crowley, muchas de cuyas obras más importantes (incluyendo el extraordinario Libro de Thoth) fueron publicadas o reeditadas a finales de los 60s y principios de los 70s, lo que generó un profundo interés en Thelema que aún perdura entrelazado con ciertas corrientes del rock y otras culturas populares. En muchos sentidos, Crowley se ubica actualmente como el "antepasado" más importante de la contracultura ocultista: amaba las drogas, utilizaba fuentes esotéricas tanto de oriente como de occidente, encabezó una comuna disfuncional, y colocó a la sexualidad en el núcleo de su Misticismo contra-normativo y controversial. Su calva apareció en la portada del Sgt. Pepper’s Hearts Club Band (1967) de los Beatles (junto a Jung, Aldous Huxley, Burroughs, y otros héroes de la contracultura), pero la bestia recibió su más importante promoción rockera de la mano del guitarrista y compositor de Led Zeppelin Jimmy Page, que vendió sus obras a través de su librería ocultista y vivió un tiempo en la antigua mansión de Crowley. El hecho de que una miríada de jóvenes aficionados de todo el mundo conocieran al escandaloso mago ceremonial eduardiano por medio de del grupo de rock 'n' roll que encabezaba las listas de éxitos es una caracterización tan buena como cualquier otra para la dinámica de la ocultura pop en la década de 1970, cuando las semillas espirituales de la contracultura se diseminaron por todas partes.



Más información sobre el autor: ERIK DAVIS 
(¡Gracias por la info Alejandro Agostinelli!)

Referencias

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[1] “Pop Occulture” “Ocultura Pop” neologismo procedente de la mezcla de Ocultismo y Cultura Pop