sábado, 25 de mayo de 2013

La Muerte de Rasputín (por Henri Troyat)

La Muerte de Rasputín (del libro "Rasputín" de Henri Troyat)




Después de esto, la violenta requisitoria de Purichkevich contra el staretz en la Duma añade leña al fuego. Hombre de sacudones y de violencias, este diputado de extrema derecha es conocido por su culto de la monarquía, su antisemitismo visceral y su obsesión por los complots revolucionarios. Por todas partes huele intrigas y traiciones. Paladín de la guerra a ultranza, no se contenta con palabras y organiza ambulancias, puestos de socorro y cantinas para los soldados. Con sus ataques contra Rasputín ante la Asamblea Legislativa, ha eliminado los últimos escrúpulos de su joven oyente. Éste se reúne con él en su tren sanitario el 21 de noviembre de 1916. Los dos están de acuerdo en la urgencia de suprimir la "bestia inmunda". Al día siguiente, vuelven a encontrarse en el palacio Yusupov, con Sukhotin y el gran duque Dimitri. Félix expone su plan desde el principio: sugiere atraer a Rasputín a su palacio pretendiendo, para entusiasmarlo, que su mujer está deseosa de conocerlo. En realidad, la princesa Irina está pasando una temporada en Crimea con sus suegros. Pero Rasputín no lo sabe. Muy aficionado a los encuentros femeninos, responderá sin desconfianza a la invitación del príncipe. Falta decidir el medio a emplear para matarlo. Sería imprudente hacerlo a pistola porque el palacio Yusupov está situado frente a una comisaría y los disparos no dejarían de alertar a los agentes. Más que un arma blanca, el veneno representa evidentemente la mejor solución. Después se tratará de disimular el cadáver. Nada más fácil: lo sumergirán en el Neva haciendo un agujero en el hielo. Para prevenir cualquier inconveniente, deciden reclutar a una persona que tenga conocimientos de medicina y que, en caso de necesidad, pueda hacer de chofer. Purichkevich propone recurrir al médico jefe de su destacamento sanitario, el doctor Estanislao Lazovert. Este último, contactado en secreto, acepta participar en un atentado que salvará a Rusia y promete, además, proporcionar el veneno. Ahora los conjurados son cinco: Yusupov, Sukhotin, Purichkevich, el gran duque Dimitri y Lazovert. Todos patriotas dispuestos a arriesgar su reputación y su libertad en nombre del interés del Estado.

 Cada vez más excitado por la inminencia del acontecimiento, Félix elige la noche del 16 al 17 de diciembre para terminar con el staretz. Todas sus veladas están tomadas de aquí hasta entonces. A fin de evitar sospechas, debe continuar viviendo como si nada ocurriera hasta la fecha fatídica. Sin embargo, no puede impedirse informar al diputado Basilio Maklakov sobre sus preparativos. Incluso le sugiere que se una a la acción. Maklakov invoca su próximo viaje a Moscú para declinar la oferta, pero declara que aprueba sin reservas esa operación de salud pública. Autoriza a su visitante a tomar de su mesa de trabajo una cachiporra de plomo de dos kilos, recubierta de caucho, que constituye un arma temible. Félix se confía igualmente al presidente de la Duma, Rodzianko, quien, como Maklakov, apoya el proyecto pero no cree posible participar en persona. La exaltación del príncipe es comparable a la de un actor antes de entrar en escena. Incapaz de contenerse, escribe a su madre y a su mujer, a Crimea, para informarlas en modo alusivo de la gran limpieza que se organiza. La princesa Irina le responde: "Querido Félix, gracias por tu carta insensata. Pude entenderla sólo a medias. Me parece que estás por cometer una locura. Por favor, ten cuidado. No te mezcles en cosas vergonzosas".[1] Por su parte, al inquieto Purichkevich le cuesta sujetar su lengua. Sabiendo que su colega Maklakov "piensa" como él, quiere hacerlo partícipe del secreto. Pero Maklakov le confiesa que ya sabe todo por Félix y que está inquieto. Y alerta a Kerenski, el líder de izquierda. Éste tiene un temor: ¿la eliminación de Rasputín no reforzará el prestigio de la monarquía? ¿Cómo prever, en efecto, la reacción del público? ¿Quién sabe si, "liquidando" al staretz, los conjurados no van a comprometer la victoria del socialismo? A los ojos de los "laboristas" de la Duma, es una carta necesaria para precipitar la caída del régimen.

 Mientras tanto, Rasputín saborea por adelantado el placer de encontrarse con la mujer del "pequeño", la seductora princesa Irina, en una cita reservada. Está tan impaciente de acudir a esa velada como su asesino en prepararla. Como el palacio Yusupov está en reparaciones, Félix vive en casa de sus suegros. Pero no tiene importancia: ha elegido recibir al staretz en su vasta morada familiar, sobre el muelle del Moika. Ha hecho preparar y decorar especialmente un lugar espacioso en el subsuelo. El techo bajo tiene viejas lámparas. Dos tragaluces dan sobre el muelle. En los muros hay colgaduras rojas. En el medio, una doble arcada. A un lado, el comedor, con su chimenea de granito rosa en la que arde un fuego de leña; al otro, un lugar de descanso con un armario de ébano con incrustaciones, espejos y columnitas; sillones de respaldo alto y, en el suelo, una inmensa piel de oso blanco. Aquí y allá muebles preciosos, bibelots, un conjunto bien organizado en el que cada objeto ha sido seleccionado por el dueño de casa.

Félix Yusupov


 El 16 de diciembre, a las once de la noche, todo está listo. Los criados se han retirado después de haber dispuesto en la mesa el samovar, masas, botellas y vasos. Lazovert se calza guantes de goma, pulveriza los cristales de cianuro de potasio y, tomando de las bandejas unas masas rellenas de crema rosada, las corta en dos, les pone una fuerte dosis de veneno, las une borde a borde, las pone en su lugar y arroja los guantes en la chimenea, de la que se desprende un humo acre. Tosiendo y echando pestes, los cinco hombres suben la escalera de caracol que conduce al escritorio de Félix. Allí, el príncipe saca de un secreter dos frascos de cianuro líquido. Se ha convenido que Sukhotin y Purichkevich verterán el contenido en dos de los grandes vasos alineados sobre el aparador. Esto deberá hacerse veinte minutos después de la partida de Félix hacia la calle Gorokhovaia, donde Rasputín espera que vayan a buscarlo. De ese modo, el veneno no tendrá tiempo de evaporarse. Con el escenario listo en sus menores detalles, Lazovert, vestido de chofer, y Yusupov, hundido en un espeso abrigo de pieles y con la cabeza cubierta de una gorra con orejeras, salen de la casa y suben al coche.

 Durante ese tiempo, en el departamento de la calle Gorokhovaia, las dos hijas de Rasputín, Maria y Varvara, que viven con él, tratan de convencerlo de que renuncie a su extraña cita nocturna. Pero él les explica que, al aceptar la invitación de Félix cuenta con acercarse al clan hostil a la Zarina, reconciliar a Alejandra Fedorovna con su hermana Isabel y llevar la paz a toda la familia imperial. "Sí, palomas mías", les dice, "nuestro plan está triunfando." Y como ellas le participan sus prevenciones contra Félix, que es taimado, cobarde y perverso, las tranquiliza: "Es débil, muy débil. Es un pecador. Pero su corazón ha conocido el arrepentimiento y viene a buscarme para vencer su debilidad y restaurar su salud, que está lejos de ser robusta".

 En el mismo momento, Félix, a bordo de su coche, es asaltado por un brusco remordimiento. La perspectiva de atraer a su casa a un hombre cuya pérdida ha jurado le causa horror como una transgresión a las leyes de la hospitalidad. Casi lamenta haber decidido que el crimen tuviera lugar bajo su techo. ¡Demasiado tarde para retroceder! El automóvil se detiene ante la casa del staretz. El portero ha recibido la consigna de dejar pasar al visitante indicándole la escalera de servicio. Al llegar al palier del departamento, Félix llama a la puerta. El que abre es Rasputín. Está vestido de fiesta: blusa de seda blanca bordada con flores, ancho pantalón de terciopelo negro, cinturón color frambuesa, botas nuevas, cabello y barba peinados con coquetería. "Cuando se me acercó", anotará Yusupov, "sentí un fuerte olor a jabón barato, que me demostró la atención especial que había otorgado ese día a su arreglo. Nunca lo había visto tan limpio y cuidado." Rasputín espera que la madre de Félix, cuya animosidad conoce, no asista a la reunión. Yusupov lo tranquiliza: estará sólo su mujer; su madre está en Crimea. "No me gusta tu mamá", gruñe Rasputín. "Sé que me odia. Es amiga de Isabel.[2] Las dos intrigan contra mí y hacen correr calumnias acerca de mi conducta. La misma Zarina me ha repetido que eran mis peores enemigas. Mira, anoche Protopopov vino a verme y me hizo jurar que no saldría en estos días. 'Te van a matar', me dijo. 'Tus enemigos te preparan algo malo.' Pero será inútil; no lo lograrán; sus brazos no son suficientemente largos... ¡Bueno, basta de charla! ¡Vamos!" Félix lo ayuda a ponerse las galochas encima de las botas y una pesada pelliza sobre los hombros. Así vestido, Rasputín le parece todavía más grande y más fuerte que de costumbre: un oso indestructible. Y él conduce a ese oso a una trampa. "Una inmensa piedad se apoderó de mí", escribirá. "Me pregunté cómo había podido concebir un crimen tan cobarde." Lo que lo deja estupefacto es la confianza que le demuestra su futura víctima. ¿Qué se ha hecho de la clarividencia de ese hombre del que se dice que sabe leer los pensamientos y prever el porvenir? ¿No estará a la vez consciente de la suerte que le espera e impaciente por someterse a ella para obedecer a la voluntad de Dios?

 El aire fresco de la calle revigoriza a Félix. Lazovert, como un chofer acostumbrado, abre la portezuela del coche. Rasputín y el príncipe se instalan lado a lado. La casa del Moika está cerca de la calle Gorokhovaia. Minutos después, el automóvil se interna en el patio del palacio y se detiene ante la escalinata.

 Al penetrar en la sala del subsuelo, los dos oyen voces apagadas y el sonido de un gramófono que toca una canción norteamericana: Yankee Doodle. Eso también forma parte del programa. Como Rasputín se sorprende, Félix le explica que su mujer recibe algunos amigos, que están por irse y que ella bajará cuando hayan partido. Mientras esperan, es mejor comer algunas golosinas y tomar vino. Rasputín acepta, pero Félix está tan nervioso que se equivoca y le presenta primero las masas inofensivas. "No quiero", dice Rasputín. ¡Son demasiado dulces!" Poco después, recobrado, Félix le tiende la bandeja de las masas rellenas con crema rosa y cianuro. Cambiando de idea, el staretz toma una, después otra. Las mastica con placer, sin dejar de hablar. En lugar de caer como fulminado, no manifiesta ningún malestar. Sorprendido por su resistencia, Félix le ofrece vino. Pero se equivoca de nuevo y le entrega un vaso sin veneno. En fin, como Rasputín dice que todavía tiene sed, logra darle la bebida preparada por Sukhotin y Purichkevich, que tendría que matarlo del primer trago. Impasible, el staretz bebe a pequeños sorbos y contempla a su asesino con una expresión de picardía malévola. Tiene aire de decir: "Ya ves, por más que hagas, ¡no puedes nada contra mí!". Después de un momento, al ver la guitarra de Félix, sugiere: "Toca algo alegre. Me gusta oírte". "¡Realmente no tengo ganas!", balbucea Félix, al borde de una crisis. Luego, como Rasputín insiste, toma la guitarra y entona una romanza melancólica. Su voz de tenor, muy alta, de pronto le parece falsa, desentonada, irreal. ¿No va a despertar de ese delirio? Mientras él canta, con el corazón oprimido y las ideas en desorden, Rasputín se adormece.



 Ya son las dos y media de la mañana. Arriba, los otros conspiradores de agitan. Levantando la cabeza, Rasputín pregunta qué significa ese alboroto. Trastornado, Félix le asegura que son los invitados de su mujer que se preparan para irse y que ella no tardará en aparecer. Y dejando al staretz dormir la mona, sube a su escritorio. Sus amigos se precipitan sobre él. "¡El veneno no hizo efecto!", informa, abrumado. Al oírlo, se aterrorizan: "¡Sin embargo, la dosis era enorme! ¿Tragó todo?" "¡Todo!", responde Félix. Los cinco cómplices intercambian miradas despavoridas. En esas condiciones, hay que rever la estrategia con urgencia. Al término de una discusión afiebrada, durante la cual cada uno da su opinión, deciden bajar en grupo, arrojarse sobre Rasputín y estrangularlo. Ya están en fila india en la escalera cuando Félix recapacita. Dice que prefiere actuar sin la ayuda de nadie. Los otros aprueban. Con una firmeza de la que él mismo se asombra, toma el revólver del gran duque Dimitri y penetra solo en la habitación del subsuelo donde el staretz está siempre sentado en el mismo lugar, con la frente inclinada y la respiración jadeante. "Tengo la cabeza pesada y una sensación de ardor en el estómago", eructa Rasputín. Y pide más vino madera.Vacía su vaso, se enjuga la barba y propone terminar la noche con los gitanos. ¿Cómo puede pensar en banquetear y reír después de haber absorbido una dosis de veneno como para matar un buey? Ese apetito de placer en alguien que está por morir aterra a Félix, que ve en ello una monstruosidad de la naturaleza humana. Con el revólver oculto detrás de la espalda, mira alternativamente al que está frente a él y a un crucifijo de cristal de roca y plata cincelada que adorna el remate del armario de ébano. Pide en silencio al emblema divino que lo ayude a vencer las fuerzas infernales que mantienen con vida ese cuerpo en apariencia invulnerable. En tanto que Rasputín, inconsciente o despreocupado, se endereza y parece interesarse en los detalles del armario antiguo, él pronuncia con una voz temblorosa: "¡Gregorio Efimovich, harías mejor en mirar el crucifijo y rezar una plegaria!". Ante esas palabras, Rasputín tiene una expresión de aceptación y de mansedumbre. Se diría que acaba de comprender por qué lo han llevado allí y que está de acuerdo en morir a manos de su huésped. Como si obedeciera a una orden de su víctima, Félix levanta lentamente el revólver, apunta al corazón y tira. El staretz lanza un aullido de bestia, se tambalea y se desploma pesadamente sobre la piel de oso.

 Al oír el disparo, los amigos acuden. Pero, en su precipitación, enganchan el conmutador eléctrico y se apaga la luz. Chocan entre ellos susurrando en la oscuridad, luego se inmovilizan, temiendo tropezar con el cadáver. Al fin, alguno encuentra a tientas el interruptor y las lámparas vuelven a encenderse. Rasputín yace de espaldas, en medio de la piel de oso, con los ojos cerrados y las manos crispadas. Una mancha de sangre se extiende sobre su hermosa camisa bordada con flores. Sus rasgos se contraen por momentos sin que él levante los párpados. Pronto deja de moverse. El doctor Lazovert constata que el staretz está bien muerto. Alivio general. Los rostros se distienden como los de los buenos obreros que han terminado su trabajo. Mueven el cuerpo y lo dejan sobre el mosaico para evitar que la sangre manche la piel de oso, lo que proporcionaría un indicio a los investigadores. Luego, los cinco conjurados suben al escritorio sin apresurarse. Cada uno de ellos se considera como el salvador del país y de la dinastía. Mañana, toda Rusia les agradecerá.

 Son las tres de la mañana. Conforme al plan establecido, Sukhotin y Lazovert deben simular el regreso de Rasputín a su domicilio para desviar las primeras sospechas. Con ese propósito, Sukhotin, encargado de hacerse pasar por el staretz, se desliza la pelliza del muerto sobre su capote militar y se coloca su gorro de piel. Lazovert se pone su uniforme de chofer. Parten en el coche descubierto de Purichkevich seguidos por el gran duque Dimitri. Después de hacer creer que Rasputín había vuelto a su casa, no tendrán más que volver al coche cerrado del gran duque para retirar el cadáver y transportarlo hacia la isla Petrovski.

 Purichkevich y Félix quedan solos en el palacio Yusupov esperando que sus cómplices se reúnan con ellos. Para calmar los nervios, hablan del porvenir de Rusia, al fin desembarazada del demonio que la desfiguraba. Pero de pronto Félix tiene un presentimiento. Siente la necesidad de volver a ver al muerto. Rápidamente baja al subsuelo. ¡Dios sea loado! Rasputín sigue tendido, inmóvil, sobre los mosaicos. Por las dudas, le tantea el pulso. Ningún latido. Con repulsión, le sacude el brazo, que cae, inerte. Cuando está a punto de volver al escritorio, le llama la atención un ligero estremecimiento que recorre el rostro del staretz. El párpado izquierdo se levanta imperceptiblemente. Y, de pronto, Rasputín abre los ojos. Espantado, Félix quiere huir, pero las piernas le flaquean. Rasputín ya está de pie, con las pupilas fosforescentes, espuma en los labios, la garganta llena de aullidos. Grita: "¡Félix! ¡Félix!" Y, arrojándose sobre él, le aferra la garganta. A medias estrangulado, Félix tiene la sensación de luchar contra Satán en persona. Ni el veneno ni las balas han podido contra el monstruoso mujik Es más fuerte que la muerte. Más fuerte que Dios. ¡Todo está perdido! Por fin, con un esfuerzo desesperado, Félix consigue librarse de sus brazos. Rasputín cae hacia atrás, con estertores y aferrando en su mano la charretera que acaba de arrancar del uniforme de su asesino. Inmediatamente, Félix se precipita a la escalera y llama a Purichkevich, que ha quedado arriba: "¡Rápido! ¡Rápido! ¡Baje! ¡Todavía vive!"

 Purichkevich prepara su revólver, se precipita por los escalones y llega justo a tiempo para ver a Rasputín, que ha escapado del subsuelo y se dirige pesadamente hacia una de las puertas del patio. Justamente la que no está cerrada. El staretz corre tambaleándose. Va a escapar. Y repite con una voz terrible: "¡Félix! ¡Félix! ¡Le diré todo a la Emperatriz!". El príncipe oye ese llamado con un sentimiento de angustia religiosa. ¿Y si se hubieran equivocado? ¿Si Rasputín fuera verdaderamente un hombre de Dios? Purichkevich tira dos veces sobre el fugitivo y yerra. Furioso, se muerde la mano izquierda para calmar el temblor que lo agita y tira de nuevo. Alcanzado en la espalda, Rasputín se detiene y vacila. Purichkevich lo alcanza, apunta a la cabeza y tira. Esta vez, el staretz se desploma, de cara al suelo. Dominado por la furia, Purichkevich le da un violento puntapié con la bota en la sien izquierda. Rasputín se estremece, se arrastra sobre el vientre y se inmoviliza definitivamente no lejos de la reja. Al tener la certeza de su muerte, Purichkevich vuelve hacia adentro a grandes pasos. Félix, testigo de la ejecución, se acerca. Las piernas le flaquean pero no puede apartarse de la visión del cuerpo acostado en la nieve. Teme verlo enderezarse bruscamente, como hace un momento. Pero no, ya está terminado. No habrá una tercera resurrección para el staretz. Se acercan algunos sirvientes, alertados por las detonaciones. Son gente de confianza. No dirán nada.

 Destrozado por las emociones, Félix sube a su escritorio, pasa al cuarto de baño y vomita. Entre dos arcadas farfulla: "¡Félix!, ¡Félix!", con la voz del difunto. Purichkevich se reúne con él y lo reconforta. Pero el mucamo les anuncia que dos agentes de policía quieren hablarles. Han oído los disparos y quieren explicaciones. Muy dueño de sí, Purichkevich les declara que acaba de matar a Gregorio Rasputín, "ese que tramaba la pérdida de la patria". Impresionados por la importancia de las personas presentes, un príncipe y un diputado, los agentes prometen guardar silencio y hasta aceptan ayudar a transportar el cadáver al vestíbulo.

 Una vez que se han ido, Félix quiere ver el cuerpo por última vez. Cuando lo ve, tendido en la entrada, lleno de heridas, el rostro tumefacto, la barba manchada con trazos rojos, se apodera de él una aberración furiosa. Sin reflexionar, vuelve a subir a su escritorio, empuña la cachiporra envuelta en caucho que le prestó Malakov, vuelve sobre sus pasos y asesta violentos golpes en el rostro y el vientre del muerto. Salpicado de sangre, sigue golpeando y repite: "¡Félix!, ¡Félix!..." Purichkevich y los criados lo sujetan y se lo llevan. Apenas llega a su escritorio se desmaya.[3]

 A todo esto, el gran duque Dimitri, Sukhotin y Lazovert vuelven en automóvil cerrado para llevarse el cuerpo. Purichkevich, todavía trastornado, les cuenta las últimas peripecias del homicidio. Deciden dejar a Félix descansando, envuelven a Rasputín en una lona, lo cargan en el coche y parten hacia el puente Petrovski, entre las islas Petrovski y Krestovskil. El vehículo se detiene con las luces apagadas junto al parapeto. Los conjurados deciden arrojar el cadáver desde lo alto del puente, en un agujero que han visto en el hielo. Su apuro es tan grande que olvidan ponerle un lastre, lo que habría permitido mantenerlo en el fondo del agua. Lo levantan y lo arrojan por el borde al Neva. La pelliza, una galocha y el gorro de la víctima, que habrían debido ser quemados, van tras los despojos. No queda nada. Todo está en orden. Cada uno vuelve a su casa con la satisfacción de haber aprovechado el tiempo. Son las seis y media de la mañana.

 En el palacio Yusupov, Félix ha caído en un sueño de locura. Al despertarse, cree salir de una pesadilla. ¿Qué es verdadero y qué es falso en las imágenes que lo obsesionan? Junto con su ayuda de cámara, hace desaparecer las últimas manchas de sangre que podrían conducir a los investigadores a descubrir el drama. Luego imagina una explicación plausible de los disparos: uno de sus invitados, en estado de ebriedad, ha tirado sobre uno de los perros guardianes de la casa para divertirse. Obedeciendo sus órdenes, el ayuda de cámara mata un perro, lo arrastra por el patio siguiendo las huellas dejadas por Rasputín y abandona el cadáver, bien a la vista, sobre un montón de nieve. Satisfecho con la puesta en escena, Félix hace prometer una vez más a los sirvientes que no revelarán nada de lo ocurrido. Lavado, afeitado, cepillado, perfumado, reencuentra su seguridad de gran señor. Un poco más y se tomaría por un héroe de la guerra.

 Su primer recaudo es dirigirse al palacio del gran duque Alejandro, su suegro, donde vive desde que el palacio Yusupov está en obras. Después del horror que acaba de vivir, no le desagrada cambiar de ambiente. Su cuñado, Teodoro, sale a su encuentro. Estaba al corriente de la celada y no ha pegado un ojo en toda la noche. "¿Y bien?", pregunta con rostro angustiado "¡Rasputín ha muerto!", responde Félix. Ptero no estoy en condiciones de hablar. Me caigo de sueno. Y dejando a su cuñado estupefacto, se encierra en su cuarto, se desploma en la cama y se duerme inmediatamente.


 




[1] Citado por A. De Jonge, The Life and Times of Grigori Rasputin; repetido por Yves Ternon, ob. cit.
 
[2] Hermana mayor de la Emperatriz, viuda del gran duque Sergio.
 
[3] Las circunstancias del asesinato de Rasputín están relatadas aquí según las declaraciones de Félix Yusupov y de Vladimiro Purichkevich, que se diferencian sólo en detalles.
 

miércoles, 22 de mayo de 2013

GRANT MORRISON Y JORGE LUIS BORGES




Grant Morrison, el prolífico guionista de cómic escocés (Los Invisibles, Animal Man, Doom Patrol, Batman, The New X Men), ha mencionado varias veces a Jorge Luis Borges como una de sus influencias literarias (entre las que se encuentran Robert Anton Wilson, H. P. Lovecraft, Michael Moorcock, etc.)

 

En una entrevista en Amazing Heroes # 176 (febrero de 1990), cita a Borges como una influencia importante en su obra de Doom Patrol. El siguiente es un extracto de esa entrevista, realizada por Mike Maddox en la casa de Morrison en Glasgow:

 

Amazing Heroes (AH): No hemos mencionado a Borges todavía, y a Orqwith.

 

Morrison: ¿“Tlön Uqbar, Orbis Tertius”?

 

AH: Hay referencias evidentes en la historia Orqwith en “Doom Patrol

 

Morrison: Tuve un sueño en el que yo viajaba en un tren que pasaba por una horrible estación que parecía hecha de huesos. El nombre de la plataforma decía “Orqwith”, así que pensé en utilizarlo. Además, parte de este sueño era que ese mundo ficticio estaba infiltrando fragmentos de sí mismo en nuestro mundo. Pero como dices, tiene mucho que ver con robar de la obra de un escritor argentino ciego.

 

AH: Me temo que dejé de leer después de “El Jardín de Senderos que se Bifurcan”.

 

Morrison: ¿Así que no has terminado Labyrinths? (Labyrinths es el título de una recopilación de relatos de Borges publicada en los países de habla inglesa)

 

AH: Leí “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, y ese cuento sobre Don Quijote.

 

Morrison: Creo que es maravilloso. Estoy empapado en este tipo de cosas. Es una de las cosas que quería introducir en Doom Patrol. Todas esas extrañas paradojas y curiosidades filosóficas.




En Superman Beyond (2008), un trabajo metatextual que retoma el concepto que Morrison ya había utilizado en Animal Man, el Hombre de Acero viaja al limbo, el plano de la existencia donde se destinan todos los personajes olvidados por los autores y los lectores de la DC Comics. La biblioteca del limbo de la DC tiene un solo texto, “un libro con un infinito número de páginas, todas ocupando el mismo espacio (…) Esto contiene cada libro posible”; básicamente el mismo concepto –la simultaneidad y la infinita multiplicidad– de “El Aleph” (y de El Libro de Arena, diría yo).

 

El año pasado, en los números del 3 al 5 de la revista Batman Incorporated –donde el Caballero Oscuro, cual titular de una franquicia, recorre el mundo convocando a héroes de distintos países para conformar un grupo internacional de encapotados–, Batman viajó a la Argentina para proponer a El Gaucho ser el representante sudamericano de la escudería. El Gaucho es un oscuro personaje que había aparecido en revistas de Batman en la década del ‘50. Morrison lo rescató del limbo.

 

La historia de Batman Incorporated le permite a Morrison incluir varias referencias a nuestro país. La primera página es un flashback a los días de la Guerra de Malvinas, donde se oculta un arma secreta, con un grupo de héroes británicos –la mayoría creados para la ocasión– buscando al villano Doctor Dedalus (un guiño a Stephen Dedalus, el álter ego de James Joyce). La crisis de 2001 es aludida por el playboy Santiago Vargas –identidad secreta de El Gaucho– cuando le dice a Batman: “Argentina es un país que una vez tuvo cinco presidentes en doce días. La ironía está en nuestra sangre”.

 

El dibujante Yanick Paquette ilustra con precisión realista un móvil de la Policía Federal, una ambulancia del SAME y la botellita de la más conocida cerveza local. También hay un guiño a la historieta nacional con la frase que aparece pintada en una pared de La Boca, “El odio cósmico”, mencionada por un Mano en El Eternauta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. Los diálogos del villano El Sombrero aparecen escritos con la tipografía mecánica que utilizaban las míticas versiones mexicanas de la Editorial Novaro, que formaron más de una generación de lectores de DC en Latinoamérica.

 

Pero sin dudas las citas más interesantes son las vinculadas a Borges. Discutiendo un caso, El Gaucho le cuenta a Batman sobre Espartaco Extraño, un escritor apócrifo –como aquel seudónimo H. Bustos Domecq– quien, en su vida de ficción, fue ultimado por “tres asesinos ciegos”. “Su asesinato, como su vida, como su obra, fue una compleja ficción… un elaborado rompecabezas… una densa y alusiva broma literaria…”, lee El Gaucho.

 

“Extraño fue la creación del grupo de poetas vanguardistas de Florida, que incluía a Jorge Luis Borges. ‘Oroboro’, un libro real escrito por un autor imaginario, transformó a Extraño en Chatterton y Rowley en una sola figura maldita”. Thomas Rowley era el seudónimo del escritor británico Thomas Chatterton. La fascinación por los dobles le permite a Morrison unir los temas de Borges con los misterios de Batman.

 


Cuando el supuesto villano es revelado como un anciano ciego de cabello blanco y bastón, al parecer encontramos la última de una serie de alusiones a Borges en el trabajo de Morrison, pero sin dudas no la última: su futura miniserie Multiversity estará ambientada en distintos universos paralelos pertenecientes al entramado ficcional de la DC; un tema ideal para revisitar la obra de un genio ciego.




 

lunes, 6 de mayo de 2013

Fraude!

En el nonagésimo octavo aniversario del nacimiento de Orson Welles, quería compartir esta nota escrita por Susana Farré sobre el último largometraje del genio del 7mo arte...

Aquí la película completa y con subtítulos en español en Youtube: F FOR FAKE





FRAUDE (F for Fake, 1973)
Por Susanna Farré


Sobre el mágico engaño del arte

Todos los artistas dejan ver en sus obras crepusculares la parte más reflexiva de su visión existencial. Orson Welles, ya en la última etapa de su creación, realizó con F for Fake una magnífica reflexión sobre uno de los temas que más insistentemente aparece a lo largo de toda su filmografía: la dualidad entre lo real y lo ficticio en la representación artística.
Muchas de las obras de Orson Welles tratan sobre grandes personajes que comparten un halo de misterio y un alma infranqueable. Así, existe cierto paralelismo entre las figuras de Kane, Quinlan, Arkadin, Otelo e incluso los frustrados Kurtz o Hannaford. El mismísimo Welles consiguió forjarse una personalidad enigmática como artista rechazado e incomprendido por la industria. A Welles le gustaba en sus obras tratar de confundir los hechos narrados con una pretendida realidad documental que no era más que una segunda ficción. El discurso realista se entrecruzaba en muchas de sus obras con la más extrema estilización formal, de manera que, al analizarlas, se hace imposible diferenciar la verdad de lo meramente ficticio. Esta dualidad entre lo que es realmente cierto y la pura farsa fascinaba a Welles, llegando a configurarse a lo largo de su carrera como uno de los ejes temáticos de mayor envergadura en sus obras (1). No deja de sorprender, no obstante, que lo que esconde Welles bajo la chistera pueda ser en realidad una cruda reflexión existencialista sobre el sentido de la identidad en el ser humano. Como el claro ejemplo de Kane o el mismo Joseph K. de El proceso (Le procès, 1963) estos personajes se plantean en muchos casos la verdad sobre su propio yo llegando a afirmar, como Arkadin, que no saben quién son.
Algunos defienden que se puede considerar toda la filmografía de Welles como crepuscular, y que detrás de cada uno de sus films se encuentra siempre la misma búsqueda: la verdad sobre el alma humana. Pero Welles jugó siempre al ratón y al gato con aquellos que quisieron conocer la suya propia. Durante su vida, la misma búsqueda existencial que sobre los personajes se ejercía en sus films, se intentó extrapolar a la figura del director. Biógrafos, periodistas y críticos intentaron recomponer las piezas del personaje más ambiguo y enigmático de toda su filmografía: él mismo. Aún no existir en los films de Welles un alter ego (2) irrefutable de su propia personalidad, fragmentos del director se escapan escurridizamente del alma de sus personajes. Pero el difícil discernimiento entre lo puramente autobiográfico (real) y la simple representación muestra que Welles dejaba bien claro que el engaño y los dobles significados también forman parte del juego.
F for Fake es una historia sobre engaños. En los inicios de la carrera profesional de Welles se encuentran diversos precedentes formales de este film. Tanto el pastiche biográfico de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) como el inacabado documental sobre el Carnaval de Brasil It's All True (1942), son claros precedentes de esta película. Utilizando como punto de partida un material no rodado por él, sino perteneciente a los descartes de un documental sobre falsificadores que François Reichenbach había realizado en 1968 para la televisión francesa, Welles teje con F for Fake un complejo rompecabezas en el que la dualidad realidad/ficción se lleva al extremo. Los ejes narrativos principales son las historias de dos de los más famosos falsificadores del siglo XX: el primero de ellos es Elmyr d'Hory, pintor americano de poca monta que saltó escandalosamente a la fama por ser el mayor falsificador de obras de arte conocido hasta entonces. D'Hory falsificaba cuadros de Modigliani, Matisse o Picasso, y era reclamado por la justicia de varios países. La corrupta trayectoria profesional de d'Hory salió a la luz a través de una biografía publicada por un escritor venido a menos, a quien d'Hory había conocido en Ibiza y que se había casado con una amiga del pintor, también artista. Welles quedó fascinado por el material que sobre d'Hory vio en el documental de Reichenbach y finalmente se decidió a realizar el film tras estallar el escándalo publicado en Life que denunciaba otro fraude, esta vez realizado por el mencionado biógrafo de d'Hory, Clifford Irving, el cual fue acusado de la publicación de una autobiografía totalmente falsa sobre el multimillonario Howard Hughes. Esto le venía que ni pintado a las intenciones de Welles, así que rodó material auxiliar sobre los dos falsificadores, los cuales hablaban abiertamente de sus respectivos escándalos con una seguridad que poco presagiaba su oscuro destino (3). La película que finalmente montó Welles, era un caótico collage que mezclaba fragmentos del material ajeno perteneciente a Reichenbach con los filmados por él mismo y también con trozos de otras obras (4) . El film expone el retrato de dos personalidades tan interesantes como enigmáticas, tal y como gustaba Welles experimentar en su cine. Pero en él también se incluye un autorretrato, y el dúo de protagonistas se amplía y enriquece con el análisis de Welles sobre el propio Welles. En un prólogo en el que el director aparece como prestidigitador ante unos atónitos niños, Welles comienza a jugar traviesamente con la ambigüedad de su propio yo. Posteriormente, y tras afirmar que lo que acontece en la hora siguiente del film es pura realidad (paradoja que trata de cuestionar en sí la realidad sólo aparente de cualquier hecho fílmico, por realista y documental que sea), Welles procede a desgranar las identidades de los dos estafadores, utilizando para ello un montaje vertiginoso en el que combina los fragmentos rodados por Reichenbach con los suyos propios y en los que intercala su narración alternando su aparición en pantalla con el maremagnum de datos de las historias de d'Hory y de Irving.
F for fake no es un film montado, es en sí un montaje. Welles dirige con maestría en el film el ensamblado de planos asfixiantes que se suceden a una velocidad de vértigo. El collage de imágenes se ve reforzado por la inclusión de fragmentos de periódicos y noticiarios televisivos, que configuran una segunda narración de fondo de carácter más objetivo y documental que los fragmentos de las entrevistas a los estafadores, material del cual el espectador de por sí ya desconfía. La sala de montaje, como laboratorio del científico-mago es el escenario de la narración de Welles, y en ella la moviola aparece como el instrumento creador de magia, que permite convertir unos fragmentos de película inconexos en un continuum que otorga realismo y engañosa autenticidad a lo montado. Se produce en este film una excelente puesta en práctica de los antiguos ejercicios formales realizados por la escuela soviética de los años veinte. Los experimentos de Kuleshov, que trataban de demostrar el poder del montaje como creador de una ilusoria continuidad espacial y de significado entre planos, están de alguna manera presentes a lo largo del film, todo el cual es en sí ya un experimento formal. Un magistral ejemplo se da en la secuencia del fotomontaje de Picasso, en la cual Oja Kodar mantiene un falso idilio con el pintor, quien aparece cómicamente representado en fotografías recortadas de diversas expresiones de su cara tras una persiana veneciana, creando con ello una ficción que denuncia el gran poder ilusionista del montaje. Es el cine pues, a través del procedimiento de ensamblaje de planos, un fraude, ya que bajo la apariencia de realidad que muestra, se esconde la mayor mentira que un medio artístico pueda perpetrar: la falsificación de la realidad. Aquí aparece una de las reflexiones más importantes del film: ¿qué es realmente el arte? ¿quién tiene el poder para decidir qué es realmente artístico o no? Afirma d'Hory que sus falsificaciones, extendidas por todo el mundo y que cuelgan de las paredes de reconocidos museos, se convierten en obras artísticas si son expuestas durante suficiente tiempo. La polémica estaba servida, y venía irónicamente a cuento de las acusaciones que Welles había recibido tan sólo dos años antes por la crítica cinematográfica americana Pauline Kael, en las cuales se cuestionaba la autoría de Welles sobre el guión de su Ciudadano Kane, el único reconocimiento oficial de la industria a su obra. No hay nada gratuito en la reflexión de Welles. Existe un amargo paralelismo entre la crítica al mercado del arte, al funcionamiento de éste como fábrica de dinero que controlan unos pocos, quienes se creen con el único criterio para determinar qué es arte y qué no, y la triste realidad que acompañó la filmografía de Welles.
Tras el retrato de los dos falsificadores, y aún dentro de la hora establecida como "rigurosa realidad", Welles pasa a realizar su autorretrato, describiendo su particular incursión en el mundo del fraude con diversos ejemplos de su trayectoria profesional, ente los que destaca de manera especial el que protagonizó al representar radiofónicamente la invasión marciana en Nueva Jersey. Welles se introdujo a sí mismo en el film como falsificador, según él mismo comenta, para no dar una imagen de prepotencia sobre los otros dos impostores. Pero lo cierto es que en el film de Welles existe más una reflexión personal sobre su propia condición de artista que no un retrato objetivo de unos falsificadores. Cerrando ya la hora anunciada de pretendida realidad objetiva, Welles se sumerge a continuación en un monólogo existencial en el que plantea lo efímero de la vida y la obra del hombre, poniendo en tela de juicio la importancia de la creación y la autoría del artista, a quien irremisiblemente el tiempo acaba por destruir. Este aparente desprestigio sobre la obra de arte y sobre el espíritu del artista plasmado en ella, no puede responder más que la irónica respuesta ante los ataques de la Kael, los cuales precisamente lo acusaban de farsante en la autoría de su propia obra.
Welles finaliza el film con un epílogo en el que perpetra otra farsa más: la del ya mencionado fotomontaje de Picasso que lo convierte en un viejo verde seducido por los encantos de la bellísima Oja Kodar. Esta secuencia había sido ideada unos años antes por la propia Oja, y Welles consideró que tal burla sobre el afamado pintor venía muy a cuento con las intenciones del film. Oja interpreta el papel de una joven que seduce al pintor y consigue de él, a cambio de posar desnuda y hacerle revivir su libinidosa juventud, veintidós cuadros que, aún pudiendo ser vendidos como obras originales de un período nuevo del pintor, son destruidos por el abuelo de la joven quien vende imitaciones de estos como si fueran los originales. De nuevo la farsa de la representación y la realidad, el doble juego entre la copia y el original. Este es el fraude particular del prestidigitador Welles, el guiño a toda su carrera como mago cinematográfico.
F for Fake se configura actualmente como una de las mejores y más personales obras de Orson Welles. Los últimos quince años de la carrera del cineasta, desarrollados principalmente en Europa, fueron quizás los más duros para él, en los cuales los proyectos se sucedían con multitud de dificultades para encontrar financiación. Welles manifestó que con F For Fake descubrió un nuevo tipo de cine, aquel que quería seguir realizando a partir de entonces (5). Pero la mala aceptación que el film obtuvo en Estados Unidos y Gran Bretaña no hizo más que acrecentar la enorme decepción que Welles sentía hacia la industria a la que había dedicado lo mejor de su genio. Y es que si el negocio cinematográfico americano no quiso o no supo entender su arte, bien es cierto que afortunadamente y pese a ello, Welles nos legó unas obras que bien merecen, ¿por qué no?, el calificativo de arte.

(1) Sirva de ejemplo a su gusto por el mundo de las falsas apariencias, uno de los espectáculos más curiosos en la trayectoria profesional de Welles, el Wonder Show de Orson Welles, espectáculo de variedades creado para entretenimiento de los soldados que partían al frente durante los años de la Segunda Guerra y en el cual colaboraban con Welles sus incondicionales del Mercury, entre los que se encontraban Joseph Cotten o Agnes Moorehead, así como la misma Rita Hayworth y en algunas ocasiones hasta la inestimable amiga Marlene Dietrich.
(2) El personaje que se considera más cercano a la personalidad del cineasta fue precisamente el Jake Hannaford de The Other side of the Wind, interpretado por el mismísimo John Huston, película que nunca llegó a acabar, aún cuando lo intentó durante diversos años (el rodaje le coupó de 1971 a 1976)
(3) Elmyr d'Hory acabó suicidándose ante la posibilidad de aceptación de extraditación por parte del gobierno español al francés, y el matrimonio Irving acabaron finalmente en la cárcel, en Estados Unidos.
(4) La imágenes que ilustran la narración del episodio de La Guerra de los Mundos que protagonizó Welles en el año 1938 pertenecen a la película The Hearth vs The Flying Saucers, realizada por Fred F. Sears en 1956. También se incluía un fragmento del espectáculo de magia antes mencionado en el que Welles cortaba en dos nada menos que a Marlene Dietrich.
(5) Las afirmaciones de Welles que se comentan en este artículo están extraídas del documental biográfico producido por Canal+ en el año 2000: Orson Welles en el país de Don Quijote, realizado por Carlos Rodríguez sobre un guión de Carlos F. Heredero y Esteve Riambau.
 
Artículo original aquí: FRAUDE
 
... y un artículo de Robert Anton Wilson donde reflexiona sobre la separación entre arte/realidad y habla sobre Welles como una de sus influencias "desconstruccionistas" primordiales: AQUÍ
 
 

viernes, 3 de mayo de 2013

Nyarlathotep

(Poema de la antología "Hongos de Yuggoth", de H. P. Lovecraft)



NYARLATHOTEP

Y al fin vino del interior de Egipto
El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;
Silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo
Y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.
A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,
Pero al marcharse no podían repetir lo que habían oido;
Mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia
De que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;
Tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;
Se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron
Sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.
Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,
El Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.



martes, 30 de abril de 2013

Sci-Fi, Horror & Rock and Roll de los 50s!

Dos discos infaltables en la discoteca (o en el disco de la PC) de todo amante de la Ciencia-Ficción, el Horror y el Rock and Roll cincuentoso:  
 
 

Este compilado de plagado de Rock and Roll, Robots, Marcianitos, y OVNIs se llama The Ultimate 50's Rockin' Sci-Fi Disc, y fue publicado en 2003 por Viper Records. 20 tracks de artistas poco conocidos de la década de 1950, es decir, en plena guerra fría, paranoia nuclear y primeras 'oleadas' de avistamientos de OVNIs. Lista de temas:
 
01. Flying Saucer Boogie - Cletro, Eddie & His Round Up Boys
02. Rocket In My Pocket - Lloyd, Jimmy
03. Creature From Outer Space - Day, Sonny
04. Flying Saucer Rock 'n' Roll - Riley, Billy Lee
05. Satellite Baby - Stanley, Skip
06. First Man On Mars - Fautheree, Jackie
07. Sputnicks And Mutnicks - Anderson, Ray
08. 50 Megatonne - Russell, Sonny
09. Martian Band - Wildtones
10. Shootin' For The Moon - Carl & Norman
11. Rocket Trip - Lowell, Jackie
12. Trip To The Moon - Renolds, Wesley
13. Rock On Mars - Dunavan, Terry
14. Satellite Fever Asiatic Flu - Perryman, Paul
15: Orbit With Me - Sheather, Sonny
16. Man From Mars - Paulson, Butch
17. Rock Old Sputnik - Young, Nelson
18. I'm Building A ... On The Moon - Rogers, Weldon
19. Boppin' Martian - Robinson, Dick
20. Rock On The Moon - Stewart, Jimmy
 

... y como muestra, un botón:
 
Flying Saucer Boogie - Cletro, Eddie & His Round Up Boys
 
 
 
 
El otro disco que quería recomendar es también un compilado de varios artistas, pero en este caso con el terror como figura central; se llama The Ultimate 50's and 60's Rockin' Horror Disc: Blood Curdling Rock 'n' Roll, también es de Viper Records y fue lanzado en 2003. Lista de temas:
 
1. I’m the Wolf Man – Round Robin
2. Ghost Train – The Swanks
3. The Monster Hop – Bert Convy
4. The Vampires – Archie King
5. The Cave (Part 1) – Gary “Spider” Webb
6. Igor’s Party – Tonys Monstrosities
7. Voodoo Voodoo – Lavern Baker
8. Werewolf – The Frantics
9. Midnight Monster Hop – Jack & Jim
10. Graveyard – Leroy Bowman
11. Watusi Zombie – Jan Davis
12. I was a Teenage Creature – Lord Luther
13. Red Ridin’ Hood & the Wolf – Bunker Hill
14. The Big Green – Igor and the Maniacs
15. Morgus the Magnificent – Morgus & the Three Ghouls
16. She’s my Witch – Kip Tyler
17. The Cave ( Part 2) – Gary “Spider” Webb
18. Vampires Ball – Mann Drake
19. Monster Holiday – Lou Chaney
20. Night of the Werewolf – Lee Kristofferson
 
... otro botón de muestra (manchado de sangre esta vez):
 
The Monsters Hop - Bert Convy
 
 

lunes, 29 de abril de 2013

SUEÑO DE FIEBRE (Por Ray Bradbury)


SUEÑO DE FIEBRE

 



Lo habían puesto entre sábanas tersas, limpias, recién lavadas. Sobre la mesa, bajo la luz rosada del velador, había siempre un vaso de jugo de naranja, espeso y fresco. Bastaba que Charles llamase para que papá y mamá asomaran en seguida las cabezas y vieran cuán enfermo estaba. La acústica del cuarto era buena; se oían las gárgaras de la garganta enlozada, en el cuarto de baño, a la mañana; la lluvia que repiqueteaba en el techo, los ratones sigilosos que se escurrían entre paredes secretas, o el canario que cantaba en la planta baja. Si uno prestaba atención, no era tan malo estar enfermo.

Septiembre avanzaba y las tierras ardían en el otoño. Charles tenía trece años. Llevaba tres días en cama cuando sintió por primera vez aquel terror.

La mano le empezó a cambiar. La mano derecha. Charles la miraba y la mano estaba caliente y sudorosa, allí, sola, sobre el cubrecama. Tembló de pronto, sacudiéndose levemente. Luego se quedó quieta y cambió de color.

Esa tarde vino el doctor y le golpeó el pecho, delgado como el parche de un tambor pequeño.

-¿Cómo estás? -preguntó el doctor sonriendo-. Ya lo sé, no me lo digas: «El resfrío está bien, doctor, pero yo me siento horriblemente.» ¡Ja, ja!

El médico se rió de su propia broma, tantas veces repetida.

Para Charles, allí, acostado, esa bufonada terrible y vieja era ya, casi, una realidad. La broma se le deslizó en la mente. La mente se apartó sintiendo un terror pálido. El doctor no entendía cuán crueles eran esas bromas.

-Doctor -murmuró Charles, abatido y descolorido-. La mano, ya no es mi mano. Esta mañana se convirtió en otra cosa. Quiero que usted me la cambie de nuevo. ¡Doctor, doctor!

El doctor mostró los dientes y le acarició la mano.

-Yo la veo bien, hijo. Soñaste, nada más. Fue un sueño de la fiebre.

-Pero cambió, doctor, oh, doctor -gritó Charles alzando penosamente la mano agitada y pálida-. ¡Cambió!

El doctor guiñó un ojo.

-Te daré una píldora rosada para eso. -Puso una tableta sobre la lengua de Charlie-. ¡Traga!

-¿Hará que mi mano cambie y sea yo otra vez?

-Sí, sí.

Había silencio en la casa cuando el doctor se alejó en el automóvil, bajo el cielo de septiembre, tranquilo y azul. Lejos, en la planta baja, en el mundo de la cocina, sonaba el tictac de un reloj. Charles, acostado, se miraba la mano.

No era aún como antes. Seguía siendo otra cosa.

Afuera soplaba el viento. Las hojas golpeaban los vidrios fríos.

A las cuatro le cambió la otra mano. Parecía casi una fiebre. Latía y se trasformaba, célula a célula. Palpitaba como un corazón caliente. Las uñas se le pusieron azules, y luego rojas. Tardó casi una hora en cambiar, y al fin pareció casi una mano como todas. Pero no era como todas. Ya no era él. Charles, tendido, inmóvil, fascinado y horrorizado a la vez, cayó en un sueño pesado.

A las seis mamá trajo la sopa. Charlie no la tocó.

-No tengo manos -dijo con los ojos cerrados.

-Tus manos están perfectamente bien -dijo mamá.

-No -gimió Charlie-. No tengo manos. Me siento como si tuviese muñones. Oh, papá, mamá, ayúdame, ayúdame, estoy muy asustado.

Mamá tuvo que darle de comer.

-Mamá -dijo Charlie-, llama al doctor, otra vez. Sé buena. Estoy tan enfermo...

-El doctor vendrá esta noche, a las ocho -dijo mamá, y salió del cuarto.

A las siete, la noche envolvía la casa. Charles, sentado en la cama, sintió que se le trasformaba una pierna, y luego la otra.

-¡Mamá! ¡Ven, pronto! -gritó.

Pero cuando mamá llegó ya no pasaba nada.

Mamá se fue; y Charlie, otra vez acostado, ya no luchó mientras las piernas le latían y latían, se calentaban al rojo, y el calor de ese cambio febril se difundía por el cuarto. El fuego le trepó de los dedos a los tobillos, y de los tobillos a las rodillas.

-¿Puedo entrar?

El doctor sonreía, en el vano de la puerta.

-¡Doctor! -gritó Charles-. Pronto, ¡levante las mantas!

El doctor levantó pacientemente las mantas.

-Ya veo. Sano y fuerte. Estás sudando, sin embargo. Un poco de fiebre. Te dije que no te movieras, criatura. -Pellizcó la húmeda mejilla rosada-. ¿Te hicieron bien las píldoras? ¿Se te curó la mano?

-No, no; ahora es también la otra mano y las piernas. –

Bueno, bueno, tendré que darte tres píldoras más, una para cada extremidad, ¿eh, mi muchachito? -rió el médico.

-¿Me harán bien? Doctor, por favor, por favor, ¿qué tengo?

-Una escarlatina leve, complicada con un resfrío.

-¿Es un germen que vive y tiene en mí más gérmenes?

-Sí.

-¿Está seguro que esto es una escarlatina? ¡No hizo ningún análisis!

-Bueno, algo sé de enfermedades -dijo el doctor secamente tomándole el pulso al niño.

Charles se quedó acostado, sin hablar, hasta que el doctor empezó a guardar los instrumentos en el maletín negro. Entonces, en el cuarto silencioso la voz de Charles se alzó en un débil sonido. Habló con los ojos brillantes, recordando.

-Leí un libro una vez. Trataba de árboles petrificados. Decía cómo caían los árboles y se pudrían, y los minerales se metían en la madera y crecían, y entonces parecían árboles, pero no, eran piedras.

En el cuarto tranquilo y caldeado, el médico oyó la respiración de Charles.

-¿Y bien? -preguntó.

-Estuve pensando -dijo Charles al cabo de un rato-. ¿Crecen los gérmenes? Quiero decir: en la clase de biología nos hablaron de animales unicelulares, amebas y otras cosas, que hace millones de años se juntaron y formaron el primer cuerpo. Y luego se juntaron más células y crecieron y así nació un pez y al fin aparecimos nosotros. Y todos nosotros somos un montón de células que se juntaron para ayudarse, ¿no es así?

Charles se humedeció los labios. El médico se inclinó sobre la cama.

-¿De qué hablas?

-Tengo que decírselo, doctor, oh, sí, ¡tengo que decírselo! -exclamó Charles-. ¿Qué pasaría, eh, piense, por Dios, qué pasaría si unos microbios se juntaran otra vez como en los tiempos antiguos, y luego, reproduciéndose?...

Charles tenía ahora las manos sobre el pecho, y las manos se le movían, trepando.

-¡Y decidieran ocupar una persona! -gritó Charles.

-¿Ocupar una persona?

-Sí, transformarse en una persona. En mí, en mis manos, ¡en mis pies! ¿Qué sucedería si una enfermedad supiera cómo matar a una persona y luego seguir viviendo?

Charles chilló.

Tenía las manos en el cuello.

El doctor se adelantó, gritando.

A las nueve el padre y la madre escoltaron al doctor hasta el automóvil, le dieron el maletín y se quedaron conversando en el frío viento nocturno.

-Cuiden que tenga las manos atadas a las piernas -dijo el doctor-. No quiero que se lastime.

La madre retuvo un momento el brazo del médico.

-¿Mejorará, doctor?

El doctor le palmeó el hombro.

-¿No soy acaso el médico de la familia, desde hace treinta años? Es la fiebre. Se imagina cosas.

-Pero esas lastimaduras en el cuello, por poco se estrangula.

-Manténgalo atado. Mañana estará bien.

El coche se alejó por el oscuro camino de septiembre.

A las tres de la mañana, Charles estaba todavía despierto en el cuarto en sombras. Sentía la cama húmeda bajo la cabeza y la espalda. Se le estaba trasformando el cuerpo. No se movía, y miraba el vasto cielo raso desierto con una concentración demente. Durante un rato había gritado, debatiéndose, pero ahora estaba débil y ronco, y la madre se había levantado varias veces a refrescarle la frente con una toalla mojada. Ahora yacía en silencio, con las manos atadas a las piernas.

Sentía el cambio en las paredes del cuerpo y en los órganos. Los pulmones le ardían como fuelles encendidos de alcohol rosado. El cuarto parecía iluminado por el resplandor trémulo de una hoguera.

Ahora ya no tenía cuerpo. Todo había desaparecido. El cuerpo estaba ahí, debajo, pero parecía la inmensa pulsación de una droga ardiente y letárgica. Era como si una guillotina lo hubiese separado limpiamente de la cabeza, que yacía brillante sobre la almohada de medianoche, y el cuerpo, abajo, vivo, perteneciese a algún otro. La enfermedad había devorado el cuerpo, reproduciéndolo luego en un doble afiebrado. Allí estaba el vello de las manos, y las uñas y las cicatrices y los dedos de los pies, y el lunar en la cadera derecha, todo de nuevo y perfecto.

Estoy muerto, pensó Charles. Me han matado, y sin embargo todavía vivo. Mi cuerpo está muerto, es todo enfermedad, y nadie lo sabrá nunca. Caminaré y no seré yo, seré otra cosa. Seré algo dañino, maligno, tan poderoso y maligno que es casi inconcebible. Algo que se comprará zapatos y beberá agua y se casará algún día, quizá, y que hará en el mundo un daño que nadie hizo hasta ahora.

El calor le invadía el cuello, las mejillas, como un vino caliente. Sentía los labios, los párpados como hojas en llamas. Las ventanas de la nariz espiraban débiles fuegos azules.

Esto será todo, pensó. Se me meterá en la cabeza y en el cerebro y me cambiará los ojos y todos los dientes y las huellas del cerebro y todos los pelos y los pliegues de las orejas, y no quedará nada de mí.

Sintió que el cerebro se le llenaba de mercurio caliente. Sintió que el ojo izquierdo se le enroscaba como un caracol, se retraía, se trasformaba. Estaba ciego del ojo izquierdo, ya no le pertenecía. Había pasado a territorio enemigo. Había perdido la lengua, no la sentía ya. La mejilla derecha se le había dormido. El oído izquierdo dejó de oír. Ya era de otro. De esa cosa que estaba haciendo, de ese mineral que reemplazaba a la madera, de esa enfermedad que sustituía a la célula animal sana.

Trató de gritar y consiguió gritar, con una voz aguda y ronca, en el cuarto, cuando ya le zozobraba el cerebro y perdía el ojo derecho y el oído derecho y quedaba ciego y sordo, todo llamas, todo terror, todo pánico, todo muerte.

El grito cesó antes que la madre entrara corriendo en el cuarto.

 

Era una mañana clara y hermosa y el viento ayudó al doctor a subir por el sendero que llevaba a la casa. Arriba, en la ventana, estaba el niño, de pie, totalmente vestido. No contestó cuando el doctor lo saludó con la mano y gritó:

-¿Qué es esto? ¿Levantado? ¡Santo Dios!

Corriendo casi, el doctor, subió las escaleras y entró jadeando en el cuarto.

-¿Qué haces levantado? -le preguntó al niño. Le auscultó el pecho delgado, le tomó el pulso y la temperatura-. ¡Increíble! ¡Absolutamente increíble! Sano. Sano. ¡Dios!

-Nunca más me enfermaré -declaró el niño firmemente, siempre de pie, mirando hacia afuera por la ventana abierta-. Nunca.

-Así lo espero. Pero Charles, tienes muy buen aspecto.

-¿Doctor?

-¿Sí, Charles?

-¿Puedo ir a la escuela, ahora?

-Mañana, espera a mañana. ¿Por qué esa prisa?

-Me gusta la escuela. Y los chicos. Quiero jugar con ellos, y pelear con ellos, y escupirles, y tironear las trenzas a las chicas y estrecharle la mano a la maestra y frotarme las manos en todos los abrigos del guardarropa, y quiero crecer y viajar y casarme y tener muchos hijos, ir a las bibliotecas y ver libros y..., ¡quiero hacer todo eso! -dijo el niño con la mirada fija en la mañana de septiembre-. ¿Cómo me llamó usted?

-¿Qué dices? -preguntó el doctor, perplejo-, Charles, no te he llamado de ningún otro modo.

El chico se encogió de hombros.

-Mejor eso en vez de ningún nombre, supongo.

-Me alegra que quieras volver a la escuela -dijo el doctor.

-Tengo muchas ganas -sonrió el niño-. Gracias por su ayuda, doctor. Deme la mano.

-Con mucho gusto.

Se dieron la mano, gravemente, y el viento claro sopló por la ventana abierta. Se estrecharon la mano casi un minuto, el chico sonriéndole al viejo, dándole las gracias.

Después, riendo, el chico corrió con el doctor escaleras abajo y luego hacia el automóvil. El padre y la madre los siguieron para asistir a la feliz despedida.

-¡Fuerte como un roble! -dijo el doctor-. ¡Increíble!

-Sí, fuerte -dijo el padre-. Se desató anoche, solo. ¿No es verdad, Charles?

-¿Sí? -dijo el niño.

-¡Te desataste! ¿Cómo?

-Oh -dijo el niño-, eso fue hace mucho tiempo.

-¡Hace mucho tiempo!

Todos se rieron y mientras se reían, el niño, en silencio, movió el pie descalzo y rozó apenas unas hormigas rojas que se escurrían por la acera. Secretamente, con los ojos brillantes, mientras los padres y el viejo doctor conversaban, vio que las hormigas vacilaban, se estremecían y se quedaban quietas sobre el cemento. Sintió que estaban frías ahora.

-¡Adiós!

El doctor partió saludando con la mano.

El chico caminó delante de los padres, mirando a lo lejos, hacia la ciudad, y empezó a tararear una canción: Los días felices de la escuela.

-Qué alegría verlo sano otra vez -dijo el padre.

-Escúchalo, sueña con ir otra vez a la escuela.

El chico se volvió, en silencio. Abrazó al padre y a la madre, con fuerza. Los besó varias veces. Luego, sin una palabra, subió la escalera y entró en la casa.

En el vestíbulo, antes que llegaran los otros, abrió rápidamente la puerta de la jaula, metió la mano, y acarició al canario amarillo, una vez.

Luego cerró la puerta de la jaula, dio un paso atrás, y esperó.

 

 

F I N

 

Título Original: Fever Dream 1948. Incluido en la colección de relatos cortos de Ray Bradbury “Remedio Para Melancólicos”, publicada en 1960.