sábado, 25 de mayo de 2013

La Muerte de Rasputín (por Henri Troyat)

La Muerte de Rasputín (del libro "Rasputín" de Henri Troyat)




Después de esto, la violenta requisitoria de Purichkevich contra el staretz en la Duma añade leña al fuego. Hombre de sacudones y de violencias, este diputado de extrema derecha es conocido por su culto de la monarquía, su antisemitismo visceral y su obsesión por los complots revolucionarios. Por todas partes huele intrigas y traiciones. Paladín de la guerra a ultranza, no se contenta con palabras y organiza ambulancias, puestos de socorro y cantinas para los soldados. Con sus ataques contra Rasputín ante la Asamblea Legislativa, ha eliminado los últimos escrúpulos de su joven oyente. Éste se reúne con él en su tren sanitario el 21 de noviembre de 1916. Los dos están de acuerdo en la urgencia de suprimir la "bestia inmunda". Al día siguiente, vuelven a encontrarse en el palacio Yusupov, con Sukhotin y el gran duque Dimitri. Félix expone su plan desde el principio: sugiere atraer a Rasputín a su palacio pretendiendo, para entusiasmarlo, que su mujer está deseosa de conocerlo. En realidad, la princesa Irina está pasando una temporada en Crimea con sus suegros. Pero Rasputín no lo sabe. Muy aficionado a los encuentros femeninos, responderá sin desconfianza a la invitación del príncipe. Falta decidir el medio a emplear para matarlo. Sería imprudente hacerlo a pistola porque el palacio Yusupov está situado frente a una comisaría y los disparos no dejarían de alertar a los agentes. Más que un arma blanca, el veneno representa evidentemente la mejor solución. Después se tratará de disimular el cadáver. Nada más fácil: lo sumergirán en el Neva haciendo un agujero en el hielo. Para prevenir cualquier inconveniente, deciden reclutar a una persona que tenga conocimientos de medicina y que, en caso de necesidad, pueda hacer de chofer. Purichkevich propone recurrir al médico jefe de su destacamento sanitario, el doctor Estanislao Lazovert. Este último, contactado en secreto, acepta participar en un atentado que salvará a Rusia y promete, además, proporcionar el veneno. Ahora los conjurados son cinco: Yusupov, Sukhotin, Purichkevich, el gran duque Dimitri y Lazovert. Todos patriotas dispuestos a arriesgar su reputación y su libertad en nombre del interés del Estado.

 Cada vez más excitado por la inminencia del acontecimiento, Félix elige la noche del 16 al 17 de diciembre para terminar con el staretz. Todas sus veladas están tomadas de aquí hasta entonces. A fin de evitar sospechas, debe continuar viviendo como si nada ocurriera hasta la fecha fatídica. Sin embargo, no puede impedirse informar al diputado Basilio Maklakov sobre sus preparativos. Incluso le sugiere que se una a la acción. Maklakov invoca su próximo viaje a Moscú para declinar la oferta, pero declara que aprueba sin reservas esa operación de salud pública. Autoriza a su visitante a tomar de su mesa de trabajo una cachiporra de plomo de dos kilos, recubierta de caucho, que constituye un arma temible. Félix se confía igualmente al presidente de la Duma, Rodzianko, quien, como Maklakov, apoya el proyecto pero no cree posible participar en persona. La exaltación del príncipe es comparable a la de un actor antes de entrar en escena. Incapaz de contenerse, escribe a su madre y a su mujer, a Crimea, para informarlas en modo alusivo de la gran limpieza que se organiza. La princesa Irina le responde: "Querido Félix, gracias por tu carta insensata. Pude entenderla sólo a medias. Me parece que estás por cometer una locura. Por favor, ten cuidado. No te mezcles en cosas vergonzosas".[1] Por su parte, al inquieto Purichkevich le cuesta sujetar su lengua. Sabiendo que su colega Maklakov "piensa" como él, quiere hacerlo partícipe del secreto. Pero Maklakov le confiesa que ya sabe todo por Félix y que está inquieto. Y alerta a Kerenski, el líder de izquierda. Éste tiene un temor: ¿la eliminación de Rasputín no reforzará el prestigio de la monarquía? ¿Cómo prever, en efecto, la reacción del público? ¿Quién sabe si, "liquidando" al staretz, los conjurados no van a comprometer la victoria del socialismo? A los ojos de los "laboristas" de la Duma, es una carta necesaria para precipitar la caída del régimen.

 Mientras tanto, Rasputín saborea por adelantado el placer de encontrarse con la mujer del "pequeño", la seductora princesa Irina, en una cita reservada. Está tan impaciente de acudir a esa velada como su asesino en prepararla. Como el palacio Yusupov está en reparaciones, Félix vive en casa de sus suegros. Pero no tiene importancia: ha elegido recibir al staretz en su vasta morada familiar, sobre el muelle del Moika. Ha hecho preparar y decorar especialmente un lugar espacioso en el subsuelo. El techo bajo tiene viejas lámparas. Dos tragaluces dan sobre el muelle. En los muros hay colgaduras rojas. En el medio, una doble arcada. A un lado, el comedor, con su chimenea de granito rosa en la que arde un fuego de leña; al otro, un lugar de descanso con un armario de ébano con incrustaciones, espejos y columnitas; sillones de respaldo alto y, en el suelo, una inmensa piel de oso blanco. Aquí y allá muebles preciosos, bibelots, un conjunto bien organizado en el que cada objeto ha sido seleccionado por el dueño de casa.

Félix Yusupov


 El 16 de diciembre, a las once de la noche, todo está listo. Los criados se han retirado después de haber dispuesto en la mesa el samovar, masas, botellas y vasos. Lazovert se calza guantes de goma, pulveriza los cristales de cianuro de potasio y, tomando de las bandejas unas masas rellenas de crema rosada, las corta en dos, les pone una fuerte dosis de veneno, las une borde a borde, las pone en su lugar y arroja los guantes en la chimenea, de la que se desprende un humo acre. Tosiendo y echando pestes, los cinco hombres suben la escalera de caracol que conduce al escritorio de Félix. Allí, el príncipe saca de un secreter dos frascos de cianuro líquido. Se ha convenido que Sukhotin y Purichkevich verterán el contenido en dos de los grandes vasos alineados sobre el aparador. Esto deberá hacerse veinte minutos después de la partida de Félix hacia la calle Gorokhovaia, donde Rasputín espera que vayan a buscarlo. De ese modo, el veneno no tendrá tiempo de evaporarse. Con el escenario listo en sus menores detalles, Lazovert, vestido de chofer, y Yusupov, hundido en un espeso abrigo de pieles y con la cabeza cubierta de una gorra con orejeras, salen de la casa y suben al coche.

 Durante ese tiempo, en el departamento de la calle Gorokhovaia, las dos hijas de Rasputín, Maria y Varvara, que viven con él, tratan de convencerlo de que renuncie a su extraña cita nocturna. Pero él les explica que, al aceptar la invitación de Félix cuenta con acercarse al clan hostil a la Zarina, reconciliar a Alejandra Fedorovna con su hermana Isabel y llevar la paz a toda la familia imperial. "Sí, palomas mías", les dice, "nuestro plan está triunfando." Y como ellas le participan sus prevenciones contra Félix, que es taimado, cobarde y perverso, las tranquiliza: "Es débil, muy débil. Es un pecador. Pero su corazón ha conocido el arrepentimiento y viene a buscarme para vencer su debilidad y restaurar su salud, que está lejos de ser robusta".

 En el mismo momento, Félix, a bordo de su coche, es asaltado por un brusco remordimiento. La perspectiva de atraer a su casa a un hombre cuya pérdida ha jurado le causa horror como una transgresión a las leyes de la hospitalidad. Casi lamenta haber decidido que el crimen tuviera lugar bajo su techo. ¡Demasiado tarde para retroceder! El automóvil se detiene ante la casa del staretz. El portero ha recibido la consigna de dejar pasar al visitante indicándole la escalera de servicio. Al llegar al palier del departamento, Félix llama a la puerta. El que abre es Rasputín. Está vestido de fiesta: blusa de seda blanca bordada con flores, ancho pantalón de terciopelo negro, cinturón color frambuesa, botas nuevas, cabello y barba peinados con coquetería. "Cuando se me acercó", anotará Yusupov, "sentí un fuerte olor a jabón barato, que me demostró la atención especial que había otorgado ese día a su arreglo. Nunca lo había visto tan limpio y cuidado." Rasputín espera que la madre de Félix, cuya animosidad conoce, no asista a la reunión. Yusupov lo tranquiliza: estará sólo su mujer; su madre está en Crimea. "No me gusta tu mamá", gruñe Rasputín. "Sé que me odia. Es amiga de Isabel.[2] Las dos intrigan contra mí y hacen correr calumnias acerca de mi conducta. La misma Zarina me ha repetido que eran mis peores enemigas. Mira, anoche Protopopov vino a verme y me hizo jurar que no saldría en estos días. 'Te van a matar', me dijo. 'Tus enemigos te preparan algo malo.' Pero será inútil; no lo lograrán; sus brazos no son suficientemente largos... ¡Bueno, basta de charla! ¡Vamos!" Félix lo ayuda a ponerse las galochas encima de las botas y una pesada pelliza sobre los hombros. Así vestido, Rasputín le parece todavía más grande y más fuerte que de costumbre: un oso indestructible. Y él conduce a ese oso a una trampa. "Una inmensa piedad se apoderó de mí", escribirá. "Me pregunté cómo había podido concebir un crimen tan cobarde." Lo que lo deja estupefacto es la confianza que le demuestra su futura víctima. ¿Qué se ha hecho de la clarividencia de ese hombre del que se dice que sabe leer los pensamientos y prever el porvenir? ¿No estará a la vez consciente de la suerte que le espera e impaciente por someterse a ella para obedecer a la voluntad de Dios?

 El aire fresco de la calle revigoriza a Félix. Lazovert, como un chofer acostumbrado, abre la portezuela del coche. Rasputín y el príncipe se instalan lado a lado. La casa del Moika está cerca de la calle Gorokhovaia. Minutos después, el automóvil se interna en el patio del palacio y se detiene ante la escalinata.

 Al penetrar en la sala del subsuelo, los dos oyen voces apagadas y el sonido de un gramófono que toca una canción norteamericana: Yankee Doodle. Eso también forma parte del programa. Como Rasputín se sorprende, Félix le explica que su mujer recibe algunos amigos, que están por irse y que ella bajará cuando hayan partido. Mientras esperan, es mejor comer algunas golosinas y tomar vino. Rasputín acepta, pero Félix está tan nervioso que se equivoca y le presenta primero las masas inofensivas. "No quiero", dice Rasputín. ¡Son demasiado dulces!" Poco después, recobrado, Félix le tiende la bandeja de las masas rellenas con crema rosa y cianuro. Cambiando de idea, el staretz toma una, después otra. Las mastica con placer, sin dejar de hablar. En lugar de caer como fulminado, no manifiesta ningún malestar. Sorprendido por su resistencia, Félix le ofrece vino. Pero se equivoca de nuevo y le entrega un vaso sin veneno. En fin, como Rasputín dice que todavía tiene sed, logra darle la bebida preparada por Sukhotin y Purichkevich, que tendría que matarlo del primer trago. Impasible, el staretz bebe a pequeños sorbos y contempla a su asesino con una expresión de picardía malévola. Tiene aire de decir: "Ya ves, por más que hagas, ¡no puedes nada contra mí!". Después de un momento, al ver la guitarra de Félix, sugiere: "Toca algo alegre. Me gusta oírte". "¡Realmente no tengo ganas!", balbucea Félix, al borde de una crisis. Luego, como Rasputín insiste, toma la guitarra y entona una romanza melancólica. Su voz de tenor, muy alta, de pronto le parece falsa, desentonada, irreal. ¿No va a despertar de ese delirio? Mientras él canta, con el corazón oprimido y las ideas en desorden, Rasputín se adormece.



 Ya son las dos y media de la mañana. Arriba, los otros conspiradores de agitan. Levantando la cabeza, Rasputín pregunta qué significa ese alboroto. Trastornado, Félix le asegura que son los invitados de su mujer que se preparan para irse y que ella no tardará en aparecer. Y dejando al staretz dormir la mona, sube a su escritorio. Sus amigos se precipitan sobre él. "¡El veneno no hizo efecto!", informa, abrumado. Al oírlo, se aterrorizan: "¡Sin embargo, la dosis era enorme! ¿Tragó todo?" "¡Todo!", responde Félix. Los cinco cómplices intercambian miradas despavoridas. En esas condiciones, hay que rever la estrategia con urgencia. Al término de una discusión afiebrada, durante la cual cada uno da su opinión, deciden bajar en grupo, arrojarse sobre Rasputín y estrangularlo. Ya están en fila india en la escalera cuando Félix recapacita. Dice que prefiere actuar sin la ayuda de nadie. Los otros aprueban. Con una firmeza de la que él mismo se asombra, toma el revólver del gran duque Dimitri y penetra solo en la habitación del subsuelo donde el staretz está siempre sentado en el mismo lugar, con la frente inclinada y la respiración jadeante. "Tengo la cabeza pesada y una sensación de ardor en el estómago", eructa Rasputín. Y pide más vino madera.Vacía su vaso, se enjuga la barba y propone terminar la noche con los gitanos. ¿Cómo puede pensar en banquetear y reír después de haber absorbido una dosis de veneno como para matar un buey? Ese apetito de placer en alguien que está por morir aterra a Félix, que ve en ello una monstruosidad de la naturaleza humana. Con el revólver oculto detrás de la espalda, mira alternativamente al que está frente a él y a un crucifijo de cristal de roca y plata cincelada que adorna el remate del armario de ébano. Pide en silencio al emblema divino que lo ayude a vencer las fuerzas infernales que mantienen con vida ese cuerpo en apariencia invulnerable. En tanto que Rasputín, inconsciente o despreocupado, se endereza y parece interesarse en los detalles del armario antiguo, él pronuncia con una voz temblorosa: "¡Gregorio Efimovich, harías mejor en mirar el crucifijo y rezar una plegaria!". Ante esas palabras, Rasputín tiene una expresión de aceptación y de mansedumbre. Se diría que acaba de comprender por qué lo han llevado allí y que está de acuerdo en morir a manos de su huésped. Como si obedeciera a una orden de su víctima, Félix levanta lentamente el revólver, apunta al corazón y tira. El staretz lanza un aullido de bestia, se tambalea y se desploma pesadamente sobre la piel de oso.

 Al oír el disparo, los amigos acuden. Pero, en su precipitación, enganchan el conmutador eléctrico y se apaga la luz. Chocan entre ellos susurrando en la oscuridad, luego se inmovilizan, temiendo tropezar con el cadáver. Al fin, alguno encuentra a tientas el interruptor y las lámparas vuelven a encenderse. Rasputín yace de espaldas, en medio de la piel de oso, con los ojos cerrados y las manos crispadas. Una mancha de sangre se extiende sobre su hermosa camisa bordada con flores. Sus rasgos se contraen por momentos sin que él levante los párpados. Pronto deja de moverse. El doctor Lazovert constata que el staretz está bien muerto. Alivio general. Los rostros se distienden como los de los buenos obreros que han terminado su trabajo. Mueven el cuerpo y lo dejan sobre el mosaico para evitar que la sangre manche la piel de oso, lo que proporcionaría un indicio a los investigadores. Luego, los cinco conjurados suben al escritorio sin apresurarse. Cada uno de ellos se considera como el salvador del país y de la dinastía. Mañana, toda Rusia les agradecerá.

 Son las tres de la mañana. Conforme al plan establecido, Sukhotin y Lazovert deben simular el regreso de Rasputín a su domicilio para desviar las primeras sospechas. Con ese propósito, Sukhotin, encargado de hacerse pasar por el staretz, se desliza la pelliza del muerto sobre su capote militar y se coloca su gorro de piel. Lazovert se pone su uniforme de chofer. Parten en el coche descubierto de Purichkevich seguidos por el gran duque Dimitri. Después de hacer creer que Rasputín había vuelto a su casa, no tendrán más que volver al coche cerrado del gran duque para retirar el cadáver y transportarlo hacia la isla Petrovski.

 Purichkevich y Félix quedan solos en el palacio Yusupov esperando que sus cómplices se reúnan con ellos. Para calmar los nervios, hablan del porvenir de Rusia, al fin desembarazada del demonio que la desfiguraba. Pero de pronto Félix tiene un presentimiento. Siente la necesidad de volver a ver al muerto. Rápidamente baja al subsuelo. ¡Dios sea loado! Rasputín sigue tendido, inmóvil, sobre los mosaicos. Por las dudas, le tantea el pulso. Ningún latido. Con repulsión, le sacude el brazo, que cae, inerte. Cuando está a punto de volver al escritorio, le llama la atención un ligero estremecimiento que recorre el rostro del staretz. El párpado izquierdo se levanta imperceptiblemente. Y, de pronto, Rasputín abre los ojos. Espantado, Félix quiere huir, pero las piernas le flaquean. Rasputín ya está de pie, con las pupilas fosforescentes, espuma en los labios, la garganta llena de aullidos. Grita: "¡Félix! ¡Félix!" Y, arrojándose sobre él, le aferra la garganta. A medias estrangulado, Félix tiene la sensación de luchar contra Satán en persona. Ni el veneno ni las balas han podido contra el monstruoso mujik Es más fuerte que la muerte. Más fuerte que Dios. ¡Todo está perdido! Por fin, con un esfuerzo desesperado, Félix consigue librarse de sus brazos. Rasputín cae hacia atrás, con estertores y aferrando en su mano la charretera que acaba de arrancar del uniforme de su asesino. Inmediatamente, Félix se precipita a la escalera y llama a Purichkevich, que ha quedado arriba: "¡Rápido! ¡Rápido! ¡Baje! ¡Todavía vive!"

 Purichkevich prepara su revólver, se precipita por los escalones y llega justo a tiempo para ver a Rasputín, que ha escapado del subsuelo y se dirige pesadamente hacia una de las puertas del patio. Justamente la que no está cerrada. El staretz corre tambaleándose. Va a escapar. Y repite con una voz terrible: "¡Félix! ¡Félix! ¡Le diré todo a la Emperatriz!". El príncipe oye ese llamado con un sentimiento de angustia religiosa. ¿Y si se hubieran equivocado? ¿Si Rasputín fuera verdaderamente un hombre de Dios? Purichkevich tira dos veces sobre el fugitivo y yerra. Furioso, se muerde la mano izquierda para calmar el temblor que lo agita y tira de nuevo. Alcanzado en la espalda, Rasputín se detiene y vacila. Purichkevich lo alcanza, apunta a la cabeza y tira. Esta vez, el staretz se desploma, de cara al suelo. Dominado por la furia, Purichkevich le da un violento puntapié con la bota en la sien izquierda. Rasputín se estremece, se arrastra sobre el vientre y se inmoviliza definitivamente no lejos de la reja. Al tener la certeza de su muerte, Purichkevich vuelve hacia adentro a grandes pasos. Félix, testigo de la ejecución, se acerca. Las piernas le flaquean pero no puede apartarse de la visión del cuerpo acostado en la nieve. Teme verlo enderezarse bruscamente, como hace un momento. Pero no, ya está terminado. No habrá una tercera resurrección para el staretz. Se acercan algunos sirvientes, alertados por las detonaciones. Son gente de confianza. No dirán nada.

 Destrozado por las emociones, Félix sube a su escritorio, pasa al cuarto de baño y vomita. Entre dos arcadas farfulla: "¡Félix!, ¡Félix!", con la voz del difunto. Purichkevich se reúne con él y lo reconforta. Pero el mucamo les anuncia que dos agentes de policía quieren hablarles. Han oído los disparos y quieren explicaciones. Muy dueño de sí, Purichkevich les declara que acaba de matar a Gregorio Rasputín, "ese que tramaba la pérdida de la patria". Impresionados por la importancia de las personas presentes, un príncipe y un diputado, los agentes prometen guardar silencio y hasta aceptan ayudar a transportar el cadáver al vestíbulo.

 Una vez que se han ido, Félix quiere ver el cuerpo por última vez. Cuando lo ve, tendido en la entrada, lleno de heridas, el rostro tumefacto, la barba manchada con trazos rojos, se apodera de él una aberración furiosa. Sin reflexionar, vuelve a subir a su escritorio, empuña la cachiporra envuelta en caucho que le prestó Malakov, vuelve sobre sus pasos y asesta violentos golpes en el rostro y el vientre del muerto. Salpicado de sangre, sigue golpeando y repite: "¡Félix!, ¡Félix!..." Purichkevich y los criados lo sujetan y se lo llevan. Apenas llega a su escritorio se desmaya.[3]

 A todo esto, el gran duque Dimitri, Sukhotin y Lazovert vuelven en automóvil cerrado para llevarse el cuerpo. Purichkevich, todavía trastornado, les cuenta las últimas peripecias del homicidio. Deciden dejar a Félix descansando, envuelven a Rasputín en una lona, lo cargan en el coche y parten hacia el puente Petrovski, entre las islas Petrovski y Krestovskil. El vehículo se detiene con las luces apagadas junto al parapeto. Los conjurados deciden arrojar el cadáver desde lo alto del puente, en un agujero que han visto en el hielo. Su apuro es tan grande que olvidan ponerle un lastre, lo que habría permitido mantenerlo en el fondo del agua. Lo levantan y lo arrojan por el borde al Neva. La pelliza, una galocha y el gorro de la víctima, que habrían debido ser quemados, van tras los despojos. No queda nada. Todo está en orden. Cada uno vuelve a su casa con la satisfacción de haber aprovechado el tiempo. Son las seis y media de la mañana.

 En el palacio Yusupov, Félix ha caído en un sueño de locura. Al despertarse, cree salir de una pesadilla. ¿Qué es verdadero y qué es falso en las imágenes que lo obsesionan? Junto con su ayuda de cámara, hace desaparecer las últimas manchas de sangre que podrían conducir a los investigadores a descubrir el drama. Luego imagina una explicación plausible de los disparos: uno de sus invitados, en estado de ebriedad, ha tirado sobre uno de los perros guardianes de la casa para divertirse. Obedeciendo sus órdenes, el ayuda de cámara mata un perro, lo arrastra por el patio siguiendo las huellas dejadas por Rasputín y abandona el cadáver, bien a la vista, sobre un montón de nieve. Satisfecho con la puesta en escena, Félix hace prometer una vez más a los sirvientes que no revelarán nada de lo ocurrido. Lavado, afeitado, cepillado, perfumado, reencuentra su seguridad de gran señor. Un poco más y se tomaría por un héroe de la guerra.

 Su primer recaudo es dirigirse al palacio del gran duque Alejandro, su suegro, donde vive desde que el palacio Yusupov está en obras. Después del horror que acaba de vivir, no le desagrada cambiar de ambiente. Su cuñado, Teodoro, sale a su encuentro. Estaba al corriente de la celada y no ha pegado un ojo en toda la noche. "¿Y bien?", pregunta con rostro angustiado "¡Rasputín ha muerto!", responde Félix. Ptero no estoy en condiciones de hablar. Me caigo de sueno. Y dejando a su cuñado estupefacto, se encierra en su cuarto, se desploma en la cama y se duerme inmediatamente.


 




[1] Citado por A. De Jonge, The Life and Times of Grigori Rasputin; repetido por Yves Ternon, ob. cit.
 
[2] Hermana mayor de la Emperatriz, viuda del gran duque Sergio.
 
[3] Las circunstancias del asesinato de Rasputín están relatadas aquí según las declaraciones de Félix Yusupov y de Vladimiro Purichkevich, que se diferencian sólo en detalles.
 

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