martes, 27 de febrero de 2024

Algunas notas sobre Ghostbusters (1984) Primera Parte


 


Por Mazzu


Ghostbusters (Ivan Reitman, 1984), o Los Cazafantasmas en este lado del mundo, es una de mis películas favoritas desde mi infancia. ¿Quién, que fuera niño en aquellos tiempos, no jugó alguna vez con una manguera o un Bombero Loco a que el chorro de agua era el rayo del disparador de protones del equipo de los Cazafantasmas y que su amigo/hermano/perro o gato – o quien fuese el blanco del disparo – era el fantasma Pegajoso (Slimer) de la peli? Los Cazafantasmas, en principio un proyecto arriesgado (una comedia sobrenatural) en el que no muchos productores confiaban, acabó siendo un éxito de taquilla y todo un fenómeno cultural. La cuestión es que cada tanto la vuelvo a ver y, a lo largo de tantos años de revisiones, he ido notando detalles muy interesantes – al menos para mí – que me gustaría compartir aquí en el blog.

En la última revisión varias cosas me llamaron mucho la atención: la relación de la película con historia de la parapsicología, la cuestión de las estatuas animadas, la psicogeografía, y la orientación política del film. Los tres primeros ítems ya los venía viendo desde hace rato, y acaso lo nuevo de este último visionado fue descubrir el sesgo político de Ghostbusters, que no es superficial sino fundamental en gran parte de su entramado argumental. Iré de a poco intentando desglosar estas ideas, dejando la cuestión política – que tiene, al menos para mí, mucho que ver con la ideología libertaria que ahora gobierna en Argentina – para el final de esta serie de notitas.

Primero, vienen MUCHOS SPOILERS: si no viste nunca esta peli, no es culpa mía. Salió hace cuarenta años, andá y mirala. ¿No es un tanto infantil esto de ofenderse porque te spoilean una película y tener que poner ALERTA DE SPOILERS para bebés llorones? Vamos, gente, crezcan un poco.

Segundo, podemos comenzar con una breve ficha técnica y un repaso a la sinopsis del argumento antes de ir a los bifes:

 


Ghostbusters (1984)

Los Cazafantasmas, The Ghostbusters, es una película estadounidense de 1984 del género comedia con toques de ciencia ficción y horror, y temática paranormal, producida y dirigida por Ivan Reitman, y escrita por Dan Aykroyd, y Harold Ramis; protagonizada por Bill Murray, Dan Aykroyd, Sigourney Weaver, Harold Ramis, Rick Moranis, Annie Potts, William Atherton y Ernie Hudson. La película fue un éxito de taquilla y se registró como la comedia más taquillera de la década.

Sinopsis

Tres profesores – algo marginales – de investigación parapsicológica, el Dr. Egon Spengler (Harold Ramis), Dr. Raymond Stantz (Dan Aykroyd) y el Dr. Peter Venkman (Bill Murray) se encuentran buscando trabajo después de que la Universidad de Columbia (en New York) cancelara su beca. La primera escena muestra una estatua, la estatua de la Alma Mater de la Universidad de Columbia. Ahora no escribiré sobre ello, pero volveremos al tema de las estatuas más adelante – un tropo muy presente en esta película y en su secuela Ghostbusters II (1989).



En la segunda escena vemos al doctor Venkman (Bill Murray) en el Weaver Hall, el Departamento de Psicología de la Universidad de Columbia, realizando una prueba de percepción extrasensorial (ESP) con cartas Zener. Venkman utiliza un método de la psicología conductista que en vez de premiar los aciertos (refuerzo positivo), castiga los errores, y aquí lo hace mediante leves descargas eléctricas. Estas son suministradas a un joven estudiante nerd cuando erra. Sin embargo, Venkman no castiga a una joven y bella estudiante que realiza el test en paralelo al joven nerd, mostrando así su lado pícaro y tramposo (Venkman es un Bribón, un Trickster, una característica que George P. Hansen asocia fuertemente al mundo de lo “paranormal” en su muy recomendado libro The Trickster and the Paranormal).

 


Ghostbusters nos acerca a la investigación académica de lo paranormal, y a la realidad que esta vivía a principios de la década de 1980. La parapsicología, básicamente, es el estudio de dos fenómenos: la percepción extrasensorial (ESP por sus siglas en inglés extra-sensorial perception) y la psicokinesis (PK). La ESP es la obtención de información del mundo externo sin el uso de ningún proceso físico conocido; de igual manera, la PK es influenciar algo del mundo exterior sin utilizar ningún método físico conocido.

La ESP, a su vez, generalmente se divide en telepatía (comunicación directa de mente a mente), clarividencia (la percepción mental directa de un objeto o evento) y precognición (conocimiento del futuro). Por su parte, la PK se divide en micro y macro. La micro-PK se refiere a eventos que requieren estadísticas para determinar si ocurrió PK (por ejemplo, alguien que intenta influir en la caída de dados). Los efectos poltergeist son ejemplos de macro-PK; las estadísticas no son necesarias si uno puede ver que el objeto “se mueve solo”. En conjunto, ESP y PK se conocen como fenómenos psíquicos o fenómenos psi.

Hay ramas de la parapsicología que estudian la hipotética supervivencia del espíritu tras la muerte corporal investigando la mediumnidad, las experiencias cercanas a la muerte, la reencarnación y los fantasmas. Esos fenómenos pueden involucrar ESP.



El desarrollo de la parapsicología comenzó como una rama de la psicología dentro del ambiente universitario. Si volvemos a Ghostbusters, veremos que esto está bien retratado, ya que los protagonistas realizan sus estudios parapsicológicos en el Weaver Hall, el Departamento de Psicología de la Universidad de Columbia. George P. Hansen en The Trickster and the Paranormal, escribe sobre la historia de esta ciencia menospreciada:

Las investigaciones científicas serias sobre los fenómenos psíquicos comenzaron en 1882, con la fundación de la Sociedad para la Investigación Psíquica en Inglaterra. Pero no fue hasta el trabajo de J. B. Rhine en la Universidad de Duke a principios de la década de 1930 que se institucionalizó un enfoque sistemático de laboratorio de manera efectiva. La historia de la parapsicología no puede entenderse sin considerar a Rhine, y desde la década de 1930 hasta al menos la de 1960, fue el líder indiscutible del campo. Rhine era un experimentador incondicional que valoraba mucho la recopilación de datos de calidad, pero tenía poco interés en las teorías. Creía que los experimentos, guiados por hipótesis simples, eventualmente señalarían el camino hacia una teoría.

El trabajo de Rhine y el de sus seguidores se realizó de lleno en el laboratorio. El Journal of Parapsychology, que fundó, publicó muy poco sobre casos espontáneos, mediumnidad o vida después de la muerte (también denominada investigación de “supervivencia”), y esa política continúa hasta el día de hoy. Rhine no menospreciaba ese trabajo, pero creía que con recursos limitados lo mejor era investigar la capacidad psíquica de los vivos. Era necesario delinear los límites de las capacidades humanas antes de explorar los conceptos relacionados con la supervivencia. Esta fue una decisión pragmática por parte de Rhine. Respecto a las ideas espiritualistas, Rhine adoptó una perspectiva psicológica. Si se recibieran mensajes precisos de un médium que supuestamente se comunica con personas fallecidas, la percepción extrasensorial del médium podría explicar los mensajes, y los espíritus comunicantes podrían interpretarse como aspectos inconscientes de la personalidad del médium. Incluso si en última instancia se descubre que los espíritus son la causa de algunos fenómenos, la ESP y la PK, por definición, los subsumen. Muchos comentaristas no han logrado comprender este punto. La ESP es simplemente la obtención de información sin el uso de los sentidos conocidos. Si los espíritus proporcionan información, el proceso aún se realiza sin el uso de los sentidos y, por lo tanto, se clasifica como ESP.

Rhine se hizo internacionalmente famoso por sus pruebas de ESP con cartas conteniendo los todavía famosos símbolos: círculo, cruz, líneas onduladas, cuadrado y estrella. Esos símbolos fueron diseñados por Karl Zener, psicólogo de Duke. Estaban impresos en cartas y dispuestos en mazos de 25, con cinco de cada uno de los cinco símbolos. Los sujetos de Rhine normalmente realizaban series de 25 ensayos. Para los experimentos de telepatía, un remitente barajaba un mazo de cartas Zener, sacaba una, la miraba e intentaba transmitirla mentalmente a un receptor. Luego registraba el orden de las tarjetas en una hoja. El receptor, que estaba en otra habitación o en otro edificio, anotaba sus conjeturas en una hoja similar. Después del experimento, se comparaban las dos hojas para determinar cuántas conjeturas eran correctas. Con las pruebas de clarividencia, el procedimiento era similar, excepto que la persona que hacía el papel del remitente barajaba las cartas, pero no las miraba hasta que el receptor terminaba de adivinar. En los experimentos de precognición, las cartas no se barajaban ni se registraban hasta que el receptor había adivinado. En una serie de 25 intentos, se esperaban cinco aciertos azarosos estadísticos. Si un sujeto era consistentemente capaz de anotar más de cinco aciertos por intento, era evidencia de ESP, y las probabilidades generales contra el azar se calculaban usando estadísticas matemáticas.


J. B. Rhine en su laboratorio

La parapsicología no es un terreno muy transitado hoy en día, pero sí era un área de interés en los 80s – aunque visto con desdén por gran parte del mundo académico. Continúa George P. Hansen en The Trickster and the Paranormal:

La parapsicología es un campo pequeño; En Estados Unidos se podría decir que menos de 50 personas están profesionalmente familiarizadas con los hallazgos científicos. Sólo dos laboratorios en Estados Unidos emplean a más de dos investigadores a tiempo completo, y probablemente no haya más de 10 parapsicólogos profesionales a tiempo completo en Estados Unidos que realicen investigaciones y las informen en revistas arbitradas. Además, algunos profesores y académicos independientes realizan investigaciones. A pesar de su pequeño tamaño, ha habido más de un siglo de investigaciones continuas, profesionales y publicadas sobre estos temas. Dos revistas llevan más de 60 años publicándose y una más de cien. La revista de mayor calidad es la Journal of Parapsychology. La investigación y las teorías se resumen en la serie técnica Advances in Parapsychological Research editada por Stanley Krippner (la última es el Volumen 8, 1997). Otro libro útil y magníficamente documentado es The Future of the Body (1992) de Michael Murphy.

Este es el background de los doctores Spengler, Stantz y Venkman en plena década de 1980, y creo que la peli se ocupa muy bien de retratar el estado de los estudios parapsicológicos en ese momento: vilipendiados por los pares y desfinanciados por las instituciones.

Si bien la universidad de Columbia no ha tenido laboratorio de Parapsicología – como en la película –, varias universidades estadounidenses, como la universidad de Virginia, la ya mencionada Duke, la de California, la Atlantic University y la University of Philosophical Research. En Inglaterra hay unas cuantas: la universidad West of England (Bristol), la universidad de Derby, la de Lancaster, la Manchester Metropolitan, la de Northampton, y la de York.



Antes de ser expulsados ​​ de Columbia, Spengler, Stantz y Venkman investigaban un caso en la Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York de la cual huyen despavoridos después de un encontronazo con el fantasma. Allí, a Spengler – el más “técnico” de los tres – se le ocurre la idea de “atrapar” a los fantasmas y encerrarlos en una red de contención laser.

Aquí me gustaría hacer otro paréntesis.

Dan Aykroyd, guionista del film – amén de ser uno de los protagonistas, Ray Stantz –, proviene de una familia de espiritistas, una tradición familiar iniciada por su bisabuelo. Samuel Augustus Aykroyd, nacido en 1855, era doctor en cirugía dental e, investigando sobre anestesias y otras formas analgésicas de calmar el dolor de los pacientes, descubrió el hipnotismo, y esto lo llevó al terreno adyacente del espiritismo, muy de moda en la última mitad del siglo XIX. Fascinado por el tema, comenzó a estudiarlo; mantuvo correspondencia con figuras reconocidas de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX que compartían sus inquietudes sobrenaturales, como Sir Arthur Conan Doyle, y pronto su granja en Sydenham (Ontario, Canadá) se convirtió en sede de las sesiones espiritistas semanales que organizara junto al médium Walter Ashurst. Al igual que harían 90 años más tarde los Cazafantasmas, Samuel quería capturar evidencia espectral – como el hipotético ectoplasma – para demostrar científicamente la existencia de los espíritus. Durante años registró en diarios los resultados de las sesiones espiritistas celebradas en su casa, y recolectó cientos de cartas y artículos periodísticos sobre espiritismo y fenómenos psíquicos.

Samuel Aykroyd falleció en 1933, pero la antorcha espiritualista no se extinguió: su hijo Maurice (el abuelo de Dan) se encargaría de mantenerla encendida. Maurice Aykroyd (nacido en 1891) continuó con las sesiones y, trabajando como ingeniero en la Bell Telephone Company, intentó crear un transmisor de radiofrecuencia que pudiera comunicar a los vivos con los muertos; de hecho, consultó con sus colegas sobre la posibilidad de construir una radio de cristales de alta vibración como método mecánico para contactar con el mundo espiritual. Aquí se puede ver otro paralelismo con los Cazafantasmas: además de inspirarse en el intento de “capturar” fantasmas (o evidencia de ellos) de su bisabuelo Samuel, Aykroyd toma de su abuelo Maurice la idea de fabricar un dispositivo tecnológico para hacerlo.



El padre de Dan, Peter, escribió un libro, A History of Ghosts (2009), basado en los diarios que heredó de Samuel Aykroyd. En el prólogo, Peter Aykroyd escribe:

En las familias, a menudo encontramos ejemplos de generaciones sucesivas de maestros de escuela, personal militar y abogados. Las tradiciones son como dinastías, a menudo la sombra alargada de una sola persona.

En nuestra familia, esta persona era mi abuelo, Samuel Augustus Aykroyd, doctor en cirugía dental, y la tradición que nos legó fue la experimentación con fenómenos psíquicos. Hace cien años, comenzó a escribir diarios, cartas, reseñas y artículos de opinión sobre temas de espiritismo y fenómenos psíquicos, basados principalmente en las sesiones de espiritismo celebradas en su casa utilizando un médium de trance completo.

Todo esto era un territorio familiar para su hijo, mi padre, Maurice J. Aykroyd, que era un experimentador y, como el Dr. Aykroyd, un humanista ético.

Mi hermano Maurice Jr. y yo asistimos a muchas de las sesiones y, en silencio, sentimos que teníamos el privilegio de ser parte de algo más grande que nosotros mismos, pero debido a que el espiritismo tiene pocos dogmas, ninguna liturgia, público poco consistente y es de fácil acceso, nadie sabía de esta influencia en nuestras vidas. No fue hasta que fuimos adultos jóvenes que otras influencias surgieron y resolvieron algunas de las grandes cuestiones de la vida. Mi hermana, Judy Harvie, tuvo la misma tranquila seguridad, y los tres podríamos caracterizarnos como humanistas éticos.

En mis hijos, Dan y Peter Johnathan, la sombra se alargó dramáticamente y en la era electrónica se extendió a todos los rincones del planeta.

En la quinta generación, la sombra está ahí, pero mucho más débil. Todas las dinastías acaban desapareciendo, y lo mismo ocurre con las tradiciones familiares. Eso me lleva a este libro. Cuando los diarios del Dr. Aykroyd cayeron en mis manos, pidieron a gritos que los pusieran en un libro y los difundieran.



Dan Aykroyd escribió el prólogo en el libro de su padre, allí dice:

La gente me pregunta a menudo cómo hice para escribir Los Cazafantasmas. La verdad es que a principios del siglo XX mi familia era parte de un fenómeno cultural y social mundial impulsado por el deseo de establecer contacto con los espíritus de los muertos, lo quisieran o no los muertos.

Mi bisabuelo, Samuel Augustus Aykroyd, doctor en cirugía dental, presidía su propio círculo familiar, y los asistentes tenían su propio médium, Walter Ashurst, quien creían que actuaba como conducto de muchas y variadas personalidades del más allá. Ya sea que uno crea o no en este tipo de cosas, mi familia no estaba – ni está – sola en este tipo de actividades. Miles de personas en la sociedad occidental realizan periódicamente sesiones de espiritismo y apoyan a los médiums.

A principios del siglo XX, los médiums y sus posteriores investigadores se convirtieron en grandes estrellas y el espiritismo adquirió un carácter claramente de espectáculo. ¿Hubo falsificaciones? ¿Engaños? Muchos, sin duda, y algunos dirían que todos fueron trucos. Pero el barón Albert von Schrenk-Notzing, el cazador de ectoplasma alemán, Sir Arthur Conan Doyle, escritor de la serie de detectives Sherlock Holmes y Sir Oliver Lodge, eminente científico y filósofo, eran hombres que tenían la esperanza de que algún día la ciencia natural podría abarcar racionalmente lo sobrenatural como un hecho probado.

Parte del atractivo de Los Cazafantasmas se deriva del tono frío, racional y de aceptación de lo fantástico como rutina que Bill Murray, Harold Ramis, el director Ivan Reitman y yo pudimos mantener en la película.

Este elemento surgió del interés de mi bisabuelo por el tema y de los libros que coleccionaba. Se los legó a su hijo, mi abuelo, Maurice. Y su hijo, mi padre, cuando era niño presenció sesiones de espiritismo y heredó los libros familiares sobre el tema. Mi hermano Peter y yo los leímos con avidez y nos convertimos en miembros de por vida de la Sociedad Estadounidense para la Investigación Psíquica, y de todo esto se hicieron Los Cazafantasmas.

Dan y su hermano aprendieron sobre fantasmas gracias a los libros de la biblioteca heredada por su padre. Por eso no parece casual que el primer fantasma que vemos en la película aparece, justamente, entre libros, en la Biblioteca Pública de New York.



En una entrevista, el actor contó:

Mi madre me contó que cuando yo era recién nacido y me estaba amamantando, una pareja de ancianos se apareció al pie de la cama. La imagen se disipó. Sacó un álbum de fotografías y vio que era mi bisabuelo y su esposa, que venían a visitar al nuevo hijo”. 

Al parecer, su madre llamó al padre de Aykroyd, sin embargo, las apariciones se esfumaron del cuarto.

Pero el interés de Dan Aykroyd no se limita solamente a los espectros: es también un apasionado de los OVNIs, miembro vitalicio de la MUFON (Mutual UFO Network) y consultor oficial para Hollywood sobre el tema. En 2005 produjo el documental Dan Aykroyd: Unplugged on UFOs. En una entrevista para la revista Psychic News (18 de abril de 2009), declaró:

He visto cuatro (OVNIs), y no puedo decir que sean naves extraterrestres, pero tampoco que son de la Fuerza Aérea (…) Dos de ellos eran específicamente artefactos aéreos de algún tipo (…) Uno de ellos tenía una luz, y otro tenía un color gris opaco, y eran aeronaves, una de ellas volaba muy lento, y la otra estaba flotando sobre mí

El actor contó que en una ocasión también fue testigo de la aparición de dos Hombres de Negro. En 2002, Aykroyd estaba trabajando como productor en un documental llamado Out There para el canal SciFi con varios nombres reconocidos en el mundo de la ufología, incluidos Colin Andrews, Linda Moulton Howe, Steven Greer y John Mack. Habían filmado ocho episodios de la serie, que estaba pronta a emitirse.

El último día de la filmación, Aykroyd salió a fumar un cigarrillo y respondió una llamada telefónica de Britney Spears que quería hablar sobre un próximo episodio de SNL. Mientras hablaba por teléfono, se giró y miró hacia la calle 42 de Nueva York, donde notó un Sedan negro de patente borrosa con dos hombres dentro. Uno de ellos, un hombre alto vestido de negro, se bajó del vehículo y lo miró mal. Aykroyd lo vio y se giró dándole la espalda, pero cuando volvió a mirar, en cuestión de medio segundo, el vehículo y el hombre habían desaparecido.

Dos horas más tarde le fue informado a él y al elenco que el programa había sido cancelado y nunca saldría al aire. Hasta el día de hoy nunca le fue dada una razón.

En fin, cuando Janine Melnitz (Annie Potts) le lee un cuestionario a manera de entrevista de trabajo a Winston Zeddemore (Ernie Hudson) preguntándole:

¿Cree usted en los ovnis, las proyecciones astrales, la telepatía, la percepción extrasensorial, la clarividencia, la fotografía espiritual, la telekinesis, los médiums, el monstruo del lago Ness y la teoría de la Atlántida?

… en realidad parece estar leyendo una lista de los tópicos de interés de Dan Aykroyd.



Venkman, Stantz y Spengler, fuera ya del circuito académico, toman el asunto en sus propias manos. Inician un negocio llamado “Cazafantasmas”, un “servicio profesional de investigación y eliminación de fenómenos paranormales”, utilizando como base una antigua estación de bomberos, y una ambulancia Cadillac Miller-Meteor de 1959 apodada “Ecto-1”, o “Ectomóvil” para desplazarse por la ciudad y contratando a Janine Melnitz (Annie Potts) para manejar los teléfonos y el trabajo administrativo.

Continuará



lunes, 8 de enero de 2024

Sin visitantes: una hipótesis extraterrestre no boba para nuestros tiempos bobos

 

Sin visitantes: una HET no boba para nuestros tiempos bobos

Por Eric Wargo (post original en el blog The Nightshirt)

Traducción: Mazzu




“En la actualidad, utilizando el principio de parsimonia, mi 'suposición de investigación' es... que estamos lidiando con visitas extraterrestres como núcleo central del problema”. Jim Lorenzen

“La evidencia de que la Tierra está siendo visitada por vehículos controlados inteligentemente desde fuera de la Tierra es abrumadora”. Stanton Friedman

“Creo que estos vehículos extraterrestres y sus tripulaciones visitan este planeta desde otros planetas”. Gordon Cooper

 

La hipótesis extraterrestre o HET fue una deducción natural para los observadores del fenómeno OVNI de mediados del siglo XX, incluyendo a militares y astronautas respetables como Gordon Cooper, quienes, al mismo tiempo que reconocían la realidad de los platillos voladores, afirmaban con seguridad que se trataba de naves tripuladas por seres de otros planetas. La ciencia y la ciencia ficción de esa época hicieron inevitable tal hipótesis. Pero si bien la ciencia ha avanzado, esa visión retro de ciencia ficción ha demostrado ser exasperadamente duradera; hasta el día de hoy, el público escucha “OVNI” y todavía ve en su mente una nave espacial con un piloto extraterrestre detrás del volante... posiblemente estrellándose y muriendo en el desierto estadounidense. Con el tiempo, el HET, bastante sensata, se convirtió en AET, aceptación extraterrestre, que lamentablemente ya no es tan sensata.

AET ha perjudicado a la ufología no sólo limitando la imaginación de la gente sino también facilitando a los escépticos a parodiar todo el tema OVNI o reducirlo a una simple opción: o son enanitos verdes (o grises) de otros planetas que vuelan desde miles de años luz para llegar hasta aquí en pequeñas naves desvencijadas o son sólo producto de imaginaciones hiperactivas. Lo absurdo de la primera imagen ha llevado a muchas personas inteligentes a la segunda posición por defecto, sin darse cuenta de que en realidad hay una gran e interesante área gris (¿entienden? ¿área gris?) llena de un verdadero zoológico de diferentes posibilidades científicamente plausibles, que escritores desde John Keel y Jacques Vallée hasta Mac Tonnies y muchas personas menos conocidas han explorado en una literatura vasta y a menudo reflexiva.



Incrustado en la simplista AET hay un corolario que actúa como un grillete igualmente fuerte para la imaginación y es una munición igualmente poderosa en el arsenal del escéptico: la suposición de que los encuentros con OVNIs (en caso de ser reales) representarían algún tipo de visita. Esa nave espacial imaginaria con el piloto ET al volante sólo tiene sentido en el contexto de seres que realmente viven en otro lugar, realizan largos y traicioneros viajes a nuestro mundo para espiarnos o estudiarnos, y tienen la intención de regresar a casa después. En cuanto a las conjeturas OVNI, Rich Reynolds puso recientemente en perspectiva la tontería de esa idea al señalar la insignificancia de la Tierra en el esquema galáctico de las cosas y la verdadera inmensidad de las distancias cósmicas. Somos un páramo, dice, y por esta razón, cualquier noción de que nuestro planeta y su civilización dominante sean objeto de visitas activas e interesadas es ridícula.

Fue en parte esta suposición (que los extraterrestres estarían aquí para “visitarnos”) lo que alejó a Jacques Vallée de la hipótesis extraterrestre a finales de los años 1960: el gran número de encuentros registrados (y mucho menos estimados) es enorme, y se remonta demasiado atrás en la historia, como para representar algún tipo de programa espacial estilo Apolo de misiones espaciales ET para volar aquí, recolectar algunas muestras de suelo y rocas, obtener algunos espermatozoides y óvulos de desventurados terrícolas y luego regresar a casa. También vale la pena señalar que, si bien Carl Sagan siempre jugó para el equipo escéptico, su imaginación, totalmente de acuerdo con la existencia de extraterrestres “allá afuera”, siguió una lógica similar cuando se trataba de la cuestión de las visitas: pasarían a visitar para echar un vistazo, pero sólo cada unos tantos miles de años más o menos. De alguna manera eso sería suficiente para reunir la información necesaria.

Es difícil no estar de acuerdo con Reynolds: las visitas extraterrestres son ridículas. Pero también creo que la hipótesis (no la aceptación) ET tiene mucho mérito residual siempre y cuando descartemos toda la noción de “visita”, revisemos radicalmente nuestra noción de lo que entendemos por “ET” y acerquemos nuestra imagen de posibles motivos y métodos extraterrestres más a nuestra comprensión actual de la ciencia, la exploración espacial y nuestra propia evolución futura.



Que seres de carne y hueso piloteen naves espaciales a través de vastos años luz para visitarnos es realmente una tontería, y nos haríamos un favor si educáramos al público en general que eso no es lo que queremos decir con “OVNIs”. Por otro lado, la idea de que máquinas locales permanentemente arraigadas (drones) que llevan a cabo una vigilancia desapasionada a largo plazo en nombre de una o más civilizaciones extraterrestres avanzadas (probablemente muy antiguas) con fines tanto científicos como de seguridad (o lo que he llamado “antropología profunda”) no es tan tonta como hipótesis. Para ver por qué, simplemente necesitamos pensar de manera realista sobre nuestra propia presencia futura en el espacio y al mismo tiempo tener en cuenta los modelos matemáticos que muestran que las primeras civilizaciones de la galaxia ya deberían tener presencia, de algún tipo, en todo ella.

 

La verdadera paradoja de Fermi

Enrico Fermi preguntó a sus colegas de Los Álamos durante un almuerzo en 1950: “¿Dónde están?”. Esta pregunta presupone dos cosas: que “ellos” (ET) tendrán algún motivo para venir aquí, y que “ellos” aún no están aquí. Era una pregunta sensata en aquel momento: los matemáticos sofisticados como Fermi sabían que era poco probable que estuviéramos solos; y también calcularon que, incluso dadas las enormes distancias que implicarían los viajes interestelares y la colonización, en un universo “de cierta edad” (como podríamos decir cortésmente), deberíamos ser como recién llegados a una metrópolis cósmica ya ruidosa y bulliciosa. Algunos han tomado los diversos modelos matemáticos que muestran que nuestra galaxia, incluido nuestro páramo, ya debería estar colonizada por las civilizaciones que surgieron por primera vez como evidencia de que puede haber algo mal en nuestras suposiciones. En efecto. Yo reformularía la paradoja de Fermi con la siguiente hipótesis: ya están aquí y (paradójicamente) nunca salieron de casa.

El problema es asumir que los viajes de ida y de expansión son un camino inevitable o incluso probable para una especie tecnológica avanzada. Los seres mortales, frágiles, tienen el impulso de formar familias numerosas, crecer y extenderse, colonizando nuevos territorios en nombre del Lebensraum, la “sala de estar”. La mayor parte de la historia humana registrada encaja en esa imagen, por lo que era natural proyectar tal suposición en nuestro propio futuro y, por extensión, en los extraterrestres. Pero como han prometido innumerables futuristas y escritores de ciencia ficción más recientes, nos estamos acercando a una especie de cúspide: una tormenta tecnológica y social perfecta que, incluso en sus versiones más conservadoras, cambiará el juego en todo tipo de formas que simplemente no podrían haberse previsto o imaginado hace 65 años. Cuando se reconoce que una sociedad debe evolucionar a la par de su tecnología, esa suposición de expansión “en la carne” parece cada vez menos plausible.



La capacidad del vuelo espacial sólo surgirá junto con avances proporcionales en la informática y la robótica, y junto con ellos, avances masivos en la producción de energía, manipulación de la materia (por ejemplo, impresión 3D y nanotecnología) y, lo más importante, avances biotecnológicos como la ingeniería genética y todas las “ómicas” de la ciencia médica y de la salud de vanguardia actual (por ejemplo, genómica, proteómica, transcriptómica, etc.). En conjunto, estos desarrollos combinados no sólo tenderán a automatizar el negocio de la exploración espacial sino que también extenderán radicalmente nuestras vidas, lo que desincentivará los tipos de migración interestelar y colonización (y construcción de imperios) que la generación de Fermi no tenía motivos para dudar y que generaciones de escritores de ciencia ficción dramatizaron en sus óperas espaciales. Hicieron grandes historias, pero esos futuros son tremendamente irreales desde el punto de vista de la “futurología existencial”.

Ya podemos ver que a medida que aumenta la longevidad, el tamaño de la familia disminuye. Los humanos de hoy, afortunados de vivir en sociedades avanzadas y prósperas y de tener una esperanza de vida de más de 80 años, no tienen tantos hijos como sus ancestros de vida más corta. Siga la curva: la vieja noción estándar de grupos familiares humanos que se extienden por la galaxia en vastas oleadas de colonización representa una incapacidad para imaginar la promesa más radical (y probablemente realista) de la Singularidad: la inmortalidad parcial o total a través de alguna combinación de bioingeniería y el perfeccionamiento con máquinas. No necesariamente sucederá a mediados de este siglo, como prometen los rapturólogos nerds más entusiasmados, pero probablemente sucederá al menos en el próximo. La inmortalidad niega cualquier visión del futuro que se parezca a nuestra sociedad actual; reducirá radicalmente, entre otras cosas, la familia y la reproducción, y así, en última instancia, eliminará la necesidad de expandirse más allá del planeta acogedor y seguro o, al menos, del sistema solar radicalmente terraformado (o con esfera de Dyson).

Consideremos la visión literaria más rica y coherente desde el punto de vista sociológico de una sociedad interestelar en un futuro lejano: la serie Dune de Frank Herbert. Es muy significativo que el creciente imperio galáctico de Herbert requiriera un ingenioso recurso literario (una antigua y estricta prohibición de las computadoras) para hacer plausible su visión de un futuro lejano. Sin la Jihad Butleriana, todos los aspectos dramáticos y emocionantes del universo Dune – humanos mortales que viajan a través del espacio, participando en políticas feudales sangrientas que involucran cuestiones de escasez de recursos, protegiendo y alimentando líneas de sangre genéticas a través del sexo, librando cruentas guerras interplanetarias y todo el resto —, en realidad no tendrían ningún sentido. Un futuro lejano tecnológicamente avanzado no se parecerá al universo Dune, ni al imperio galáctico de la Trilogía de la Fundación de Asimov, ni al universo Star Wars, ni al universo Star Trek. Es probable que se parezca mucho más a las culturas más “avanzadas” (y aparentemente aburridas) del Señor de los Anillos de Tolkien. Esto se debe a que, además de eliminar cualquier necesidad o motivo para los viajes interestelares “en la carne”, la inmortalidad también eliminará o redefinirá ese preciado rasgo redentor de los “hombres mortales condenados a morir”, es decir, el coraje.

 


El futuro de la valentía

Uno de los primeros principios de la futurología existencial es que, contraintuitivamente, el valor de la vida aumenta con su duración. Una existencia desagradable, brutal y corta alienta no sólo a tener muchos bebés sino también a arriesgar la vida y la integridad física por un mañana mejor para esos bebés, lo que incluye a veces subirse a embarcaciones chirriantes y emigrar a costas extrañas y futuros inciertos, con el entendimiento de que esta vida es sólo un breve y doloroso esfuerzo en el camino hacia la otra vida. Por el contrario, nuestros descendientes de larga vida probablemente serán personas que se queden en casa, materialistas en su perspectiva y extremadamente celosos de su seguridad y salud, no muy diferentes de las razas élficas de Tolkien (o, menos atractivamente, como Howard Hughes). Al igual que los elfos, generalmente se contentarán con dejar que seres inferiores hagan el trabajo sucio de exploración y aventuras en su nombre. Para nosotros, esos 'seres menores' serán nuestras máquinas.



Los viajes espaciales, no importa cuán avanzados sean, seguramente serán un dolor de cabeza peligroso y aburrido. Es difícil imaginar que los futuros Galadriels y Elronds estén interesados ​​en viajes arriesgados a través del espacio interestelar en persona. Realmente tendrían pocos motivos, porque podrían explorar e interactuar con el cosmos, e incluso en cierto sentido “habitarlo”, por medio de extensiones mecánicas de ellos mismos: la otra promesa realista de la rapturología nerd. Al esparcir drones autorreplicantes (sondas Von Neumann) para cubrir el universo y todos sus mundos, los humanos del futuro traerán el universo hacia ellos y nunca tendrán que abandonar la comodidad y seguridad de sus Lothloriens y Rivendels. Por “máquinas” y “drones”, por supuesto, no me refiero a nada que ahora podamos reconocer como tal: estos sensores y efectores remotos podrían parecer orgánicos, luminosos, microscópicos o invisibles. Quién sabe. ¿Recuerdan la famosa tecnología de Clarke indistinguible de la magia? De eso estoy hablando. (Y es también por eso que deberíamos leer los libros de Tolkien como ciencia ficción, no como fantasía... pero estoy divagando).

Incluso con los cuadricópteros actuales controlados por iPhone, ya estamos en el camino hacia este tipo de expansión cyborg del yo. En uno o dos siglos, drones rápidos, sensibles y poderosos que son en cierto sentido extensiones de nuestros cuerpos y mentes explorarán, tocarán e interactuarán con el mundo en general para nosotros, siendo nuestros ojos, oídos, manos y pies errantes. Cuando ahora, a través de Internet, disfrutamos de las últimas imágenes y transmisiones de los exploradores de Marte y los robots de aguas profundas, solo estamos obteniendo una mínima muestra de lo que ese sensorio ampliado implicará algún día como una forma de “habitar” otros entornos. Con el tipo de tecnología robótica que nos ofrecerá el próximo siglo, ¿por qué nos arrojaríamos – nosotros, nuestras familias y nuestras cosas – a una colonia de mierda, estrecha e incómoda en Titán, o incluso en Marte o la Luna, cuando podemos ir a todos esos lugares virtualmente, incluso a todos a la vez (el futuro de la multitarea)? El cuerpo y sus necesidades orgánicas, incluida su ubicación en el espacio, definirán y limitarán cada vez menos la calidad y el alcance de nuestra experiencia.

 

La paradoja de Fermi debería reformularse: ya están aquí y (paradójicamente) nunca salieron de casa.

La velocidad de la luz, por supuesto, limitará la “inmediatez” de nuestra conexión con nuestros servidores proxy más remotos a distancias planetarias y (especialmente) interestelares y, por lo tanto, nuestros ojos y manos drones deberán ser IA completamente autónomas, que tomen decisiones por sí mismas, se reparen y se repliquen y que participen no sólo en la observación pasiva sino también en la recopilación activa de conocimientos e incluso en la experimentación. En otras palabras, los drones que enviemos a lo largo y ancho de la galaxia serán en realidad plataformas científicas totalmente autoguiadas, que recopilarán datos paciente e incansablemente para generar ricas simulaciones en su mundo natal. Estos representantes serán los elegantes e inteligentes descendientes de la Voyager o el rover Curiosity, pero serán capaces de tomar sus propias decisiones, aunque (y este es un argumento demasiado grande para este artículo) no sean sensibles. Experimentaremos y habitaremos el universo a través de esa tecnología, sin necesidad de “visitas”.

Es una hipótesis razonable que la misma trayectoria tecnológica/social básica se aplicará a cualquier civilización tecnológica que haya surgido “allá afuera” y, por lo tanto, cualquier presencia extraterrestre aquí será una presencia automatizada y mediada por máquinas. No habría “visitantes”, porque las visitas riesgosas a través de vastos años luz por parte de criaturas que dan un gran valor a sus vidas simplemente no tienen sentido. Nuestros parientes mayores y avanzados, los patriarcas y matriarcas cósmicos, no dejarán de vernos como unos fulanitos atrasados ​​aquí en nuestro páramo; se quedarán en casa, como la abuela y el abuelo, prefiriendo (si hay alguna visita) que los jóvenes vengan a ellos, tal vez a través de alguna tecnología exótica como los agujeros de gusano... que de hecho podrían ser lo que son algunos OVNIs. Las “visitas” aparentes de tales seres serían, a lo sumo, simulaciones o avatares, no “presencia real” en el sentido en que la entendemos nosotros, los que todavía estamos atados a la carne.

 

Antropología profunda

Si imaginamos civilizaciones ET post-escasez capaces de enviar máquinas científicas autorreplicantes que se multiplican y propagan a todos los rincones de la galaxia hogar, copiándose a sí mismas y recabando datos a largo plazo dondequiera que encuentren cosas interesantes, y también imaginamos (como dictan las matemáticas) que las primeras civilizaciones de este tipo habrán surgido hace miles de millones de años, entonces el dos más dos es igual a cuatro del asunto es este: las plataformas científicas extraterrestres probablemente ya estén aquí, y probablemente ya estuvieran aquí incluso antes de que fuéramos musarañas arbóreas... tal vez incluso antes de ser algas. Estas máquinas serían tan avanzadas que probablemente ni siquiera sabríamos que están aquí... excepto, claro está, cuando el propósito de un experimento o intervención específica lo requiera.

En este panorama, es crucial recordar que una carrera espacial avanzada, incluyéndonos a nosotros mismos en los próximos siglos, no se limitará a los tipos de recolección de datos escasos permitidos por las misiones Apolo o incluso el rover Curiosity. La informática y la robótica permiten aumentos exponenciales en la cantidad de datos que un programa espacial puede recopilar, transmitir, almacenar y analizar, todo con un mínimo de participación humana directa. Y el principio fundamental de la ciencia básica (aprende todo lo que puedas, tenga o no beneficios previsibles en el mundo real) dicta que no existen límites deseables para ese aprendizaje. Aprender no es sólo observar, es realizar experimentos controlados con muestras grandes y luego repetirlos muchas veces para lograr un alto nivel de predicción y control. Cuando los recursos lo permitan y pueda ser totalmente automatizado, cualquier programa espacial científico intentará “saber todo lo que se puede conocer”, como V'ger en Star Trek: The Motion Picture, ignorando la cuestión de la aplicación. Esto genera lo que hoy se llama “big data”.



Hace un par de años sostuve en este blog que la noción de ciencia de “cortes finos” implícita en el importante artículo de Vallée de 1989 en contra de la HET no sólo se ha vuelto obsoleta por los avances en computación y robótica de las dos décadas y media desde entonces, sino que también se vuelve poco realista por la forma en que se conducen las ciencias sociales y la psicología actuales. Para producir resultados válidos y útiles, cualquier estudio de nosotros por parte de una entidad extraterrestre (máquina o no) tendría que ser un proyecto de experimentación longitudinal, activo y abierto, no muy diferente de los escenarios que se desarrollan en los laboratorios de psicología de cualquier campus universitario, aunque en una escala inconmensurablemente amplia: interacciones extrañas diseñadas para probar hipótesis extrañas, realizadas con muestras de personas lo suficientemente grandes como para producir resultados estadísticamente significativos (junto con grupos de control igualmente grandes para comparar), y luego repetidas con otras muestras prístinas para replicar los hallazgos, y luego seguido con diferentes permutaciones del experimento (y nuevos grupos de control) para probar diferentes hipótesis que surjan, y así sucesivamente, hasta el infinito.



Cuando revisamos nuestra imagen de la 'Tierrología extraterrestre' como un proyecto de psicología masivo, en su mayor parte sigiloso y verdaderamente interminable, conducido por máquinas científicas artificialmente inteligentes pero insensibles, que nunca se aburren y están programadas para saber todo lo que es cognoscible —incluido lograr un alto grado de poder predictivo sobre el comportamiento colectivo e individual de una especie inteligente impredecible y en continua evolución—, entonces los millones de “aterrizajes” en la historia comienzan a parecer cada vez menos excesivos. De hecho, todo empieza a parecerse mucho al “sistema de control” que el propio Vallee postuló. Sin querer, creo que es Vallee, con su comprensión más matizada del fenómeno OVNI, quien brinda el mayor apoyo a la hipótesis básica que consideraba desafiante su propio trabajo: un origen extraterrestre plausible para al menos una parte de los millones de Encuentros con OVNIs a lo largo de los siglos.

 

En el Noöverso, a todos les chupa un huev#

A través de las máquinas de Von Neumann, un programa automatizado y autónomo de “saber todo lo que se puede conocer” puede explorar los sistemas estelares y planetarios del universo sin el gasto de ninguno de los recursos de Lothlorien o Rivendell y sin ningún esfuerzo o cuidado mental por parte de sus habitantes (si es que siguen vivos después de todo este tiempo). Por lo tanto, no deberíamos sentirnos especiales: incluso si la Tierra está bajo un microscopio (o un millón de microscopios), también lo están todos los demás planetas, probablemente incluso aquellos en los que no hay nada más interesante que las musarañas y las algas. Tal vez incluso todos los cinturones de asteroides y las nubes de Oort tengan sondas que recorren y mapean pacientemente cada trozo de polvo y hielo que deriva lentamente.

Esta imagen da un nuevo significado al “universo conocido”. Basándonos únicamente en las matemáticas de la materia, el universo debería ser plenamente conocido, multiplicado por tecnologías antiguas y muy avanzadas, si no por los seres sintientes que las crearon originalmente. Incluso podríamos llamarla noöverso, por este motivo. (Hace un par de años me pregunté si las montañas de datos que esto generaría podrían ser tan enormes que la información pudiera explicar la masa faltante de los modelos cosmológicos actuales, de alguna manera secuestrada en el tejido mismo del espacio-tiempo por los antiguos V'gers que rastreaban las galaxias. Un lector versado en computación cuántica me corrigió amablemente: el almacenamiento de información tiende a ser minúsculo; por lo tanto, sea lo que sea la materia oscura, no son servidores ni discos duros vastos y antiguos).

Ésta no es ni la única ni la mejor respuesta al problema OVNI, pero creo que es una versión más madura (e interesante) de la HET que es al menos plausible tanto exotecnológica como exosociológicamente y, por lo tanto, digna de ser puesta a consideración y debate junto con los diversos contendientes anti-HET en competencia (e igualmente meritorios), incluidos los interdimensionales (Vallee), criptoterrestres (Tonnies), ultraterrestres (Keel) y varias otras hipótesis psicológicas o esotéricas. Sólo necesita reemplazar la narrativa fácilmente trivializada del “piloto de OVNI visitante” que la cultura popular y los medios (y desafortunadamente también algunos en la comunidad ufológica) todavía no parecen poder superar. (Y no, no espero que las tan esperadas “Diapositivas de Roswell” vayan a cambiar mi evaluación; sea lo que sea lo que hay en esas imágenes, dudo que sean extraterrestres).

Con el debido respeto a los defensores de las visitas extraterrestres del siglo pasado, otra parte de lo que hace que el viejo escenario del “piloto de OVNI” sea cada vez más difícil de comprender hoy es precisamente, como dijo Reynolds en su blog, nuestra propia pequeñez en nuestra atmósfera cósmica cada vez más amplia. Imagen: En una galaxia de 400 mil millones de soles que probablemente ha albergado, en ocasiones, muchas civilizaciones avanzadas y debe estar completamente repleta de flora y fauna sorprendentemente diversas, sin mencionar una geología cool y exóticos objetos estelares y planetarios de todo tipo, es terriblemente antropocéntrico imaginar que las antiguas eminencias o sus máquinas sucesoras se preocupan mucho por nosotros y nuestro pequeño planeta azul, por muy edénico que nos guste imaginarlo. Venir aquí es ridículo: ¿por qué molestarse en enviar drones aquí? En un universo enorme y fascinante, ¿ese nivel de atención no supone un nivel de importancia que es, como mínimo, neurótico, o incluso demencial?



En realidad, no es así. Con las máquinas de Von Neumann, lo que no te chupa un huevo se puede automatizar y subdelegar a tecnología no sensible (léase: que sí te chupe un huevo) que se multiplica como conejos y hace ciencia por iniciativa propia. Y hay otra muy buena razón, bastante alejada del imperativo científico básico (es decir, conocer todo lo que se puede conocer), para mantener un ojo automático constante sobre lo que sucede alrededor de cada uno de esos 400 mil millones de soles, y esa es la seguridad. Ese mismo primer principio de futurología existencial ya mencionado (el valor de las vidas largas) también predice que los extraterrestres inmortales establecerían una vasta red de vigilancia mecánica, que en última instancia abarcaría toda la galaxia, simplemente como medida de seguridad. La mirada es, seguramente, bastante desapasionada, pero para ser eficaz tendría que ser también muy amplia y de largo alcance.

En otras palabras, exactamente por la misma razón por la que nadie nos “visita” en persona, también es una hipótesis realista que no hay ningún planeta apartado que sea demasiado modesto ni ninguna especie semiinteligente que utilice herramientas que sea tan tonta como para no ser el objetivo de enjambres de cámaras CCTV discretas (me gusta imaginarlas como orbes pequeños y suavemente brillantes, pero es cosa mía) que vigilan de cerca cómo se está desarrollando esa especie y cuáles son sus probables acciones futuras. Toda esa experimentación psicológica obsesiva tiene la misma recompensa de seguridad a largo plazo: predicción y control totales en caso de que nosotros o nuestras máquinas alguna vez representemos una amenaza en algún momento dentro de miles o millones de años.

En una publicación posterior, desarrollaré esta segunda parte del argumento: la cuestión de la seguridad a largo plazo tal como se aplica a los extraterrestres inmortales, por qué no debemos temer la invasión extraterrestre, pero también por qué, en un noöverso, no podemos tener expectativas de privacidad.



El Enigma 23, Reloaded

El Enigma 23, Reloaded

Por Mazzu



Hace poco, escuchando un podcast español sobre discordianismo, descubrí que hablaban del “misterio del 23” y de una historieta relacionada al mismo, y que dicha historieta había sido dibujada por Jack Kirby. Este es un dato erróneo, la historieta no fue dibujada por Kirby, sino por un entintador suyo, llamado George Roussos. También un contacto italiano de Youtube me dijo que trató de encontrar el comic y no pudo hallarlo. Como traté este tema en 2016 en una entrada al blog La Manzana Dorada en el marco de la lectura online que realicé de la novela Illuminatus de Robert Shea y Robert Anton Wilson ese año, me gustaría tomar ese fragmento de la entrada y reproducirlo aisladamente (ya que, en el contexto de la lectura semanal, ese segmento quedaba un poco sepultado entre otras cosas del libro). Como en el podcast no me citaron, asumo que no vieron esa entrada y tomaron la info errónea de otro lado ¡Salve Eris!... Para evitar futuras confusiones (aunque eso no le guste a Eris), decidí publicar el fragmento de manera aislada.

La lectura que seguíamos en esa época era la del formato en pdf, así que verán que el número de página en el post original no coincide con el que presento aquí, ya que lo aggiorné a la edición de la Trilogía Illuminatus publicada en 2021 por Orciny Press.

 


En la página 213 (Orciny Press), Simon – en su carta a Joe – hace mención del supuesto origen del ‘misterio del 23’; los lectores de RAW sabrán que Wilson ha tratado el tema de manera extensa, sobre todo en Cosmic Trigger I; en un artículo titulado “El Fenómeno 23”, publicado en el # 23 de la revista The Fortean Times, 1977, Wilson ofrece prácticamente la misma explicación de su temprana obsesión por el número 23:

Escuché por primera vez del “enigma 23” por William S. Burroughs, autor de Naked Lunch, Nova Express, etc. Según Burroughs, había conocido a un tal capitán Clark, alrededor del 1960 en Tánger, que se jactaba de haber navegado 23 años sin sufrir un solo accidente. Ese mismo día, la nave de Clark tuvo un accidente que lo mató, junto con todos los pasajeros a bordo. Por otra parte, mientras que Burroughs estaba pensando en este crudo ejemplo de la ironía de los dioses, esa noche, un boletín en la radio anunció el accidente de un avión en Florida, EE.UU. El piloto era otro capitán Clark y el vuelo era el #23.

Burroughs empezó a coleccionar “23” extraños después de esta horrible sincronía, y después de 1965 yo también comencé a hacerlo. Muchos de mis 23 más raros se incorporaron a la Trilogía Illuminatus que escribí en colaboración con Robert J. Shea entre 1969 y 1971.

Ahora: como bien dicen en RAWIllumination.net, por más que he buscado información en internet sobre el Capitán Clark y el infortunado vuelo 23, no he encontrado nada de nada. De hecho, no he encontrado nada de info sobre Burroughs hablando del enigma del 23, y todas las notas que lo ponen a Burroughs como iniciador del ‘misterio del 23’, remiten a la misma nota de RAW de Fortean Times; incluso, ni siquiera he encontrado referencias al 23 ni a ningún Capitán Clark en los libros de Burroughs. Primero comencé a dudar del relato de RAW, y empecé a sospechar que se trataba de otro recurso más de la Operación Jodementes.

 

Cut-up sin título; William S.Burroughs y Brion Gysin, 1965

 

Sin embargo, logré encontrar un artículo interesante de Heathcote Williams llamado Burroughs inLondon que parece confirmar la afirmación de RAW sobre Burroughs como iniciador del ‘enigma del 23’:

Bill tenía una creencia inusual en el significado de los números y también en las coincidencias, para las cuales tenía una especie de olfato.

Yo iba en un taxi con él una vez por Brompton Road, cuando anunció que el número 23 era “el número de la muerte”. Expresé sorpresa, si no incredulidad, pero mi reacción poco a poco fue transformándose en asombro cuando señaló el frente de la tienda por la que estábamos pasando y luego dijo enfáticamente. “¿Ves eso? Funeraria Kenyon... Ahora dime el número de la calle”. Efectivamente era el 239 de Brompton Road. Había un 2 y un 3 muy claros en la placa de calle de la funeraria.

Entonces Bill se inclinó hacia adelante y me pidió que le dijera cuál era mi número de teléfono. Estaba viviendo en la oficina del Transatlantic Review en ese momento y era 2389. 2 y 3 de nuevo. Todo esto fue dicho de la manera más inexpresiva, y presentado como un hecho, sin los redobles de tambor de un prestidigitador lector de mentes. Por último, preguntó, “¿Qué edad tienes Heathcote?” Tardé un momento en responder “23”.

Concluyó diciendo, “¡Cuidado con el 23!”. Fue desconcertante..

 

Al mismo tiempo, buscando datos en la web, me topé en flickr (no pongo el link en esta actualización porque está quebrado) con este interesantísimo cómic:



En el comentario del post, Terry McCombs, quien posteó esta joya vintage, cuenta la misma historia: que según RAW, Burroughs había sido el primero en notar ‘el enigma del 23’ a principios de los 60; McCombs agrega:

¿Así que principios de los 60, eh? Y sin embargo, aquí, y en las tres páginas siguientes, hay una variación sobre el enigma del 23 presentado mucho antes, en el número de julio de 1952 de Black Magic Comics, para ser precisos, en una historieta dibujada y entintada por George Roussos y escrita por un escritor desconocido (¿también Roussos?)

 

De todo esto podemos hacernos un par de preguntas: al no encontrar ninguna referencia histórica sobre el siniestro del capitán Clark, ¿habrá Burroughs inventado el incidente – tal vez – inspirado en el cómic de Roussos para contárselo de manera privada a RAW? Burroughs se fue de Tánger para escapar de la adicción a la heroína; por ende podemos inferir que su mente, en aquél momento – en la nebulosa de la adicción primero, y con síndrome de abstinencia luego –, no estaba en la mejor condición posible: ¿habrá Burroughs confundido el nombre del infortunado capitán de la embarcación? En ese estado, y suponiendo que en algún momento Burroughs hubiera visto el cómic ¿habrá confundido realidad y fantasía, considerando la historia del cómic como algo que en realidad había sucedido? ¿Habrá RAW confundido el nombre del capitán que Burroughs le dijo, y por eso no podemos encontrar info sobre el accidente? Si Burroughs nunca vio el cómic con el avión estrellado, esta sería – sin dudas –, una de las sincronicidades más escalofriantes del 23. La verdad es que no lo sé; esto solamente le suma más misterio al de por sí misterioso “enigma del 23”...

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Si les interesa el tema, como corolario final a la cuestión, me parece propicio decir que con mi compa Chris Ge, en el podcast El Garage Hermético, hicimos un especial del número 23 donde volcamos mucha, pero mucha data que fuimos excavando profundamente en el origen del "Enigma 23"... por ejemplo, el caso de Wilhelm Fliess, psicólogo alemán amigo de Sigmund Freud y creador de la teoría de los biorritmos, que daba al número 23 una preponderancia significativa, y su posible influencia sobre Burroughs... dejo posteado el link a Youtube, pero pueden buscar el podcast también en Google Podcasts, en Ivoox y en Spotify... 

¡Disfruten, y salve Eris! 


El Enigma 23 en el episodio número 23 de El Garage Hermético
...¡en el año 2023!


martes, 5 de diciembre de 2023

Los Objetos Ideales en la Historia, por Ioan Coulianu

 

Los Objetos Ideales en la Historia

Por Ioan Coulianu, fragmento del libro The Tree of Gnosis




La consecuencia más extraordinaria del continuo espacio-tiempo de Einstein para el historiador de las ideas es la existencia de “objetos ideales” que sólo se vuelven comprensibles cuando se los reconoce como tales en su propia dimensión. Esto puede parecer incluso más incomprensible que el universo de Einstein. Para hacerlo comprensible volvamos a Planilandia y supongamos que el territorio llano es la superficie de la sopa en un plato. Supongamos que los círculos de aceite en esa superficie son los habitantes inteligentes de Planilandia. Evidentemente, al ser bidimensionales sólo pueden moverse en dos direcciones: izquierda-derecha y adelante-atrás. La dirección arriba-abajo carece de significado para ellos, como lo sería para nosotros una nueva dirección, hacia una cuarta dimensión desconocida (el matemático Rudy Rucker llama a esa dirección ana-kata). Lo que ven unos de otros es una línea, cualquier línea. el espacio (como una casa o un banco) está cerrado para ellos únicamente por una línea. Sin embargo, viéndolos desde una tercera dirección del espacio, podemos ver directamente sus entrañas, el interior de sus casas, y fácilmente podríamos robar en la caja fuerte de su banco mejor custodiado. (Por extraño que parezca, un ser en una hipotética cuarta dimensión del espacio disfrutaría igualmente de estas ventajas en relación con nosotros).


Supongamos ahora que perturbo todo este mundo plano empezando a comer la sopa con una cuchara. ¿Cómo experimentaría un sopalandés la cuchara? Él o ella se horrorizaría ante un fenómeno extraño. Primero aparecería una línea bastante corta, correspondiente a la punta de la cuchara, en Sopalandia, que aumentaría a medida que la cuchara llega al fondo del plato y volvería a disminuir cuando el mango atraviese la superficie. Entonces, de repente, se produciría un tremendo terremoto y parte del mundo sería absorbido por la nada. La perturbación continuaría por un tiempo, mientras la sopa gotea de la cuchara y cruza Sopalandia, luego la situación volvería a la normalidad.


Para el sopalandés, la cuchara no aparece como un objeto sólido y vertical, como nos parece a nosotros. Los sopalandeses sólo pueden experimentar la cuchara como una serie de fenómenos en el tiempo. No debería sorprender que las expectativas de vida sean bastante cortas en Sopalandia. Por lo tanto, se necesitarían millones o miles de millones de generaciones de sopalandeses para dar sentido al fenómeno de la cuchara. Y haría falta un genio de una profundidad poco común para hacer cálculos que mostrarían que la única manera de ponerlos juntos sería postular la existencia de una dimensión superior – la tercera –, en la que existen objetos de tipo desconocido. (Como posiblemente no puedan vernos, incluso el más inteligente de los sopalandeses probablemente crea que la tercera dimensión es sólo una ficción matemática que sirve sólo como un recurso heurístico.)


De manera similar, no logramos comprender qué fenómenos pueden existir en el espacio-tiempo (y qué significa realmente “historia”), especialmente cuando los objetos de nuestra investigación no son tangibles. ¡Muchos ni siquiera creen que sea posible una “historia de las “ideas” y mucho menos una historia que no sea una mera suma, sino algo que tenga que ver con el “espacio-tiempo”! Sin embargo, la novedad de los múltiples métodos que pertenecen al enfoque cognitivo fue mostrar que las ideas son sincrónicas. En otras palabras, las ideas forman sistemas que pueden concebirse como “objetos ideales”. Estos objetos ideales cruzan la superficie de la historia llamada tiempo como la cuchara cruza Sopalandia, es decir, en una secuencia aparentemente impredecible de acontecimientos temporales.




 

Breve análisis de la canción E.T.I. de Blue Öyster Cult

 Breve análisis de la canción E.T.I. de Blue Öyster Cult

Por Mazzu



En una encarnación previa que tuve en Facebook, hice un análisis de la letra de la canción E.T.I. (Extraterrestrial Intelligence) de los Blue Öyster Cult. Como FB cerró mi antiguo perfil, y como el público se renueva, decidí publicar algo parecido acá. Mi buen amigo Alejandro Agostinelli publicó una versión de este análisis en su blog Factor 302.4

 

E.T.I. es el cuarto tema del disco Agents of Fortune, de 1976. La canción, compuesta por Sandy Pearlman y Buck Dharma Roeser, en apariencia habla de un presunto avistamiento OVNI, o de un OVNI estrellado y un encuentro del protagonista con tres Hombres de Negro. Además, el tema está repleto de referencias a la ufología y a su folklore.




Letra

Come here…

I hear the music, daylight disc

Three men in black said, “Don't report this”

“Ascension,” and that's all they said

Sickness now, the hour's dread

 

All praise

He's found the awful truth

Balthazar

He's found the saucer news

 

Wait, let's move…

I'm in fairy rings and tower beds

“Don't report this,” three men said

Books by the blameless and by the dead

King in yellow, Queen in red

 

All praise

He's found the awful truth

Balthazar

He's found the saucer news

 

Dead leaves always give up motion

I no longer feel emotion

When prophecy fails, the fallin' notion

Don't report this, agents of fortune

 

All praise

He's found the awful truth

Balthazar

He's found the saucer news

 


Los Blue Öyster Cult en 1977



 

EXÉGESIS

 

La primera línea de la letra menciona un “daylight disk”, o disco diurno, es una referencia al sistema de clasificación de avistamiento de ovnis diseñado por J. Allen Hynek en The UFO Experience: A Scientific Inquiry (1972).

 

Los tres Hombres de Negro que le piden al hipotético protagonista que “no reporte esto”, son un clásico del folklore ufológico (difundido por autores como Gray Barker y John Keel), pero, sobre todo, es una referencia al título del libro de Albert K. Bender, autor en 1962 de Flying Saucers and the Three Men.






Ascencion” … ¿Abducción?

 

“Enfermedad (o nausea) ahora” (“Sickness now”) ¿el malestar y los síntomas de la exposición o la proximidad de un OVNI?

 

El estribillo lo veremos más adelante.

 

I’m in fairy rings and tower beds”, (“estoy en corros de hadas y camas de torres”), me parece una de las líneas más interesantes, y creo ver en ella una doble referencia alucinante: el corro de hadas refiere a la similitud entre las huellas de OVNIs con los círculos feéricos del folklore irlandés, escocés, galés y céltico en general, similitud señalada por Jacques Vallée en Pasaporte a Magonia (1969), y las camas en las torres a La Octava Torre (1975) de John Keel, para quien los zigurats o “torres” tenían camas para “conocer” a los “dioses”.




 

“Rey Amarillo, Reina Roja”, una clara referencia al Rey Amarillo (1895) de Robert W. Chambers –que tanto inspiró a H.P. Lovecraft– y a una Reina Roja, ¿será la Mujer Escarlata de Crowley? Es conocido el gusto por el ocultismo del productor Sandy Pearlman – escritor de la letra y virtual sexto miembro de B.Ö.C. –; además, el mago en la portada del álbum muestra cuatro arcanos mayores del tarot de Thoth del tío Aleister, más específicamente XIII La Muerte (recordemos que Agents of Fortune trae el gran hit Don’t Fear the Reaper), III La Emperatriz (¿la Reina Roja?), IV El Emperador (¿el Rey Amarillo?), y XIX El Sol (¿daylight disk?).

 



Dead leaves always give up motion” parece una referencia al movimiento de “hoja caída” o pendular que muestran algunos OVNIs, un término acuñado en la ufología clásica de los años 60s.

 



“Cuando las profecías fallan” (“when prophecy fails”) es un libro publicado en 1956 por tres psicólogos, Leon Festinger, Henry W. Riecken y Stanley Schacter, sobre una secta platillista que predicaba el fin del mundo (traducida recientemente al castellano por Reediciones Anómalas).

 

La línea más enigmática, creo, es la del estribillo – ahora sí – donde se dice que un tal Balthazar descubrió la “horrible verdad” en las “noticias de los platillos”, cosa que parecería referirse a lo de Roswell. Por ahí he leído que Balthazar se refiere a Dennis Balthaser, un investigador de OVNIs que escribió sobre el incidente de Roswell, pero la canción es de 1976, y Balthaser comenzó a escribir sobre OVNIs en la década de 1980. Además, lo de Roswell – si bien sucedió en 1947 – no se hizo notorio recién hasta fines de los 70s, ya que casi nadie recordaba el incidente hasta que los ufólogos Leonard Stringfield, William Moore y Stanton Friedman lo “reflotaron” en 1978. Así que es poco probable que se refiera a Roswell y a Balthaser y, por ende, no sé de qué Balthazar están hablando.

 

En resumen: además de ser un temazo de los Blue Öyster Cult, E.T.I. (Extraterrestrial Intelligence) rebalsa de referencias a temas que me fascinan y que – creo – interesa a algún potencial lector de este blog.