JAMES
SHELBY DOWNARD: EL PADRINO DE LA CONSPIRANOIA SINCROMÍSTICA – PARTE II
Por:
Mazzu
EL
DETECTIVE PARANOICO DE LO OCULTO
Profundicé
mi interés en Mr. James Shelby Downard escuchando podcasts. Creo que la primera
vez que oí sobre él en un podcast fue en la voz de Adam Gorightly, que estaba
como invitado en Conspirinormal (episodio 33 [!], julio de 2013). La
figura de Downard era magnética, pero las búsquedas sobre el personaje resultaban
prácticamente estériles.
La información que había
hasta ese momento sobre él era bastante oscura: nacido el 13 de marzo de
1913 y fallecido el 16 de marzo de 1998, la imagen que se tenía de Downard por aquel
entonces era la de un ermitaño mezcla de investigador paranoico de lo oculto y
de genio loco, que huía (armado con una Colt 45 siempre cargada) de posibles
intentos de asesinato por parte de los masones conspirados en su contra,
mientras viajaba de estado en estado en su tráiler Airstream estudiando las
relaciones místicas entre ciertos lugares especiales de la geografía
norteamericana, su onomatología, y la historia oculta de los Estados Unidos.
Ese era el retrato que pintaban sus asociados cercanos como Michael A. Hoffman
II, William Grimstad y Adam Parfrey.
En el prefacio de la
autobiografía de Downard, The Carnivals of Life and Death, Adam Parfrey
escribe:
Entre
sus defensores, James Shelby Downard es una figura casi mítica. A lo largo de
los años, decenas de devotos fans escribieron y enviaron correos electrónicos a
Feral House solicitando más obras de Downard. Una banda punk de Atlanta se puso
el nombre King-Kill 33° y Marilyn Manson compuso una canción con el mismo
nombre. (…)
Los
guardianes de la realidad mainstream no tardarían en tachar a Downard de
chiflado. De hecho, Downard poseía las características típicas de la
chifladura: frecuentes envíos de correspondencia que revelaban recuerdos
previamente suprimidos por el control mental, en sobres sellados con una cita
de Ambrose Bierce: «Mi país, eres tú/ dulce tierra de delitos».
En otro artículo breve
titulado Riding the Downardian Nightmare, Parfrey añade:
Feral
House recibe cartas de cineastas y de gente común a diario rogando por la
dirección de Downard. Pero Downard solía pasar la mayor
parte del tiempo viajando por el país en su caravana Airstream, explorando la
magia geomántica.
Michael A. Hoffman, en la
introducción de King-Kill/33° en su página web, nos ofrece otras
pinceladas de la vida nómade de Mr. Downard:
Recuerdo
estar sentado en la caravana de Shelby en San Petersburgo, Florida, en 1977,
junto al gran filósofo forteano William N. Grimstad y Charles Saunders, un
brillante ermitaño que fue amigo íntimo de Jack Kerouac hacia el final de la
vida del escritor beat (…).
La
conversación de Shelby aquel día abarcó desde el significado oculto del theremín
hasta las implicaciones mágicas de los ascensores, la relación que tenía con un
conejo evanescente llamado Petey; las siniestras connotaciones del circo y la
topografía mística del suroeste americano, que el señor Downard conocía como la
palma de su mano. Mientras freía nuestras hamburguesas, nos deleitaba con su
acento de buscador de oro sobre las maravillas ocultas de un tapiz de
coincidencias que tejía a partir de los detalles aparentemente mundanos de la
vida cotidiana, convirtiéndolo en una alfombra mágica de incomparable extrañeza
y utilidad sin parangón.
El primer artículo
publicado de Downard, como dijimos en la entrada anterior, fue una versión
abreviada del ensayo King-Kill/33°, coescrito con Michael A. Hoffman II.
Este formaba parte de Apocalypse Culture, una antología de autores
variopintos bastante marginales, publicada en 1987 a través de Feral House,
editorial fundada por Adam Parfrey.
Pero la primera
mención escrita sobre las teorías de Downard figura nada más y nada menos que
en la genial autobiografía de Robert Anton Wilson, Cosmic Trigger I, de
1977. Ahí, RAW escribe:
El
Sr. Grimstad me envió una cinta titulada “Sirius Rising” en la que él y
otro aficionado a las conspiraciones llamado Downard describían la más absurda,
la más increíble, la más ridícula teoría Illuminati de todas. El único problema
es que, después de los datos extraños que ya hemos examinado, la Teoría Grimstad-Downard
puede no sonar totalmente increíble para nosotros. De acuerdo con “Sirius
Rising”, los Illuminati están preparando al mundo, de manera oculta, para
el contacto extraterrestre. Parte de la preparación mágica, que sólo los
Iluminados pueden entender, incluye:
(A)
La fundación del Instituto Tecnológico de California —Cal Tech —a los 33 ° de
latitud. (Esta fue realmente parte de la obra del ingeniero aeroespacial y
ocultista Jack Parsons, quien fuera, en efecto, discípulo de Crowley como hemos
visto. De hecho, según algunos informes, eran tantos los científicos del Cal
Tech involucrados en la magiak crowleyana, que el gobierno se preocupó y envió
agentes a infiltrarse en la O.T.O. para descubrir cuán subversiva era. L. Ron
Hubbard, fundador de la Cienciología, era miembro de esa rama de la O.T.O. en
ese momento, y más tarde afirmó que se había infiltrado en ella bajo órdenes de
la inteligencia naval.)
(B)
El asesinato de John F. Kennedy a los 33 ° de latitud, para cumplir con el
ritual alquímico de “la muerte del rey divino”.
(C)
El lanzamiento de cohetes a la Luna desde Cabo Kennedy, nuevamente a los 33 °
de latitud.
(D)
La disposición de que el primer hombre en caminar sobre la Luna fuera un Mason
del grado 33, cosa que Neil Armstrong era. (El Sr. Grimstad y el Sr. Downard
parecen compartir la idea, ampliamente sostenida por los fanáticos
anti-Illuminati, que todos los masones del grado 33 son iniciados Illuminati.)
Personalmente,
no creo para nada en este galimatías, aunque es similar al tipo de magia
numerológica-cabalística a la que los Illuminati se inclinarían, si es que
realmente existen. Y las locaciones dadas no están todas exactamente en los 33
° de latitud, aunque debo admitir que están muy cerca.
El tío Bob nos brinda una
buena pista: Downard y sus teorías ya estaban rondando los circuitos conspirológicos
desde – al menos – mediado de la década de 1970. Adam Gorightly, en su breve
biografía sobre Downard titulada James Shelby Downards Mystical War,
comenta:
King
Kill 33° de Downard se basa en un canon conspirativo más
amplio, que surgió en una serie de audiocasetes producida por el protegido de
Downard, William Grimstad, a mediados de la década de 1970, titulada Sirius
Rising.
Al parecer las cintas
originales eran varias, pero se han perdido. Sin embargo, un fragmento de algo
más de una hora fue editado en CD en 2018 y pueden verlo en YouTube.
William Grimstad, bajo el seudónimo de Jim Brandon, escribió dos clásicos forteanos: Weird America (1978) y The Rebirth of Pan (1983). En la sección “Dallas, Texas” de Weird America, Brandon presenta la teoría de que JFK era un “rey ceremonial que debía morir”, asesinado por alquimistas modernos siguiendo una antigua tradición pagana, una hipótesis a la que llegó “cierto grupo de opinión; sin dudas se trata de la idea más descabellada de la teoría del asesinato hasta la fecha”. Es llamativo que Brandon/Grimstad hable de “cierto grupo de opinión” y no mencione para nada al (presunto) creador de esa teoría, es decir, a James Shelby Downard (que, además, supuestamente era su amigo).
JUVENTUD PROFANA
Durante mucho tiempo, las
únicas obras disponibles de Downard fueron los ensayos mencionados (King-Kill/33°, Call to Chaos, Sorcery, Sex,
Assassination and the Science of Symbolism, y America, The Possessed
Corpse), pero aproximadamente una década después de su muerte, en 2006, Feral
House publicó The Carnivals of Life and Death, editado por Elana
Freeland a partir de un manuscrito que el finado Downard había dejado y que
resultó ser nada menos que la primera parte de su autobiografía.
La obra abarca su
infancia y juventud, en el período que va desde 1913 a 1935. Obviamente no dice
nada de sus primeros años de vida, aunque comienza de manera sorprendentemente
precoz en 1918, cuando Downard tenía apenas cinco años de edad. A ver, ya desde
el vamos las historias que Downard relata son increíbles, en el sentido literal
de la palabra, o sea: no son creíbles. La primera anécdota pinta a unos padres
crueles que en Noche Buena se van por ahí con su hermana y dejan al pequeño Shelby
atado a la cama. En la segunda anécdota un tipo merodeaba la casa de la
familia, y la madre envía al infante, solo, a preguntarle al extraño qué es lo
que buscaba. El tipo termina secuestrándolo, maniatándolo, amordazándolo y
encerrándolo en un gallinero. El pequeño – recordemos que tenía cinco años –
logra arrastrarse afuera, y escucha los planes del secuestrador (que ahora
estaba con dos secuaces), quien informaba a los otros dos (¿los Tres Rufianes?)
que debían matar al niño por encargo de alguien que les iba a pagar por
hacerlo. De alguna manera, el niño se las arregla para arrojarles un cartucho
de dinamita que vuela parte de la casa y mata a dos de los rufianes. Un policía
que estaba allí lo desata, y el pequeño le arrebata el arma, con la que mata al
rufián que había sobrevivido a la explosión.
El
policía me llevó aparte y me hizo prometer que no le contaría a nadie sobre su
participación en lo sucedido.
De muestra sobra un botón. Todo el libro es así. A lo largo de las páginas, Downard afirma que estaba siendo manipulado para participar en extraños rituales masónico/ocultistas y perseguido por agentes del Ku Klux Klan y masones secretos. Comienza a sospechar que sus padres (su madre, en realidad) le ponían trampas para que fuera asesinado: lo enviaban a lugares donde era emboscado, o donde había trampas innecesariamente complejísimas y mortíferas, etc., para hacerlo un pharmakos – o víctima sacrificial ritual – aunque siempre se las arreglaba para escapar y dar cuenta de sus enemigos, dando inicio a una feroz lucha contra la gran Conspiración que duraría el resto de su vida. El libro parece el guion descartado de una hipotética secuela pesadillesca de Mi Pobre Angelito, con Kevin siendo perseguido por asesinos esotéricos bastante torpes, una historia de Tintín escrita por William Burroughs, o un guion no aprobado de un Indiana Jones antimasónico, con calaveras de cristal incluidas y todo: entre otras cosas, Downard afirma haber escapado decenas de veces de trampas cazabobos (puertas-trampa, pisos falsos con estacas debajo, etc., tantas que son incontables), haber matado a varios hombres antes de tener 10 años, haber visto a los klaners colgar a un hombre de un árbol en una encrucijada, haber encontrado tesoros – como aquellos Certificados de Oro de un Millón de Dólares –, haber sido raptado (¡y crucificado!) junto a su padre por el Ku Klux Klan, haber visto a un tipo llamado Cock Robin haciéndole una fellatio a Alexander Graham Bell en la isla Jekyll, haberse realizado una autocircuncisión, conocer a J.P. Morgan Jr. (de quien dice que “era un brujo” y que poseía un “libro profético”), hacer que una anaconda enorme devorara a un encantador de serpientes que quería matarlo, haber encontrado un lugar donde criaban ciempiés gigantes y a una mujer que afirmaba tener contacto telepático con ellos, encontrar en un panteón una calavera de cristal y una máquina codificadora (similar a la máquina Enigma de los nazis) llamada Dayton Witch, asegura haber recibido una llamada de la Casa Blanca del por entonces presidente Franklin Delano Roosevelt (con quien luego se encontró en persona), y haber conocido (¡y electrocutado!) a León Trotski en México, entre otras tantas cosas más. Todo muy Pulp, y en un estilo poco lineal y difícil de seguir. También afirmaba que su padre había sido parte de la conspiración dentro de la conspiración; nuestro Downard era hijo de un Illuminatus:
Cuando
mi padre era joven y estudiaba en la Universidad de Michigan en Ann Arbor, se
unió primero a la fraternidad Delta Tau Delta y luego a una sociedad secreta
conocida como los Illuminati, supuestamente originada en Baviera: una
sociedad casi masónica y, por lo tanto, tan degenerada y perversa como
cualquiera pueda imaginarse. Mi padre era uno de esos jóvenes bien educados y
excepcionalmente capaces que son seleccionados regularmente entre sus
compañeros de clase para ser adoctrinados y entrenados en campos esotéricos
especializados, preparándose para ejecutar el Plan Maestro entre bastidores.
Era, como dicen, un personaje importante en el campus, parte de la creciente
clase gerencial y ejecutiva. Un joven como mi padre era conocido como un agentur,
como se retrata en la película de Hollywood, The Brotherhood of the Bell
(1970).
El historiador
estadounidense y profesor emérito de historia en la Universidad de Idaho Richard
B. Spence, escribió:
Confieso
que Carnivals fue probablemente el único libro que he arrojado contra la
pared por puro asco de que alguien esperara que me tragara semejante montón de
mierda. Sin embargo, siempre lo volvía a recoger. Quizás esperaba que revelara
que todo era una pesadilla, pero sobre todo porque es extrañamente fascinante, y bastante
perturbador: un mal viaje de ácido mezcla entre El Mago de Oz y Alicia
en el País de las Maravillas. (…) Si el mundo de Downard fuera una
película, solo podría ser dirigida por David Lynch.
No ayuda demasiado el
hecho de que el propio Downard aclare, al comienzo, que la obra se basaba en
recuerdos recuperados gracias a un método peculiar. Afirmaba haber
descubierto que, mediante la concentración, podía recordar detalles secretos de
incidentes del pasado que antes no recordaba. Esto es lo que reveló una
infancia en la que Downard se veía constantemente amenazado por funestas
sociedades secretas:
Día
tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, exhumé y desenterré
laboriosamente recuerdos casi como un arqueólogo en una excavación, y al
hacerlo comencé a reconstruir una extraña continuidad. A medida que las lagunas
de mi memoria desaparecían, pude contemplar lugares, personas y cosas
previamente olvidados, y percibir su interrelación. El pasado adquirió un
significado que antes no tenía. Comencé a comprender las causas de una serie de
espantosos incidentes místicos en mi vida y me di cuenta de que nada era lo que
parecía ser [el énfasis es mío].
Persistí
en mi retrospección con tanta diligencia que sentí como si estuviera reviviendo
el pasado, de modo que, en cierto sentido, el pasado se yuxtaponía con el
presente. Tras reconocer el pasado como el desafortunado conjunto que era,
continué examinando su aterrador cuerpo místico y, con el tiempo, comencé a
apreciar el humor que contenía: que haya podido sobrevivir contra todo
pronóstico es la mejor y mayor broma macabra imaginable.
Carl Gustav Jung (quien acuñara el término sincronicidad) es el antepasado más obvio del movimiento sincromístico, y Arthur Koestler y su Raíces de la Coincidencia sería otro. Sin embargo, creo que la influencia más directa del sincromisticismo moderno probablemente sea Robert Anton Wilson: en su obra explora
extensamente las sincronicidades junguianas y sus manifestaciones periódicas,
como por ejemplo con el Enigma 23 (idea tomada de W.S. Burroughs); la Trilogía Illuminatus (coescrita con Robert Shea) y su trilogía autobiográfica Cosmic Trigger fueron muy influyentes en el milieu alternativo a fines de los 70s y comienzos de los 80s en fanzines y comienzos de la era de internet. El término “sincromisticismo” fue acuñado
por primera vez por Jake Kotze en 2006, en su sitio web de entonces, Brave
New World Order. Kotze definió el concepto como: “el arte de encontrar
coincidencias significativas en lo aparentemente mundano con significado
místico o esotérico”; en esta comunidad, que creció principalmente en blogs, nos
encontramos a gente como el mismo Kotze, Rodney Ascher, Alan Abbadessa-Green,
Christopher Knowles, Eric Wargo, et al.
Con un ojo escrutador y
detector de símbolos, y ayudado por herramientas como la onomatología, y
la toponimia mística, James Shelby Downard se erige como otro de los
predecesores del sincromisticismo moderno, aunque menos accesible que RAW, y
bastante más pesimista y paranoico (¿tal vez influido por la John Birch Society?). Su King-Kill/33° tuvo un gran
impacto en la comunidad conspi, y de alguna manera fue iniciador para muchos
jóvenes norteamericanos. Además, todas las presuntas persecuciones, maquinaciones, acosos
y atentados constantes por parte de oscuros grupos conspirados hacen de Downard
también una proto-Víctima de Acoso Organizado o “Individuo marcado”, Targeted Individual, del Gang Stalking tan de moda en los círculos conspi
desde comienzos de la década de 2010.
En el prefacio de Carnivals
of Life and Death, el editor Adam Parfrey se pregunta:
¿Por
qué Downard se ensaña con los masones? ¿Acaso no son simplemente una fraternidad
payasesca de pequeños empresarios con atuendos ridículos? Downard afirma que no
le interesan los novatos ni la fachada filantrópica masónica. Le interesan los
líderes gubernamentales, empresariales y militares que forman parte de la
élite.
En King-Kill/33°,
Downard repite esta idea:
La
mayoría de los masones aparentemente desconocen la maldad que forma parte de la
masonería, y si la conocen, no la creen. Lo mismo ocurre con la mayoría de los
miembros de las logias clandestinas y las organizaciones fraternales de
orientación masónica, así como con las sociedades masónicas andróginas [mixtas].
¿DOWNARD NO ESTÁ?
Nathan Isaac es el creador
del excelente podcast Penny Royal. El podcast trata principalmente sobre
los misterios y los sucesos extraños que han ocurrido en el estado de Kentucky,
en la zona que abarca la meseta de Pennyroyal. En un artículo de 2020 titulado Mystery Machine, escribe:
James
Shelby Downard creó un retrato fantasmagórico e inquietante de una América
plagada de “brujería masónica”, sectas del “caos” y “toponomía mística”; una
América en la que, literalmente, nada era lo que parecía. Downard pretendió
desvelar esta realidad de pesadilla en obras como King-Kill/33°, su
exposición de los fundamentos ocultistas del asesinato de JFK, e incluso de
forma más vívida en su extraña autobiografía, The Carnivals of Life and
Death.
Gran
parte de lo que Downard escribió en sus obras parece confirmar nuestros propios
hallazgos en la investigación del misterio de Penny Royal. Somerset se presenta
como uno de esos pueblos estadounidenses con una apariencia de normalidad que
oculta una profunda red de corrupción y asesinatos, con una fuerte influencia
masónica, además de la presencia de numerosas sociedades secretas y órdenes
fraternales. Todo apunta a que se desarrolla aquí un psicodrama pagano con
increíble detalle, a lo largo de varias décadas, donde los acontecimientos
encajan a la perfección, como una misteriosa máquina sincronizada por una
fuerza mágica.
Pero
cuanto más profundizaba en los escritos de Downard, se hacía cada vez más
evidente, al menos para mí, que Downard podría no ser quien decía ser, y que
sus “escritos” no eran, de hecho, de su autoría. Una lectura superficial de sus
escritos revela que ninguno, ni siquiera su autobiografía, The Carnivals of Life and Death, fue escrito
únicamente por él. Todas estas obras incluyen un coautor, siempre perteneciente
a un pequeño grupo de personas: William Grimstad (alias Jim Brandon), Michael Hoffman, Elana Freeland o Adam Parfrey.
Desde
hace algunos años, sospecho que Downard podría ser una invención literaria [el énfasis es mío] empleada por estas personas y otras para difundir
sus teorías e ideas. Grimstad, Hoffman y Parfrey son figuras controvertidas por
derecho propio. Si indagaron más a fondo sobre quiénes eran estas personas,
probablemente descubrieron rápidamente que tienen fuertes vínculos con la
extrema derecha en la política estadounidense, afiliaciones con el Partido Nazi
Americano y conexiones con otros grupos supremacistas blancos. Conexiones
preocupantes.
La cosa se va poniendo
más y más espesa. ¿Downard existió o no existió? ¿Era una persona física o una suerte
de Honorio Bustos Domecq conspiranoico creado por un grupo de escritores
neonazis? ¿Era acaso un pobre señor paranoico que Grimstad, Hoffman y Parfrey
adoptaron como mascota porque se divertían con sus delirios? ¿De quién era,
entonces, la voz en las cintas de Sirius Rising que, afirmaban, era la
de Downard?
Varias cosas encendían
luces rojas en la atención de los curiosos downardianos: en vida, la
ausencia casi total de fotos, la imposibilidad de ubicarlo en algún domicilio
fijo, que toda su información fuera accesible solo a través del filtro de tres
personas (los ya mencionados Grimstad, Hoffman y Parfrey), y – ya fallecido
– lo inverosímil y absurdo de su autobiografía, y el hecho de que el beneficiario
de los derechos de autor de las obras de Downard fuera el propio Downard… ¡que
estaba muerto!
Nathan Isaac incluso llegó
a contratar a un investigador privado para ver si podían desenterrarse más
datos sobre el enigma. El investigador privado contactó tanto a Hoffman como a
Freeland, y ambos se mostraron dispuestos a brindar más información a cambio de
que Isaac aceptara no desacreditar a Downard si le proporcionaban información
sobre su identidad. Isaac reflexiona:
Esto
nos lleva a preguntarnos: si es quien dicen que es, si todas las historias son
ciertas y si él mismo escribió todo, ¿por qué tendríamos que aceptar no
publicar nada que lo desacreditara?
Alrededor de la misma
época (2020), Adam Gorightly solicitó información sobre Downard al FBI a través
de la FOIA. El resultado de dicha solicitud arrojó un solo documento, que en
esencia era un despotrique divagante de nueve páginas que Downard había enviado
en octubre de 1977 al por entonces director del FBI, Clarence Kelley. En la
carta, Downard acusaba al FBI (a quienes llama Federal Bureaucratic Inverts,
Invertidos Burocráticos Federales) y a la CIA de ser cómplices del grupo de
asesinos esotéricos que lo atosigaban. Nuevamente, esto no demostraba nada: la
carta podría ser una invención de los tres sospechosos antedichos, una especie
de Operation Mindfuck para joder con el FBI, y – de paso – para tener algún
asidero documental de background si es que a alguien se le ocurría
indagar sobre Downard…
ACECHANDO A LA GRAN
PROSTITUTA
Carnivals
se interrumpe en un punto cuando Downard tenía poco más de veinte años, y Adam
Parfrey, el editor, creía que el resto de sus escritos se habían perdido. Con
respecto a las obras inéditas, a comienzos de la década de 2010, Michael
Hoffman le informó a Adam Gorightly (autor de la primera biografía) que la
sobrina de Downard, Robbie Smith, tenía en su poder unos archivos guardados
bajo llave que ni Grimstad, ni Hoffman, ni Parfrey habían visto jamás. La
sobrina le contó a Hoffman sobre el contenido de los archivos y les puso un
precio. El valor era impagable para Hoffman, quien esperaba que la heredera no
se deshiciera del material. Cuenta Gorightly:
A
finales de 2015, Grimstad me informó que había conseguido lo que parecía ser la
segunda parte de la [auto]biografía de Downard (!) y me preguntó si me
interesaba publicar el material. ¡Por supuesto que sí!, le respondí.
Al parecer se trataba del
borrador de un libro que Downard había intentado escribir en la década de 1970.
Gorightly aceptó la tarea de editar dicho borrador, cosa bastante compleja,
como cuenta en su blog Historia Discordia:
Sin
embargo, había un inconveniente: el manuscrito estaba en formato de microficha
(de la década de 1980) y había que convertirlo a formato TIFF. Acepté compartir
los gastos de este proceso y, posteriormente, comencé a clasificar el material,
lo cual resultó una tarea bastante ardua, dado que constaba de la asombrosa
cantidad de 799 páginas, una combinación de material biográfico y reflexiones
de Downard sobre sus temas y teorías centrales, desarrolladas en la manera que
solo él podía hacer.
Esto también fue motivo
de sospecha por parte de los que creían que Downard era un recurso literario
creado por Grimstad, Hoffman y Parfrey: el tipo llevaba muerto casi dos
décadas, y sus escritos se presumían perdidos… ¿y de golpe aparece una segunda
parte de su autobiografía? Raro.
El comienzo de la historia de esta
segunda autobiografía se yuxtapone con el final de Carnivals, pero
pronto los aspectos autobiográficos quedan relegados a un segundo plano; siguen
apareciendo esporádicamente, aunque Downard se centra más en el análisis de la encrucijada
entre la magia ritual y la psicología de masas, culminando en El Misticismo
de los Nigromantes: un extenso capítulo final que examina de forma profunda
el asesinato de Kennedy desde la peculiar perspectiva downardiana. La
comparación deja en claro que King Kill/33° es una versión muy
abreviada de este capítulo final. El título que Downard había preconcebido para
este libro era Hechicería, sexo, asesinato y la ciencia del simbolismo,
título de uno de sus ensayos ya publicados, pero para distinguir esta autobiografía
de aquel texto, Gorightly decidió llamarla Stalking the Great Whore.
Prefacio:
Llamo la atención del lector sobre la posibilidad de que parte de este asunto pueda
ser difícil de comprender en una lectura superficial, ya que tiene que ver con
una Sociedad Secreta, que durante siglos ha estado involucrada con las “ciencias
ocultas”. Las enseñanzas de esta Sociedad, de acuerdo con el precepto oculto,
se han vuelto recónditas para los no iniciados y, por lo tanto, se ha ocultado
el verdadero significado de su maldad. Revelar cosas que han estado ocultas a
la percepción mental incluso de los extremadamente bien informados, durante
siglos, es una tarea difícil; pero debe hacerse.
Esta
Sociedad Secreta ha logrado, mediante artificios secretos, establecer una red
conspirativa que cubre al mundo. Esta red es un artificio oculto para
establecer un Gobierno Mundial Único, cuya presencia invisible ahora se
denomina “Gobierno Invisible” o “Imperio Invisible”. El Gobierno Mundial Único
fue planeado para gobernar a un pueblo unido y fusionado, que, sin
individualidad, trabajaría según las directrices de una mente comunitaria,
programada por los equipos de diseño científico del Gobierno. El plan para
lograrlo, llamado “Plan Maestro”, es completamente maligno en su concepto; sin
embargo, es presentado como un precepto del cristianismo por ciertos religiosos
y sus ilusos secuaces “cristianos” que predican las doctrinas de la Sociedad
Secreta.
El título, Stalking the Great Whore (Acechando a la Gran Prostituta en español), no es casual: la “Gran Prostituta” se trataba nada más y nada menos, que de Mary Annette Partin, conocida como Mary Anne Downard… ¡la esposa de James Shelby Downard! El casamiento se habría celebrado hacia fines de la década de 1930 y, al parecer, duró hasta 1945, cuando Downard y Mary Anette se divorciaron (siendo ella la que solicitó el divorcio).
A partir de allí, Downard
afirma que su ex esposa había sido sometida a un lavado de cerebro mediante
métodos ocultistas y científicos (con implantes electrónicos y cables saliendo
de su vulva y todo) para cumplir las órdenes de los masones, convirtiéndose en
una especie de “Alta Sacerdotisa de los Ritos de Magia Sexualis”, la
participante más lujuriosa de las depravadas orgías sexuales masónico-esotéricas, una
especie de Muñeca Cibernetico-Mágica Erótica, una Fem-Bot lasciva, la Esclava
Sexual perfecta para sus maléficos Amos Ocultos en las sombras. El proceso de
lavado de cerebro habría comenzado mientras la pareja aún estaba casada, y
Downard alega que él no pudo hacer nada porque su esposa, ya bajo el control del Imperio Invisible, lo drogaba para que él no pudiera reaccionar y combatir a sus
oscuros enemigos. Adam Parfrey refiere que
Downard
me cuenta que la Gran Prostituta lo drogaba con sustancias “abúlicas” y “amnésicas”
mientras ella huía para realizar “ritos sexuales” con hombres famosos e
infames.
“No
la culpo por su ninfomanía”, dice Shelby. “La tenían cableada. Un día encontré
un cable que le salía del culo. Lo saqué. Es un cable largo y delgado, y
conectado al extremo había un dispositivo microelectrónico. Esto era para
mantenerla en un estado constante de excitación sexual. A mí también me
implantaron uno”.
Estas “drogas abúlicas”, afirma Downard, provocan la pérdida o deterioro de la capacidad para realizar acciones voluntarias, mostrar iniciativa o tomar decisiones, aunque también funcionan como bloqueadores de recuerdos – lo que explicaría por qué Downard tenía aquellos “recuerdos reprimidos” que solo pudo recuperar mediante su método particular de concentración –, y que estas substancias “habían sido utilizadas por hechiceros durante siglos”, aunque han sido aggiornadas; esta mezcla de antigua brujería y tecnología moderna creaba una especie de “magia cibernética”:
han
recibido un toque de ingenio estadounidense: han sido modernizadas por médicos
locos que practican la hechicería científica como asistentes espectrales de la
policía. En algunos ritos, las víctimas son drogadas con los llamados fármacos
abúlicos y estimuladas sexualmente mediante implantes de biotelemetría.
Al
igual que la “Poción de Amor N.°9” de la vieja canción de rock ‘n’ roll, las
víctimas son drogadas con fármacos abúlicos que son tan efectivos como lo
fueron las pociones de Circe para los antiguos griegos.
Las alusiones de Downard a
los movimientos en el mapa de la Gran Prostituta concuerdan bastante bien con
la vida de Anne después de su separación, según descubrió el Dr. Richard Spence
¿Los viajes a lo largo de EEUU que realizaba Downard – que él explicaba como
huidas para eludir los atentados contra su persona por parte de sus
perseguidores masónicos – eran en realidad el itinerario de un marido despechado
que perseguía a su ex mujer? ¿Era Downard acaso un tipo que se divorció de su
esposa, nunca lo superó y creó toda una mitología alrededor de su figura?
Su ex esposa se había
vuelto a casar, y aparentemente se movía en círculos muy influyentes, viajando
por todo el país de manera frecuente. Al parecer, Downard comenzó a perseguir a
su ex que viajaba junto a su nuevo marido. Algunas escenas de estas persecuciones
son en Louisiana, donde ella supuestamente “actuaba” en una especie de ritual
mágico/sexual de Saturnalia en honor a Franklin D. Roosevelt; otras se
desarrollan en California, donde Downard rastrea a su ex hasta el observatorio
del monte Palomar, donde es forzado a salirse de la carretera por los
conspirados masónicos – casi causándole la muerte. Downard afirma que el lugar
era un “sitio de poder” por el que pasaba una línea Ley que, antes de la fundación del observatorio, había
albergado reuniones de la rama americana de la Ordo Templi Orientis (a la que había
pertenecido Jack Parsons, discípulo de Aleister Crowley y fundador del Laboratorio
de Propulsión a Chorro del CalTech), pero que seguía siendo, a comienzos de la
década de 1950, sede de reuniones ocultistas: la sala de observación del
telescopio de Palomar, asevera Downard, se utilizaba como cámara de radiación
para los iniciados del culto a Saturno-Sirio, quienes realizaban sus “rituales depravados”
cuando la luz estelar inundaba la sala al apuntar el telescopio a Saturno o
Sirio. El telescopio sería el Ojo que Todo lo Ve en la simbología
masónica-ocultista, por supuesto, en esta operación mágica de unión alquímica del macrocosmos estelar con el microcosmos terrestre: el matrimonio del cielo y la tierra.
A todo esto, el
surgimiento de nuevos datos excavados por el Dr. Richard Spence, revelaron más
cosas sobre la persona de James Shelby Downard…
Pero
esto vamos a dejarlo para una próxima entrada…
Continuará…



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