sábado, 29 de noviembre de 2025

JAMES SHELBY DOWNARD: EL PADRINO DE LA CONSPIRANOIA SINCROMÍSTICA – PARTE II

JAMES SHELBY DOWNARD: EL PADRINO DE LA CONSPIRANOIA SINCROMÍSTICA – PARTE II

Por: Mazzu

 

 


EL DETECTIVE PARANOICO DE LO OCULTO

Profundicé mi interés en Mr. James Shelby Downard escuchando podcasts. Creo que la primera vez que oí sobre él en un podcast fue en la voz de Adam Gorightly, que estaba como invitado en Conspirinormal (episodio 33 [!], julio de 2013). La figura de Downard era magnética, pero las búsquedas sobre el personaje resultaban prácticamente estériles.

La información que había hasta ese momento sobre él era bastante oscura: nacido el 13 de marzo de 1913 y fallecido el 16 de marzo de 1998, la imagen que se tenía de Downard por aquel entonces era la de un ermitaño mezcla de investigador paranoico de lo oculto y de genio loco, que huía (armado con una Colt 45 siempre cargada) de posibles intentos de asesinato por parte de los masones conspirados en su contra, mientras viajaba de estado en estado en su tráiler Airstream estudiando las relaciones místicas entre ciertos lugares especiales de la geografía norteamericana, su onomatología, y la historia oculta de los Estados Unidos. Ese era el retrato que pintaban sus asociados cercanos como Michael A. Hoffman II, William Grimstad y Adam Parfrey.

En el prefacio de la autobiografía de Downard, The Carnivals of Life and Death, Adam Parfrey escribe:

Entre sus defensores, James Shelby Downard es una figura casi mítica. A lo largo de los años, decenas de devotos fans escribieron y enviaron correos electrónicos a Feral House solicitando más obras de Downard. Una banda punk de Atlanta se puso el nombre King-Kill 33° y Marilyn Manson compuso una canción con el mismo nombre. (…)


King-Kill 33°  Marilyn Manson

Los guardianes de la realidad mainstream no tardarían en tachar a Downard de chiflado. De hecho, Downard poseía las características típicas de la chifladura: frecuentes envíos de correspondencia que revelaban recuerdos previamente suprimidos por el control mental, en sobres sellados con una cita de Ambrose Bierce: «Mi país, eres tú/ dulce tierra de delitos».

En otro artículo breve titulado Riding the Downardian Nightmare, Parfrey añade:

Feral House recibe cartas de cineastas y de gente común a diario rogando por la dirección de Downard. Pero Downard solía pasar la mayor parte del tiempo viajando por el país en su caravana Airstream, explorando la magia geomántica.


Tráiler Airstream

Michael A. Hoffman, en la introducción de King-Kill/33° en su página web, nos ofrece otras pinceladas de la vida nómade de Mr. Downard:

Recuerdo estar sentado en la caravana de Shelby en San Petersburgo, Florida, en 1977, junto al gran filósofo forteano William N. Grimstad y Charles Saunders, un brillante ermitaño que fue amigo íntimo de Jack Kerouac hacia el final de la vida del escritor beat (…).

La conversación de Shelby aquel día abarcó desde el significado oculto del theremín hasta las implicaciones mágicas de los ascensores, la relación que tenía con un conejo evanescente llamado Petey; las siniestras connotaciones del circo y la topografía mística del suroeste americano, que el señor Downard conocía como la palma de su mano. Mientras freía nuestras hamburguesas, nos deleitaba con su acento de buscador de oro sobre las maravillas ocultas de un tapiz de coincidencias que tejía a partir de los detalles aparentemente mundanos de la vida cotidiana, convirtiéndolo en una alfombra mágica de incomparable extrañeza y utilidad sin parangón.

El primer artículo publicado de Downard, como dijimos en la entrada anterior, fue una versión abreviada del ensayo King-Kill/33°, coescrito con Michael A. Hoffman II. Este formaba parte de Apocalypse Culture, una antología de autores variopintos bastante marginales, publicada en 1987 a través de Feral House, editorial fundada por Adam Parfrey.



Pero la primera mención escrita sobre las teorías de Downard figura nada más y nada menos que en la genial autobiografía de Robert Anton Wilson, Cosmic Trigger I, de 1977. Ahí, RAW escribe:

El Sr. Grimstad me envió una cinta titulada “Sirius Rising” en la que él y otro aficionado a las conspiraciones llamado Downard describían la más absurda, la más increíble, la más ridícula teoría Illuminati de todas. El único problema es que, después de los datos extraños que ya hemos examinado, la Teoría Grimstad-Downard puede no sonar totalmente increíble para nosotros. De acuerdo con “Sirius Rising”, los Illuminati están preparando al mundo, de manera oculta, para el contacto extraterrestre. Parte de la preparación mágica, que sólo los Iluminados pueden entender, incluye:

(A) La fundación del Instituto Tecnológico de California —Cal Tech —a los 33 ° de latitud. (Esta fue realmente parte de la obra del ingeniero aeroespacial y ocultista Jack Parsons, quien fuera, en efecto, discípulo de Crowley como hemos visto. De hecho, según algunos informes, eran tantos los científicos del Cal Tech involucrados en la magiak crowleyana, que el gobierno se preocupó y envió agentes a infiltrarse en la O.T.O. para descubrir cuán subversiva era. L. Ron Hubbard, fundador de la Cienciología, era miembro de esa rama de la O.T.O. en ese momento, y más tarde afirmó que se había infiltrado en ella bajo órdenes de la inteligencia naval.)

(B) El asesinato de John F. Kennedy a los 33 ° de latitud, para cumplir con el ritual alquímico de “la muerte del rey divino”.

(C) El lanzamiento de cohetes a la Luna desde Cabo Kennedy, nuevamente a los 33 ° de latitud.

(D) La disposición de que el primer hombre en caminar sobre la Luna fuera un Mason del grado 33, cosa que Neil Armstrong era. (El Sr. Grimstad y el Sr. Downard parecen compartir la idea, ampliamente sostenida por los fanáticos anti-Illuminati, que todos los masones del grado 33 son iniciados Illuminati.)

Personalmente, no creo para nada en este galimatías, aunque es similar al tipo de magia numerológica-cabalística a la que los Illuminati se inclinarían, si es que realmente existen. Y las locaciones dadas no están todas exactamente en los 33 ° de latitud, aunque debo admitir que están muy cerca.

El tío Bob nos brinda una buena pista: Downard y sus teorías ya estaban rondando los circuitos conspirológicos desde – al menos – mediado de la década de 1970. Adam Gorightly, en su breve biografía sobre Downard titulada James Shelby Downards Mystical War, comenta:

King Kill 33° de Downard se basa en un canon conspirativo más amplio, que surgió en una serie de audiocasetes producida por el protegido de Downard, William Grimstad, a mediados de la década de 1970, titulada Sirius Rising.

Al parecer las cintas originales eran varias, pero se han perdido. Sin embargo, un fragmento de algo más de una hora fue editado en CD en 2018 y pueden verlo en YouTube.



William Grimstad, bajo el seudónimo de Jim Brandon, escribió dos clásicos forteanos: Weird America (1978) y The Rebirth of Pan (1983). En la sección “Dallas, Texas” de Weird America, Brandon presenta la teoría de que JFK era un “rey ceremonial que debía morir”, asesinado por alquimistas modernos siguiendo una antigua tradición pagana, una hipótesis a la que llegó “cierto grupo de opinión; sin dudas se trata de la idea más descabellada de la teoría del asesinato hasta la fecha”. Es llamativo que Brandon/Grimstad hable de cierto grupo de opinión” y no mencione para nada al (presunto) creador de esa teoría, es decir, a James Shelby Downard (que, además, supuestamente era su amigo).

 

JUVENTUD PROFANA

Durante mucho tiempo, las únicas obras disponibles de Downard fueron los ensayos mencionados (King-Kill/33°, Call to Chaos, Sorcery, Sex, Assassination and the Science of Symbolism, y America, The Possessed Corpse), pero aproximadamente una década después de su muerte, en 2006, Feral House publicó The Carnivals of Life and Death, editado por Elana Freeland a partir de un manuscrito que el finado Downard había dejado y que resultó ser nada menos que la primera parte de su autobiografía.

La obra abarca su infancia y juventud, en el período que va desde 1913 a 1935. Obviamente no dice nada de sus primeros años de vida, aunque comienza de manera sorprendentemente precoz en 1918, cuando Downard tenía apenas cinco años de edad. A ver, ya desde el vamos las historias que Downard relata son increíbles, en el sentido literal de la palabra, o sea: no son creíbles. La primera anécdota pinta a unos padres crueles que en Noche Buena se van por ahí con su hermana y dejan al pequeño Shelby atado a la cama. En la segunda anécdota un tipo merodeaba la casa de la familia, y la madre envía al infante, solo, a preguntarle al extraño qué es lo que buscaba. El tipo termina secuestrándolo, maniatándolo, amordazándolo y encerrándolo en un gallinero. El pequeño – recordemos que tenía cinco años – logra arrastrarse afuera, y escucha los planes del secuestrador (que ahora estaba con dos secuaces), quien informaba a los otros dos (¿los Tres Rufianes?) que debían matar al niño por encargo de alguien que les iba a pagar por hacerlo. De alguna manera, el niño se las arregla para arrojarles un cartucho de dinamita que vuela parte de la casa y mata a dos de los rufianes. Un policía que estaba allí lo desata, y el pequeño le arrebata el arma, con la que mata al rufián que había sobrevivido a la explosión.

El policía me llevó aparte y me hizo prometer que no le contaría a nadie sobre su participación en lo sucedido.



De muestra sobra un botón. Todo el libro es así. A lo largo de las páginas, Downard afirma que estaba siendo manipulado para participar en extraños rituales masónico/ocultistas y perseguido por agentes del Ku Klux Klan y masones secretos. Comienza a sospechar que sus padres (su madre, en realidad) le ponían trampas para que fuera asesinado: lo enviaban a lugares donde era emboscado, o donde había trampas innecesariamente complejísimas y mortíferas, etc., para hacerlo un pharmakos – o víctima sacrificial ritual – aunque siempre se las arreglaba para escapar y dar cuenta de sus enemigos, dando inicio a una feroz lucha contra la gran Conspiración que duraría el resto de su vida. El libro parece el guion descartado de una hipotética secuela pesadillesca de Mi Pobre Angelito, con Kevin siendo perseguido por asesinos esotéricos bastante torpes, una historia de Tintín escrita por William Burroughs, o un guion no aprobado de un Indiana Jones antimasónico, con calaveras de cristal incluidas y todo: entre otras cosas, Downard afirma haber escapado decenas de veces de trampas cazabobos (puertas-trampa, pisos falsos con estacas debajo, etc., tantas que son incontables), haber matado a varios hombres antes de tener 10 años, haber visto a los klaners colgar a un hombre de un árbol en una encrucijada, haber encontrado tesoros – como aquellos Certificados de Oro de un Millón de Dólares –, haber sido raptado (¡y crucificado!) junto a su padre por el Ku Klux Klan, haber visto a un tipo llamado Cock Robin haciéndole una fellatio a Alexander Graham Bell en la isla Jekyll, haberse realizado una autocircuncisión, conocer a J.P. Morgan Jr. (de quien dice que “era un brujo” y que poseía un “libro profético”), hacer que una anaconda enorme devorara a un encantador de serpientes que quería matarlo, haber encontrado un lugar donde criaban ciempiés gigantes y a una mujer que afirmaba tener contacto telepático con ellos, encontrar en un panteón una calavera de cristal y una máquina codificadora (similar a la máquina Enigma de los nazis) llamada Dayton Witch, asegura haber recibido una llamada de la Casa Blanca del por entonces presidente Franklin Delano Roosevelt (con quien luego se encontró en persona), y haber conocido (¡y electrocutado!) a León Trotski en México, entre otras tantas cosas más. Todo muy Pulp, y en un estilo poco lineal y difícil de seguir. También afirmaba que su padre había sido parte de la conspiración dentro de la conspiración; nuestro Downard era hijo de un Illuminatus:

Cuando mi padre era joven y estudiaba en la Universidad de Michigan en Ann Arbor, se unió primero a la fraternidad Delta Tau Delta y luego a una sociedad secreta conocida como los Illuminati, supuestamente originada en Baviera: una sociedad casi masónica y, por lo tanto, tan degenerada y perversa como cualquiera pueda imaginarse. Mi padre era uno de esos jóvenes bien educados y excepcionalmente capaces que son seleccionados regularmente entre sus compañeros de clase para ser adoctrinados y entrenados en campos esotéricos especializados, preparándose para ejecutar el Plan Maestro entre bastidores. Era, como dicen, un personaje importante en el campus, parte de la creciente clase gerencial y ejecutiva. Un joven como mi padre era conocido como un agentur, como se retrata en la película de Hollywood, The Brotherhood of the Bell (1970).

 


El historiador estadounidense y profesor emérito de historia en la Universidad de Idaho Richard B. Spence, escribió:

Confieso que Carnivals fue probablemente el único libro que he arrojado contra la pared por puro asco de que alguien esperara que me tragara semejante montón de mierda. Sin embargo, siempre lo volvía a recoger. Quizás esperaba que revelara que todo era una pesadilla, pero sobre todo porque es extrañamente fascinante, y bastante perturbador: un mal viaje de ácido mezcla entre El Mago de Oz y Alicia en el País de las Maravillas. (…) Si el mundo de Downard fuera una película, solo podría ser dirigida por David Lynch.

No ayuda demasiado el hecho de que el propio Downard aclare, al comienzo, que la obra se basaba en recuerdos recuperados gracias a un método peculiar. Afirmaba haber descubierto que, mediante la concentración, podía recordar detalles secretos de incidentes del pasado que antes no recordaba. Esto es lo que reveló una infancia en la que Downard se veía constantemente amenazado por funestas sociedades secretas:

Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, exhumé y desenterré laboriosamente recuerdos casi como un arqueólogo en una excavación, y al hacerlo comencé a reconstruir una extraña continuidad. A medida que las lagunas de mi memoria desaparecían, pude contemplar lugares, personas y cosas previamente olvidados, y percibir su interrelación. El pasado adquirió un significado que antes no tenía. Comencé a comprender las causas de una serie de espantosos incidentes místicos en mi vida y me di cuenta de que nada era lo que parecía ser [el énfasis es mío].

Persistí en mi retrospección con tanta diligencia que sentí como si estuviera reviviendo el pasado, de modo que, en cierto sentido, el pasado se yuxtaponía con el presente. Tras reconocer el pasado como el desafortunado conjunto que era, continué examinando su aterrador cuerpo místico y, con el tiempo, comencé a apreciar el humor que contenía: que haya podido sobrevivir contra todo pronóstico es la mejor y mayor broma macabra imaginable.

 



Carl Gustav Jung (quien acuñara el término sincronicidad) es el antepasado más obvio del movimiento sincromístico, y Arthur Koestler y su Raíces de la Coincidencia sería otro. Sin embargo, creo que la influencia más directa del sincromisticismo moderno probablemente sea Robert Anton Wilson: en su obra explora extensamente las sincronicidades junguianas y sus manifestaciones periódicas, como por ejemplo con el Enigma 23 (idea tomada de W.S. Burroughs); la Trilogía Illuminatus (coescrita con Robert Shea) y su trilogía autobiográfica Cosmic Trigger fueron muy influyentes en el milieu alternativo a fines de los 70s y comienzos de los 80s en fanzines y comienzos de la era de internet. El término “sincromisticismo” fue acuñado por primera vez por Jake Kotze en 2006, en su sitio web de entonces, Brave New World Order. Kotze definió el concepto como: “el arte de encontrar coincidencias significativas en lo aparentemente mundano con significado místico o esotérico”; en esta comunidad, que creció principalmente en blogs, nos encontramos a gente como el mismo Kotze, Rodney AscherAlan Abbadessa-Green, Christopher Knowles, Eric Wargo, et al.

Con un ojo escrutador y detector de símbolos, y ayudado por herramientas como la onomatología, y la toponimia mística, James Shelby Downard se erige como otro de los predecesores del sincromisticismo moderno, aunque menos accesible que RAW, y bastante más pesimista y paranoico (¿tal vez influido por la John Birch Society?). Su King-Kill/33° tuvo un gran impacto en la comunidad conspi, y de alguna manera fue iniciador para muchos jóvenes norteamericanos. Además, todas las presuntas persecuciones, maquinaciones, acosos y atentados constantes por parte de oscuros grupos conspirados hacen de Downard también una proto-Víctima de Acoso Organizado o “Individuo marcado”, Targeted Individual, del Gang Stalking tan de moda en los círculos conspi desde comienzos de la década de 2010.

 

En el prefacio de Carnivals of Life and Death, el editor Adam Parfrey se pregunta:

¿Por qué Downard se ensaña con los masones? ¿Acaso no son simplemente una fraternidad payasesca de pequeños empresarios con atuendos ridículos? Downard afirma que no le interesan los novatos ni la fachada filantrópica masónica. Le interesan los líderes gubernamentales, empresariales y militares que forman parte de la élite.

En King-Kill/33°, Downard repite esta idea:

La mayoría de los masones aparentemente desconocen la maldad que forma parte de la masonería, y si la conocen, no la creen. Lo mismo ocurre con la mayoría de los miembros de las logias clandestinas y las organizaciones fraternales de orientación masónica, así como con las sociedades masónicas andróginas [mixtas].

 


¿DOWNARD NO ESTÁ?

Nathan Isaac es el creador del excelente podcast Penny Royal. El podcast trata principalmente sobre los misterios y los sucesos extraños que han ocurrido en el estado de Kentucky, en la zona que abarca la meseta de Pennyroyal. En un artículo de 2020 titulado Mystery Machine, escribe:

James Shelby Downard creó un retrato fantasmagórico e inquietante de una América plagada de “brujería masónica”, sectas del “caos” y “toponomía mística”; una América en la que, literalmente, nada era lo que parecía. Downard pretendió desvelar esta realidad de pesadilla en obras como King-Kill/33°, su exposición de los fundamentos ocultistas del asesinato de JFK, e incluso de forma más vívida en su extraña autobiografía, The Carnivals of Life and Death.

Gran parte de lo que Downard escribió en sus obras parece confirmar nuestros propios hallazgos en la investigación del misterio de Penny Royal. Somerset se presenta como uno de esos pueblos estadounidenses con una apariencia de normalidad que oculta una profunda red de corrupción y asesinatos, con una fuerte influencia masónica, además de la presencia de numerosas sociedades secretas y órdenes fraternales. Todo apunta a que se desarrolla aquí un psicodrama pagano con increíble detalle, a lo largo de varias décadas, donde los acontecimientos encajan a la perfección, como una misteriosa máquina sincronizada por una fuerza mágica.

Pero cuanto más profundizaba en los escritos de Downard, se hacía cada vez más evidente, al menos para mí, que Downard podría no ser quien decía ser, y que sus “escritos” no eran, de hecho, de su autoría. Una lectura superficial de sus escritos revela que ninguno, ni siquiera su autobiografía, The Carnivals of Life and Death, fue escrito únicamente por él. Todas estas obras incluyen un coautor, siempre perteneciente a un pequeño grupo de personas: William Grimstad (alias Jim Brandon), Michael Hoffman, Elana Freeland o Adam Parfrey.

Desde hace algunos años, sospecho que Downard podría ser una invención literaria [el énfasis es mío] empleada por estas personas y otras para difundir sus teorías e ideas. Grimstad, Hoffman y Parfrey son figuras controvertidas por derecho propio. Si indagaron más a fondo sobre quiénes eran estas personas, probablemente descubrieron rápidamente que tienen fuertes vínculos con la extrema derecha en la política estadounidense, afiliaciones con el Partido Nazi Americano y conexiones con otros grupos supremacistas blancos. Conexiones preocupantes.



La cosa se va poniendo más y más espesa. ¿Downard existió o no existió? ¿Era una persona física o una suerte de Honorio Bustos Domecq conspiranoico creado por un grupo de escritores neonazis? ¿Era acaso un pobre señor paranoico que Grimstad, Hoffman y Parfrey adoptaron como mascota porque se divertían con sus delirios? ¿De quién era, entonces, la voz en las cintas de Sirius Rising que, afirmaban, era la de Downard?

Varias cosas encendían luces rojas en la atención de los curiosos downardianos: en vida, la ausencia casi total de fotos, la imposibilidad de ubicarlo en algún domicilio fijo, que toda su información fuera accesible solo a través del filtro de tres personas (los ya mencionados Grimstad, Hoffman y Parfrey), y – ya fallecido – lo inverosímil y absurdo de su autobiografía, y el hecho de que el beneficiario de los derechos de autor de las obras de Downard fuera el propio Downard… ¡que estaba muerto!

Nathan Isaac incluso llegó a contratar a un investigador privado para ver si podían desenterrarse más datos sobre el enigma. El investigador privado contactó tanto a Hoffman como a Freeland, y ambos se mostraron dispuestos a brindar más información a cambio de que Isaac aceptara no desacreditar a Downard si le proporcionaban información sobre su identidad. Isaac reflexiona:

Esto nos lleva a preguntarnos: si es quien dicen que es, si todas las historias son ciertas y si él mismo escribió todo, ¿por qué tendríamos que aceptar no publicar nada que lo desacreditara?

Alrededor de la misma época (2020), Adam Gorightly solicitó información sobre Downard al FBI a través de la FOIA. El resultado de dicha solicitud arrojó un solo documento, que en esencia era un despotrique divagante de nueve páginas que Downard había enviado en octubre de 1977 al por entonces director del FBI, Clarence Kelley. En la carta, Downard acusaba al FBI (a quienes llama Federal Bureaucratic Inverts, Invertidos Burocráticos Federales) y a la CIA de ser cómplices del grupo de asesinos esotéricos que lo atosigaban. Nuevamente, esto no demostraba nada: la carta podría ser una invención de los tres sospechosos antedichos, una especie de Operation Mindfuck para joder con el FBI, y – de paso – para tener algún asidero documental de background si es que a alguien se le ocurría indagar sobre Downard…



ACECHANDO A LA GRAN PROSTITUTA

Carnivals se interrumpe en un punto cuando Downard tenía poco más de veinte años, y Adam Parfrey, el editor, creía que el resto de sus escritos se habían perdido. Con respecto a las obras inéditas, a comienzos de la década de 2010, Michael Hoffman le informó a Adam Gorightly (autor de la primera biografía) que la sobrina de Downard, Robbie Smith, tenía en su poder unos archivos guardados bajo llave que ni Grimstad, ni Hoffman, ni Parfrey habían visto jamás. La sobrina le contó a Hoffman sobre el contenido de los archivos y les puso un precio. El valor era impagable para Hoffman, quien esperaba que la heredera no se deshiciera del material. Cuenta Gorightly:  

A finales de 2015, Grimstad me informó que había conseguido lo que parecía ser la segunda parte de la [auto]biografía de Downard (!) y me preguntó si me interesaba publicar el material. ¡Por supuesto que sí!, le respondí.

Al parecer se trataba del borrador de un libro que Downard había intentado escribir en la década de 1970. Gorightly aceptó la tarea de editar dicho borrador, cosa bastante compleja, como cuenta en su blog Historia Discordia:

Sin embargo, había un inconveniente: el manuscrito estaba en formato de microficha (de la década de 1980) y había que convertirlo a formato TIFF. Acepté compartir los gastos de este proceso y, posteriormente, comencé a clasificar el material, lo cual resultó una tarea bastante ardua, dado que constaba de la asombrosa cantidad de 799 páginas, una combinación de material biográfico y reflexiones de Downard sobre sus temas y teorías centrales, desarrolladas en la manera que solo él podía hacer.



Esto también fue motivo de sospecha por parte de los que creían que Downard era un recurso literario creado por Grimstad, Hoffman y Parfrey: el tipo llevaba muerto casi dos décadas, y sus escritos se presumían perdidos… ¿y de golpe aparece una segunda parte de su autobiografía? Raro.

El comienzo de la historia de esta segunda autobiografía se yuxtapone con el final de Carnivals, pero pronto los aspectos autobiográficos quedan relegados a un segundo plano; siguen apareciendo esporádicamente, aunque Downard se centra más en el análisis de la encrucijada entre la magia ritual y la psicología de masas, culminando en El Misticismo de los Nigromantes: un extenso capítulo final que examina de forma profunda el asesinato de Kennedy desde la peculiar perspectiva downardiana. La comparación deja en claro que King Kill/33° es una versión muy abreviada de este capítulo final. El título que Downard había preconcebido para este libro era Hechicería, sexo, asesinato y la ciencia del simbolismo, título de uno de sus ensayos ya publicados, pero para distinguir esta autobiografía de aquel texto, Gorightly decidió llamarla Stalking the Great Whore.



Prefacio:

Llamo la atención del lector sobre la posibilidad de que parte de este asunto pueda ser difícil de comprender en una lectura superficial, ya que tiene que ver con una Sociedad Secreta, que durante siglos ha estado involucrada con las “ciencias ocultas”. Las enseñanzas de esta Sociedad, de acuerdo con el precepto oculto, se han vuelto recónditas para los no iniciados y, por lo tanto, se ha ocultado el verdadero significado de su maldad. Revelar cosas que han estado ocultas a la percepción mental incluso de los extremadamente bien informados, durante siglos, es una tarea difícil; pero debe hacerse.

Esta Sociedad Secreta ha logrado, mediante artificios secretos, establecer una red conspirativa que cubre al mundo. Esta red es un artificio oculto para establecer un Gobierno Mundial Único, cuya presencia invisible ahora se denomina “Gobierno Invisible” o “Imperio Invisible”. El Gobierno Mundial Único fue planeado para gobernar a un pueblo unido y fusionado, que, sin individualidad, trabajaría según las directrices de una mente comunitaria, programada por los equipos de diseño científico del Gobierno. El plan para lograrlo, llamado “Plan Maestro”, es completamente maligno en su concepto; sin embargo, es presentado como un precepto del cristianismo por ciertos religiosos y sus ilusos secuaces “cristianos” que predican las doctrinas de la Sociedad Secreta.

 

El título, Stalking the Great Whore (Acechando a la Gran Prostituta en español), no es casual: la “Gran Prostituta” se trataba nada más y nada menos, que de Mary Annette Partin, conocida como Mary Anne Downard… ¡la esposa de James Shelby Downard! El casamiento se habría celebrado hacia fines de la década de 1930 y, al parecer, duró hasta 1945, cuando Downard y Mary Anette se divorciaron (siendo ella la que solicitó el divorcio).

A partir de allí, Downard afirma que su ex esposa había sido sometida a un lavado de cerebro mediante métodos ocultistas y científicos (con implantes electrónicos y cables saliendo de su vulva y todo) para cumplir las órdenes de los masones, convirtiéndose en una especie de “Alta Sacerdotisa de los Ritos de Magia Sexualis”, la participante más lujuriosa de las depravadas orgías sexuales masónico-esotéricas, una especie de Muñeca Cibernetico-Mágica Erótica, una Fem-Bot lasciva, la Esclava Sexual perfecta para sus maléficos Amos Ocultos en las sombras. El proceso de lavado de cerebro habría comenzado mientras la pareja aún estaba casada, y Downard alega que él no pudo hacer nada porque su esposa, ya bajo el control del Imperio Invisible, lo drogaba para que él no pudiera reaccionar y combatir a sus oscuros enemigos. Adam Parfrey refiere que

Downard me cuenta que la Gran Prostituta lo drogaba con sustancias “abúlicas” y “amnésicas” mientras ella huía para realizar “ritos sexuales” con hombres famosos e infames.

“No la culpo por su ninfomanía”, dice Shelby. “La tenían cableada. Un día encontré un cable que le salía del culo. Lo saqué. Es un cable largo y delgado, y conectado al extremo había un dispositivo microelectrónico. Esto era para mantenerla en un estado constante de excitación sexual. A mí también me implantaron uno”.

Estas “drogas abúlicas”, afirma Downard, provocan la pérdida o deterioro de la capacidad para realizar acciones voluntarias, mostrar iniciativa o tomar decisiones, aunque también funcionan como bloqueadores de recuerdos – lo que explicaría por qué Downard tenía aquellos “recuerdos reprimidos” que solo pudo recuperar mediante su método particular de concentración –, y que estas substancias “habían sido utilizadas por hechiceros durante siglos”, aunque han sido aggiornadas; esta mezcla de antigua brujería y tecnología moderna creaba una especie de “magia cibernética:

han recibido un toque de ingenio estadounidense: han sido modernizadas por médicos locos que practican la hechicería científica como asistentes espectrales de la policía. En algunos ritos, las víctimas son drogadas con los llamados fármacos abúlicos y estimuladas sexualmente mediante implantes de biotelemetría.

Al igual que la “Poción de Amor N.°9” de la vieja canción de rock ‘n’ roll, las víctimas son drogadas con fármacos abúlicos que son tan efectivos como lo fueron las pociones de Circe para los antiguos griegos.

 

Love Potion Number Nine – The Searchers

Las alusiones de Downard a los movimientos en el mapa de la Gran Prostituta concuerdan bastante bien con la vida de Anne después de su separación, según descubrió el Dr. Richard Spence ¿Los viajes a lo largo de EEUU que realizaba Downard – que él explicaba como huidas para eludir los atentados contra su persona por parte de sus perseguidores masónicos – eran en realidad el itinerario de un marido despechado que perseguía a su ex mujer? ¿Era Downard acaso un tipo que se divorció de su esposa, nunca lo superó y creó toda una mitología alrededor de su figura?

Su ex esposa se había vuelto a casar, y aparentemente se movía en círculos muy influyentes, viajando por todo el país de manera frecuente. Al parecer, Downard comenzó a perseguir a su ex que viajaba junto a su nuevo marido. Algunas escenas de estas persecuciones son en Louisiana, donde ella supuestamente “actuaba” en una especie de ritual mágico/sexual de Saturnalia en honor a Franklin D. Roosevelt; otras se desarrollan en California, donde Downard rastrea a su ex hasta el observatorio del monte Palomar, donde es forzado a salirse de la carretera por los conspirados masónicos – casi causándole la muerte. Downard afirma que el lugar era un “sitio de poder” por el que pasaba una línea Ley que, antes de la fundación del observatorio, había albergado reuniones de la rama americana de la Ordo Templi Orientis (a la que había pertenecido Jack Parsons, discípulo de Aleister Crowley y fundador del Laboratorio de Propulsión a Chorro del CalTech), pero que seguía siendo, a comienzos de la década de 1950, sede de reuniones ocultistas: la sala de observación del telescopio de Palomar, asevera Downard, se utilizaba como cámara de radiación para los iniciados del culto a Saturno-Sirio, quienes realizaban sus “rituales depravados” cuando la luz estelar inundaba la sala al apuntar el telescopio a Saturno o Sirio. El telescopio sería el Ojo que Todo lo Ve en la simbología masónica-ocultista, por supuesto, en esta operación mágica de unión alquímica del macrocosmos estelar con el microcosmos terrestre: el matrimonio del cielo y la tierra. 

 



A todo esto, el surgimiento de nuevos datos excavados por el Dr. Richard Spence, revelaron más cosas sobre la persona de James Shelby Downard…

 

Pero esto vamos a dejarlo para una próxima entrada…



Continuará…

 



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